23. El apartamento – ¡Me encantas!

This entry is parte 24 de 28 in the series ¡Me encantas!

Laura iba en silencio todo el camino. Trataba de no mirar a Kevin, pues estar a solas con él la ponía nerviosa. En su lugar, contemplaba el paisaje sombreado que recibía desde la ventana.

Kevin, en cambio, la observaba entretenido.

—Llegamos, Ojos melosos —anunció él, sonriente.

Laura se espantó al escucharlo, ya que Kevin no le había llamado así en mucho tiempo. Los ojos se le cristalizaron al recordar la primera vez que él la llamó de esa manera.

Los dos se bajaron del vehículo y llegaron a un complejo de apartamentos lujosos. Había seguridad y una recepción en la entrada. Era un lugar exclusivo y hermoso.

Kevin empezó a hablar con la recepcionista y esta le dio unas llaves. Laura arqueó una ceja, recelosa.

—Kevin —lo nombró cuando se subieron al ascensor—. ¿Por qué me da la impresión de que tenías todo esto planeado?

Él sonrió y le esquivó la mirada.

Se salvó de formular una explicación porque las puertas del ascensor se abrieron, y él extendió la mano a la salida.

Fueron a parar a un pasillo donde había varios domicilios. Pudo apreciar varias plantas y orquídeas; también tenía algunos cuadros en la pared. La pintura era blanca con toques verdes y lila. El lugar era hermoso y muy elegante.

Kevin abrió la puerta de uno de los apartamentos que estaban cerca del elevador. Laura quedó anonadada al ver aquel lugar. Era enorme y lujoso; parecía una suite presidencial de un hotel. La diferencia era la amplitud del apartamento.

Estaba amueblado con muebles finísimos; había varios cuadros de pinturas y fotografías artísticas. Laura llegó a la enorme cocina y estaba maravillada. Contó dos dormitorios, cada uno con su baño, y uno extra para las visitas.

Notó que también tenía un comedor y un lavadero.

Los dormitorios eran de ensueño, con un enorme vestidor y un estudio. Le llamó la atención un cuadro enorme que quedaba frente a la cama del dormitorio principal.

—Eso es… —Señaló la pintura.

—Amor de verano. —Kevin la interrumpió mientras observaba la pieza de arte.

Había sido el cuadro del lago que llamó la atención de Laura en la exposición.

Ella sintió un punzón en el pecho ante la imagen frente a ella y lo que representaba. Luchó contra las lágrimas que amenazaron con salir, así que se volteó para que él no la viera llorar.

Entendía el concepto de la pintura y lo que él expresó en ella.

—¿No te gusta? —le preguntó Kevin, un poco decepcionado por su reacción.

Laura se volteó hacia él, libre de lágrimas.

—Me encanta, es hermoso. —Sonrió.

—¿Y qué te parece? Puedes mudarte cuando quieras. —Le pasó las llaves.

Laura negó, dejándole las manos extendidas.

—Kevin, ni con mi sueldo completo podría pagar algo así.

—Laura… No me hagas este desaire. No vivirás aquí gratis; pagarás una renta. No importa la cantidad, lo que importa es que no será gratis.

—Pero, Kevin… No está bien que la galería me pague la renta… eso estará mal visto.

—No te preocupes, eso no va a pasar. —Laura lo miró confundida—. No es necesario que la galería lo pague, porque este apartamento es mío. Y yo cobro la renta que quiera. Así que deja de pensar tanto y disfruta de tu alquiler. —Sonrió.

Laura meneó la cabeza, resignada.

—Está bien, Kevin. Gracias por tu considerado alquiler.

—Hay reglas —dijo él, acercándose de forma peligrosa.

Laura sintió un estremecimiento en todo el cuerpo y los latidos de su corazón se intensificaron.

—¿Ah, sí? —murmuró ella y arqueó una ceja.

—Puedes tener mascota; no te preocupes por el mantenimiento y limpieza, eso corre por la cuenta del arrendador… No se permite escándalo ni música muy alta… Tampoco se permiten visitas del sexo opuesto ni llegar tarde en la noche…

—Las dos últimas reglas… ¿te las acabas de inventar? —cuestionó Laura, y se cruzó de brazos.

Kevin se rascó la cabeza.

—Mi arrendamiento, mis reglas.

—Entonces, no deberías estar aquí —indicó ella, tomando las llaves.

Él sonrió.

—Yo soy la excepción, soy el arrendador.

—Sexo opuesto es sexo opuesto, sin importar que seas el arrendador. Así que vámonos, no debes estar aquí. De todas formas, tomarás el pago de tu renta directamente de mi salario.

Kevin suspiró, resignado.

—Acorralado por mis propias reglas —dijo él en broma—. Vámonos, tu permiso se acabó —le anunció. Luego salió del apartamento con una sonrisa de satisfacción.

***

Laura no podía creer que viviría en aquel lugar.

Estaba ansiosa por mudarse; aunque Jael no volvió a insinuársele, el ambiente tenso entre ellos la hacía sentir incómoda. Además, necesitaba su propio espacio.

—Laura, te voy a extrañar mucho. —Lía la abrazó fuerte.

—Yo también a ti, Lía. Puedes venir cuando quieras, mis puertas están abiertas para ti. Siempre te estaré agradecida por todo lo que has hecho por mí.

—Me vas a hacer llorar, Laura —dijo, y la volvió a abrazar—. Tú también visítame. Mis puertas siempre estarán abiertas para ti. Oye… —sonrió con picardía—, ¿y cuándo tú y Kevin se van a reconciliar? No entiendo cómo puedes estar cerca de ese papasito y no lanzarte. ¡Yo ya me lo hubiera comido!

Laura rio entretenida.

—Dices de tu primo, pero tú no te quedas atrás —bromeó.

—La diferencia entre él y yo es que lo mío se queda en las palabras. ¡Pero ese niño no se controla! —Ambas rieron.

Las chicas se fueron a dormir tarde, ya que esa sería la última noche que compartirían habitación.

Laura estaba empezando a dormirse cuando sintió que la puerta se abrió; luego escuchó unos pasos que se hacían más fuertes. Se espantó al sentir que alguien empezó a tocarla. Miró al lado de Lía, pero ella no estaba.

—¡Lía! —gritó desesperada, pero nadie le respondió. No podía ver quién era porque estaba oscuro. Empezó a forcejear con él, pero él era más fuerte. Rompió su blusa y sintió su lengua sobre su piel. El asco y la impotencia la hacían gritar como loca, pero nadie venía a su auxilio.

—Te haré mía y luego nos casaremos.

—¿Frank? —Él se rio a carcajadas al escucharla.

—¿Creíste que podías escapar de mí?

—¡Laura, despierta! —Lía la removía preocupada. Laura despertó espantada—. ¿Pesadillas otra vez? —El rostro de Lía irradiaba preocupación—. Deberías hablar con alguien de lo que te pasó, Laura. Un especialista, tal vez. Debes superarlo; tal vez el hecho de que él esté campante por ahí te haga sentir insegura.

—Lía, no tengo pruebas —dijo con lágrimas en los ojos—. En cuanto a hablar con un especialista… no sé, no es para tanto. Yo… lo superaré. Solo es que fue reciente; es normal que me pasen estas cosas.

—No sé, Laura. Por lo menos habla con Kevin, tal vez él sepa qué hacer.

—¡¿Cómo se te ocurre?! —profirió alterada—. Si Kevin se enterara… No, eso no puede pasar. Kevin es muy impulsivo, podría cometer una locura. Además, él no tiene nada que ver con mi vida… Él ya tiene a otra persona en su corazón. No tengo por qué decirle… —continuó con titubeos.

—¿A quién quieres convencer? ¿A mí o a ti? No sé de dónde sacas que Kevin tiene algo que ver con la tal Johanny cuando es obvio que él se muere por ti. ¿Por qué sigues evadiendo la realidad y no le das la oportunidad de demostrarlo?

—Si él tuviera algún interés, me hubiera dicho algo. Él solo me trata como a una empleada.

Lía rodó los ojos.

—¿Qué es lo que quieres que él haga? Te ha ofrecido todo tipo de ayuda y tú no aceptas; te busca, se preocupa por ti, te manda mensajes… Pero tú solo lo evades y lo alejas de ti.

—Eso lo hace por el lazo que nos unió. Pero eso no quiere decir que aún me quiera de la forma en que yo a él. Tú porque no has visto cómo mira a Johanny; ellos parecen la pareja perfecta.

—¡Ay, Laura! —rio entretenida—. Esos celos te tienen ciega. Espero que, cuando entres en razón, no sea muy tarde. —Meneó la cabeza.

***

Laura aprovechó que estaba libre para instalarse en su nuevo hogar, y Kevin se ofreció a llevarla para ayudarla con las maletas. Estaba feliz de que Laura viviera lejos de Jael, pues no le gustaba cómo la miraba y se refería a ella.

Ellos entraron al apartamento y Kevin llevó las maletas a la habitación.

—¡Uf! —soltó él, sentándose en la sala—. Deberías brindarme un jugo, por lo menos. Parece que tú fueras la jefa; hasta cargando maletas me tienes —dijo en broma.

Ella fue a la cocina y se sorprendió al ver el refrigerador lleno de comida y bebidas.

—Kevin… —lo llamó desde la cocina.

Él fue allá y la encontró frente al refrigerador, pasmada y con la vista fija allí.

—Cortesía del arrendador —se apresuró a decirle, pues había adivinado la pregunta que se quedó trabada en su asombro y no llegó a hacerse.

—Kevin… —repitió Laura, como si lo estuviera regañando.

—Sshhhh… —Él puso un dedo sobre los labios de ella—. No digas nada. Fue un regalo de inauguración —trató de tranquilizarla, ya que conocía lo que pensaba de que él tuviera esos detalles con ella.

Ella se quedó inmóvil frente a él, pues hacía mucho tiempo que no tenían tal cercanía. Su perfume suave enloquecía sus sentidos; su aliento cálido y con olor a menta le hacía agua la boca.

Laura miró los labios carnosos de Kevin, que poseían ese color rosado pálido que a ella la tentaba.

Extrañaba tanto sus besos…

De repente dejó de mirarle los labios y se encontró con su mirada verde e intensa, esa mirada que traspasaba todas sus barreras.

Laura empezó a temblar y él sonrió al percatarse de eso.

—¿Quieres que te bese? —le preguntó Kevin de la nada.

Ella se apartó de un respingo.

—Deja de decir tonterías. —Bajó la mirada, sonrojada—. Yo no haría tal cosa. Yo respeto lo ajeno —espetó con un tono rencoroso.

Kevin la miró confundido; sin embargo, no tuvo tiempo de indagar su respuesta porque en ese preciso instante su celular timbró.

—¿Sí, Johanny? —contestó la llamada.

Laura arrugó el rostro al escuchar ese nombre. Tras unos segundos de silencio, Kevin cerró la llamada.

—Me tengo que ir, Ojos melosos. Ya sabes, cero hombres aquí —se despidió y se fue a toda prisa.

Laura le dedicó una media sonrisa sarcástica.

—¡Imbécil! —profirió ella cuando él salió—. ¿Sales con ella y me coqueteas a mí? No soy tu “Ojos melosos”, tarado. —Cruzó los brazos, molesta.

Sentía un nudo en el pecho que la sofocaba. Detestaba que su ex todavía la afectara. ¿Por qué no podía olvidarlo?

—¿Por qué no puedo dejar de amarte, Kevin Mars? —susurró, y las lágrimas empezaron a descender.

¡Me encantas!

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