Apenas el sol empezaba a acariciar la ciudad con sus primeros rayos, cuando Ariadna y su novio empezaron a recoger todos los objetos de más valor que había en el apartamento.
Con la llave que se había robado de la oficina, abrió la pequeña caja fuerte que Pablo tenía en su pequeño estudio, y de allí sacó todas las tarjetas que él había guardado, dinero en efectivo, joyas varoniles y su anillo de matrimonio, ese que atesoraba y observaba en sus bajones emocionales.
Con una mueca de satisfacción, Ariadna guardó todo en un bolso y empezó a darle instrucciones a su novio para sacar los muebles que podrían llevarse y vender.
Sin embargo, cuando el chico empezó a sacar algunos ajuares, fue detenido por el guardia de seguridad.
—Disculpe, señorita, pero sin autorización del señor Mars no podemos dejar que se lleve nada de aquí —le dijo.
—¡Qué atrevido e insolente! —Ariadna reclamó al hombre con ganas de matarlo—. Este es el apartamento y los muebles de mi novio, puedo hacer con ellos lo que quiera.
—Lo siento, señorita, pero debemos recibir la orden del señor o la señora Mars. Ellos son los dueños y nosotros somos responsables de la seguridad del complejo.
—¿La señora Mars? Ella ya no es esposa de mi novio. Este apartamento no es de ella.
—Lo siento, pero ellos son los dueños. No puedo hacer como me dice. La dejábamos entrar porque el señor Mars lo permitía, pero ahora tendremos que comunicarnos con ellos y hacerles saber lo que usted se propone.
Ariadna se puso fría. Sin discutir más porque no le convenía, salió nerviosa del complejo. Por lo menos, tenía el anillo, el dinero en efectivo y las tarjetas de crédito.
Sacaron una gran cantidad de dinero en diferentes cajeros con una de las tarjetas. Debido a que esas tarjetas pertenecían a la empresa, la cantidad fue exuberante.
Jimena recibió una llamada del banco para confirmar la transacción. Mandó a bloquear y cancelar todas las tarjetas. Luego recibió la llamada del administrador del complejo de apartamentos. Entonces conectó los dos incidentes y avisó a la policía. Hecho esto, informó a Cristian, Diana y Genaro lo que estaba sucediendo.
Entretanto, Ariadna y su cómplice trataron de sacar más dinero, pero no pudieron. La policía se movió rápido, como suele suceder cuando el problema lo tiene una persona adinerada. Como actuaron con rapidez, y rastreando las primeras transacciones y los últimos intentos, pudieron deducir por dónde se movían.
Ellos estaban en un cajero, tratando de usar otra tarjeta.
—No tiene caso, Miguel —Ariadna lo miró hastiada—. Están bloqueadas. Es obvio que deben estar enterados de lo que hicimos.
—¡¿Tan rápido?! Es imposible, Ariadna.
—Es que sacamos una cantidad muy grande. Al parecer, el banco mandó una alerta. Debemos irnos, la policía debe estar buscándonos.
—¡Por favor, Ariadna! Eso sí que no es posible —replicó él con sorna.
—¡Serás idiota! Eso me pasa por meterme con un mocoso. Los Mars son gente poderosa, para ellos la justicia funciona, y rápido. Así que mejor tomemos lo que tenemos y larguémonos de aquí —profirió, exaltada. Su voz, al igual que sus manos, empezó a temblar, y su respiración se tornó más rápida y desordenada.
Había un sentimiento amargo que la torturaba, como un presentimiento de que nada saldría como lo había planeado, y eso le provocaba mucho terror.
De repente, el silencio fue roto por un llamado que amenazaba con su cordura, uno que la dejó helada en su lugar, incrédula de que de verdad estuviera viviendo aquello:
—¡Ariadna Pérez, quédese donde está! —gritó el policía por medio de un megáfono.
Había dos hombres uniformados que venían hacia ellos con cautela, mientras que dos más estaban en una de las patrullas desde donde les gritaban.
Ariadna se quedó petrificada y con la mente en blanco, sin saber si correr o dar explicaciones. Quería huir, llorar o decir alguna cosa que la sacara de apuros, pero su cuerpo no respondía. La angustia la arropó y, de momento, se sintió muy indefensa.
El muchacho con quien andaba, sin embargo, le arrebató el bolso con el dinero y se dio a la huida. Esa acción traidora la sacó de su trance. Ni siquiera la miró cuando le arrebató el bolso, como si ella no fuera más que una carga más que dejar atrás.
—¡Desgraciado! —gritó ella, corriendo tras él—. Esto me pasa por confiar en un gusano inservible como tú —profirió, frustrada y con el ego herido. Bien sabía que su ex era un sinvergüenza vividor, pero no se esperaba que fuera capaz de traicionarla ante el primer obstáculo.
Los policías, al ver que estaban escapando, los persiguieron mientras les gritaban advertencias.
Ariadna corría con dificultad debido a sus grandes tacones y al miedo, que provocaba que sus músculos estuvieran tensos y pesados. Insistió en su huida, pero las palabras de los policías empezaron a intimidarla; también el hecho de que no llegaría muy lejos, pues sus pies le eran un obstáculo.
Con el corazón saltando vehementemente en su pecho, la respiración alterada y un manto de sudor frío en su piel, ella se volteó para rendirse, pero puso su mano en el bolsillo de la falda, como para sacar algo.
Uno de ellos pensó que estaba armada y disparó contra ella, quien cayó al suelo herida, golpeándose el rostro con un zafacón que había allí.
El contenedor tenía unas latas oxidadas que cortaron el rostro de Ariadna, desfigurándolo.
***
Pablo había salido de una sesión grupal y se sentó en un banco blanco, admirando aquel hermoso lugar que estaba rodeado de árboles. Cerró los ojos, respirando el aire fresco; por fin, después de tanto tiempo, sentía paz.
—¡Hola, guapo! —Abrió los ojos al escuchar la sonora voz.
Se quedó un rato en silencio mientras admiraba a aquella hermosa mujer. Era una morena de piel chocolatosa y cabello negro con algunos mechones rubios; sus rizos eran largos y bien definidos. Sus ojos, grandes y marrones claros; sus labios, gruesos y sensuales. Ella no era alta, tenía caderas anchas y pechos firmes y redondos. La morena se sentó a su lado, mostrando una hermosa sonrisa.
—Hola, guapa —le devolvió el saludo con una sonrisita.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó, sonrojada.
—Soy Pablo —sonrió, coqueto—. ¿Cómo te llamas tú?
—Soy Kenia —respondió con dulzura—. ¿Drogas?
Él la miró, confundido.
—Quiero decir —aclaró, divertida por su expresión—, si estás aquí por drogas.
—No, alcohol. ¿Y tú?
—Drogas. Aunque tengo más de seis meses limpia —aclaró—. Recurrí a los narcóticos después de perder a mi bebé. ¿Sabes qué es lo difícil de mi historia? Lo perdí porque mi pareja me pegó sin piedad —soltó la frase como si le dijera que el clima estaba frío o caliente, como si decirlo fuera una acción mecánica y esperada.
¿Serían las tantas sesiones grupales a las que debería estar acostumbrada? ¿O quizás el tener que haber respondido tantas veces la misma pregunta? No lo sabía, pero le pareció chocante y un poco invasivo que le contara todo eso con tanta facilidad.
—¡Oh, Dios! Eso es horrible. Lo siento mucho, Kenia —respondió, sorprendido y pasmado.
—Está bien. Ya estoy mejor —sonrió—. Antes ni siquiera podía hablar de eso y mírame, te lo estoy contando como si nada. —Aunque sus labios sonreían, sus ojos emanaban tristeza.
—Veo que eres muy fuerte. —La miró con admiración.
—Gracias, pero antes no lo era. Tuve que tocar fondo para darme cuenta de que estaba siendo una cobarde.
—Sí, entiendo eso —corroboró, melancólico—. Tuve que caer muy bajo para comprender lo que había perdido, y lo cobarde y estúpido que fui.
—Sí, a veces la vida necesita darnos unas nalgadas para que recapacitemos. Lo importante es no quedarse en el suelo. Todos tenemos una oportunidad para levantarnos y ser mejor persona cada día; solo tenemos que creer en Dios y en su misericordia, y poner de nuestra parte.
—Creer en Dios… Él debe estar muy enojado conmigo —rio.
La chica lo miró con dulzura, y él se perdió en esos hermosos ojos. Había algo en su voz y en su mirada que le transmitía paz y confianza, pese a que su acercamiento fue un poco brusco y directo.

