Pablo decidió no durar mucho en dicha reunión, así que se despidió de todos y se fue para su casa.
—¡Llegaste! —lo abordó Jimena con emoción.
—¿Te pasaste todo el día encerrada en la habitación? —cuestionó él, mirando hacia la cama donde yacía su esposa.
—No me siento bien —se excusó con tristeza en la mirada.
—¿Depresiva otra vez? —Él se sentó a su lado.
—No lo sé. —Dos lágrimas le recorrieron las mejillas, mas ella se las secó en un santiamén—. Estoy bien, no te preocupes. —Fingió una sonrisa. Él asintió inseguro y se dirigió al baño.
Después de una ducha reparadora Pablo le dio de comer al bebé y lo durmió, entonces lo llevó a su habitación y lo acostó en su cuna. Se quedó un rato contemplándolo. Una sonrisa se le dibujó en el rostro mientras él le acariciaba la mejilla con ternura y lo admiraba con orgullo.
—No fuiste planeado, pero eres lo más hermoso que me ha pasado. Eres la mejor versión de mí. ¿Sabías que sacaste la belleza de tu padre, pedacito de mí? ¡Mi mini mí! Eres afortunado de ser un Mars, ya que los Mars tenemos un encanto especial para las mujeres. ¿Qué haremos contigo, bribón? Serás la manzana de la discordia entre las chicas, pero tú escogerás a la más linda e inteligente de todas. —Sonrió—. Descansa, pequeño. —Le besó su tierna mejilla.
Pablo salió de la alcoba del niño y entró a la suya, mas se quedó inerte en su lugar cuando vislumbró a Jimena sumida en sus pensamientos mientras se ponía una batita de seda blanca. Se quedó observando el escultural cuerpo de su esposa, quien ya había recuperado su peso; no obstante, ella seguía sintiéndose mal con su físico.
«Ni que se haya inflado como un globo, Jimena es tan exagerada a veces», pensó.
Según la perspectiva de Pablo, el embarazo le había sentado bien, ya que sus músculos se ensancharon haciéndola ver más curvilínea y atractiva.
En ese momento, se fijó en lo hermosa que estaba y se recriminó la poca atención que le había puesto a su esposa. Le encantaba cómo lucía con esa bata blanca y con el cabello largo y rubio desarreglado, puesto que le daba un toque salvaje y sensual.
Ella lo miró, mas él ni se inmutó, en su lugar, se quedó perdido en esos ojos azules que tenían un brillo que lo enloquecían. Se sentía el idiota más grande del mundo por fijarse en otra mujer cuando tenía una esposa tan hermosa en casa, esposa que él estaba descuidando. Ella se acostó con mucha prisa y se cubrió con la gruesa sábana, como evitando que él la viera. Él, en cambio, se quitó la camiseta y se miró al espejo.
—¿Te gustan mis músculos? —le preguntó mientras contraía sus brazos y pecho. Jimena rio entretenida.
—¡Eres tan infantil! —exclamó con una risita divertida.
—Por lo menos estás riendo. —Él sonrió y continuó haciendo sus extraños ademanes, provocando que ella estalle en carcajadas.
Pablo se sentó frente a Jimena y le quitó la sábana que la cubría hasta el cuello. Ella lo miró sorprendida por su proceder, en especial cuando él la tomó de la mano y la atrajo hacia su cuerpo, sentándola sobre su regazo.
—¿Qué haces? —cuestionó con recelo. No recordaba la última vez que él se acercaba tanto a ella.
—Eres hermosa, Jimena —susurró, al tiempo en que le acariciaba la mejilla con dulzura mientras la miraba directo a los ojos. Por su parte, ella lo examinó incrédula y con tristeza en sus orbes azules.
—Ya no lo soy, Pablo. —Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Perdóname… —Las lágrimas bañaron su rostro—. No debí presionarte para que te cases conmigo; yo… estaba asustada, no quería estar sola en esto. Ahora tienes que lidiar con una esposa a la que no amas. Entiendo si me eres infiel, sé que tienes tus necesidades de hombre… Necesidades que no puedo satisfacer porque te doy asco. —Dejó salir un sollozo.
—¿Pero qué mierda dices, Jimena? —La miró ofendido—. Yo no te soy infiel ni tú me das asco.
—Si no me eres infiel, ¿cómo has hecho todo este tiempo? No tenemos relaciones hace más de un año. No somos esposos, somos compañeros de cuarto que comparten la responsabilidad de ser padres.
—He soportado de la misma forma que tú. —Le subió el mentón—. Tú también tienes tus necesidades.
—Creo que debo liberarte, Pablo —sugirió con voz trémula—. No tiene sentido que sigamos juntos.
—¿Quieres dejarme?
—No, pero tú a mí sí. No me quieres, Pablo. Lo sé. Tú…ya no me ves como mujer.
—Olvida eso, por favor, hablé sin pensar. Soy un tonto que solo sabe decir estupideces.
—Pero… te doy asco…
—Claro que no…
—Cuando te besé… tú…
—Jimena, estaba rápido.
—Son solo excusas. Ya no me tocas, no me besas y dejamos de hacer el amor, Pablo. Eso no es sano en un matrimonio. Ya no me deseas, por eso me siento culpable de tenerte preso en este infierno.
—No digas eso, Jimena. —Él le tomó el mentón y la besó en los labios con fervor.
Ella le respondió al instante. Se asió de él y le acarició el cabello, quien le mordió el labio inferior con pasión, asimismo, empezó a acariciarle el cuerpo hasta deshacerse de la batita que lo había prendido.
Sentir su piel suave y cálida sobre su pecho lo enloquecía. Él volvió a besarla, entonces sus lenguas danzaban a la par y sus respiraciones estaban caóticas. Pablo la puso sobre la cama para poder tener más acceso y ser capaz besar y tocar cada centímetro de su piel.
Los gemidos de ella eran música a sus oídos y fue en ese entonces que supo lo mucho que extraña estar tan íntimo con su esposa. Después de que él se deleitó en hacerla jadear de placer con su boca y mano, entro en ella con embestidas suaves, que se fueron intensificando a medida en que el gusto se tornaba más delicioso y el cuerpo le pedía más. Fue así como después de tanto tiempo, ambos se estremecían con sus cuerpos desnudos entrelazados y llenos de sudor.
—¡Vaya! —Él se separó de ella, acostándose boca arriba mientras trataba de recuperar el ritmo regular de su respiración—. Eso fue… —La miró coqueto—. ¿Por qué dejamos de hacerlo?
—¡Porque somos unos pendejos! —respondió ella en una exclamación juguetona, entonces ambos estallaron en sonoras carcajadas.
—Pablo… —Jimena se sentó de golpe, permitiéndole ver su torso desnudo, acción que le deleitó la vista, gracias a aquella imagen sensual que esta le regalaba.
—¿Sí? —respondió sin dejar de mirarla embobado.
—No nos protegimos —dijo aterrada. Él se sentó de un solo movimiento y se puso pálido.
—¿No te estás planificando?
—No… Nosotros nunca tuvimos relaciones cuando nos casamos, así que no le vi el sentido a hacerlo.
—¡Rayos! —Se rascó la cabeza, nervioso—. Otra vez no.
—¿Qué hacemos?
—No lo sé, Jimena, pero no puedo tolerar otro mocoso más. ¡Si quedas embarazada me tiro del puente! —espetó con horror en los ojos y un gran nudo en el pecho.

