El gigoló y la viuda – Capítulo 5

This entry is parte 7 de 13 in the series El gigoló y la viuda

Katerina, ¿por qué no hemos recibido el dinero del mes? —La voz de su hermana suena molesta a través del teléfono.

Katerina suspira con hastío y se aclara la garganta antes de contestar.

—Tuvimos un problema en el sistema de finanzas, por lo que hubo un retraso en todas las transacciones de este mes.

—¿No podías mandarlo tú? ¡Sabes cómo necesitamos ese dinero! No se puede ser tan desconsiderada.

Katerina resopla ante la ignorancia de su hermana, pero no tiene ánimo para discutir.

—¿Cómo está mamá? ¿Sigue enferma? —cambia el tema a uno que realmente le interesa.

Ella está bien, pero le urge el dinero.

—Entiendo, te prometo que llegará pronto. ¿Y cómo están los mellizos? Supongo que ya terminarán la secundaria. Me gustaría traerlos a la ciudad para que asistan a la universidad.

Katerina, ¿cuándo enviarás el dinero para decirle a mamá?

La tristeza la invade al sentirse sola, puesto que a ellos solo les importa el dinero que pueden obtener de ella.

—Haré todo lo posible para que les llegue hoy —su voz tiembla ligeramente.

Eso espero. Ya el niño no tiene leche y estoy desesperada.

—¿Te refieres a tu último bebé? ¿Tu esposo no está trabajando?

¡Ay, Katerina! A las personas que no tenemos la vida resuelta como tú, se nos hace difícil hasta lo básico, pese a que trabajemos. Ruso trabaja, pero no gana lo suficiente. ¿No recuerdas lo difícil que es sobrevivir en este pueblo? ¡Qué vas a recordar! Si tú vives en la ciudad y tienes mucho dinero. ¡Eres una suertuda!

Katerina se llena de indignación ante las palabras de su hermana, quien desconoce por completo el precio que ha tenido que pagar para tener esa solvencia económica. ¿Suertuda? ¿Acaso lo dice en serio?

Respira profundo para tragarse el mal sabor de boca y suaviza la voz.

—Entiendo… De todas formas, les envío suficiente dinero, aunque no comprendo cómo es que lo gastan todo tan rápido. No te preocupes, hoy no pasa el envío. Por favor, dale un beso a mamá de mi parte y un abrazo a los mellizos. Diles que en las vacaciones pueden venir a la casa y quedarse un tiempo conmigo, en caso de que yo no pueda ir —dice con añoranza. Extraña de verdad a su familia, pues hace un par de años que no los ve debido a la universidad y los negocios.

Sí, sí, sí… Que no se te olvide enviar el dinero hoy.

—Está bien. Dale un beso al bebé… —Su hermana cierra la llamada antes de que ella termine de hablar—. Adiós, hermanita; yo también te extraño mucho —ironiza mientras hace una mueca.

***

El joven de cabellera dorada camina por las penumbras de la ciudad, con un bulto negro alrededor de su cuerpo. Mira por doquier cada cierto tiempo, asegurándose de que nadie lo esté siguiendo.

De lejos vislumbra la estación del tren. Su corazón late con ímpetu cuando ve a su objetivo tan cerca y su paladar se llena del sabor de la anhelada libertad; sin embargo, no logra avanzar más allá del callejón que queda a unos metros de esta, pues de repente se encuentra rodeado por varios hombres.

—¿Qué quieren? —pregunta, disimulando el temor que lo embarga.

Los sujetos de apariencia intimidante se miran entre sí con complicidad, pero no responden.

—No tengo nada que les pueda interesar, así que quítense de mi camino —añade con fachada de valiente.

Aquellos desconocidos se acercan a él con pasos firmes y expresión amenazante.

Giovanni, al darse cuenta de que buscan problemas, retrocede asustado y se prepara mentalmente para huir; no obstante, un golpe sorpresivo por la espalda lo hace caer de rodillas, y todos ellos comienzan a golpearlo.

***

Dos días después…

En el hospital, una enfermera le quita el suero.

—Estas son las indicaciones del doctor: debe tomarse los analgésicos cada seis horas para calmar el dolor y los antibióticos cada doce horas —le explica la mujer.

—Gracias, enfermera —responde Lisselot, con cara de tragedia.

—Ya él está de alta. Lleven esta referencia a facturación para que le programen una cita con el doctor dentro de una semana.

—Él no tiene el seguro de la familia… —Lisselot se lleva el dedo huesudo a los labios con dramatismo. Su sobrino entorna los ojos—. Gio, querido, dime que no cancelaste tu seguro médico, por favor.

—Lo hice. Me iba a ir de esta ciudad de mierda, ¿para qué iba a mantener un seguro que no iba a poder usar en otro lugar? —Hace una mueca de hastío.

La enfermera los observa extrañada, puesto que los Amato son conocidos por ser la familia más rica de Cinsy.

—Yo he pagado todo —aquella frase suena como una sentencia para el chico, quien mira en dirección a la puerta y vislumbra a su tío Víctor, encarándolos con orgullo. De inmediato, la rabia lo consume al ser consciente de lo que aquello significa: deuda.

—No tienes que pagar nada, yo lo haré —replica Gio.

—¿Cómo lo harás? Te robaron todo lo que tenías, estás arruinado. Pero no te preocupes, me encargaré de ti de la misma manera en que lo hice diez años atrás; eres mi sobrino, por lo tanto, nunca te abandonaría —le asegura Víctor con un aire de protector bien actuado.

Giovanni sonríe sarcástico al escucharlo, y un escalofrío le recorre el cuerpo. Está jodido y atrapado otra vez.

«Qué iluso fui al creer que obtendría mi libertad», piensa con angustia, al ser consciente de que no tiene otra salida que volver a prostituirse. El solo hecho de imaginarlo le provoca náuseas.

***

Varios días después, Gio se encuentra en la mansión de los Amato.

—No voy a regresar, tío —repite la misma frase de todos los días, desde que salió del hospital.

—¿Y cómo piensas pagar los medicamentos, la comida y los gastos de hospital? Eso, sin contar todo el dinero que estoy gastando para protegerte de la mafia.

—¡Protegerme de la mafia! ¡Maldición, tú eres la puta mafia! ¿Crees que no sé que esos hombres trabajan para ti y que tú los enviaste? ¡No me creas pendejo, Víctor Amato!

—¡Cuánto te equivocas, Gio, de mi corazón! Esos hombres los envió la mafia a la que tu padre le quedó debiendo. De alguna manera se enteraron de tu escape. Tienes suerte de estar con vida.

Giovanni observa a su tío mentir con tanta naturalidad y franqueza; entonces se pregunta cuántas veces le creyó todas sus mentiras.

—Yo te pagaré con trabajo honrado. A ti, a Lisselot y a Juárez. ¡Vaya, familia de mierda que me gasto! Se pudren en dinero, pero me cobran hasta el agua que tomo de su cocina. ¡Hijos de la gran puta que los parió!

La bofetada que le atina su tío resuena en toda la habitación. Los ojos de Gio se agrandan por la ira y las ganas de matar a ese infeliz se apoderan de él.

—¡Maldito cabrón de mierda! ¿Acaso quieres que te mate con mis propias manos? Te juro que me pagarás por todo el daño que me has hecho. Por ahora, lárgate de mi vista.

—Eres un malcriado y malagradecido. Muerdes la mano que te da de comer; pero para que veas que yo sí te quiero y no soy rencoroso, te dejo la propuesta abierta para cuando te recuperes de esos golpes.

Víctor suelta un largo suspiro y añade:

—Piénsalo. Tendrás un apartamento de lujo, vehículos y una cuenta llena de dinero. Eso no lo lograrás con un salario de mierda. En todo caso, ¿quién te contrataría? Lo único que sabes hacer bien es darles una buena cogida a las señoras de Cinsy; fuera de ahí, no eres nadie. Piénsalo, querido sobrino, y me haces saber tu decisión.

Gio no responde, mas se lo piensa. Víctor tiene razón en todo, y odia tener que aceptar esa verdad que lo destroza.

El tío se marcha con aire victorioso, dando por ganada aquella batalla que le parece ridícula. Mientras que Giovanni se queda allí, afligido y sumido en una encrucijada.

El gigoló y la viuda

El gigoló y la viuda – Capítulo 4 El gigoló y la viuda – Capítlo 6
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