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Capítulo 6

This entry is parte 8 de 40 in the series Mi esposo no me ama

Jimena se levantó temprano y, después de asear y alimentar al bebé, decidió ir a darse un baño en su habitación. De todas formas, Pablo ya debía estar camino al trabajo. Al entrar en el cuarto, dejó escapar un suspiro.
Cuando terminó de asearse, se sentó en la cama y empezó a llorar. Como si de una película se tratara, los recuerdos de su felicidad pasada inundaron su mente. Sonrió al rememorar aquellos momentos en el hermoso lago, testigo de su amor de verano, que llenaban sus pensamientos:
  —¿No es muy tarde para estar aquí? —Jimena lo miró nerviosa y un poco temblorosa debido al frío. Pablo puso su chaqueta negra sobre ella al notar sus temblores.
  —Mejor. Así nadie nos molestará —contestó él con una sonrisa pícara—. ¿No es hermoso? —le preguntó, mirándola con ternura. Ambos estaban sentados en la orilla, disfrutando la belleza de aquel lugar.
El azul intenso del lago, las luciérnagas, las luces tenues de las pequeñas lámparas y el reflejo de la luna daban un hermoso espectáculo natural. Era de madrugada y Pablo había sacado a Jimena de su habitación con la excusa de que tenía que decirle algo muy importante.
  —Sí. —Con una sonrisa de enamorada, Jimena miró hacia el lago. Por su parte, Pablo le levantó el mentón para besarla con ternura.
Cuando sus lenguas se acariciaron, el beso se intensificó y tomó un tono pasional, así que él le quitó la chaqueta que le había prestado y la atrajo a su cuerpo. Sus besos bajaron al cuello de su novia y él le empezó a levantar la blusa.
Jimena tembló al sentir las manos varoniles sobre su piel. Él, embriagado por el deseo, siguió acariciando y su suave roce se extendió hasta el área que cubría el sostén. Pablo entró su mano por debajo de este, acto seguido, tocó con delicadeza la suave piel mientras devoraba la boca de Jimena.
   —¿Qué haces, Pablo? —cuestionó nerviosa. Ella le agarró la mano para detener la atrevida caricia.
  —Te toco. Eres mi novia, ¿no? —respondió seductor.
  —Pablo, quiero regresar —dijo nerviosa.
  —¿Por qué? —Frunció el cejo—. Vamos a quedarnos un ratito más, ¿sí? —Volvió a besarla y continuó con su caricia atrevida.
  —No, Pablo, por favor —suplicó, tratando de contener las lágrimas. Él la miró, desconcertado. Sin entender por qué, un sentimiento de culpa y vergüenza le oprimió el pecho. Al parecer, Jimena no era la clase de chica que él había imaginado.
—Lo siento —se disculpó. Su rosto apenado se tornó rojo y sus ojos evitaban mirarla a la cara porque se sentía confrontado—. Creí… —Se rascó la cabeza, nervioso—. Tú y tus hermanas son muy coquetas, así que pensé que eran más… —Buscaba una palabra que no sonara ofensiva—… más liberales.
Jimena lo miró avergonzada.
  —Siento no ser lo que esperabas. —Frunció el cejo, molesta—. Entonces me imagino que todo termina aquí. —Luchó contra las lágrimas que se le agrupaban en el borde de los ojos, mas no dejaría que él la viera frágil.
  —Jimena…
  —Está bien —lo interrumpió, topando su hombro con una mano mientras fingía una sonrisa—. Fui yo quien confundió las cosas, creí… que te importaba de otra forma. Está bien, no es que esté enamorada de ti ni nada por el estilo. —Sonrió con ironía.
 —Me estás mal interpretando —dijo molesto—. Estás sacando conclusiones precipitadas. Solo estoy sorprendido porque creí que eras… diferente… Es que todavía no puedo creer que seas virgen.
  —No soy virgen. —Resopló.
  —Ah, ¿no? —preguntó confundido.
  —Pero eso no significa que me esté acostando con todo el mundo en cada relación que empiece —le explicó. Un suspiro escapó de sus labios rosados, que se curvaron ligeramente hacia abajo, formando lo que parecía un mohín.
  —Yo no soy todo el mundo, cariño. — La miró con una mezcla de incomodidad y leve resentimiento.
  —No me refería a eso. —Volvió a suspirar, intentando organizar sus ideas—. Solo estuve con alguien una vez. Fue mi primer novio. Yo tenía quince años, y él veinte. Estaba tan enamorada que hacía todo lo que me pedía. Era un vecino nuestro, alguien a quien conocía desde que tenía diez años.
» Suspiré por él desde el primer día que lo vi, pues él era muy cariñoso conmigo y me daba lindos regalos. Cuando empecé a verme como una señorita, él me dijo que cuando terminara de crecer sería su novia. Yo estaba tan feliz, pero él llegaba a su casa con chicas diferentes y eso me rompió el corazón.
» Dejé de verlo y él no me buscó más. Cuando cumplí los quince, mi vecino fue a mi fiesta con un ramo hermoso de flores y me regaló una gargantilla de oro. Entonces empezamos un noviazgo secreto porque yo aún era menor de edad y mi tía nos cuidaba mucho. Un día él me llevó a su habitación y me convenció para que estemos juntos. Yo estaba muy asustada e insegura; sin embargo, no quería perderlo. Fue así como me entregué a él.
» Cuando terminamos, me echó de su habitación y me llamó perra. Estaba muy confundida y nunca entendí su reacción, hasta que maduré y supe que solo me utilizó como trapo desechable. Me sentía culpable y sucia, ya que mi tía nos enseñó que no se tenía relaciones sexuales fuera del matrimonio, así que todas nos conservamos, bueno a excepción de mí. —Pablo abrió los ojos y la boca del asombro.
  —Quieres decir… ¡No lo puedo creer! ¿Claudia es virgen? —La miró sorprendido. Jimena asintió apenada—. ¡Vaya sorpresa! —Dejó salir una risita—. Pero ese maldito se aprovechó de ti —dijo con enojo.
  —Él no me obligó, Pablo. —Miró al suelo con tristeza—. Yo creí que lo amaba… Fui una tonta. Recuerdo que sufrí mucho. Después de que estuvimos juntos, él nunca volvió a buscarme, y cada vez que iba a su casa a verlo, nunca lo encontraba.
» Un día yo estaba en la cocina con su madre y él llegó con una mujer de su edad. Se tensó cuando me vio allí y me trató con indiferencia. ¿Sabes quién era ella? —Una lágrima le acarició la mejilla—. Ella era su novia. Él me llevó aparte y me reclamó porque estaba en su casa. Me dijo que yo era una chiquilla inexperta y que no era mujer para él. Me advirtió que, si decía algo sobre lo que había pasado entre nosotros o intentaba buscarlo de nuevo, enfrentaría graves consecuencias. Fue así como todo entre nosotros terminó y yo me encerré en mí misma.
» Claudia me apoyó y me dijo que los hombres eran malos y que nosotras debíamos usarlos y jugar con ellos, porque si no ellos jugarán con nosotras. Desde entonces, he tenido uno que otro romance, pero con hombres que Claudia da el visto bueno. Nunca tuve nada serio; sin embargo, jamás he vuelto a tener relaciones sexuales con nadie. Cuando escuchamos que Kevin llegó al país, decidimos conquistarlo para que se case con una de nosotras, ya que solo los tipos ricos y apuestos como él serían un buen partido.
  —¡Vaya! Pobre de mi primo.
  —Y de ti, también. —Sonrió—. Entras en el ideal; no obstante, me empezaste a gustar desde que supe que practicas artes marciales y deportes. Tu jocosidad y buen humor me llamaron mucho la atención, puesto que estar contigo es muy divertido y no hay lugar al aburrimiento. Me gustas de verdad y contigo estoy dispuesta a confiar de nuevo en el amor, pero entiendo que no quieras lo mismo. Está bien, podemos dejar todo aquí y ser solo amigos. —Bajó la mirada con tristeza.
Pablo la refugió en un fuerte abrazo y la besó en la coronilla.
  —Preciosa, si algún día me topo con ese desgraciado, te juro que le voy a partir la madre al pendejo de mierda ese. —Jimena rio. Él le agarró el rostro con sus dos manos—. Yo nunca he tenido una relación seria, y sí, me acuesto con todas las chicas que se me ofrecen. No sé lo que es estar enamorado, pero no descarto la posibilidad de encontrar a alguien que logre atraparme. No creo que enamorarse y establecerse con esa persona sea malo porque tengo el buen ejemplo de mis padres, quienes se casaron y formaron una familia. Es obvio que ellos aún se aman y son felices juntos; sin embargo, yo no me veo así por ahora. No estoy listo.
  —Entiendo —dijo Jimena, muy triste, pues ella sí quería algo bonito y serio con él.
  —Pero… —Pablo le acarició la mejilla—. Me gustas mucho y, ahora que sé cómo eres en realidad, te aprecio más y quiero respetarte. No soy un maldito egoísta depravado que se va a aprovechar de esto para manipularte, tampoco quiero engañarte. Si quieres podemos ser novios sin complicar las cosas. Vamos a seguir juntos y después veremos cómo evoluciona todo. Aunque debes saber que algún día estaremos juntos, ya que no me gusta la infidelidad y yo tengo mis necesidades. No obstante, esperaré a qué estés lista. ¿Qué dices? —La miró expectante.
  —Está bien, Pablo —respondió ella con una gran sonrisa y alivio, entonces él besó sus labios con ternura.
Jimena sacudió la cabeza para deshacerse de aquel recuerdo. Además de Claudia, Pablo fue el único que supo acerca de su primera decepción amorosa, ya que ni siquiera se lo contó a Cecilia.
Se secó las lágrimas y se recostó sobre la cama. Se preguntaba qué le sucedió al chico tierno que logró conquistar su corazón aquel verano. Otra vez se veía en la encrucijada del desamor. Sabía que debía acabar con esa relación antes de que las cosas entre ellos empeoraran, pero tenía tanto miedo de lo que le esperaba si hacía eso. La presión familiar, las explicaciones, ser madre soltera y reconocer que no había remedio para ellos dos la detenía a liberar a su esposo de aquella carga. 
  —¿Acostada otra vez? —La voz de Pablo hizo que se sentara de golpe en la cama. 
  —¿Q-qué haces aquí? —preguntó sorprendida y con voz temblorosa.
  —Se me quedó la carpeta del contrato con unos inversionistas. —La miró de soslayo—. ¿Depresiva otra vez? —inquirió con tristeza. Le molestaba verla tan destruida y rendida, en especial porque temía ser el causante de su sufrimiento.
  —Solo… no tengo ganas de hacer nada hoy… —Bajó el rostro, apenada.
  —Siempre te pones así cuando estás depresiva; creo que deberías ver un psicólogo.
  —No creo que sea cuestión de un psicólogo —contestó con ironía y tristeza.
Pablo suspiró al entender la indirecta. Él se acercó en silencio a un pequeño escritorio que tenía en la habitación y sacó una carpeta de una de las gavetas. Sobre el escritorio estaba la cartera abierta de Jimena y algo allí captó su atención. Sacó el folleto de planificación y le dio una ojeada, luego se acercó a Jimena con una sonrisita y se le sentó al lado.
  —Si quieres lo escogemos ahora, pues tengo dos horas disponibles —le dijo con una sonrisa pícara. Jimena lo miró con confusión—. El método —aclaró, y levantó el brazo para enseñarle el folleto.
Jimena se tapó la cara avergonzada.
  —No es necesario…
  —Ah, ¿no? —La miró con picardía—. Entonces ya escogiste uno.
  —No —respondió, frunciendo el ceño, pues aún estaba enojada con él.
  —¿Y entonces? —preguntó al borde de perder la paciencia.
  —¿Entonces qué? 
  —¡Es en serio! —espetó irónico—. ¿Acaso es esto un estúpido juego de palabras? 
  —¿Qué quieres saber? —preguntó desganada.
  —¿Empezaste a planificarte o no? —cuestionó hastiado.
  —Te dije que no, Pablo. ¿Acaso eres retrasado? —respondió con enojo y frustración.
  —Entonces para qué dices que no es necesario escoger un ridículo método. Demonios, Jimena, me vas a volver loco —se quejó.
  —No quiero hablar de eso. —Volteó la mirada con expresiones berrinchudas.
  —¿No quieres hablar acerca de escoger el método o de qué?
  —¿Sabes qué, Pablo? Olvida lo del método. No tiene sentido que me planifique si no vamos a hacer nada, a menos que quieras que me acueste con otro hombre.
  —¿Qué rayos dices? —interpeló, arrugando el rostro. El simple hecho de imaginarla en brazos de otro le hervía la sangre—. ¿Qué otro hombre? ¿Piensas engañarme?
  —Bueno, sería reciprocidad, pero no. Yo no tengo las agallas para serte infiel. Eso solo lo haces tú y no es que me queje, dado que eres libre de hacer lo que quieras y con quien desees, de todas formas, no somos una pareja.
Pablo la miró desconcertado y empezó a respirar con dificultad, debido al impacto que sus palabras le provocaron. ¿A qué se refería con que no eran una pareja?
  —Yo no te he sido infiel, Jimena —replicó.
  —Bueno, tienes razón. —Devolvió con ira—. No cuenta como infidelidad si no somos nada.
  —¿No somos nada? ¡Demonio, Jimena! ¡Tú estás loca!
  —¡Déjame en paz! No sé qué haces aquí cuando a esta hora deberías estar con tu secretaria. A ella le toca tenerte todo el día, mientras que yo me tengo que conformar con verte llegar y verte salir. Vete a fastidiarla a ella. No voy a escoger ningún método contigo, puesto que tú ya tienes con quien hacer eso. —No pudo contener más las lágrimas y las dejó salir con libertad.
Pese a que su cuerpo temblaba por atreverse a vomitar lo que llevaba por dentro, sintió como si se hubiera quitado un gran peso de encima. El llanto se tornó más intenso mientras él la miraba desconcertado y airado.
  —Te estás inventando cosas en tu cabeza. Yo no me acuesto con esa mujer. 
  —No tienes que darme explicaciones. Es tu vida y tu pene, tú haces con ellos lo que quieras.
  —¡Demonios! Estás más insoportable que nunca. Yo no tengo nada con mi secretaria. Y sí te debo explicaciones. Y sí somos pareja. Otra cosa, esposita de mi corazón, escoge un método rápido o compro preservativos; pero no pienso aguantarme más. Quiero estar contigo y quitarte todas esas tontas dudas que tienes sobre mí.
Pablo le tomó el rostro entre sus manos y le limpió las lágrimas con sus pulgares, luego la besó en los labios con fervor. Jimena trató de separarse, pero él se lo impidió. Pronto ella se rindió a aquel beso embriagante que le quitó las fuerzas de luchar.
  —Jimena… —susurró mientras pegaba su frente contra la de ella—. Eres muy especial para mí, eso nunca va a cambiar. Te amo —dicho esto, volvió a besarla, pero esta vez fue lento y tierno.
 
***
 
Después de que a Jimena se le pasó el enojo, decidió ir al médico a ponerse la inyección anticonceptiva. Decidió que ese era el método más adecuado para ella porque temía olvidarse de tomar la píldora. No le había dicho a Pablo acerca de su decisión, puesto que él no le volvió a mencionar el tema.
Todo el tiempo que ella estuvo enojada con él, Pablo buscaba la manera de acercarse y de contentarla; sin embargo, varios días atrás, él regresó con una actitud extraña y muy callado del trabajo, algo que no era propio de él.
Desde aquella tarde, se volvió frío e indiferente. Evitaba mirarla a los ojos y cualquier tipo de conversación con ella. También regresaba tarde del trabajo y se iba más temprano, como si evitara el contacto con ella y con su hijo. 
Jimena lo esperó despierta esa noche porque necesitaba verlo. Ella anhelaba recuperar a su esposo, así que daría la última pelea antes de rendirse por completo. Pablo llegó y se sorprendió al verla despierta. Fue directo al baño y duró un largo tiempo allí, como si estuviera escapando de algo o de alguien.
Salió con sigilo y con la esperanza de que Jimena se haya dormido. Él se acostó a su lado y la miró con culpabilidad. Jimena le devolvió la mirada, logrando que Pablo se espantara al sentirse expuesto ante esos ojos azules que una vez lo conquistaron.
 —Me alegra verte. —Jimena le sonrió y le acarició el brazo—. Te estaba esperando, mi amor. —Lo miró coqueta e insinuante, acercándose a él con sensualismo.
De repente, ella lo besó en los labios y se le sentó en el regazo, invadiéndolo con su delicada anatomía. Por su parte, Pablo se mantenía en silencio mientras la observaba con asombro. Ella intensificó el beso al apropiarse de su boca con pasión y fervor, al mismo tiempo en que le acariciaba los hombros. Pablo, en cambio, se quedó inmóvil, sin corresponder aquel desenfreno con el que ella se adueñaba de su boca y piel.
  —No te preocupes. —Dejó salir una risita pícara—. Estoy planificada. —Pablo la miró a los ojos con tristeza y culpa. Él le acarició el largo cabello y ocultó la mirada con pesar.
  —Lo siento… No estoy de humor —soltó con frialdad. Jimena se quedó helada mientras lo contemplaba incrédula. Se sintió ridícula y estúpida a la vez.
No sabía cómo reaccionar ante su rechazo.
¿Debería insistir y provocarle deseo con sus caricias o debería dejarlo tranquilo? Se quedó unos segundos en pleno mutismo y sin mover un músculo. Luego esbozó una sonrisa y empezó a besarle el cuello. Pablo la separó de él con delicadeza y de forma sutil, para que no se viera grosería ni rudeza en su rechazo—. Será después, ¿sí? —propuso, fingiendo una sonrisa que más bien parecía una mueca.
  —Está bien. —Jimena bajó el rostro, rendida. Intentaba con todas sus fuerzas contener las lágrimas que se formaban en sus ojos ante el amargor que embargó su pecho. Ella se acostó de espalda a él y se arropó con la sábana sin añadir nada más. Cuando se sintió segura en su escondite emocional, sus lágrimas salieron con libertad.

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1 comentario en “Capítulo 6”

  1. Que desgraciado de seguro ya se salió con la suya la perra ofrecida de la secretaria, él es el único culpable que Jimena tenga baja su autoestima.

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