Ariadna estaba sentada en el sofá, con una copa de vino en las manos y una sonrisa de victoria. Estaba viviendo como una reina, en un apartamento lujoso, muebles finos y comida gourmet. Todo le pertenecía a ella, y lo mejor era que no tendría que hacerse cargo de Pablo, ya que sus padres fueron tan considerados en llevárselo a su casa y cuidarlo ellos.
—¡De la que me libré! Qué horror tener que lidiar con un alcohólico —profirió con asco—. ¡Estúpido! Ay, Pablo, tú de verdad me gustabas. Juntos pudimos ser una pareja poderosa, pero tú no pusiste de tu parte. Me humillaste y me trataste como si fuera una basura, después de que me ilusioné con tu amor.
—¿Cómo te atreviste a ponerla a ella antes que a mí? ¡Imbécil! Ahora me quedaré con tu lindo apartamento y tu dinero, mientras tú te hundes en la miseria. Eso te pasó por haberme humillado, por no haber olvidado a la desabrida de tu ex. Esa, querido Pablo, es mi venganza.
Ariadna hizo un sonido de fastidio cuando escuchó el timbre sonar. Soltó un largo suspiro y se preparó mentalmente para atacar a quien sospechaba era la visita.
—De seguro es ese viejo iluso. Si cree que puede sacarme de mi apartamento, está muy equivocado. No me iré, por más que insista —dijo mientras se apuraba hacia la puerta, pues decidió divertirse a costa de Genaro, a quien consideraba su suegro, quien le había insistido para que desalojara el apartamento de su hijo.
Sin embargo, no era él. Había un desconocido bien vestido, que le dio una impresión amenazante. Ariadna lo observó a la expectativa y un poco nerviosa, pues no sabía qué esperar de ese hombre que se veía intimidante.
—Buenos días, vengo a notificarle una orden de desalojo emitida por el tribunal —comunicó el extraño—. Tiene dos días para desalojar voluntariamente la propiedad. Si no lo hace, se procederá con el desalojo forzoso conforme a la ley.
Ariadna sintió que el suelo se volvía inestable bajo sus pies y que la mente se le puso en blanco. Trató de hablar, pero fue incapaz de decir algo claro. Tras un largo suspiro y tratar de asimilar lo que ocurría, ella enfrentó al hombre con la mirada, negada a aceptar que pudieran sacarla de allí.
—¿De qué está hablando? Este apartamento pertenece a Pablo Mars, mi novio, por ende, también es mío. Deje de decir incoherencias y lárguese —dijo a la defensiva, pero su nerviosismo era notorio.
Estaba dolida y aterrada. No podía creer la audacia de esa familia.
—Señora, por orden directa del señor Pablo Mars, tiene usted setenta y dos horas para abandonar el apartamento. La orden está firmada y sellada. Si sigue aquí después de ese plazo, la sacarán con lo puesto. No se le debe nada. Y si rompe algo, también responderá por eso.
El alguacil le pasó el sobre con la orden, se despidió de ella y se marchó, con una tranquilidad que le heló la sangre.
Ariadna se quedó allí, estática, como si las palabras no encontraran forma de salir y su cuerpo no respondiera. Solo lágrimas pesadas mojaron sus mejillas, con gotas de dolor, decepción e incertidumbre.
***
Antes de que Pablo fuera llevado a rehabilitación, Jimena se dedicó a cuidarlo en casa de sus exsuegros hasta que él fue internado en un lugar para alcohólicos y drogadictos.
Se sentía muy triste por todo lo que la arpía de Ariadna le hizo a su ex y por lo bajo que él había caído.
Fue muy duro verlo en ese estado, pero algo en ella se rompió. Ya no estaba enojada con él, sino que sentía tristeza por sus decisiones y cómo por poco destruye al hombre del que ella una vez se enamoró.
Jimena empezó a visitar a Pablo junto con Adrián los fines de semana y estaba muy feliz por su entusiasmo y deseo de recuperarse. Era un alivio verlo tan dispuesto a mejorar; eso la llenaba de orgullo y alegría, pues su hijo merecía un padre sano y compuesto.
—Jimena, no es justo para mí lo que haces —le recriminó Jack cuando ella llegó de ver a Pablo—. Soy tu novio, así que no soporto que vayas a visitar a tu ex todas las semanas. Estoy harto de esta situación, tendrás que tomar una decisión: él o yo.
—Jack. —Lo miró con hastío—. Eres un buen hombre y la he pasado muy bien con tu compañía, pero como te dije antes, no permitiré que te inmiscuyas en los asuntos de mi hijo y la relación con su padre. Yo tengo todo el derecho de visitar a Pablo porque, aparte de ser el padre de mi hijo, él es mi amigo.
» Si no eres lo suficientemente maduro para entenderlo y me crees capaz de engañarte, entonces dejemos esto aquí. No creo que yo sea lo que buscas y, de mi parte, pienso que me apresuré contigo. Lo siento, Jack, pero es mejor que terminemos esta relación sin sentido.
El rostro de Jack se tornó pálido de repente. Si bien la ruptura era algo que se veía venir, él no estaba listo para ello, no sin luchar o hacer que funcionara.
—¿Hablas en serio? —cuestionó, desconcertado—. ¿Estás segura de que quieres dejarme? ¿Para regresar con ese alcohólico?
—Jack, terminemos en paz. Es lo mejor, yo no quiero esto, no ahora —admitió eso que le tardó varias semanas procesar y aceptar, muy a pesar de que todas las señales estaban allí, en sus narices.
No era justo para Jack, ni tampoco para ella. Este no era su mejor momento para una relación seria y Jack merecía algo mejor que las migas que ella le daba.
—Entiendo, pero recuerda que eres madre soltera, no es que puedas tener una fila de pretendientes —dijo malicioso, agarrándola por sorpresa. Ella negó con la cabeza, dolida, y con los ojos cristalizados.
—Jack, no quiero cambiar la imagen que tengo de ti. Dejémoslo así, por favor —insistió, pues no quería que él dijera ofensas de las que luego se arrepentiría. Entendía que estaba dolido y que hablaba desde su dolor, o eso quería creer. Aunque, muy en el fondo, sabía que él podría estar hablando en serio.
Él empezó a respirar con dificultad y sus ojos se abrieron con ira y desilusión. Sentía su orgullo herido, pues le dolía la facilidad con la que ella lo terminaba; sin embargo, se iba corriendo a los brazos de su ex, ese que la hizo sufrir, todos los fines de semana, con la excusa de que tenían un hijo en común.
—¡Como digas! —espetó al fin, rendido—. Pero debes saber que no tendrás otra oportunidad conmigo. —Dicho esto, salió estrellando la puerta, asustando a Adrián, quien se puso a llorar por el impacto.
En ese instante, las lágrimas mojaron las mejillas de Jimena y la sensación de pérdida le apretó el pecho. Si bien sabía que no pudo enamorarse de Jack como esperaba, sí le había tomado mucho cariño y disfrutaba de su compañía. Además, se sentía como una villana malvada, su propia verduga. Le rompió el corazón a un hombre bueno por no saber esperar. Nunca debió involucrarse con él, solo por despecho ni por esa necesidad de sacar a Pablo de la cabeza.
—Perdón… —sollozó mientras cargaba a Adrián y trataba de calmarlo, evitando llorar más fuerte frente a él, aunque eso era lo que más deseaba para desahogar toda su frustración.

