Anabela se abrazaba a sí misma mientras las lágrimas le mojaban las mejillas. Las imágenes de ese tipo abusando de ella se mostraban en su cabeza en cuestión de segundos, que a esta le parecían eternos.
Estaba temblando y tenía mucho miedo de volver a vivir aquello, así que prefería morir antes de permitirle que él se saliese con la suya otra vez. No lo soportaba, lo odiaba y deseaba matarlo con sus propias manos. ¿Por qué dejó su arma? Ya se imaginaba a Arthur regañándolas, ya que él les había advertido que salieran desarmadas.
De momento miró a su caballo. ¡No estaba lejos! Por lo que maquinó varias formas de llegar a él.
Por su parte, las demás chicas se mantenían en silencio mientras los hombres de ese ser asqueroso las observaban con maldad.
Necesitaba ir por ayuda.
Henry se acercó a ellas y los nervios la abordaron; no, prefería morir. Corrió hacia su caballo y de un salto lo cabalgó; por suerte ella era rápida y una de las mejores jinetes en la hacienda, por lo que sus habilidades le habían dado la victoria en varias carreras y siempre había sido admirada por sus acrobacias y maniobras.
Cabalgó con prisa e ignorando los gritos de parte de Henry, cuyas vociferaciones provocaron que sus hombres empezaran a dispararle a Anabela. Pese al dolor y el ardor que sintió al ser alcanzada por una bala, ella no se detuvo. Sam gritó al notar que esta estaba herida y los nervios la pusieron a temblar, mientras que Anabela, pese a que su brazo no estaba en condiciones y que de este emanaba mucha sangre, no se inmutó y continuó cabalgando a toda velocidad.
—¡Debemos irnos! La perra va a avisar a los hombres de Connovan. —Uno de los matones advirtió.
—Está herida, así que no va a llegar muy lejos. Esa zorra es una mujer y estas son débiles, lo más seguro es que se morirá desangrada.
—¡Qué tiene que ver que sea una mujer! Idiota, machista. —Jacqueline emanaba chispas porque no soportaba esos comentarios machistas.
—Cierto, Jacqueline Ben es una mujer que combate el machismo. Tú, lo que necesitas es un buen hombre, que te saque todas esas ideas de la cabeza. No te preocupes, que yo te voy a hacer el favorcito. —El rubio rio con sorna, mas ella lo cacheteó; pero ese golpe fue combustible para su risa. Ella estaba nerviosa, pues temía por Anabela, quien había recibido dos impactos de balas.
—¡Tú! —Henry llamó a uno de sus hombres—. Sigue a la puta herida y asegúrate de que deje de respirar.
El hombre asintió, montó su caballo y se marchó. Sam y Jacqueline se miraron aterradas.
Los demás matones se acercaron maliciosos a las dos mujeres y Sam empezó a temblar, temía a que pronto podría tener una crisis.
Por otro lado, Anabela cabalgaba con todas sus fuerzas, aunque la pérdida de sangre la tenía débil. Percibió galopes detrás de ella y su corazón palpitó con más intensidad; debía llegar, tenía que lograrlo.
***
Arthur y sus hombres estaban en los sembradíos de manzanos revisando la cosecha, cuando tres de sus empleados vinieron exaltados en su dirección.
—Señor, encontramos a la señorita Anabela mal herida en el camino que conduce al río. —Uno de ellos informó; al instante, Samuel y Arthur corrieron hasta donde él se encontraba.
—¡Qué rayos! ¿Dónde está ella? —gritó Samuel con nerviosismo.
—Juan y Damián la llevaron a la hacienda para ser curada. Ella estará bien, la encontramos a tiempo.
—¿Saben qué sucedió? —indagó Arthur.
—Fue uno de los hombres de Henry. Cuando la encontramos tirada al lado de su caballo, aquel rufián venía a ella con un arma. Le disparamos al instante.
—¡Desgraciado! De seguro el maldito de Henry la mandó a matar —espetó Samuel, apretando los puños debido al coraje. En ese momento, un hombre delgado y bajito vino a ellos con expresión y movimientos alterados.
—¡Las señoritas Sam y Ben están en peligro! —advirtió sin bajarse de su caballo—. Cuando estábamos llegando a la hacienda, Anabela despertó y nos dijo que Henry y parte de sus hombres están en el río, y que tienen a las dos mujeres acorraladas.
Arthur se puso pálido. Sin pensarlo dos veces, corrió en dirección a su caballo y lo cabalgó. Todos los hombres lo imitaron, entonces se dirigieron al río tras él.
***
Jacqueline era sostenida por dos hombres, mientras que los demás acorralaban a Sam, quien estaba tirada en el suelo y convulsionando.
—Arthur tiene unos gustos variados; por una parte, tenemos a la hermosa y elegante rubia; pero por otra… —Henry miró a Sam de forma despectiva—… está esa cosa… ¡Qué mujer más rara! ¿Por qué usas un velo?
—¡Debe ser muy fea! —Uno de sus hombres se burló entre risas.
—Pues eso lo vamos a comprobar pronto. —Henry sonrió malicioso y se acercó a ella. Sam, en cambio, se arrastró para alejarse, provocando la risa de parte de él al sentirse poderoso ante la vulnerable mujer. Le era divertido percibir su miedo, que le era combustible para molestarla.
Por su parte, Sam temblaba y las lágrimas mojaban su velo; temía y mucho. Ver ese rostro lleno de maldad la llevó al pasado, al infierno que vivió. Estaba en medio de una crisis nerviosa, ya que no podía controlar el temor y la impotencia.
De repente se sintió expuesta cuando la brisa le acarició el rostro, por lo que supo que ya no tenía su velo puesto. De inmediato y con gran desesperación, se cubrió la cara con sus dos manos y agachó la cabeza; esa posición permitía que el cabello le tapara el rostro y parte de los brazos.
—¡Vamos! Déjanos ver tu cara, loca. —Henry se mofaba.
Él rompió el velo en pedacitos entre burlas y carcajadas. De repente, varios disparos los espantaron. Los que sostenían a Jacqueline la liberaron y sacaron sus armas, pero las balas que se incrustaron en sus cuerpos los hicieron desplomarse. Como respuesta del ataque y al verse acorralado, Henry se subió a su caballo y escapó con los pocos hombres que le quedaron vivos.
Entretanto, Samuel y Arthur se tiraron del caballo y corrieron en dirección a las mujeres. Jacqueline empezó a gritar al verse rodeada de cadáveres y corrió desesperada, pero tropezó con uno de ellos, por lo que cerró los ojos con fuerza y se aferró a su propio cuerpo; sin embargo, no llegó a caerse porque Samuel la atrapó.
Ella, cuando abrió los ojos y se sintió refugiada en unos brazos fuertes, miró al grandulón que la sostenía, con expresión desorbitada y asustada. Mientras que Samuel, quien la tenía cargada, caminó con ella lejos de los cadáveres. En medio de ese momento abrumador, sus miradas se cruzaron y una sensación extraña inundó sus cuerpos.
Arthur, en cambio, corrió en dirección a Sam y la cubrió con sus brazos, quien temblaba y lloraba con desesperación mientras se tapaba el rostro con las manos. Él miró al suelo y vislumbró al velo allí, que se encontraba destrozado en pedazos, entonces se quitó su camisa, dejando su torso desnudo, y la amarró alrededor del rostro de ella.
Sam sintió alivio al no sentirse expuesta más, entonces lo abrazó para buscar su cálido refugio. Él la mecía mientras siseaba para calmarla. La tomó entre sus brazos, la subió a su caballo y cabalgó en dirección a la hacienda. Sabía que tenía que denunciar a Henry e investigar lo que sucedió, pero primero estaba Sam. Debía llevarla a un lugar seguro y privado donde ella se sintiese cómoda.
Una vez en la hacienda, él subió las escaleras que lo dirigían a la habitación de Sam con ella cargada. Todos lo observaban con curiosidad durante el trayecto y, después de que él preguntó por Anabela, cerró la puerta y puso a Sam sobre la cama.
—Ya estás bien, estoy aquí contigo. —Él se recostó a su lado y le acariciaba la cabeza. Por lo que ella se refugió en su pecho desnudo.
Media hora después, Sam se encontraba más calmada.
—Gracias… —balbuceó. Él le levantó el mentón para apreciar su mirada avellanada.
—No tienes que agradecerme. Sam, tuve tanto miedo. Yo… no sé qué haría si algo malo llegase a sucederte. —Sus ojos se cristalizaron. El simple hecho de imaginarse a esos hombres haciéndole daño lo llenaba de rabia y dolor.
—Quiero hacerlo… —Se acurrucó en su pecho, lo necesitaba tanto, pero ya no podía seguir sufriendo por amor—. Arthur, ya no te daré más problemas… Es hora de tomar mi camino.
—¿Qué dices? —La miró desconcertado—. Te prometo que no volverá a suceder; pondré vigilancia en todos mis terrenos, contrataré a más hombres y te aseguro que el acoso de hoy no se repetirá, no permitiré que te hagan daño.
—No es eso… No quiero seguir siendo débil; vivir esta experiencia me hizo entender lo frágil que es la vida. Yo… quiero hacer algo por mí misma y estar aquí no me está ayudando…
—¿Qué necesitas? Te daré todo lo que pidas, pero no te vayas. Yo te amo. —Ambos se quedaron en silencio. Arthur mordió su labio inferior al caer en cuenta de lo que había dicho. Lo había hecho, le confesó a Sam que la amaba.
—T-Tú… —balbuceó estupefacta. Los temblores regresaron, pero esta vez eran debido a los nervios que la confesión de Arthur le provocaron.
—¡No puedo seguir engañándome a mí mismo ni a todos! Te amo… No sé nada acerca de tu origen o quiénes te hicieron daño; como tampoco sé si huyes de la justicia o lo haces por temor a que te dañen de nuevo. No conozco tu rostro completo ni tu sonrisa, pero lo que he visto de ti me ha enamorado. Perdón por ser un cobarde; perdón por aferrarme a un plan que mi padre elaboró sin consultarme. Quiero vivir con las consecuencias de mis propias decisiones, y también cometer mis propios errores.
Él la abrazó, mas ella se quedó helada en su lugar. Si bien había soñado con ese momento desde que él se marchó de la choza, casi un año atrás, no entendía por qué se sentía tan aterrada. Temblaba, al tiempo en que las lágrimas de ella brotaban, mojando la camisa que le cubría el rostro. Un sentimiento cálido y de valentía le inundó el pecho, así que lo decidió; le mostraría su rostro al hombre que amaba.
—Arthur… —Él se separó para mirar esos ojos color avellana que tanto le gustaban—. ¿Cómo puedes enamorarte de alguien que no te ha mostrado su rostro? ¿Que no se enamoran los hombres de lo que sus ojos ven?
—Te vi, no físicamente, pero vi más allá de la apariencia. No me importa lo que hay debajo de tu velo, me importa que seas tú quien esté a mi lado. Sam, si deseas… podemos…
—¡Señor, Connovan! —Los toques en la puerta rompieron su burbuja. Arthur se limpió las mejillas y salió de la habitación, dejando a Sam extasiada y desconcertada con aquellas últimas palabras.
