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Capítulo 17

This entry is parte 19 de 40 in the series Mi esposo no me ama

Después de despedirse de Pablo, Jimena llevó a Adrián a su habitación y lo acostó en su cunita. Tenía muchos sentimientos encontrados, pero no podía borrar esa sonrisita que se le dibujaba en la cara de forma involuntaria.
Fue a su habitación y se tiró sobre la cama, sonriendo como una adolescente enamorada. En ese momento, su teléfono vibró y ella lo tomó para leer el mensaje que acababa de llegar.
Jack (8:00 p. m.): «En veinte minutos estoy en tu casa».
Jimena, tras leerlo, dio un salto de la cama. ¡Lo había olvidado!
—¡Rayos! —exclamó con desesperación y entró al baño corriendo.
Jack la llevó a cenar a un hermoso y elegante restaurante. Así eran casi todas sus citas. Le gustaba mucho hablar de su trabajo y de cómo dejó su pasión para poder dedicarse al negocio familiar. Jimena se entretenía escuchándolo.
Después de varias horas, él la llevó a su casa.
—¿Todo bien? —le preguntó, preocupado, pues ella estuvo perdida en sus pensamientos toda la noche.
—Sí. —Fingió una sonrisa—. Solo estoy un poco cansada.
—Entonces, me voy para que descanses. —Besó su mejilla.
—¡Jack! —Ella lo detuvo por el brazo y dejó un casto beso sobre sus labios. Intentó disimular los temblores de su cuerpo, los latidos erráticos y lo mucho que aumentó el ritmo de su respiración. Estaba muy nerviosa, pero creyó necesitar ese pequeño avance.
Él no se esperaba dicho movimiento de su parte, por lo que agrandó los ojos de sorpresa y no supo cómo reaccionar. Quería besarla y romper esa extraña barrera que había entre ellos; no obstante, temía presionarla y arruinarlo todo.
Jimena volvió a besarlo, pero esta vez de verdad. Quería deshacerse de aquella sensación que Pablo dejó en ella. Estaba cansada de que su ex la afectara tanto.
Jack correspondió ese beso con gran felicidad y fervor. Jimena lo abrazó por el cuello y él rodeó su cintura. El beso no estaba mal, pero prefería los labios de…
¡No! ¡Ya no! Tenía que dejar de compararlos. Pablo ya había tomado su decisión y ella debía olvidarse de él, de la misma manera en que él lo hizo con ella.
 
***
 
En una mansión lujosa, el sol de la mañana se colaba por el cristal de las enormes ventanas, decoradas con cortinas transparentes, recogidas a un lado con la intención de no bloquear la vista al hermoso jardín.
En el comedor, un hombre rubio, vestido con ropa deportiva, comía su desayuno, absorto en sus pensamientos.
—Jack, ¿recuerdas a los Mars? —inquirió su padre, sentándose frente a él.
—¡Claro que sí! Conocí a Pablo en los Estados Unidos. No conozco bien al resto de esa familia, pero Pablo y yo fuimos amigos en ese tiempo. Después, perdimos contacto. Por lo que he escuchado, ellos son muy exitosos. ¿Por qué?
—Porque los Mars están dispuestos a utilizar nuestro servicio de outsourcing —respondió, entusiasmado.
—¿En serio? ¡Vaya! Ese sería un buen contrato, papá.
—Claro que sí. Hace mucho tiempo que estoy detrás de esa cuenta, pero sabes todos los problemas que tuvimos en el extranjero. Cristian y yo hemos compartido uno que otro negocio en el pasado. Por cierto, escuché que los Gutiérrez tienen alianza con ellos. ¿Los recuerdas?
—Sí, incluso estoy saliendo con una de las mujeres Gutiérrez. Aunque, ahora que lo mencionas, ella nunca habla de los negocios familiares. Si no me dijeras que tienen una alianza, no lo sabría. Ella nunca me ha hablado de los Mars.
—Pues su alianza no es solo por negocios. Escuché que algunas de ellas están casadas con hombres de esa familia.
—¡Vaya! Llevo más de un mes compartiendo con Jimena y no me había enterado de aquello —respondió, entre intrigado y sorprendido.

***

Una semana después…
Jack acompañó a su padre a la empresa de los Mars para revisar el contrato que ellos habían preparado. En uno de los pasillos, se encontró con su viejo amigo, con quien había perdido el contacto años atrás.
—¡Pablo Mars! —exclamó Jack, extendiendo su mano con emoción.
—¡Jackson Soto! —Pablo respondió al saludo—. Pero ¡qué cambiado estás! Al parecer, te llevaste de mi consejo.
—Sí, dejé de lamentarme por mi poca masa muscular y empecé a ir al gimnasio. Ya llevo dos años y no he roto con mis rutinas.
—Eso veo. Te ha sentado muy bien.
—Sí, ha sido un gran sacrificio, porque sabes que odio todo lo que me hace sudar. Bueno… —dijo con picardía—, casi todo lo que me hace sudar. —Ambos rieron.
—Sí, eres demasiado rezagado, pero al parecer has aprendido a disciplinarte. Y los resultados son visibles —halagó mientras lo recorría con la mirada, ufano.
—No me puedo quejar. No me veo tan bien como tú, pero algo es algo.
—Deja de comparar. Tengo toda mi vida practicando deportes. Lo importante es el resultado que has logrado.
—Tienes razón, amigo. —Lo miró sonriente y luego cambió de tema—. Me alegra mucho trabajar con tu familia y volver a verte. Deberíamos salir un día y hasta ir al gimnasio juntos, así me motivo más. Te juro que a veces quiero tirar la toalla.
—Eso no, Jack. Yo estoy buscando un gimnasio. Me he descuidado mucho en estos días.
—Yo encontré uno muy bueno. Por cierto, hay unas mujeres hermosas allí, en especial mi nueva conquista. ¡Qué mujer! —exclamó y luego se relamió los labios.
—¡Vaya! Nunca se te quita lo mujeriego —dijo divertido.
—Esta vez es diferente. Ella realmente me gusta y creo que tenemos algo serio.
—¡Vaya! Me gustaría conocer a la afortunada. Debe ser muy especial.
—¡Créeme que lo es! Si quieres, nos vemos la próxima semana en el gimnasio y allí te la presento.
—Me parece bien. —Pablo le palmó el hombro—. Fue un gusto volver a verte. —Entró a su oficina.
Por su parte, Jack continuó el camino hacia la oficina de Genaro, donde se encontraba su padre.

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