Después de la cena, Pablo, Kevin y Laura se acomodaron en unas mecedoras que se encontraban en la galería de la gran villa, justo frente al patio delantero. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo con tonos anaranjados, mientras las luces de color crema de los faroles se encendían, añadiendo un toque mágico al paisaje. El suelo verde, rodeado de árboles, parecía aún más encantador bajo la suave luz.
—¿No les pareció raro cómo su tío le habló a mi tía? —preguntó Laura, saliendo de su ensimismamiento.
—Mi tío siempre ha sido un atrevido… —respondió Kevin con una sonrisa, aunque se notaba que aún le incomodaba—. Pero esta vez se pasó de la raya.
—A mí me parece que esos dos tuvieron su historia —especuló Pablo, con un tono travieso.
—¿Tú crees? —Laura lo miró sorprendida, con los ojos abiertos de incredulidad. No podía ni imaginarlo.
—Bueno, ese algo entre esos dos estaba condenado a no salir bien —afirmó Kevin con certeza. En ese momento, las hermanas salieron al patio, y Pablo siguió a Jimena con la mirada, perdido en sus pensamientos. Kevin, con una sonrisa pícara, lo observó.
—Vaya, vaya, primito. Debe ser muy interesante lo que te tiene tan entretenido. —Su voz y su risita estaban llenas de burla y satisfacción. Por fin tenía la oportunidad de devolvérselas.
—Chicos… recordé que debo decirle algo a Jimena —dijo Pablo, ignorando el comentario de Kevin mientras no dejaba de mirar a las hermanas. Laura asintió, y él se levantó. En cuestión de un minuto, ya estaba hablando aparte con Jimena.
—¡Ja! —exclamó Kevin, riendo—. Quién lo diría… ¡Esos dos…! ¡Por fin podré vengarme de todas sus burlas!
Laura lo miró, confundida.
—¿Vengarte?
—Ah… —Kevin se quedó sin palabras. Había olvidado por completo que ella estaba allí.
—¿Acaso… a ti también te gusta alguien? —preguntó sin reparos, con curiosidad. Laura podía ser intimidante cuando se lo proponía, aunque, en el fondo, deseaba escuchar su respuesta. Él le daba tantos indicios, pero nunca decía nada claro. ¿Estaba desesperada? Quizás.
—Pues… —Kevin empezó a sudar frío. Nunca le había pasado eso antes. ¿Por qué con Laura era tan diferente? Nunca había tenido miedo de lanzarse a una chica, pero ahora, más que un simple acercamiento, sería una confesión, y al parecer, nunca se había confesado a nadie. Esa sería su oportunidad, pero el miedo lo inundaba una vez más. ¿Se arriesgaría? O… ¿dejaría todo tal y como estaba, una hermosa y sólida amistad? Sus pensamientos viajaban a una velocidad vertiginosa, pero no lograba tomar una decisión.
—Kevin… —Claudia se le acercó, acariciándole la mejilla con su dedo índice de manera coqueta. Esto lo sacó de su tormenta mental. ¿Salvado por la campana?
» Necesito tu ayuda con unos bocetos —dijo, mirándolo con ojos de cordero.
Era la primera vez que Kevin se alegraba de verla. Laura, por otro lado, ardía de ira e incomodidad. Que estuviera tan pegada a él la sacaba de sus casillas. «¿Acaso estoy celosa?», pensó, sorprendida por la intensidad de sus propios sentimientos.
—Está bien —contestó Kevin, esbozando una media sonrisa. Sabía que más tarde se arrepentiría, pero esa era su oportunidad de escapar. Aún no estaba listo para una confesión.
Ambos se fueron sin decir palabra, y Laura los miró con un gesto de desagrado mientras se marchaban. No sabía qué le molestaba más, si la actitud triunfante y provocadora de Claudia o la falta de modales de Kevin, que se fue sin siquiera despedirse. ¡Se sintió completamente ignorada por él!
***
El sol brillaba de una forma especial aquel día, a pesar del mal humor de Laura. Aún no podía superar cómo Kevin la había tratado la noche anterior. Al llegar al comedor, desde fuera, pudo escuchar voces elevadas. Entró dudosa, y sus sospechas se hicieron realidad. Su tía y el tío de Kevin estaban discutiendo de nuevo.
—Cristian, el día no está para encerrarnos en este lugar siguiendo una lista interminable de cosas por hacer —protestó Paulo, visiblemente frustrado—. ¡¿Cómo se me ocurre venir a unas vacaciones planeadas por una mente retorcida?! —Esta vez dirigió su mirada directa a Clara, como si ella fuera la culpable de todo.
—¡Te he dicho desde que llegaste que midas tus palabras conmigo, Paulo Mars! —exclamó Clara, irritada. Esto desató una nueva ronda de gritos y reproches. Laura sintió lástima al ver la cara de hastío del señor Mars, como si estuviera cansado de la constante lucha entre ambos. Aquellos dos actuaban como dos adolescentes en una relación tormentosa. ¿Será cierta la sospecha de Pablo?
—¡Vieja loca, deja de intentar controlar a todo el mundo! —gritó Paulo, con voz llena de rabia—. Nadie quiere seguir tus tontas reglas, y mucho menos en un día tan hermoso como hoy —añadió, visiblemente molesto. En eso, Laura no podía evitar darle la razón. Todos estaban hartos de seguir una lista de actividades en vacaciones. Además, el día estaba tan radiante que invitaba a salir de la rutina.
—Ah, sí… ¿y qué propone el señor? —preguntó Clara, con un tono sarcástico.
—Vamos de aventura al bosque —propuso Paulo, con una chispa de entusiasmo en sus ojos.
—¡Por supuesto que no! —cortó Clara.
—¿Solo porque tú lo digas? —recriminó él—. Votemos —declaró con picardía.
—¿Y de qué se trata tu aventura por el bosque? —Cristian preguntó, mientras que Clara cruzaba sus brazos en desacuerdo. Los demás solo observaban curiosos.
—Bueno, cerca de la torre de la Bruja (la llamaban así por lo alta que era, la comparaban con la torre del cuento de Rapunzel), que está en el centro del bosque, hay una cueva oculta. Allí hay unas monedas antiguas que nadie ha podido encontrar porque los guardianes de la cueva lanzaron un hechizo para ocultarlas. El que sea capaz de encontrar la cueva, tendrá acceso a las monedas —explicó Paulo, con una mirada de misterio, como si estuviera contando una historia fascinante.
—Uff… —Kevin bufó, claramente escéptico—. ¡Como si fuéramos a creer esa tonta historia! Tío, no estás en un jardín de niños. ¡Todos somos adultos!
—Bueno… tal vez lo del hechizo no sea cierto, pero las monedas sí están en la cueva oculta —respondió Paulo, ligeramente ofendido por la burla de su sobrino.
—No me extrañaría que tú mismo las hayas puesto allí. Hasta podrías cavar un hoyo, ponerle ramas y luego decir que es una cueva —Kevin replicó, con una sonrisita burlona.
—¡Deja de ser aguafiestas, tarado! —Pablo le reclamó, dándole un manotazo en el hombro, en un intento de defender la historia de su tío—. ¡Su idea es mil veces mejor que correr en saco!
Clara, observando la escena, lo miró con el rostro encendido por la indignación.
—¡¿Qué idea?! —exclamó, alzando la voz—. Ni siquiera fue una idea. ¡Solo ha contado una historia infantil!
Paulo la miró, sin perder su actitud desafiante, mientras la tensión crecía entre los presentes.
—Si me dejaran terminar, les expondría mi propuesta —Paulo se quejó, levantando las manos en señal de frustración—. Propongo que nos dividamos en dos grupos, o mejor aún, en tres. Por familia. Y cada quien tome un camino hacia las cercanías de la torre. La familia que encuentre las monedas primero, será la ganadora. —Todos se quedaron en silencio, pensando en la idea.
—Pero… —intervino Laura, mirando a todos con expresión seria—. Si todos vamos al mismo lugar, ¿qué haremos cuando lleguemos? Nos encontraremos y solo estaremos todos juntos buscando.
—Serás tarada —Claudia la atacó con una sonrisa sarcástica—. Pues esa es la idea, buscar las monedas.
—No, Laura tiene razón —dijo Pablo, mirándola con una pequeña sonrisa, como si le agradeciera el apoyo—. Este juego tiene que ser más interesante. Sería una estupidez que todos nos juntáramos a buscar unas tontas monedas —exclamó con una expresión de malicia, pensando en algo travieso.
—¿Por qué me asusta lo que sea que vayas a proponer? —preguntó Kevin, en tono de broma, pero con una leve inquietud en su mirada.
—Créanme, será divertido —afirmó Pablo con una sonrisa intrigante—. Cada familia estará armada con sus pistolas de pintura. Habrá tres colores distintos para diferenciar las municiones de cada familia. Eso sí, nuestros trajes serán negros para que nadie haga trampas.
» Cada familia tendrá su ruta asignada, y si nos topamos, se arma la guerra. El que reciba tres disparos o más, muere, lo que quiere decir que tiene que ir a la torre. La familia que logre encontrar las monedas ilesa o al menos uno de los sobrevivientes, gana. ¿Qué les parece? —terminó con una sonrisa desafiante. Las hermanas, contagiadas por la emoción, se miraron entre sí, sus rostros brillaban con entusiasmo.
—¡Eso suena divertido! —dijeron al unísono.
—Por mí está bien —aceptó Laura.
—Es la mejor idea hasta ahora —contestó Kevin—. Pero es obvio cuál será la familia ganadora. —Movió sus cejas y él y Pablo chocaron sus manos.
—¡Somos los mejores en paintball! —dijeron ellos dos al unísono.
—Ufff… —Laura bufó—. Pero ¡qué altaneros!
—Por eso eres mi sobrino favorito. —Paulo le dio palmadas a Pablo en los hombros.
—Me parece bien —Cristian asintió.
—Suena muy divertido —dijeron los padres de Frank.
—¿Qué dicen? —se dirigió Frank a los demás, mirando a todos con desdén—. Conmigo no cuenten, no voy a jugar a algo tan infantil.
Todos lo abuchearon al unísono, creando una atmósfera de burla.
—Claro que te unirás —contestó su madre con calma, pero sus ojos lanzaron una mirada inquisitiva que dejaba claro que no había opción para su negativa.
—No me pueden obligar —respondió Frank, cruzando los brazos con actitud desafiante.
—¡Frank Castillo, es una orden! —exhortó su padre, su voz firme y autoritaria.
—¡Pero, papá…! —replicó Frank, intentando evadir la presión de la situación.
—¿No será que tienes miedo? —interrumpió Kevin, con una sonrisa picaresca, buscando provocarlo.
—¿A quién? ¿A ti, Mars? —Frank se adelantó, poniéndose en frente de Kevin con una mirada desafiante. Su rostro se iluminó con una sonrisa competitiva—. Nos vemos en el campo, Kevin Mars.
—Nos vemos en el campo, Frank Castillo. —Kevin le devolvió la mirada, manteniendo su actitud desafiante.
De repente, todos se volvieron hacia Clara, expectantes, con la mirada fija en ella.
—¿Qué? —les dijo, visiblemente incómoda por tanta atención, como si se sintiera acorralada. Todos esperaban con tensión su respuesta, los rostros expectantes reflejaban la curiosidad y el reto de la situación.
Finalmente, se acercó a Paulo con una sonrisa desafiante.
—Prepárate para ser aplastado como una cucaracha, Paulito —le dijo, sus ojos brillaban con una chispa de desafío.
La sala quedó en silencio por un momento, todos sorprendidos por su reacción. Nadie esperaba ver a Clara Gutiérrez, tan acostumbrada a su postura tranquila, involucrada en algo como el paintball.¿O tal vez sí?
—Entonces está decidido —dijo Cristian—. Pero primero a desayunar.
Todos se acomodaron en la mesa, y Claudia, con una sonrisa calculada, se deslizó hasta ocupar el asiento de Pablo para quedarse al lado de Kevin. Este gesto no pareció molestarle a Kevin en lo más mínimo, quien, con total naturalidad, tomó el puesto de Claudia, colocándose al lado de Jimena.
Frank se sentó junto a Laura, y aunque Laura trató de ignorarlo, no podía evitar sentir el peso de su presencia cerca. Kevin no dejaba de observarlos de reojo, y Laura, como si no pudiera evitarlo, lo miraba de reojo también. Odiaba tener a Frank tan cerca, pero al mismo tiempo, sentía que esta era la oportunidad perfecta para vengarse de Kevin.
Frank, sabiendo lo que ocurría, posó sus manos sobre las de Laura. Instintivamente, ella levantó la mano para apartarla, pero entonces recordó su plan: debía hacer que Kevin se pusiera celoso. Decidió seguirle el juego.
—Kevin, prueba esta delicia —dijo Claudia, acercando su cuchara hacia la boca de Kevin con una sonrisa pícara. Él no dudó en aceptar, dedicándole una mirada coqueta.
—Gracias, preciosa. Tan dulce como tú —respondió Kevin con una falsa sonrisa, su tono rebosante de falsedad. Laura sintió como si la rabia se apoderara de su pecho. Los celos la quemaban por dentro.
Frank, al notar la tensión en el aire, vio una oportunidad y decidió aprovecharla. Tomó una servilleta y, con una sonrisa torcida, la pasó suavemente por la comisura de los labios de Laura, luego le tomó la barbilla con la otra mano.
—Te ensuciaste, preciosa —dijo, como si de verdad le importara.
Laura, por pura cortesía, le dedicó una sonrisa fingida. En ese momento, un ruido resonó en la mesa. Todos voltearon a ver a Kevin, quien no se había dado cuenta de que sus palmas golpearon la mesa con fuerza, como si se hubiera ido de control.
—¡Kevin! —gritó Cristian, mirando a su hijo con desaprobación.
—Lo siento, creí haber visto un insecto —respondió Kevin, sus ojos clavados en Frank con una ira contenida. Lo que más le molestaba era esa expresión triunfante en el rostro de su rival, con una sonrisa que lo retaba.
—Kevin, aquí no hay insectos —comentó Claudia con una risita, acariciándole la mejilla con su dedo, como si estuviera calmándolo. Si las miradas pudieran matar, Claudia ya estaría fulminada por Laura.
Sin embargo, Laura no podía quedarse de brazos cruzados.
—Laura, prueba esto. Está exquisito —dijo Frank, luego le agarró la barbilla para introducirle la cuchara con más facilidad. Ella, sabiendo que no podía dejar que Claudia se saliera con la suya, aceptó el reto y siguió el juego.
Claudia, por su parte, al ver la oportunidad de continuar con su coqueteo, intentó acercarse más a Kevin, pero esta vez, él la detuvo con una mirada firme, interrumpiendo cualquier intento de intimidad. En ese momento, se levantó en silencio, dejando atrás la tensión en el aire, mientras todos lo observaban desconcertados.
Laura paró el coqueteo al ver a Kevin salir con esa cara de pocos amigos. Se cuestionó si estuvo bien lo que hizo, pero luego pensó que él también estaba haciendo lo mismo.
