El velo – Capítulo 4

This entry is parte 5 de 21 in the series El velo

  —¡Samuel! —Arthur corrió en dirección al hombre alto de cabellera marrón y ojos pardos.

 —¡Señor, está vivo! ¡Lo sabía! Tritón es un buen caballo, él nos dirigió a este lugar. Lo encontramos vagando en los campos cercanos a esta región y él nos guio hasta este bosque. —Samuel expresó con marcada emoción.

 —¿Quiénes son ellos? —Sam se acercó a Arthur temerosa.

 —Son mis hombres de confianza, me encontraron gracias a Tritón. —Acarició la frente del caballo—. No eres un cuervo, después de todo. —Lo besó.

 —Entonces, ya regresarás —afirmó ella con tristeza en la mirada.

 —Señor, debe venir con nosotros de inmediato; los Jones lo declararon muerto y se quieren apropiar de sus tierras —informó el grandulón.

 —¡Vaya, que no pierden oportunidad! —Negó divertido—. Hoy mismo emprenderemos el viaje, entonces. Me imagino el caos que debe haber en la hacienda.

 —No solo caos; abuso. —Un chico de unos dieciséis años, con cabello negro y ojos oscuros irrumpió en la conversación—. Los Jones y los Delton enviaron a sus hombres a sus tierras y parte de los nuestros lo apoyan, hasta golpearon a Nidia cuando se opuso a que ellos tomaran su territorio.

 —¡Desgraciados! —espetó Arthur, apretando los puños—. ¿Cómo está ella?

 —Pues, mejor. Pero le desgraciaron a la nieta y, el novio que esta tenía, la dejó porque ya no es virgen. La muchacha está destrozada —informó Samuel con tristeza y rabia en la mirada. Arthur se quedó helado. Esa chica y él se criaron como hermanos, debido a que era la nieta de su nana y administradora de la casa. Nidia y Anabela eran su única familia, puesto que sus padres habían muerto años atrás.

 —¡Pobre Anabela! Ella no se merece tal cosa. A Iván nunca le importó, entonces. Si la hubiese amado no la hubiera abandonado cuando más lo necesitaba.

Sam limpió algunas lágrimas que se le escaparon, dado que escuchar ese tipo de abuso, la hacía sentir impotente. Ella más que nadie conocía el dolor y humillación de que dañen tu inocencia y te traten como basura.

Después del almuerzo, Arthur salió a dar un último paseo con Sam. Estaban cerca del estanque, sentados debajo de un árbol frondoso de florecillas amarillas, que caían de forma parecida a los copos de nieve en invierno, regalándoles un hermoso escenario con un delicioso aroma a flores silvestres, madera y tierra mojada. Él sostuvo sus manos y dejó un casto beso sobre estas, luego la miró con una profundidad que traspasaba su alma.

 —¿Estás segura? Tienes un lugar en mi casa y yo puedo cuidar de ti. Te prometo que, a mi lado, nadie podrá dañarte, incluso puedes convertir tu habilidad en un negocio. Yo te puedo dar un lugar en mi hacienda para que pongas tu propio laboratorio y ayudarte con las ventas.

 —Gracias, pero no puedo. Además, no quiero ser un problema más en tu vida, al parecer, tienes demasiada carga sobre tus hombros. Fue un placer conocerte, Arthur. Solo les pido que sean discretos al salir de aquí y que guarden este lugar como un secreto —respondió con tono de ruego. Él se quedó insatisfecho con su decisión, pero no podía obligarla a nada, de todas formas, ella estaba acostumbrada a esa vida.

 —Está bien. —Él sonrió y le acarició la mejilla por encima del velo—. ¿Puedo…? —La miró con nerviosismo—. ¿Puedo despedirme con un beso? —dijo al fin y ella asintió.

Él cerró los ojos y levantó la fina tela, entonces dejó un dulce y corto beso sobre los labios de ella. Ambos se abrazaron con fuerza y Sam se atrevió a acariciar ese hermoso cabello que tanto le gustaba. Él era como un apuesto y bondadoso príncipe que le regaló un hermoso mes, así que ella siempre lo recordaría como su única y hermosa experiencia romántica.

Verlo desaparecer entre los árboles sobre su caballo le provocaba un vacío inmenso y, cuando sus ojos dejaron de verlo, las lágrimas salieron con toda libertad. Apenas se había ido y ella ya sentía la soledad penetrar sus huesos. ¡Cómo deseaba correr tras él y aceptar su oferta! ¡Cómo anhelaba tener una vida normal!

***

Varios días después…

Sam estaba sentada sobre el mismo tronco donde Arthur la había besado por primera vez. Le parecía increíble cómo se había acostumbrado a su compañía en tan solo un mes. Lo extrañaba mucho y su ausencia dejó un vacío en aquel lugar y en su corazón. ¿Por qué le dolía tanto si no tenían mucho tiempo de conocerse? ¿Cómo era posible que haya sentido que lo conocía de toda la vida?

Miró al oscuro firmamento lleno de estrellas y con la media luna cubierta por las necias nubes, que le impedían brillar con libertad. Esa era la imagen que la describía. Anhelaba ser libre de su pasado y sus miedos, de salir adelante y conocer el amor. Sería muy triste que pasara el resto de su vida sola y sin conocer la belleza de amar y ser amada. Más de tres años atrás, creyó haber encontrado ese amor que describían en los libros románticos y se sentía la mujer más feliz del mundo. Sam se sumió en los recuerdos y con lágrimas en los ojos volvía a experimentar en su mente lo ingenua que fue en el pasado:

  —Samay, querida, siéntate a mi lado. —Su padre extendió los brazos para recibirla en su costado. Ya ella tenía veinte años y se había convertido en una hermosa mujer, pero para su padre, ella era su niña pequeña aún y, para Samay, él era su vida. Su madre había muerto al darla a luz y, su padre quedó tan frustrado con su muerte, que se dedicó en lleno a cuidarla y a crear fármacos. Le enseñó todo lo que sabía y siempre presumía de la habilidad innata de su hija con las plantas.

Ella se sentó a su lado y se sonrojó al notar la mirada de Daniel sobre ella. Ese chico, de cabello castaño claro y ojos verdes, la examinaba con gran interés y aquello provocaba que su corazón palpitara agitado dentro de su pecho.

 —Samay, sabes que desde que nos conocimos me agradaste mucho y yo me enamoré de ti —confesó el joven, con una sonrisa en el rostro que, para Sam, era la más hermosa de todas—. Es por esto que vine a pedir tu mano, si tú aceptas, claro está.

Ella se quedó sin palabras y empezó a hiperventilar. Su padre, preocupado por la reacción de Sam, se la llevó a la cocina para que le den agua y se calmara.

 —Samay, querida —la abordó su progenitor con preocupación—, no tienes que aceptar si no quieres; a mí me haría muy feliz verte casada, pero solo pasará cuando estés segura de ello y encuentres el amor.

 —Padre —pronunció en voz baja, pues apenas se estaba recuperando de su asombro—, yo quiero casarme con Daniel, yo… lo amo. Si soy sincera, hace mucho tiempo que estoy enamorada de él, pero creí que no era correspondida; padre, saber que él siente lo mismo por mí me llena de felicidad. —Dos lágrimas rodaron por sus mejillas y su progenitor la abrazó con gran alegría, puesto que él confiaba mucho en el joven y le encantaba como esposo de su más preciado tesoro. Sam secó las lágrimas que se le habían escapado y se fue a dormir. Aún podía oler el aroma de Arthur en las sábanas y a veces sentía que él se encontraba allí, incluso le hacía preguntas o le hacía uno que otro comentario y, el no recibir respuesta, le confirmaba su ausencia y la traía a su realidad: estaba en completa soledad.

El velo

El velo – Capítulo 3 El velo – Capítulo 5
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