Aquel día, Jimena estaba en el gimnasio de la institución cuando, de repente, su amigo César —con quien había compartido algunas cenas para hablar de los éxitos de la empresa y de la fundación— la sorprendió con un ramo de flores.
Ese gesto la dejó petrificada y angustiada, pues le daba una connotación romántica a una relación que, para ella, no era más que una cordial amistad.
Fingió una sonrisa para no herirlo. No solo no quería que César se hiciera ilusiones, sino que, además, a ella no le gustaban ese tipo de detalles. Siempre los había encontrado cursis y sin sentido, una de las razones por las que congeniaba tan bien con Pablo, ya que él pensaba igual.
Sin embargo, ajeno a su lucha interna, César le tomó las manos y la miró directo a los ojos, con un brillo enamorado que la incomodó.
—Jimena, sé que te dije que mi intención contigo era meramente de amistad, pero… la verdad es que me gustas mucho y deseo que me veas con otros ojos. Dime, ¿me darías una oportunidad?
Ella se quedó paralizada y muda. No solo la había tomado por sorpresa, sino que su declaración le pareció brusca y fuera de lugar. Por alguna razón, se sintió presionada, como si la estuvieran empujando a una situación difícil y sumamente incómoda.
—Por favor, déjame demostrarte que puedo ser un buen hombre para ti —insistió él, al no recibir respuesta. Y, sin previo aviso, le levantó el mentón y la besó.
Jimena abrió los ojos de par en par, tratando de asimilar lo que sucedía. Se sintió asaltada y manipulada. Quizás exageraba, pero la forma en que César estaba abordando la situación le resultaba agresiva, incluso insultante, sobre todo porque nunca le había dado señales de querer algo más.
Las lágrimas empezaron a acumularse en sus ojos, un temblor recorrió su cuerpo… y justo antes de apartarlo, la puerta se abrió de golpe.
—¡Oh! Lo siento… —dijo un Pablo sorprendido y, a la vez, dolido. Su mirada, cargada de desilusión y tristeza, no se apartaba de ellos.
—Pablo… —susurró Jimena, todavía aturdida.
—Lamento interrumpir… yo… —murmuró él, incrédulo, observándola con un semblante que la llenó de tristeza.
Pablo había esperado su llamada cada día. Revisaba el celular, el teléfono de la oficina, el del apartamento… y cada hora que pasaba sin respuesta era una tortura. Aun así, mantenía la esperanza de que su silencio no fuera un “no”, sino que simplemente estuviera pensando.
Pero se equivocaba. Y le dolía como el demonio.
Sin decir más, se dio media vuelta y se marchó, con el corazón hecho pedazos y la convicción de que la había perdido.
—¡Pablo, espera! —gritó ella, desesperada, corriendo tras él. Pero César la detuvo, sujetándola por la muñeca con firmeza.
—Piénsalo, Jimena —pidió, con un brillo de temor en los ojos. La escena que acababa de presenciar le dejaba claro que entre ella y Pablo todavía quedaban asuntos sin resolver… pero él estaba dispuesto a luchar.
Jimena logró zafarse y salió del gimnasio a toda prisa. Lo alcanzó en la salida y lo llamó con voz agitada.
Él se volvió, serio, con un gesto de amargura.
—Pablo… ¿todo bien? —preguntó, bajando la mirada, entre apenada y nerviosa.
—Si te refieres a lo que acabo de ver, ya estoy acostumbrado a verte besuqueando a otro —respondió él con una sonrisa forzada, que en realidad era una mueca de dolor—. Por lo menos, este es un buen hombre.
Jimena jugó con sus manos para calmar los temblores mientras luchaba por contener las ansias de aclararle lo sucedido. No encontraba las palabras correctas; todo parecía haber salido mal.
—Pablo…
—No tienes que venir a ver si estoy bien —escupió él entre dientes. Sus ojos cristalizados delataban un llanto reprimido, y la tensión en su quijada gritaba su decepción, sus celos y su enojo consigo mismo por haberla perdido—. Ya me resigné a que te perdí; tampoco me ofendas con tu lástima.
Soltó un largo suspiro, intentando relajarse y buscar las palabras adecuadas para no sonar ofensivo. Al fin y al cabo, ella no estaba obligada a volver con él y, aunque doliera, debía aceptarlo y aprender a vivir con ello.
—No te preocupes, yo estoy bien —continuó—. Es más, hasta pienso aceptar la invitación de una socia de la empresa que me invitó a salir. Es hora de superarte, Jim.
Dicho esto, se marchó, dejando a Jimena completamente desconcertada.
—Saldrá con otra… —susurró ella para sí, con la voz quebrada.
Apretó los puños por la impotencia, rechinó los dientes y dejó salir las lágrimas que la sofocaban. La frustración y los celos inundaron su pecho.
***
Claudia convocó una pijamada en el apartamento donde estaban sus hermanas, Lisa y Laura. Reían, hablaban del pasado, del presente y de lo que esperaban del futuro. Sin embargo, el ánimo de Jimena no encajaba con el del resto; estaba distante, poco conversadora y absorta en sus pensamientos.
—Jimena, ¿por qué tan callada? —indagó Cecilia, un poco preocupada, ya que ese comportamiento no era propio de ella, especialmente cuando se reunían todas.
—Estoy confundida —contestó sin rodeos, con la voz cansada y angustiada.
—¿Confundida? —preguntó Claudia, curiosa.
—Es que César me confesó sus sentimientos y me besó —respondió cabizbaja. Las chicas soltaron un chillido, excluyendo a Laura.
—¡Pero esa es una buena noticia! —exclamó Claudia, feliz.
—César es un buen hombre y muy atento… —musitó Jimena sin emoción, y dejó la frase inconclusa, perdida en sí misma.
—Pero… —continuó Cecilia, adivinando lo que seguía.
—Pero es aburrido estar con él. Cuando me besó, no sentí más que culpa y vacío. No me gusta ese hombre… —omitió todo lo que realmente la mortificaba.
—¿Culpa? —la cuestionó Claudia, confundida, ignorando lo demás que decía su hermana.
Jimena soltó un largo suspiro, buscó un punto fijo para evitar mirar a Claudia, se rascó la nariz y entrelazó sus manos. Por alguna razón, esa última acción le daba una falsa sensación de seguridad.
—Sí… —respondió cuando estuvo lista para hablar, tomándose su tiempo—. Siento que, si le correspondo a César, estaría haciendo algo muy malo, como si traicionara a alguien… —Tomó una larga respiración—. Me pasaba lo mismo con Bruno… Esa fue una de las razones por las que terminé con esa estupidez.
—Eso no tiene sentido, Jim —replicó Claudia.
—Sí, lo tiene —intervino Laura, ganándose las miradas curiosas del grupo—. Cuando amas a alguien, tus besos y caricias pertenecen a esa persona. Si otro los recibe, sientes que lo traicionas. No tienes que estar en una relación para guardarte para él, porque tu cuerpo y tu corazón solo le dan ese derecho a la persona que amas. Tú lo amas, Jim —afirmó sin mencionar el nombre, pero Jimena entendió perfectamente a quién se refería.
Esa confrontación directa fue un detonante. Jimena empezó a llorar, liberando a través de sus lágrimas y sollozos todo el peso que había acumulado: sus miedos, dudas y añoranza. Cada espasmo y quejido era como una liberación para su alma. Ya no podía negarlo ni reprimirlo más: amaba a Pablo y deseaba estar con él.
—Si te refieres a Pablo… —replicó Claudia a Laura, a la defensiva, lista para despotricar contra él—, pues ese idiota perdió su oportunidad con Jimena. No vale la pena ni mencionarlo.
—No lo llames así —le reclamó Jimena, molesta y cansada de que siempre hablara en su contra—. Él cometió muchos errores, igual que yo. Si decido volver con él o no, es mi asunto. Estoy harta de que siempre hables mal de él y quieras entrometerte entre nosotros. Sí, lo amo. No sé si volveré con él, pero si eso sucede, será porque yo así lo quiero y decido.
El silencio que siguió fue abrumador.
Jimena respiraba con dificultad, su corazón latía con fuerza y sus manos temblaban. Todo su cuerpo reaccionaba ante lo que acababa de hacer: enfrentar a su hermana mayor sobre un asunto tan importante era un gran acontecimiento para ella. Pero eso la hizo sentir tan libre y dueña de sí misma, pese a lo incómodo que le resultaba.
Todo el grupo permaneció en completo mutismo, hasta que Claudia estalló en llanto.
—¡Perdón, Jim! —la abrazó de forma impulsiva, llorando sobre sus hombros—. No lo hago con mala intención, solo no quiero que sufras.
—Lo sé… —reconoció Jimena, acariciándole el cabello. Luego le levantó el mentón para conectar sus miradas y, con una sonrisa dulce, añadió—: Ya te lo dije una vez y te lo repito; no dejaré que me dañen otra vez. Además, el sufrimiento es parte de la vida. No solo hay buenos momentos; también están los amargos, de los cuales aprendes y creces.
Claudia asintió, y ambas lloraron abrazadas durante varios minutos, hasta que todo el grupo se sumió en un cálido abrazo colectivo.

