El olor a sopa de pollo provocaba que su boca emanara más saliva de lo regular, asimismo, que su estómago gruñera inquieto y desesperado por recibir tan anhelado caldo que, según el aroma, prometía sería una delicia.
Tres días habían pasado y su herida se veía mejor, también él ya podía pararse, aunque con dificultad, pero por lo menos se mantenía de pies por unos segundos.
A pesar de la miseria de aquel lugar, no se quejaba del trato que recibía que, aunque su anfitriona no era de mucho hablar, lo mantenía bien alimentado, cambiaba sus sábanas muy seguido y lo ayudaba a bañarse. Él estaba ansioso por recuperarse o, en su defecto, ser encontrado por sus hombres y así no seguir siendo una carga para aquella mujer que, además de atenderlo y alimentarlo, tenía que dormir en el piso, debido a que la cama era muy pequeña para ambos.
—Estuvo delicioso, muchas gracias —agradeció Arthur con esa hermosa sonrisa que la hacía temblar.
Ella tomó el plato y lo puso en el improvisado fregadero que amenazaba con desplomarse en cualquier momento, acto seguido, se le acercó con sus instrumentos de trabajo y le desabrochó la camisa. La chica le había comprado algunas prendas, pero no había acertado con la medida y todas estas le quedaron grandes.
Los ojos marrones de Arthur escudriñaban cada movimiento de la silenciosa mujer con curiosidad. Él sonrió al notar que los temblores de sus manos, pese a que ella trataba de controlarlos, eran muy obvios. Estaban tan cerca que ella podía escuchar los agitados latidos de su corazón, de igual manera, le era fácil percibir la forma acelerada con que él respiraba; acción que la ponía más nerviosa de lo que ya se encontraba.
—Su herida se ve mucho mejor, en unos días dejará de sentir dolor y podrá levantarse sin tanto esfuerzo —informó sin mirarlo a los ojos, debido a que se sentía expuesta ante él cuando lo hacía.
—Eso es gracias a sus cuidados, usted es muy buena con las plantas; debería trabajar para una droguería —elogió; la observó con tanta intensidad que ella sintió que se le apretaba el estómago. Sin proponérselo, Sam lo miró a los ojos y se arrepintió al instante, dado que era inevitable no perderse en esa hermosa mirada café que expresaba dulzura y honestidad; a diferencia de ella, quien ocultaba la suya por miedo a ser descubierta.
Él le tomó el mentón con delicadeza por encima del velo que le cubría el rostro, como si lo protegiera del exterior, y se quedó admirando esos orbes de color avellana un poco más, puesto que no tenía aquel privilegio de deleitarse con tan exóticos y hermosos ojos, debido a que su dueña se la pasaba evadiéndole la mirada. Ella empezó a sentirse incomoda y desnuda ante él, pero por alguna extraña razón, no quería romper el contacto.
—Su mirada es hermosa, no debería privarme de este deleite que provocan sus ojos a los míos. —La examinó con intensidad y un brillo especial en su mirada café.
Ella sintió como si el corazón se le hubiera combinado con el estómago para torturarla, mientras se le agitaba la respiración y las manos le empezaban a sudar. Estaban tan cerca que pudo oler su aliento fresco; todo él era hermosura y delicioso aroma, no como los hombres con los que se encontraba en el mercado, quienes no se preocupaban por su higiene.
—Debo… —Trató de no tartamudear, al verse acorralada por aquella mirada que le estaba quitando la compostura—. Debo salir al pueblo, ¿necesitará que le traiga alguna cosa? —Se paró de golpe, rompiendo el contacto visual de forma repentina y violenta. Por su parte, él esbozó media sonrisa al notar lo nerviosa que su cercanía la ponía, acto seguido, negó con la cabeza.
Una semana después…
—No es que sea lo mejor de lo mejor, pero por lo menos no le caerá encima de los pies —dijo de forma divertida mientras guardaba los instrumentos de ferretería en una caja. Ella se emocionó al ver el fregadero arreglado y miró al joven con agradecimiento. Ya él se había recuperado de su herida, no es que hubiera sanado del todo, pero ya se estaba cerrando.
—Muchas gracias, Arthur, de verdad se lo agradezco. —Casi salta de la emoción por lo que él sonrió satisfecho. Era raro verla alegre, así que poder darle, aunque sea un momento de felicidad, lo alegraba a él. Esa chica era muy misteriosa y reservada, no mostró su rostro ni una sola vez ni tampoco le dio su nombre.
Pasaron varios días y él, aunque debía estar desesperado por ser encontrado o buscar la salida, la verdad era que ni pensaba en aquello. La extraña mujer se fue abriendo un poco más con Arthur y tenían pequeñas conversaciones banales, aunque ninguno había hablado de su vida.
Pasaron dos semanas de ella haberlo encontrado; ya su herida se había recuperado por completo y al parecer no dejaría cicatriz, cosa que a él le sorprendió, puesto que la lesión fue muy profunda. Estaba maravillado con la habilidad de aquella mujer, dado que ni los doctores más reconocidos de su pueblo habrían logrado aquello.
La noche estaba fresca y el cielo azul marino brillaba con todas las estrellas que se podían apreciar en él, sumándole la majestuosa luna llena que decoraba el firmamento digno de apreciar.
—Tú eres muy buena, deberías irte conmigo y poner en práctica tu conocimiento. Ayudarías a muchas personas y tendrías una vida sin escasez. —Él se colocó a su lado. Ella estaba sentada en un tronco que yacía sobre la grama y le servía de asiento.
—No —negó tajante y se abrazó a sí misma—. Jamás podría vivir de esa manera, prefiero la soledad y tranquilidad.
—Quisiera entenderte, pero no puedo. ¿Por qué vivir en esta condición tan paupérrima y solitaria? Tú eres una mujer joven y con una gran habilidad, no tiene sentido que te ocultes en el fin del mundo, ¿será que huyes de algo o alguien?
Hubo un gran silencio. Él tomó su mano derecha y la apretó con delicadeza.
La calidez y suavidad del agarre de él le provocaron a ella corrientes eléctricas por todo el cuerpo. No entendía lo que estaba sintiendo por aquel extraño, pero sin importar qué tipo de sentimiento fuera, solo se quedaría en sus fantasías, puesto que un hombre como él nunca se fijaría en alguien como ella.
—Sam —rompió el silencio captando su atención—, mi nombre es Sam. —Fue lo único que pronunció y lo hizo con la mirada perdida en algún lugar fuera de la de él. Arthur no pudo disimular la sonrisa que se le dibujó en los labios. Levantó la fría mano que aún sostenía y dejó un casto beso sobre ella. Sam sentía que se le quemaba toda la piel que sus hermosos labios tocaron, asimismo, su corazón latía con intensidad y su respiración salía errática, debido a las sensaciones que aquel simple gesto le provocaba.
—Gracias por hacérmelo saber, por lo menos tendré un nombre qué recordar, porque Sam, será difícil olvidarte.
Él se acercó tanto que ella sintió que moriría en cualquier momento de un paro cardíaco. De a poco, se puso frente a ella y acarició el borde del velo que le cubría el rostro.
¿Por qué lo hacía? ¿Por qué ponía aquella barrera entre ellos? Se imaginaba que debía ocultar algo muy horrible y le daba temor descubrir qué era, pero sin importar que tan espantoso fuesa lo que estaba debajo de este, quería saber cómo sabrían sus labios.
Nunca había conocido a una mujer tan excepcional y peculiar como ella. Todas las féminas de su edad que conocía eran niñas mimadas e inútiles que solo pensaban en ropas, maquillaje, joyas y coquetear con hombres prometedores de ser un buen partido para el matrimonio.
Él fue levantando el velo poco a poco, pero ella lo detuvo sosteniendo su muñeca; sus orbes avellana rogaban que no lo hiciera por lo que él asintió comprensivo.
—Cerraré los ojos y te prometo que no los abriré, solo déjame descubrir tu mentón, necesito… —La miró con tanta intensidad que ella no se pudo negar.
Él cerró los ojos y ella respiró profundo cuando sintió su barbilla desnuda, luego sus labios estaban a la intemperie, pero no por mucho. Se quedó pasmada ante el atrevimiento de él, aun así, no quería que dejara de hacerlo. La calidez de su aliento en la boca, el cosquilleo en sus labios al ser apretados por los de él y sus respiraciones mezclándose era demasiado deleite y sentía que se desmayaría en cualquier momento.
Arthur se separó avergonzado y un poco decepcionado, sabía que había pasado el límite; sin embargo, ella no le reclamó, entonces, ¿por qué no le correspondió? Él aún no había abierto los ojos y sostenía el pedazo de tela sin mover un músculo. Temía cubrirla y que todo quedase de esa manera, pero también temía volver a hacerlo.
Estaba en una encrucijada de, si besarla de nuevo o pedir disculpas por su atrevimiento, cuando sintió sus labios invadidos por los de la chica que le quitaba la paz. No pudo evitar gruñir ante aquel placentero jugueteo entre sus bocas. El beso era lento y con mucha delicadeza, como si ambos temieran romper las líneas de la prudencia y el pudor.
El sabor de la boca de ella y la textura de sus labios le era delicioso y no podía dejar de degustarlos. Aquella mujer nunca le había mostrado su rostro, pero eso no era un problema para él porque le gustaba esa sensación, al punto de estremecerse con su aliento y su sabor.
Por su parte, ella empezó a hiperventilar cuando él le lamió la lengua y jugueteó con movimientos atrevidos dentro de su boca, utilizando el viscoso órgano. Era demasiado bueno para ser cierto y por primera vez se sintió deseada, pese a que parecía extraño que un caballero como él la besara de esa manera, aun con todo y facha de “espanta hombres”.
Sabía que aquello era más una fantasía que la realidad, puesto que, una vez él se fuera, ella no volvería a verlo. Tal vez esa era la razón de su arrebato, ya que ellos se habían hecho muy cercanos en esas dos semanas y estaba segura de que, si la situación fuera diferente y hubiera probabilidades de que se volvieran a ver, él no la hubiese besado.
Arthur no podía sostener el ritmo de su respiración más. No entendía por qué ese beso le estaba provocando tantas emociones y goce, mas no quería que terminase. Tampoco quería dar explicaciones ni excusarse, ya que no se arrepentía de nada, en especial porque nunca había disfrutado tanto un beso y sus manos temblorosas eran testigos de la excitación que aquello le estaba causando.
El goce lo tenía sumido en trance exquisito, donde él lamía, succionaba, mordía y jugueteaba con la lengua como si aquella boca le perteneciera y como si nada pudiera ser más dulce y delicioso que ese beso. Pegó su frente contra la de ella y rompió el contacto de sus labios con lentitud, luego soltó el velo, así que la parte que había sido descubierta fue arropada de nuevo por la fina tela. Él abrió los ojos y lo conectó con los de ella de una forma tan intensa, que ambos se quedaron sin palabras.
Pasaron varios minutos mientras ellos mantenían el contacto visual en silencio, como si temieran decir o hacer algo que arruinara su acción anterior.
—Ya no dormirás más en el piso. —Él rompió el silencio y ella agrandó los ojos al mal interpretar sus palabras—. Lo haré yo —aclaró.
—No tienes que hacerlo. A bunque te hayas recuperado no estás acostumbrado a dormir mal. Ya es suficiente la incomodidad de esa cama como para que tengas que soportar el suelo.
—Me niego. ¿Yo no, pero tú sí? Soy un caballero, no dejaré que duermas incómoda por mi culpa, además esta es tu casa, yo estoy irrumpiendo e invadiendo tu comodidad —replicó decidido.
—Eres mi invitado, no dejaré que duermas en el suelo. —Ella insistió.
—Entonces, dormiremos juntos. —Él la miró divertido, mas ella agrandó los ojos.
—¡No! —espetó nerviosa—. De todas formas, no cabemos los dos.
—Entonces, no me discutas más —dicho esto, se levantó del tronco y entró a la casucha. Una vez adentro, tomó la colcha que ella tiraba en el terroso suelo y la tendió sobre este, acto seguido se acostó y arropó. Ella entró y se quedó parada un rato mientras lo observaba, dejó salir un suspiro de resignación y se acostó en la cama. Sentir la suavidad de esta sobre su espalda otra vez, fue muy agradable.
Pasó otra semana y ellos no mencionaron el beso nunca. Los primeros días, después de su arrebato, se evadían la mirada y se hablaban con vergüenza, pero al transcurrir el tiempo, se volvieron muy cercanos y se la pasaban hablando y riendo.
Él arregló la choza lo más que pudo y la ayudaba con la limpieza, buscaba las leñas y el agua al río mientras ella hacía las compras en el pueblo. Arthur había decidido que ya no quería importunarla más, así que Sam investigó la manera en que él podría salir al camino principal y desde allí buscar la forma de regresar a su pueblo, cuya distancia era muy alejada de donde estaban.
***
Los sudores molestaban sus heridas y rasguños, pero lo que más le afectaban eran esas palabras ofensivas y malignas. El dolor del cuerpo se tornaba cada vez más insoportable y la sangre manchaba su ropa.
—¡Nooo! ¡Ayuda! ¡¡Nooo!! —Sus gritos desesperados no eran escuchados y su angustia no la dejaba pensar con claridad, solo seguía su instinto de sobrevivencia —. ¡¡Lo mataste!! —Su voz se escuchaba como eco y las lágrimas se mezclaban con la sangre.
—¡¡Nooo!! —Ella despertó alterada y con lágrimas en los ojos.
Arthur se espantó al escucharla gritar y se acercó a ella sosteniendo sus manos con fuerza. Estaba más alterada que las otras veces en las que despertaba de sus recurrentes pesadillas. Conmovido con el sufrimiento de Sam, él la cubrió con sus brazos mientras ella derramaba su alma con gran llanto.
