6. Seamos amigos – ¡Me encantas!

This entry is parte 7 de 28 in the series ¡Me encantas!

Aquella mañana, Laura se levantó llena de energía. No quería pasar el día encerrada en su habitación ni limitándose a participar en las pesadas actividades del grupo; anhelaba hacer algo divertido y diferente.
Pensó que sería genial salir al pueblo, pues ya empezaba a sentirse prisionera en aquel lugar. La constante compañía de las personas y la rutina predecible la estaban hostigando. Después de vestirse, se paró frente al espejo y notó que las marcas de los golpes de sus primas habían desaparecido.
Tras debatírselo por unos minutos, decidió dejar su cabello suelto. Admiraba la cabellera que había heredado de su madre; en realidad, era lo que más le gustaba de su físico, o quizás lo único.
Salió de la villa con una alegría desbordante. Aunque no tenía claro cómo llegaría al pueblo, sentía un entusiasmo creciente por caminar por calles desconocidas y capturar su aventura con la cámara.
—¿A dónde vas, Ojos melosos? —la sorprendió esa voz varonil que tanto le molestaba y… estremecía.
—No es de tu incumbencia —respondió tajante—. Y, por favor, deja de llamarme así.
—No pidas imposibles, preciosa. —Le sonrió—. ¿Vas a escaparte?
—¿Acaso tengo que escaparme? Solo quiero visitar el pueblo.
—Estás de suerte, Ojos melosos, voy para allá. 
—¿Y…? —arrastró el monosílabo con tono de fastidio.
—Que puedo llevarte —ofreció Kevin. Su sonrisa socarrona la irritaba,
—¿Llevarme? No, gracias. Además… ¿Tienes auto aquí? —Ella entrecerró los ojos y se cruzó de brazos.
—Claro. ¿Cómo crees que vine?
—Pues pensé que viniste con tu padre.
—Claro que no. Mi padre llegó a este lugar antes que yo. Además, me gusta viajar solo. 
—Como sea —respondió, haciéndose la desinteresada.
Luego se marchó y Kevin fue detrás de ella.
—¿Podrías dejar de seguirme? —se quejó, deteniéndose de repente. Kevin no se percató a tiempo y chocó de frente con ella. Laura resbaló, y él la sostuvo instintivamente con su brazo derecho, rodeándola por la cintura. La atrajo hacia él, y quedaron tan cerca que ambos podían sentir la respiración del otro.


El impacto fue electrizante. Kevin posó la mirada en esos labios color cereza que lo volvían loco. Tenía tantas ganas de probarlos… Laura sentía que se moriría de un infarto. Un cosquilleo recorrió su estómago y un sudor frío le humedecía las manos. La imagen de hace nueve años vino a su mente…
—¿Qué piensas hacer? —interpeló, con la voz trémula. Lo miró a los ojos y, por un momento, se perdió en el verde intenso que los hacía destacar. Él, por su parte, dirigió su mirada a sus labios, que se veían dulces y tentadores. De verdad quería saborearlos. Se mordió el labio inferior, conteniéndose.
—No te preocupes, no te voy a besar, si eso es lo que estás pensando —le respondió con indiferencia fingida y la soltó.
—Bueno, no me sorprendería que lo hicieras. Es muy típico de niños ricos que se creen que pueden obtener todos sus caprichos —contratacó ella, pero Kevin dejó escapar una risita sarcástica.
—¿Qué he hecho para que tengas ese concepto de mí?
—¿Tú qué crees? —dijo, arqueando una ceja.
—¿En serio? Eso fue hace nueve años y éramos unos muchachos. ¿Me vas a juzgar por un beso robado? A no ser… —se acercó, y buscó algo en su mirada— que no hayas olvidado ese beso… —Movió las cejas con una sonrisita pícara—. Parece que significó mucho para ti.
—Ja, ja… —Ella soltó una risa falsa—. Ni en tus sueños.
—Entonces, olvida ya eso. Seamos amigos, ¿vale? —Extendió su mano. Después de pensarlo unos segundos, Laura estrechó su mano en respuesta.
—Está bien, Kevin Mars; pero, por favor, mantén tu distancia. 
—Vaya… realmente crees que soy peligroso. —Rio entretenido—. No te preocupes, cuando me conozcas bien, sabrás lo caballeroso que soy. Tan caballeroso que te voy a llevar al pueblo. Vamos. —La tomó de la mano.
Cuando llegaron al garaje, las tres hermanas y Pablo los sorprendieron.
—Kevin. —Se le acercó Claudia coqueteándole, cosa que él no soportaba.
—¿Y ustedes qué? —Kevin preguntó no muy contento.
—Mi tío nos mandó a comprar algunos suministros para la actividad de esta noche —respondió Pablo— y nos dijo que te pidiéramos que nos llevaras.  
—¿En serio…? —dijo entre dientes. Su suerte no podía ser peor—. ¿Y por qué no llaman un taxi? O… usan el vehículo de papá.
—¿No nos quieres llevar? —le abordó Claudia—. ¿Acaso tenías planes? —dijo mirando a Laura.
—¡Claro que no! —respondió Laura espantada, luego tornó su mirada hacia él—. Kevin, no veo cuál es el problema de llevarlos. De todas formas, estás muy dadivoso hoy.
—¡Pero tantas personas en mi auto…! —se excusó.
—Entonces yo me voy por mi cuenta. Así serán una persona menos —contestó Laura cruzada de brazos.
—¡Claro que no! Yo te invité primero. —Respiró, luego rodó los ojos—. Bien… pero solo los llevaré al pueblo. Laura sube —dijo, luego abrió la puerta del copiloto, asegurándose de que Claudia no tomase la delantera. Pablo se le acercó con esa mirada de burla que lo caracterizaba y le dijo al oído:
—Lo siento. No fue mi intención arruinarte los planes. —Y le dio unas palmadas en el hombro.
—No te preocupes, primo. Suerte en tus compras con las parlanchinas Gutiérrez. —Sonrió.
Emprendieron el viaje y llegaron al pueblo. Al bajar del coche, cada uno siguió su camino. Kevin estacionó y, sin pensarlo mucho, comenzó a seguir a Laura. Ella, por su parte, optó por ignorarlo. Sacó su cámara del bolso y empezó a fotografiar todo lo que le llamaba la atención. Kevin la observaba, entretenido.
—Vaya, que te gusta fotografiar.
—Es como un hobby —contestó ella, sin dejar de mirar a través del visor de la cámara—. ¿Podrías dejar de seguirme?
Kevin se detuvo un momento, tratando de encontrar las palabras adecuadas.
—En realidad, no sé adónde ir. ¿Puedo quedarme contigo?
Laura se ruborizó y apartó la vista, sin saber qué responder. El aire entre ellos se cargó de un silencio incómodo, interrumpido solo por el sonido de los pasos de la gente y el murmullo del pueblo.
—No entiendo. ¿A qué viniste entonces? —interpeló, rompiendo el silencio que se había formado entre ellos dos.
—Vine a traerte —confesó. Laura estuvo inmóvil unos segundos sin saber cómo responder a eso. 
—¿Por qué te molestarías en traerme? —preguntó confusa—. Eres un mentiroso, dijiste que venías al pueblo. —Él rio con descaro.
—No es una molestia. No permitiría que vinieras sola a un lugar que desconoces —respondió con naturalidad. Laura sabía que fue un gesto de amabilidad, pero… ¿por qué su corazón latía tan fuerte al escuchar esas palabras? ¿Qué era lo que tenía Kevin Mars que la ponía a la defensiva y al mismo tiempo le provocaba tanta ternura?
Después de apreciar y fotografiar cada rincón del lugar, hicieron una parada en la bahía. Pasaron algunos minutos explorando la zona, dejando que la brisa marina les despeinara y el sonido de las olas los envolviera. Laura se sentó en la arena, con la cámara aún en las manos, y comenzó a revisar las fotografías que había capturado. Por su parte, Kevin se había perdido entre los árboles cercanos, quizás en busca de algún rincón especial o simplemente para alejarse un poco.
Laura, tras revisar una por una las imágenes, levantó la vista y miró a su alrededor. La calma del lugar era casi palpable, y un leve suspiro se escapó de sus labios mientras se preguntaba dónde se habría metido Kevin. Se encogió de hombros y volvió a concentrarse en el vaivén de las olas, dejando que su mente se perdiera en el horizonte.
—Ojos melosos —dijo Kevin, apareciendo de repente con dos helados—. ¿Cuál prefieres? —preguntó y levantó los conos, mirándola con una sonrisa.
—Ummm… Ninguno. —Él miró los helados, decepcionado. Laura rio—. ¡Es broma! Me gustan todos los sabores de los helados, pero si tengo que escoger… prefiero el de vainilla. —Kevin le pasó el cono que escogió y se quedó él con el de frutillas.
Pasaron una mañana agradable entre risas y conversaciones ligeras mientras observaban el mar. Luego, se dirigieron a una feria cerca de la bahía. Fue divertido ver a Kevin intentando ganar el gran oso para demostrar su hombría, pero fue Laura quien dio en el blanco.
El trayecto hacia el rancho fue divertido, ya que cantaban y bailaban al ritmo de la música que sonaba en el coche. Laura no podía evitar reírse con las notas de Kevin, quien las alteraba a propósito para sonar gracioso. Al bajarse del vehículo, caminaron juntos y llegaron a la parte frontal de la villa. Allí se detuvieron y se miraron a los ojos, con una sonrisa que expresaba emociones intensas.
—Fue muy divertido, Kevin Mars —dijo ella entretenida, al recordar las locuras de su acompañante.
—¿Podrías llamarme solo Kevin?
—Eso es imposible, precioso. —Sonrió con malicia.
—Oh… Te estás vengando, Ojos melosos. Preferiría un apodo más personal.
—Así como decidiste cómo llamarme, yo decido cómo llamarte a ti. —Aún estaban hablando cuando Clara se les acercó.
—¿Dónde estuviste toda la mañana, Laura? —interpeló, a modo de regaño.
—Salí a conocer el pueblo —respondió Laura un poco apenada. Tenía miedo de que su tía la hiciera pasar por un momento bochornoso delante de Kevin.
—Kevincito —se dirigió a él, ignorando la respuesta de Laura—. Tu padre me dijo que las niñas se fueron contigo y Pablo a hacer las compras. 
—¡Rayos! —soltó de repente—. ¡Los olvidé por completo! —Kevin se rascó la cabeza. En ese momento, sonó su celular. Él contestó al instante, pues se imaginaba quién era—. Lo siento, los olvidé. Les tocará venir en taxi —respondió, tras el reclamo de su primo.
Laura fue escoltada por su tía a la cocina. Encontró muy extraño que hubiese vuelto con Kevin y, peor aún, que hubiesen dejado tirados a los demás. Tenía que saber qué estaba ocurriendo entre ellos dos.
—Laurita, ¿qué sucede contigo y el hijo de Cristian? —preguntó sin rodeos, después de que entraron en la cocina.
—¿Qué voy a tener con ese chico raro? —dijo con indiferencia—. Ambos íbamos al pueblo y se ofreció a llevarme —contestó.
—Ummm… —Duró unos segundos pensativa—. Ten en cuenta que no debes ponerte en el camino de Claudia. —Laura se quedó aturdida. ¿A qué se refería su tía con “ponerse en el camino de Claudia”?
—Perdón, tía. ¿Qué insinúas?
En ese momento, entraron unas criadas a la cocina, interrumpiendo la charla.
—Niñas, mi sobrina Laura las va a ayudar en todo lo que necesiten —les informó Clara.
—No es necesario, señora. Tenemos todo bajo control —dijo una de ellas.
—Un poco de ayuda no les vendría mal. Además, no quiero que mi sobrina esté por ahí de ociosa. Ya las otras están ayudando, es justo que Laura también haga algo —insistió.
—Pero, señora. Tememos causar alguna molestia al señor Mars. No creo que le guste que sus invitados estén haciendo quehaceres —replicó otra de las empleadas.
—No se preocupen. Yo se lo comentaré a Cristian —les aseguró, y luego posó su mirada sobre Laura—. Laurita, no seas un estorbo; ayúdalas en todo lo que necesiten. Después, quiero que sirvas la mesa. Una vez que hayas servido, puedes sentarte a comer con nosotros. Sabes que tienes que ganarte lo que te comes. —Le apretó las mejillas con sus dedos huesudos y se marchó.
Las criadas se sintieron tensas con Laura en la cocina. Sus miradas se cruzaban en silenciosas conversaciones llenas de desconfianza y malestar. Algunas se movían con una eficiencia calculada, como si cada movimiento tuviera que ser justificado, mientras que otras evitaban la presencia de Laura por completo. Laura, por su parte, sintió el peso de sus miradas, pero trató de ignorarlo, enfocándose en cumplir con lo que se le había pedido. Sin embargo, el ambiente era tan molesto que ella quiso intervenir.
—Chicas, no se sientan incómodas con mi presencia. No estoy aquí para espiarlas ni nada parecido. Estoy acostumbrada a ayudar en la cocina y servir mesas. —Rio—. Pueden contar con mi experiencia.
A pesar de su aclaración, el ambiente permaneció tenso e incómodo al principio. Sin embargo, a medida que avanzaban, la confianza creció y las empleadas comenzaron a divertirse con las anécdotas de Laura.
El tiempo pasó volando, y pronto todos estaban esperando en el gran comedor. Kevin no dejaba de mirar el espacio vacío que ella solía ocupar; estaba perdido en sus pensamientos cuando la vio entrar con los demás criados. Se sorprendió al verla sirviendo. La confusión lo invadió, en especial porque su padre no había dicho nada al respecto.
—Por aquí, Laura —dijo Claudia en forma de burla. Laura le sirvió con naturalidad y gracia. Sus primas no dejaron de hacer comentarios de burla y la tenían loca de aquí para allá, a ese ritmo no tendría chance de sentarse a comer.
—¿Por qué Laura está sirviendo el almuerzo? —preguntó Kevin, no soportando la actitud de las hermanitas.
—Es un asunto familiar, Kevincito —contestó Clara—. Mis sobrinas deben aprender a ser útiles y, como hoy se requería ayuda por la actividad, le pedí a Laurita que ayudara en la cocina igual que las demás aportaron cuando fueron a hacer las compras.
—Entiendo —dijo, asintiendo en acuerdo—. Me siento un inútil ahora. Yo no he ayudado en nada, mientras que Pablo fue a hacer las compras… ya sé, serviré con Laura —dijo, y se puso de pie, acto seguido, tomó la bandeja que cargaba Laura y la miró con una firmeza amable—. Ya puedes sentarte a comer, te estoy relevando. —Le dedicó una sonrisa.
—No es necesario… —dijo nerviosa—. Estoy bien.
—Ya todos estamos terminando de comer y tú sigues dando más vueltas que un trompo sirviéndole a tus primitas. Te relevo, siéntate, por favor. —Laura le cedió la bandeja y se sentó. Sintió los ojos de sus primas y tía sobre ella, sabía que eso no terminaría allí. Kevin caminó alrededor y preguntó—: ¿Alguien quiere carne? —Su padre tosió, como si tratara de evitar la risa. Pablo movió la cabeza y se contuvo de decir algo que hiciera que Kevin lo golpeara con la bandeja—. Entonces, si a alguien se le antoja algo, lo toman de aquí —dijo, poniendo el recipiente en frente de las hermanas Gutiérrez. Luego se sentó a terminar su comida.
Laura no pudo evitar mirarlo; sus ojos color miel mostraban un brillo inusual, como si el gesto de Kevin hubiera alterado su perspectiva sobre él. Kevin la observó con intensidad, y sus miradas conectadas resultaron evidentes para todos los presentes.

¡Me encantas!

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