11. Lobo feroz: Dar ese paso

This entry is parte 13 de 31 in the series Lobo feroz

Aliana

Han transcurrido más de dos meses desde que encontraron los restos de una persona cerca de mi casa, a quien aún no han identificado. Tampoco se ha dado con el culpable, por lo que todos alegan que fue la famosa bestia. Yo, en lo personal, creo que fueron los lobos. No le he dicho a nadie, ni siquiera a los agentes que me interrogaron, pero yo misma tuve uno en frente. John asegura que hay un asesino y está empecinado en encontrarlo, mas yo creo que él se ha obsesionado con esa idea.

Después de ese incidente tan espeluznante, las aguas se han calmado y no hemos tenido otra sorpresa desagradable. Por mi parte, he hecho negocios con las pocas tiendas que hay en este pueblo, siendo mi ropa la sensación del momento, dado que mis diseños son modernos y muy originales. He ganado una buena cantidad de dinero con la que he ido arreglando esta casa de a poquito. Aunque estoy pensando en venderla y mudarme, pero no creo que nadie quiera comprar una casa que queda cerca del temido bosque.

Desde que comencé a producir dinero, no volví a encontrar la canasta en mi patio. Debo admitir que me había acostumbrado a esos desayunos deliciosos y al no tener que prepararlo yo misma. No sé con exactitud quién es la persona generosa que me estuvo alimentando por varias semanas; no obstante, conservo las mismas sospechas que tenía al principio. Es por esto, que le hice un abrigo para agradecerle y vengo a entregárselo.

Toco el timbre varias veces y, al cabo de un minuto, un adormecido John abre la puerta. De inmediato, sus labios se ensanchan en una linda sonrisa. Me dice que pase y yo entro con timidez, puesto que estoy en la casa de un hombre que vive solo. 

—Te traje un regalo —digo mientras le muestro mis dientes.

Él lo toma sorprendido y me mira con ojos brillosos. 

—Gracias. ¿Es mi cumpleaños o algo así?

—Solo te doy las gracias.

Él me observa lleno de confusión, mas yo prosigo:

—Te quiero agradecer, tú sabes bien por qué. Haré de cuenta que ignoro el asunto.

Su cara es un poema. Me imagino que debe estar muy sorprendido de que yo lo haya descubierto.

» Adiós —concluyo, acto seguido, ondeo la mano y le vuelvo a sonreír.

—Te invito un café —ofrece al instante. Me da la impresión de que no quiere que me vaya.

—Será otro día, debo salir. Sigue durmiendo, sé que estuviste de turno anoche. Descansa; discúlpame por despertarte.

No espero una respuesta de su parte y salgo deprisa. Sé que querrá insistir con que me quede.

—¿Qué hacías en la casa de ese hombre? —Me espanto al escuchar la voz gruesa de Arel, quien viene hacia mí con pasos apresurados; su ceño está fruncido y su pecho sube y baja muy rápido. Me acorrala contra la pared de mi casa y sus ojos plateados me miran con furia.

Y cuando creí que este chico no podía ser más extraño…

—¿Algún problema con eso? —cuestiono, desafiante. Él se muerde el labio inferior con brusquedad, provocando que se ponga más rosado de lo que ya es.

—No es correcto… —Se peina el cabello con los dedos de su mano izquierda, como si aquello fuera un calmante a su exaltación. ¿Qué le pasa a este hombre?—. Ese sujeto no me inspira confianza.

¿En serio?

—Arel, eres mi amigo y te aprecio; sin embargo, no eres quién para meterte en mis asuntos.

Él suspira con frustración. Me mira a los ojos con esa intensidad que provoca que mis piernas se tambaleen y mi corazón lata desbocado. Ser solo amiga de este bombón ha sido toda una hazaña, dado que ganas no me faltan de saltarle encima y devorarlo; pero por alguna extraña razón nunca avanzamos, por más excusas que busquemos para vernos.  Un ejemplo de eso, es que he durado más tiempo del que debiera para hacerle las ropas que me pidió.

—Disculpa mi atrevimiento —musita rendido.

—Ya está olvidado. ¿Es eso un pastel? —pregunto mientras observo la bolsa en su mano derecha.

—No, esta vez traje rosquillas.

—¡Perfecto!  Haré café para acompañarlas.

Ambos entramos a la casa con el semblante relajado y hasta haciendo bromas. Ya en el interior, noto que Arel se queda un rato pensativo en la sala, como si rememorara alguna cosa de allí; esa acción la hace cada vez que viene.

Ignorar se me da bien, así que no le doy importancia a la rareza de este chico y me voy directo a la cocina, donde preparo el café. El delicioso aroma inunda toda la casa, entonces los elogios de parte de Arel no se hacen esperar.

De manera espontánea, los dos tomamos asiento sobre la alfombra y apoyamos nuestras espaldas en el sofá. Lo sé, es raro sentarse en el piso cuando hay muebles, pero nos gusta conversar de esta manera tan íntima y relajada.

—¿Cómo te ha ido con las ventas? —indaga, tras dar un sorbo a su bebida.

—Muy bien. Tanto que he tenido muchas demandas en esta semana, razón por la que me he trasnochado para poder cumplir con los pedidos.

—Eso es bueno, pero debes cuidarte.

—Lo sé; no obstante, tengo que aprovechar esta buena racha.  Ya tendré tiempo para descansar cuando las demandas bajen.

Arel asiente y se lleva la taza a la boca una vez más.

¡Cómo me gustaría ser esa taza!

—¿Para qué quieres ser la taza?

¡No otra vez!

La risa estruendosa de Arel me hace sentir más avergonzada de lo que ya estoy.

Cuando terminamos de comer nuestra merienda, decido que es momento de hacer mi actividad favorita, así que tomo lo cinta de medir y le hago señas a Arel para que se quite la camisa. Él se pone de pies y obedece, dejando a la vista su delicioso torso.

Ay…

Sonríe de lado cuando nota que estoy babeando gracias a él. Supongo que debe sospechar que estoy fantaseando con sus hermosos músculos. Me acerco a él con pasos torpes y las mejillas calientes. Cada vez que mis dedos tocan su piel para poner el extremo de la cinta, lo siento estremecerse, como si mi toque le causara una descarga eléctrica, o esa es la impresión que me da.

—¿Cuándo será que terminarás mi ropa? Solo te la pasas midiéndome, mas nunca veo los resultados.

—No es cierto, recuerda que ya terminé tu abrigo.

—En dos meses es lo único que has terminado—se mofa. 

—No se hace ropa de la noche a la mañana, en especial, cuando se está tan ocupada como yo —replico. Él se muerde los labios, como conteniendo contestarme.

—Bueno, termina porque llegaremos tarde al festival. Si quieres, puedes ver mi cuerpo desnudo en otra ocasión, de una forma más íntima y placentera.

¡Qué atrevido!

Ay, de momento hace calor.

—No quiero ver tu cuerpo desnudo… —Estoy consciente de que mi voz ha salido agitada.

—No te preocupes, yo también deseo verte… —No termina porque empiezo a manotearlo para que se calle.  Siento que las mejillas me van a estallar de la vergüenza, mientras que Arel ríe abiertamente y sostiene mis muñecas para detenerme, entonces acerca su rostro demasiado al mío. Mi corazón late frenético por la anticipación de su movimiento, pero la decepción llega a mí como balde de agua fría, cuando él me suelta y toma distancia.

¿Hasta cuándo estaremos en la etapa de flirteo?

***

—¡Qué hermoso! —exclamo, emocionada, mientras miro por todos lados. El centro del pueblo está decorado con luces brillantes y hay puestos en todos lados, donde se venden diferentes tipos de comidas, golosinas, accesorios y un sin número de productos de la tierra y otras mercancías.

El festival se debe a que están celebrando la cosecha de este año, pese a que parece invierno debido al frío que está haciendo. Si más no recuerdo, este tipo de eventos se hacía en verano en un pueblo donde viví con León por unos meses.

Arel y yo participamos en los juegos de la feria; él ha ganado un oso gigante para mí en un juego donde debía golpear a los topos que salían de los agujeros; he quedado impresionada con la rapidez con la que movía su brazo, no fallando ni un solo golpe. En realidad, yo no fui la única impresionada.

—No bailas tan mal, Aliana; pero creo que quedaré cojo para toda la vida —se burla de mi torpeza para el baile. Río como loca y dejo caer mi cara sobre su hombro; no lo entiendo, lo único que me he bebido es un vaso de cerveza, ¿por qué me siento tan desubicada y alegre?

—Bailo bien, tonto; es más, soy la mejor bailarina de este pueblo. —Sigo riendo como si me estuvieran haciendo cosquillas.

Arel sonríe porque es contagiado por mi extrema alegría. Él me gira hacia al frente y lejos de su cuerpo, para luego traerme de vuelta a él con otro giro. Nuestros rostros quedan cerca y nuestras miradas se conectan. Ya no hay risa sonora. Nos quedamos en silencio mientras nos observamos con añoranza. Ambos deseamos dar ese paso, pero ninguno se atreve. Sé que no le soy indiferente a Arel, entonces, ¿por qué no acaba con mis ansias de devorar esos labios bonitos?

—¿Quieres un helado? —Él rompe nuestro maravilloso momento. La decepción me invade a tal punto, que me pongo de mal humor.

Tras comprar nuestro postre frío, nos sentamos en el muro de una fuente; las gotas de agua se sienten agradable en mi piel, que se encuentra caliente gracias al baile anterior. Comemos el helado, aprovechando el poco calor que nos dio al bailar, pero que no durará mucho.

—Si no fuera porque en estas actividades se suda, no le vería el sentido al helado y a las bebidas frías que se venden por aquí. —Arel rompe el silencio que se ha instalado entre nosotros.

—Para mí el helado es bienvenido sin importar la temperatura —digo, y miro al cielo. Esbozo un suspiro y sigo disfrutando de mi postre frío, aunque es otra cosa lo que quiero disfrutar ahora.

Estoy molesta. Creí que esta salida sería «la cita». Tenía tantas esperanzas de que llegáramos a algo más que una simple amistad.

El día no ha terminado.

Vuelvo a suspirar y lamo el helado con parsimonia. De repente, mis ojos se iluminan cuando el cielo es alumbrado por una lluvia de colores sincronizados.

¡Fuegos artificiales!

Me quedo ensimismada, viendo el espectáculo de luces con fascinación, olvidando mi malestar previo.

—Aliana —me llama Arel. Al girar mi rostro en su dirección, sus labios atrapan los míos.

Lobo feroz

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