Temprano en la mañana, Pablo se estaba peinando frente al espejo. Aunque se vistió con ropa casual, lucía elegante y muy atractivo, por lo que Jimena se quedó contemplándolo embelesada. Se fijó en lo mucho que le había crecido el cabello, cuyas puntas le rozaban el cuello; al parecer, él había decidido dejárselo largo.
Jimena no podía evitar admirarlo en silencio, debido a que le encantaba lo apuesto y varonil que él era.
—¿Ya te vas? —le preguntó ella mientras agitaba el biberón con una mano, mientras que con el otro brazo cargaba al bebé.
Pablo se acercó al niño y lo llenó de besos, inundando los sentidos de Jimena con su fresco perfume. Ella cerró los ojos al sentir su cercanía y abrió los labios receptiva. Él, en cambio, la miró como si ella fuera un bicho raro y la besó en la frente, provocándole una gran decepción.
—Cierto, ya no me ves como mujer —espetó con tristeza en la mirada. La culpabilidad lo invadió al instante, al recordar sus estúpidas palabras, entonces se acercó a ella hasta que sus labios se rozaron.
—Deja de decir estupideces —susurró sobre su boca.
Varios escalofríos recorrieron el cuerpo de la rubia ante aquel sensual gesto. Ella lo besó con deseo y anhelo, puesto que ya no era común ese tipo de roce entre ellos. El beso duró pocos segundos, debido a que Pablo puso como excusa que se le estaba haciendo tarde.
Ni siquiera le dijo a dónde iba.
Un vacío le inundó el pecho y las lágrimas le recorrieron las mejillas, otra vez.
***
En la mansión de los padres de Pablo, toda la familia decidió reunirse.
—¡Hola, gente! —saludó Pablo, haciéndose notar. Todos se sorprendieron al verlo llegar sólo.
—¿Dónde está Jimena? —preguntó Genaro mientras buscaba alrededor.
—No se sentía bien —mintió.
—¡Qué lástima! —expresó su madre—. ¿Por qué no trajiste a Adrián?
—Porque él llora mucho cuando está lejos de Jimena —se excusó— y quiero estar tranquilo, por lo menos hoy. Necesito paz por un día. —Su madre lo miró con desaprobación, mas no contestó—. Por cierto, ¿no han llegado los tórtolos?
—Kevin y Laura están de camino. —Cristian se acercó y le palmó el hombro como forma de saludo.
—¡Cuánto tiempo, Pablo! —Claudia le saludó con sarcasmo.
—Oh… Por lo visto ya saliste del loquero —espetó burlón.
—¡Qué desagradable eres! —Ella se cruzó de brazos—. No entiendo cómo fue que Jimena se pudo fijar en un tipo como tú.
—Y yo no entiendo cómo es que dejan suelta a una loca que persigue hombres como tú. “Cásate conmigo o te mato…” —se burló, cambiando el tono de su voz a uno que pretendía imitar a la rubia.
—¡Imbécil! —escupió ofendida—. Eso fue una calumnia. Yo no necesito perseguir a ningún hombre; por el contrario, son ellos los que me persiguen a mí —dijo, moviendo su cabello de un lado a otro.
—Me imagino. —La miró con los ojos entrecerrados—. Kevin se moría por ti, también, el profesor de dibujo te acosaba de tal manera, que pusiste una orden de restricción —ironizó—. ¡Los artistas te persiguen! —exclamó con sorna; como reacción a su burla, Claudia por poco lo cachetea.
—¡Ya basta! —intervino Paulo—. Deja de sacar los pecados de tu cuñada a la luz, no vaya a ser que también le coja con ser masoquista y que sus afinidades cambien. No querrás que se obsesione contigo. Ese tipo de gente loca tienden a interesarse en lo prohibido.
—¡Paulo! —lo llamó Clara en forma de reclamo—. No hables así de mi sobrina, por favor. —Fijó la mirada sobre él y Pablo—. Sean considerados con ella, ha tenido muchos problemas y ha sufrido bastante. —Ambos bufaron.
—¿Podrían cambiar el tema? —Cristian los miró fulminante—. Vinimos aquí para compartir en familia, no para matarnos como perros y gatos.
—Es cierto —secundó la madre de Pablo—. Dejemos los temas incómodos y vamos a tener un momento agradable.
—Mamá, esta familia está llena de temas incómodos. ¿De qué hablaremos, entonces? —Pablo razonó con sarcasmo.
—¡Cállate ya, imbécil! —reclamó su hermana.
—¡Hablando de locos! —exclamó burlón.
—¡Hablando de imbéciles! —contraatacó ella mientras hacía una mueca—. Por cierto, ¿a qué hora va a llegar Kevin?
—Hablando de amores obsesivos… —Pablo susurró.
—Te oí, tarado. —Su hermana le golpeó el hombro—. Kevin es mi primo favorito, así que deja deja de decir tonterías.
—Eso me queda clarísimo, hermanita. —La miró con picardía—. Él es tu “favorito” y único primo.
—No sé ni por qué hablo contigo. —Entornó los ojos. En ese momento, Kevin y Laura entraron a la mansión de los padres de Pablo y saludaron a todos con efusividad. De inmediato, Jessica se lanzó a los brazos de su primo.
—¡Te extrañé tanto, Kevin! —Lo miró a los ojos con intensidad—. Creí que nunca llegarías de París.
—Solo me fui por un mes… —Le acarició las mejillas.
—Todo un mes de luna de miel, picarón. —Pablo se le acercó con una sonrisa traviesa—. No era para menos —lo miró con picardía—, fueron veintiséis años de abstinencia. Hasta llegué a creer que eras asexual.
—Tan carismático como siempre, primo. —Kevin negó divertido.
—Por más delicioso que haya sido tu mes en París, sé que me extrañaste tanto como yo a ti, ya que tu vida sin mí es aburrida —aseguró, luego lo abrazó con fuerza.
—¡Déjame ya! —Kevin trataba de zafarse de su agarre—. Ahora soy un hombre casado… —se burló.
Laura, después de saludar, decidió ir a sentarse y dejó a Kevin conversando con Pablo.
—¡Vaya que se te dio, primita! —la abordó Claudia maliciosa.
—Hola, Claudia —la saludó con recelo. Como respuesta, la aludida hizo una mueca.
Kevin se dirigió hasta donde Laura se encontraba, pero fue interceptado por Claudia.
—¡Cuánto tiempo, Kevin! —Ella se le acercó y le dio un beso coqueto en la mejilla. Al notar la malicia de parte de su prima, Laura respiró profundo y trató de ignorarla, ya que no le daría el gusto de fastidiarla; aun así, no pudo disimular su disgusto. Kevin se le sentó al lado y entrelazó su mano con la de ella, puesto que sospechaba que a ella no le agradó que Claudia se le acercara de esa manera coqueta.
—¿Todo bien? —le susurró en el oído. Ella asintió en silencio y él besó la mejilla.
—¿Dónde están Jimena y el bebé? —Laura preguntó al notar su ausencia.
—Ella no se sentía bien, por eso no vino —respondió Pablo con un poco de culpabilidad.
—¡Vamos a la terraza! —la madre de Pablo anunció y todos la siguieron.
La familia hablaba sobre diferentes temas, en especial, acerca de la luna de miel larga que tuvieron Laura y Kevin.
Pablo, en cambio, se alejó del resto. Simplemente, se sentía como un cretino malvado.
Él miró el celular que había sacado de su bolsillo, con la duda de si debía llamarla o no, ya que no le dijo nada acerca de la reunión, debido a que solo quería un día fuera de su rutina. Uno sin pañales, vómitos ni gritos.
Deseaba un momento de plena tranquilidad que no involucrara el trabajo, pero tampoco a su esposa e hijo. Se sentía demasiado egoísta, de todas formas, estaba con su familia, aquello no sería tranquilidad total. Tecleó el número, pero ella no respondía. Entornó los ojos porque eso era común en su esposa y, después de tres intentos, ella respondió.
—¡Por Dios, Jimena! ¿Es tan difícil contestar el teléfono?
—Lo siento. —Se escuchaba apagada—. Estaba dando de comer a Adrián y el celular estaba en la habitación.
—¡Como sea! Parte de tu familia y la mía nos hemos reunido en casa de papá. Todos están preguntando por ti. —Hubo un momento de silencio.
—Pero… ¿Hasta ahora me dices? —Sonaba triste y su voz era débil.
—Lo siento, lo olvidé.
—Me imagino… —dijo incrédula.
—¿Vas a venir?
—Discúlpame con todos —respondió decaída—. No me siento bien.
—Bueno… —De verdad se sentía como una mala persona—. Te veías bien esta mañana.
—Pero no estoy de humor, Pablo. Yo… —Hubo un silencio.
—Perdóname, ¿sí? En estos días el estrés me tiene más idiota de la cuenta.
—Está bien. Pero no estoy segura de querer ir. Sé que Claudia está en el país… ¿Ella está allá?
—Sí. No me digas que no quieres venir porque ella está aquí. Si siempre han sido muy unidas.
—Sabes que nuestra relación se volvió tensa después de que tú y yo nos casamos; además… —Hubo otro silencio—. No quiero que me vea así… No estoy lista para sus burlas.
—¿Así cómo, Jimena? —preguntó hastiado.
—Ya sabes… Cambié mucho después del embarazo…
—Deja de decir tonterías… —profirió casi en un susurro.
—Lo dice quién ya no me ve como mujer. —Se escuchó un sollozo en la línea de ella.
—Jimena…
—Está bien, no te culpo. —Su voz se percibía quebrada—. Voy a estar bien. Tú disfruta tu día en familia.
—Como digas. —Se rascó la cabeza—. De todas formas, me iré temprano. Hablamos cuando llegue.
—Ok.
Ella cerró la llamada. Como respuesta al momento incomodo y el remordimiento, Pablo se frotó la sien y suspiró.
—¡Soy un cretino desgraciado! —se lamentó, después de que guardó su teléfono.

