Clara
No puede ser…
Es él…
La brisa fría me roza la piel y me eriza los vellos; también me provoca un leve temblor. Intento reaccionar, decir algo o, por lo menos, taparme, pero el cuerpo no me responde.
Estoy idiotizada, atrapada en un trance donde solo puedo escuchar los latidos potentes de mi corazón, mi respiración alterada y la suya.
Luego, el cantar de los grillos y las aves nocturnas se difumina en el aire hasta que dejo de percibirlo y solo queda el «tun-tun» en mi pecho y la agitación de él y la mía.
Su mirada sobre mí es fiera, como la de un animal salvaje a punto de atacar, mezclada con fascinación, curiosidad y deseo…
Y eso me hace temblar.
—Yo… —murmuro, y ni siquiera sé por qué.
Entonces lo recuerdo… ¡Estoy desnuda!
De forma instintiva me tapo los pechos con una mano y mi zona íntima con la otra mientras busco mi ropa con la mirada.
—Ah, no traje ropa —pienso en voz alta.
El gamma ignora mi balbuceo nervioso y avanza hacia mí con pasos lentos. Sus ojos avellanados observan mi cuerpo con una fascinación que me hace tiritar y que me acelera el pulso.
¿Qué pretende? ¿Por qué se está acercando?
Reculo por instinto.
Él avanza, como atolondrado, mientras yo retrocedo aterrorizada.
Es la primera vez que estoy desnuda ante un hombre y que mi cuerpo tiene esta extraña reacción.
Ni siquiera sé poner mis emociones en palabras, pero son profundas, intensas, invasivas…
Lo peor es el deseo que nace en mi interior, el cosquilleo en mi piel, las sacudidas y la salivación exagerada. Como si anhelara el contacto con este extraño, pero al mismo tiempo me da pavor.
De repente, doy un paso en falso y me tambaleo, lo que hace que el gamma salte en mi dirección y me sostenga por la cintura.
El contacto de su mano sobre mi piel quema de una forma agradable, aunque los latidos de mi corazón empeoran y los temblores aumentan.
Es toda una contradicción de sensaciones.
El gamma me atrae a su cuerpo.
Voy a morirme, esto no me está pasando a mí.
¿Por qué se siente tan bien?
Su calor me envuelve y se lleva el frío. Me siento protegida en la firmeza de sus músculos, que están cubiertos por el gélido metal de su armadura; aun así, me da calor.
Y su olor…
Tan fresco y varonil. Tan excitante y diferente.
Un cosquilleo me recorre la piel y se instala en la pelvis y el estómago; luego me jalan, como si fueran contracciones, y me torturan.
Me relamo los labios y busco su mirada.
Es tan linda.
Sus ojos son una mezcla de miel y verde, claros y brillantes, misteriosos. Me gusta su delineado natural y la forma medio rasgada que les da un toque de elegancia y resalta los írides cristalinos.
Por supuesto, la luz de la luna altera un poco ese contraste con un tono plateado que los oscurece un poco.
Y sus labios…
Mi corazón salta con más ímpetu al imaginarme su sabor.
¿Qué es lo que me pasa? ¿De dónde sale este deseo irracional y tan intenso? ¿Cómo puedo estar en los brazos de un hombre, a quien apenas conozco, en completa desnudez y no sentirme incómoda?
«Es nuestro mate», me recuerda mi loba.
Sus palabras encienden una alegría cálida en mi interior y me dan esperanzas.
Quizás él haya venido por mí, a reconocer nuestro lazo.
Tiemblo…
¿Estoy lista para ello?
No estoy segura…
—Yo… —dice al fin, y mi corazón salta de emoción. Me encanta su voz varonil, pero suave a la vez—. ¿Cuál es tu nombre? —me pregunta, y su aliento choca con el mío.
Trago pesado mientras intento encontrar mi voz, pues no me sale.
Tras soltar un largo suspiro, logro decir…
—Clara… —Me muerdo el labio inferior y bajo la mirada.
—Te hace justicia —responde—. Clara… ilustre, brillante, pura, transparente, de espíritu noble, creativa, honesta y hermosa…
¿Qué? ¿Me está alabando?
Sus halagos me contentan y traen un alivio que me calma. ¿Eso significa que no me va a rechazar?
Busco su mirada, atenta, a la espera de que reconozca nuestro lazo.
—Eres la mujer más bella e inocente que he conocido en toda mi existencia —prosigue; sus ojos brillan de fascinación, pero también hay tristeza en ellos—. Eres el sueño de cualquier hombre. No se trata de ti, se trata de mí…
Me quedo rígida en mi lugar y una sensación gélida me recorre de la cabeza hasta los pies. Ahora mi corazón late por terror, a la expectativa de algo malo.
Ya presiento el giro de sus palabras, su intención final.
Y él, tras aclararse la garganta, pronuncia lo que tanto temo:
—Yo, Garthor, gamma de gammas de la región Kal, hijo menor del beta Thomas de la manada Zafiro…
No…
No puede ser… Mi mate va a rechazarme…
