—Eres una inservible —escupió la pelirroja con aire de superioridad—. Siempre creyéndote más santa que los demás y mírate, no eres nadie, Samay.
—¿Qué quieres, Bárbara? —interpeló entre dientes. No la soportaba, así que lo único que deseaba era que saliera de su habitación.
—Para ti, señora Bárbara. Tú solo eres una arrimada en mi casa; ya estoy cansada de ti y de que mires con lujuria a mi marido. Daniel es mío, Samay, así que no te hagas ilusiones.
—¡Deja de decir estupideces! Daniel es mi esposo y esta es mi casa. Yo soy la heredera de papá, la única arrimada aquí eres tú.
—Ja, ja, ja, ja, ja… —La pelirroja rio con sorna—. ¿Tu esposo? Le das asco, Samay. Para que te enteres de una buena vez y sepas cuál es tu lugar, Daniel y yo somos pareja desde antes de él «pretenderte». ¿Con quién crees que duerme toda la noche? Samay, Daniel nunca te tocaría como lo hace conmigo; él y yo estamos enamorados, mi hombre se casó contigo con el único motivo de asegurar nuestro futuro.
—¡Eso no es cierto! ¡Eres una mentirosa! —Sam no pudo evitar las lágrimas. Sus manos temblaban y el pecho le dolía.
—¡Respétame! La única mentirosa aquí eres tú —espetó colérica y la agarró por el cabello. Sam, al verse atrapada por ella, atinó a hacer lo mismo. Fue así como ambas gritaban y se halaban la cabellera con fuerza y tirria.
—¡¿Qué rayos sucede aquí?! —Daniel entró hecho furia al escuchar los gritos desde afuera—. ¡¿Qué es este maldito escándalo?! —Volvió a vociferar con un tono dominante y autoritario, lo que provocó que las dos mujeres se separaran aterradas, gracias a la fuerte y gruesa voz.
—Tu mujercita que me está faltando el respeto, no sabe cuál es su lugar —la acusó la pelirroja.
—¡Explícate, Samay! —ordenó el esposo mientras la miraba con reproche en sus ojos.
—Esta mujer entró sin permiso a mi habitación, me insultó y me atacó. Si supieras las estupideces que dijo, Daniel. —La voz le salió chillona por el llanto—. Se atrevió a ofenderte diciendo que tú y ella son pareja y que te casaste conmigo por dinero. ¿Cómo se atreve a decir tal barbaridad? —Se Cubrió el rostro con las dos manos por unos segundos, luego lo encaró a la espera de una negación de su parte y que le diera su merecido a esa intrusa malvada; sin embargo, la mirada fría de parte de él y la expresión triunfante de su prima le provocó un amargor en el pecho, al entender la situación.
—¡Bárbara, sal de aquí! —ordenó con tono frío. Y, aunque su expresión era intimidante, la aludida salió de allí con una sonrisa en la cara.
—Ella miente, ¿cierto? —Sam se acercó cuando quedaron solos en la habitación—. Tú no te casaste conmigo por dinero, ¡tú no te acuestas con mi prima! —Iba subiendo la voz en cada frase y sus ojos avellanas estaban llenos de lágrimas y furia—. ¡Habla, Daniel! ¡Tú no eres un maldito patán, ¿cierto?!
Una cachetada interrumpió su reclamo y ella cayó al suelo por la fuerza con que fue golpeada. Daniel se puso encima de Samay en cuclillas y continuó golpeando con furia y sin piedad, ignorando sus gritos y ruegos.
—¡¿Por qué?! —Ella espetó con desesperación y él esbozó una sonrisa retorcida.
—No te soporto. Eres la típica niña mimada que lo tiene todo, mientras que yo nunca tuve nada. Me tocó pasar hambre y carencias, gracias a tipos como tu padre. Hombres ricos que se aprovechan de sus sirvientas, las preñan y las dejan a su suerte. Como nunca encontré al desgraciado que violó a mi madrecita y le dio dinero para que se calle y desaparezca, entonces busqué mi venganza en otra persona. Te odio, Samay. Odio a todos los de tu calaña y te advierto: Bárbara es mi mujer y ella es libre de hacer en esta casa lo que se le venga en gana. Tú aquí no tienes nada, así que limítate a hacer lo que te digamos y no cometas más estupideces.
Daniel salió de la habitación, estrellando la puerta tras sí.
—¡Papá! —Sam lloraba desconsolada. Estaba completamente sola y desamparada en medio de esos buitres. ¿Cómo se atrevieron a hacerle aquello? ¿Cómo pudo ser tan tonta y caer en su trampa?
Ella estaba enamorada de él, por lo tanto, se sentía muy feliz cuando se comprometieron. Había soñado mucho con su boda, con su primer beso y su primera noche juntos, en especial con su primer hijo. Siempre anheló tener una hermosa familia, poder ser esa madre que ella nunca tuvo; pero sus sueños fueron destrozados, ya no podría tener hijos porque simplemente no tenía un marido, aunque estuviese casada.
Sam se despertó de golpe y respiró varias veces para evitar tener otra crisis. No quería importunar a nadie y mucho menos a Arthur, no era correcto que él saliera de la comodidad de su cama a acostarse junto a ella. No podía negar que deseaba su compañía con todas sus fuerzas, pero no estaba bien, su novia lo iba a visitar al día siguiente y ella no debía dar razones de chismes y malentendidos.
***
La mañana lucía hermosa y el cielo estaba despejado con un sol brillante. El rocío todavía se encontraba sobre las flores y el clima aún se sentía agradable. Desde muy temprano la hacienda estaba agitada, puesto que los trabajadores preparaban el lugar para la visita de la señorita Ben con rumores curiosos acerca de aquel extraño recibimiento, mas ninguno imaginaba que aquella invitada pronto sería la prometida de Arthur y que esa era la razón para todo el revuelo en la hacienda.
—Estás muy rara hoy, Sam. —Anabela se colocó a su lado. Sam se encontraba sentada en una banca frente a uno de los jardines traseros, admirando los rosales.
—Solo no quiero estorbar —respondió cabizbaja.
—¿Por qué estorbarías? A veces sales con unas cosas. —Anabela negó divertida—. Por cierto, me encanta como tú y Arthur se compenetran, siempre me pregunté cómo sería ver a Arthur enamorado y con una pareja, en realidad estoy muy feliz de que seas tú —soltó de manera repentina, lo que impresionó a Sam. Aquel comentario le pareció sospechoso y fuera de lugar, pero no le dio importancia. De momento sintió un punzón en el pecho que la ahogaba, luchó con las lágrimas y se aclaró la garganta para no sonar afectada.
—Imaginas cosas, Arthur no está enamorado de mí ni yo seré su pareja —contestó cortante.
—No entiendo por qué lo niegan si es tan obvio. Incluso se besaron y todo.
—¡¿Qué?! —Sam se tapó la boca y le fue inevitable no temblar del miedo. ¿Cómo supo ella aquello?
—Cálmate, Sam. —Rio divertida—. Guardaré el secreto. Tampoco te preocupes por Raúl, lo amenacé para que no siga regando el chisme.
—¡Ese mocoso! —Sam topó su frente escandalizada y nerviosa. Si ese chisme llegaba a oídos de todos, la reputación de Arthur sería manchada.
—No te preocupes, guardaremos el secreto —Anabela le topó el hombro, satisfecha, se levantó y se marchó. Por un instante Sam se quedó pensativa analizando la manera de esta abordarla.
—¡Es hermosa! —Una voz masculina la sacó de su ensoñación, por lo que ella casi dio un respingo del susto.
—¡Samuel, me asustaste! —reprochó mientras se ponía la mano en el pecho—. ¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—Desde la parte del beso, pero no te preocupes, yo también guardaré el secreto.
Sam se frotó la sien con los dedos.
—Al parecer, todos guardarán un secreto que ya no lo es. —Ella resopló. Samuel se quedó observando cómo su velo se levantó un poco con la acción.
—Deberían hacer sus amoríos públicos, además debes cuidar a tu hombre, son muchas las criadas y señoritas de sociedad que le tienen el ojo encima.
—¡Por enésima vez, Arthur y yo solo somos amigos! Hoy se darán cuenta de eso —estalló hastiada del tema, mas, al caer en cuenta de lo que dijo, se cubrió el rostro con las manos por haber hablado de más.
—¿A qué te refieres? —El grandulón preguntó intrigado.
—¡Olvídalo! Mejor explícame el porqué de no aplicar tu consejo. Mandas a otros a tener amores cuando te mueres por Anabela y no haces nada. —Ella lo confrontó. Él se sentó a su lado cabizbajo.
—Es muy obvio. —La miró con esos ojos pardos que intimidaban—. Anabela estudió y aunque es hija de una criada, su círculo de amigos fue casi el mismo que el de Arthur, incluso ella trabaja como asistente del jefe y yo solo soy un capataz bruto. Hasta se iba a casar con un profesional de una familia importante, pues a ella siempre le han gustado los hombres elegantes y educados, yo soy todo, menos eso —se lamentó.
—Eres un buen hombre. Deberías intentarlo si quiera, ¿quién sabe?, tal vez le gustes.
Él rio sin gracia y negó con incredulidad ante su lógica.
***
La mañana avanzó rápido y las criadas corrían de un lado a otro como locas. Sam decidió ayudar a Nidia en la cocina, pues pronto llegaría la invitada de Arthur y el almuerzo debía estar listo a tiempo.
Una hora después de que ella estuviera dando una mano a Nidia y a las demás, Arthur entró a la cocina y le hizo señas a Sam para que esta lo siguiera. Ella obedeció y él la dirigió a su estudio.
Cuando estuvieron sentados, él se aclaró la garganta para hablar:
—Sam, pronto la familia Ben llegará y sabes que almorzarán con nosotros…, está demás decirte que estás invitada; sin embargo, no estás obligada… ¡Rayos! No sé qué es lo que debo hacer ni cómo manejar este asunto… Te aprecio mucho, eres mi amiga y…
—Arthur… —Ella lo interrumpió—. Estaré ahí para darte apoyo y evitar malentendidos. No te preocupes por mí, estoy bien. Si no me quieres en el almuerzo lo entiendo, tampoco tengo problemas con comer en la cocina.
—No, no me malinterpretes, por favor. —Él la miró con remordimiento—. No quiero que esto te afecte, la otra noche tú…
—Olvida lo que sea que haya dicho. Me sentía vulnerable y hablé sin pensar, tan así que ni siquiera recuerdo lo que dije. No estaré en el almuerzo si así lo deseas.
—Se vería extraño que mi invitada no pasara a la mesa a almorzar, se reflejaría como desplante —razonó.
—Entonces estaré ahí junto a ti. Somos amigos, ¿cierto? Has hecho mucho por mí, así que darte mi apoyo es lo menos que puedo hacer por ti.
—Gracias, yo… —No continuó. En su lugar, sus orbes oscuros la escudriñaron con pesar, amor y culpabilidad.
—No tienes que agradecerme. —Ella le sonrió para animarlo.
