Sam se echó un poco de perfume y se miró en el espejo. Se puso el manto azul oscuro que hacía juego con su vestuario de tono celeste y perla, luego resaltó sus ojos de color avellana con un delineador negro y un poco de sombra blanca. Se había puesto labial, pese a que nadie iba a verle los labios, pero era para mantenerlos humectados.
Su cabello lucía hermoso y sedoso, aunque solo se mostraba una parte de este porque el velo cubría casi todo su rostro, incluyendo su cabellera. Había cambiado mucho desde que Arthur la llevó a la hacienda, por lo tanto, ya no estaba desaliñada y su cabello no parecía un nido de aves.
Aquel día le preocupaba el no saber si sería capaz de almorzar con la altura y elegancia, que se requería en esa ocasión donde serían visitados por aquellas personas de la cúspide, puesto que se vería raro que ella entrara el tenedor por debajo de la tela. No obstante, era la única manera de no descubrir su identidad.
¿Algún día superaría su trauma? ¿Podría ella liberar su rostro de aquel velo?
De momento la nostalgia la embargó. Antes de caer en las garras de Daniel, ella era feliz y libre. Una jovencita soñadora y sin complejos. Su padre siempre resaltaba lo hermosa que ella era, aunque Sam nunca se consideró muy bonita, pero estaba satisfecha con su aspecto. Eso cambió; ahora odiaba su rostro, puesto que no soportaba lo que este transmitía y lo que ella cubría con él.
***
La familia Ben hizo entrada en la hacienda, bajo la atenta mirada cargada de curiosidad de todos los presentes. Después de que conversaron un rato con Arthur, pasaron a la mesa. Anabela se sentó junto a Sam, quien quedó frente a Arthur; este a su vez, se sentó al lado de una hermosa rubia a quien presentó como Jacqueline Ben; una mujer esbelta de cabello corto por el cuello, ojos azules claros, como todos los visitantes en el almuerzo; vestida de pantalón de tela gruesa de color crema y con una camisa negra de tela transparente.
Su porte era moderno y autónomo, ya que aquella mujer emanaba seguridad e inteligencia, asimismo, hablaba con soltura y educación. Sus labios delgados estaban pintados de un rojo intenso y sus ojos adornados con un maquillaje claro y suave. Sonreía a todos los presentes y mantenía conversaciones con mucha propiedad, en pocas palabras, ella era una mujer admirable y muy hermosa.
En cuanto a los demás visitantes, poseían los mismos rasgos físicos y denotaban mucha clase. Constaban de una familia de cuatro personas, entre ellas: Jacqueline, su hermano y los señores Ben; sus padres.
Cuando Arthur presentó a Sam, todos se quedaron viéndola con extrañeza, pero ninguno hizo algún comentario o pregunta imprudente que la incomodara, más bien se limitaron a saludar.
La velada fue agradable y sin tensión, puesto que tanto Sam como Arthur disimularon muy bien su tristeza.
***
—Oye, Sam —la abordó Anabela con expresión de intriga—. Esa señorita…, yo la conozco. Es una vieja amiga de Arthur, pero nunca había venido a la hacienda. Por casualidad, ¿sabes si hay algún motivo importante detrás su visita? —inquirió. Por alguna razón, la visita de ella y su familia le parecía sospechosa.
Ya había tenido la oportunidad de tratarla, pero no con mucha frecuencia, puesto que viajó a la capital junto a Arthur muy pocas veces.
—Pronto lo sabrás —respondió cortante.
—No entiendo cuál es el misterio. Me preocupa bastante que Arthur cometa una estupidez. Está tan ensañado con los Jones y los Delton, que me temo que él haría cualquier cosa para quitarles poder.
—Pues yo no sé mucho y, lo poco que Arthur me ha mencionado, es confidencial por ahora. Tampoco entiendo el misterio, pero me imagino que él tendrá sus razones. —Se encogió de hombros.
—Bueno, me parece sospechoso que esa familia venga a observar la riqueza de él, asimismo, el que esa rubia no se le despegue de al lado. Mucho menos, entiendo la razón para ella quedarse en la hacienda por toda una semana; esto no me gusta nada.
—Arthur no es tonto, él sabe lo que hace —concluyó con la incómoda conversación. Solo quería estar sola y lidiar con su dolor en paz.
***
La familia Ben se despidió de Arthur y Sam, a excepción de Jacqueline, quien se quedaría hasta el anuncio del compromiso.
—Bueno, es hora de que descanse un poco. —La rubia se dirigió a Arthur sonriente—. ¿Vendrás a dormir o prefieres acostarte más tarde?
Sam tragó pesado. ¿Acaso dormirían juntos?
—No dormiré ahora, no tengo sueño aún. Ve a descansar tranquila, Nidia te va a dirigir a tu habitación. —Miró a Sam, como si intentara aclarar el malentendido que se imaginaba había en su mente—. Mañana nos ponemos al día.
—Bien, como digas —contestó su amiga y lo besó en la mejilla. Aquel gesto lo tensó, debido a Sam. Si bien entre él y Jacqueline siempre hubo ese tipo de confianza, se sentía incómodo con las muestras de cariño delante de Sam. Aquello lo hacía sentir tonto, puesto que se suponía que su prometida era Jacqueline no Sam.
—Buenas noches, Sam. —Ella se le acercó y la abrazó, mas Sam no supo cómo reaccionar a su muestra de cariño—. Ha sido un placer conocerte. —Jacqueline le sonrió con amabilidad, acción que provocó que Sam se sintiera culpable, gracias a que, el día anterior, ella le había besado el novio.
Por su parte, Arthur miró a Sam con nerviosismo, una vez se quedaron solos en la sala.
—Yo … —Peinó su cabello con sus manos—. Estaré afuera…
—Buenas noches —lo interrumpió ella con frialdad, antes de subir las escaleras a toda prisa. Desde que se vio en la seguridad de su habitación, se sentó en la cama y lloró desconsolada. Rio con amargura ante su mala suerte, ya que una vez más otra mujer le arrebataba al hombre que amaba, era tan injusto.
Al día siguiente, ella se levantó temprano y se sentó afuera de uno de los establos de la hacienda, a conversar con Raúl, Anabela y Samuel. Puesto que este le había preguntado por qué vagaba en aquel pueblo donde se reencontró con Arthur, ella le relató lo que le había sucedido.
—Entonces un grupo de hombres asaltó tu choza y por poco te violaroin —repitió él con asombro.
—Así es, pero me escapé. Y, dado que no tenía dinero ni quien me ayudara, vagué por las calles de los pueblos. Todos los días buscaba la manera de buscar comida o encontrar un lugar dónde refugiarme, pero nadie me quería dar trabajo ni hospitalidad, debido a mis fachas. Las personas me ahuyentaban porque creían que estaba loca, así que mendigué por unas semanas hasta que Arthur me encontró; él me salvó la vida —narró con voz temblorosa.
—Pues te devolvió el favor, ya que tú se la habías salvado a él primero —razonó Samuel.
—La historia de ustedes es muy linda, son una pareja excepcional —soltó Anabela.
—Sí, el amor es hermoso e intenso. —Samuel fijó sus ojos de enamorado sobre ella, quien le evadió la mirada, acción que lo entristeció.
—Dejen de hacer esos comentarios —reprochó Sam—. No es prudente lo que dicen, Arthur y yo no somos pareja.
—Los dos se aman y tienen mucha tensión sexual, así que es cuestión de tiempo para que algo muy sensual suceda entre ustedes —replicó Samuel con una sonrisa cargada de picardía. Su comentario sonrojó a Sam, quien no pudo evitar el imaginarse la alusión de él.
—¿Quiénes tienen tensión sexual?
Sam casi da un respingo del susto al escuchar a Jacqueline. Ellos cuatro estaban tan sumidos en su conversación, que no se habían percatado de la presencia de la rubia.
—¿Quiénes más? Ar… —Sam le tapó la boca a Raúl con nerviosismo. En ese momento, Arthur hizo presencia.
—Samuel, debemos irnos, recuerda que tenemos algo pendiente —se dirigió al grandulón. Sin despedirse, ambos hombres fueron por sus caballos y, bajo la atenta mirada de todos, emprendieron el viaje.
—Oigan… —Jacqueline captó la atención del resto—. ¿Por qué no damos un paseo por los terrenos de la hacienda? Estoy un poco aburrida y sería agradable que nos conozcamos más.
—¡Claro que sí, señorita! —respondió Raúl por todos con una gran sonrisa. Anabela lo miró mal, puesto que no quería mezclarse mucho con esa mujer, hasta saber qué se traía Arthur en manos; aunque si lo pensaba mejor, podría sacarle esa información a ella misma.
—Por mí está bien —secundó Anabela con una falsa sonrisa. Todos miraron a Sam expectantes de su respuesta.
—Pues…, no estoy de humor para paseos. —Se encogió de hombros. No quería mucho trato con aquella señorita porque no le parecía apropiado.
—Vamos, no seas descortés. —Anabela insistió.
—Sí, por favor —rogó Jacquelin—. Mira que me agradas mucho y creo que podemos ser muy buenas amigas. Arthur me ha hablado maravillas acerca de ti, así que quiero experimentar por mí misma cuán hermoso ser humano eres.
Eso le dolió. Se sentía la persona más malvada del universo, puesto que, por una parte, su corazón saltó de alegría al saber que Arthur hablaba de ella; pero por otra, la culpa la estaba carcomiendo por dentro.
Se rindió ante la mirada azul y manipuladora de la rubia, asimismo, del tierno puchero que esta formó. Las tres mujeres y el chico empezaron su andar. Entre conversaciones banales, anécdotas y risas, apreciaban la belleza de los terrenos de Arthur.
Sam conversó poco y se pasó el trayecto detallando a la futura esposa del hombre que amaba. No hacía falta mucho análisis para saber que ella era una buena persona y que nadie mejor que esta podría ser la pareja de Arthur.
La observaba hablar con tanto dominio y propiedad que sintió un poco de envidia. A pesar de ser tan joven, Jacqueline parecía saber lo que quería en la vida, ya que hablaba de metas bien trazadas. A Sam le pareció noble que, entre su visión del futuro, estuviera imponer la verdadera justicia en las regiones del Norte, donde la corrupción de los más ricos estaba destruyendo a los pobres. Entonces entendió la razón de Arthur haberla escogido a ella; ambos tenían el mismo objetivo y las mismas ambiciones. Por lo tanto, se sintió tan pequeña y tonta. Sentía vergüenza porque no debió si quiera imaginarse una relación con Arthur, por la simple razón de que ella no era la indicada.
***
Arthur y Samuel cabalgaron por dos horas y llegaron a una pequeña granja. Allí los recibió un señor mayor con aspecto sucio, quien les sirvió cerveza a ambos.
—Bien, Tulio —pronunció Arthur con firmeza y un poco de ansiedad—. Dijiste que habías encontrado algo, suelta la sopa, pues.
El viejo lo miró con dramatismo y una sonrisa retorcida, que mostraba su dentadura dañada.
—Así es. Estuve investigando en los pueblos aledaños del lugar donde estuviste por un mes y, aunque no encontré mucho… —Hizo pausa para sorber su bebida, luego acercó el rostro a Arthur—. Buscando y rebuscando descubrí un pueblo no muy mencionado por estos lados, debido a que está ubicado al Este, por las tierras que se encuentran después de cruzar el lago verde.
—Demasiados rodeos —se quejó Samuel, como respuesta el anciano hizo una mueca.
—Como les estaba diciendo —continuó—, en ese pueblo hay mucha corrupción desde unos años para acá y, según escuché, todo sucedió después de la muerte de un tal Fraga, quien era dueño de la mayoría de los terrenos de aquel lugar. Las personas que habitaban allí le tenían gran estima por su generosidad y humildad.
»La hacienda de ese señor generaba trabajo a una cantidad considerable de pueblerinos, por lo tanto, fueron muchas las familias que se mantuvieron gracias a ello. El caso es que su hija y único familiar se casó con un trabajador de confianza del señor Fraga. Pero lo raro de aquella celebración y que se convirtió en un misterio que levantó las sospechas de todos, fue que Fraga murió en la celebración de la boda de su hija y nadie supo explicar la causa de su muerte. Según la autopsia murió por muerte natural, pero los invitados, que cabe decir era casi todo el pueblo, no quedaron satisfecho con aquellos resultados.
—¿Por qué? —indagó Arthur intrigado. —Por la manera en que murió. Se dice que convulsionó y que le salió espuma de la boca antes de fallecer, por lo que todos concuerdan con que fue envenenado. Pero ¿saben que es lo serio del asunto? —Tanto Arthur como samuel negaron a su pregunta—. Que la primera sospechosa fue su hija y única heredera: Samay Fraga.
