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Capítulo 33

This entry is parte 35 de 40 in the series Mi esposo no me ama

Aquel día, Jimena había visitado a Claudia y Cecilia. En la habitación de la mayor, las tres hermanas conversaban con profundidad y los sentimientos a flor de piel.
—Jimena, ¿cómo van las cosas con Bruno? —le preguntó Claudia con picardía.
—Pues, nos hemos dado uno que otro beso, pero no hemos hablado sobre lo que sea que tenemos —contestó, indiferente.
—Vaya… Tú vas a romper el récord de las relaciones sin nombre —comentó Cecilia, juguetona.
—Así es —concordó Jimena con una sonrisa amarga. Trató de lucir indiferente, pero había un nudo doloroso en su pecho ante esa confirmación—. La única relación seria que tuve fue mi matrimonio con Pablo, pero eso fue forzado, así que no cuenta. De todas formas, lo nuestro empezó sin nombre también. —Sonrió nostálgica.
—Lo mejor que puedes hacer es mantenerte lejos de ese payaso. No es que me caiga mal, él se ha portado muy bien últimamente, pero, no sé, temo que la idiotez le vuelva y te haga sufrir —le advirtió Claudia con voz brusca y el ceño fruncido.
Jimena tragó pesado, pero el sabor amargo en su paladar le supo venenoso. No entendía por qué le molestaban las palabras de su hermana, por qué, en el fondo, su parte ingenua esperaba escuchar otra cosa.
—No creo que eso suceda porque yo no dejaré que nadie me humille —contestó con voz brusca, mentón erguido y una mirada afilada que buscaba mostrar fortaleza—. Yo cometí muchos errores en mi matrimonio por la vergüenza que tenía por haber presionado a Pablo. Entonces, esperaba que él adivinara todo lo que yo sentía y quería. No ponía de mi parte para que las cosas funcionaran entre los dos; más bien, me encerré en mi frustración.
—Entonces, ustedes no se tenían la suficiente confianza para ser sinceros y apoyarse mutuamente. Eso es una prueba más de que ustedes no son compatibles —contraatacó su hermana.
Jimena frunció el ceño y sus labios se apretaron. Le molestaba su empeño en resaltar lo fallida que fue su relación con Pablo, pero se guardó su molestia para sí misma.
Cecilia, quien notó la tensión creciente entre ellas dos, carraspeó y forzó una sonrisa. Entonces, cambió de tema para relajar el ambiente.
De alguna forma, surgió el tema de Bruno, luego de Jack, y Claudia, curiosa, empezó a interrogar a Jimena acerca de qué tan lejos llegó con él.
—No te atrevas a preguntar eso, Clau —bromeó Cecilia entre risas—. Jack se veía un hombre distinguido. No creo que haya pasado mucho allí.
Jimena rio por la ironía.
—Pues, espero que haya sido mejor que el payaso de Pablo. —Claudia hizo una mueca.
Jimena estuvo a punto de atragantarse con su propia saliva. De la nada, su corazón empezó a latir muy rápido; asimismo, tuvo que apretar las manos en puños porque empezaron a temblarle.
—¡Lo dudo mucho! —exclamó Cecilia, y soltó una risita coqueta—. Jimena y el pícaro de Pablo en una habitación es peor que una película triple equis y plus veintiuno. Yo me imagino las perversidades de Jimena y Pablo, esos dos eran dinamita.
—¡Oye! —se quejó Jimena con una sonrisa divertida, aunque también melancólica. De las tres, ella era la más pícara y experimentada—. Tampoco es que éramos unos maníacos sexuales, pero deben saber que no hacíamos el amor en nuestro matrimonio. Bueno, los últimos meses sí. Es irónico, nuestro matrimonio terminó cuando se suponía que estábamos mejor. —Suspiró con tristeza.
Pese a que intentaba forzar una sonrisa, sus ojos delataban su sufrimiento y esa frustración latente que todavía la torturaba.
—Aún lo amas, ¿cierto? —la encaró Cecilia, conmovida.
Jimena hizo silencio, incapaz de responder.
¿Lo amaba? Podría ser, pero no tenía la valentía de admitirlo, mucho menos delante de Claudia. Miró a su hermana mayor por instinto y se mordió el labio inferior. Odiaba admitirlo, pero todavía le afectaba su opinión.
—Pues… —decidió responder, pero la voz se le atascó al primer intento, por lo que tuvo que carraspear—. Pablo es el padre de mi hijo; sí lo amo, pero… de esa forma y ya —mintió—. Somos buenos amigos ahora, todo está bien… estoy con Bruno…
—Vaya, creo que sí lo amas —asumió Cecilia—. Y en cuanto a Bruno, ¿entiendes que eso no es algo serio? No te ilusiones, sabes cómo es él.
—Créeme que estoy consciente de eso —secundó, divertida.
—¡Por favor! —intervino Claudia, y soltó un bufido de desacuerdo—. Nadie sabe si ustedes puedan llegar a tener algo serio. Por ahora, diviértete con él y no te cierres a la posibilidad de tener algo más.
—¡Ay, Clau! —profirió Cecilia, luego entornó los ojos—. Estás tan empecinada en que Jim y Pablo no vuelvan a estar juntos, que la estás lanzando a la boca del lobo. Estoy segura de que, si Jimena le abre las piernas unas dos veces a Bruno, el chico se alejará y buscará un nuevo revolcón. Ese es el tipo de hombre que es el bailarín ese.
—Bueno, pues lo siento por él. Pero mis piernas no se van a abrir hasta que conozca a un hombre que valga la pena y esté dispuesto a tener una esposa y aceptar y amar a mi hijo. —Jimena cerró la conversación, hastiada del tema, en especial porque habían tocado una fibra sensible que la confrontaba.
¿Acaso nunca superaría a su ex? ¿Qué tal que Pablo se mereciera una segunda oportunidad? ¿Podría ella confiar en él? Y si lo hiciera, ¿tendría la valentía de enfrentar a su hermana si se opusiera?
Jimena sacudió la cabeza ante esos pensamientos fuera de lugar. No, por más que quisiera una relación con Pablo y aceptara lo mucho que todavía lo amaba, no estaba segura de que podría confiar en él, no después de todas las lágrimas que derramó por su culpa.

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