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Capítulo 8

This entry is parte 10 de 40 in the series Mi esposo no me ama

En una mañana brillante, hermosa y llena de risas y calidez, Jimena, Pablo y el bebé jugaban sobre la cama. A pesar de que el día soleado invitaba a salir para apreciar su belleza, ellos decidieron quedarse en casa y disfrutar en familia.
—Di: “Pa-pa” —Pablo repetía mirando fijamente a Adrián.
—No importa cuánto lo intentes, no cambiará el hecho de que ya dijo “mamá” antes que “papá” —dijo Jimena, entretenida. Pablo la miró con el ceño fruncido y aparente desacuerdo.
—Tú lo manipulaste —la acusó con expresión dramática.
—Sí, claro —se burló sarcástica y reprimió una risita—. Acéptalo, él me quiere más a mí que a ti —dijo con una risita antes de dejar un beso corto sobre sus labios.
—“Él me quiere más que a ti” —se burló haciendo una mueca.
El bebé se recostó sobre el pecho de su madre y comenzó a agarrar sus mamas.
—¡Oye! —Pablo quitó la mano del bebé con una sonrisita—. Eso es de papi; ya tu turno pasó hace mucho, jovencito. Te las presté por un tiempo, pero ahora tomo lo que me pertenece.
—¡Qué payaso eres! —Jimena giró la cabeza sonriendo.
El bebé volvió a poner sus manos, pero Pablo las quitó con malicia; le divertía las rabietas que hacía cuando lo molestaba. El pequeño empezó a llorar de frustración.
—¡Pablo! —Jimena reclamó molesta—. Qué malvado eres, ya lo hiciste llorar —dijo mientras lo mecía sobre su pecho.
—Ven —dijo extendiendo sus brazos—. Eso no está funcionando. —Él tomó al niño y se puso de pie; luego jugó con él suspendiéndolo por los aires. Adrián empezó a reír a carcajadas.
—Cuál de los dos más charlatán —Jimena se quejó con una sonrisa.
 
***
 
Jimena estaba sentada en una silla reclinable con sus gafas oscuras puestas, tomando el sol en el patio. Saltó espantada al sentir un chorro de agua mojarla de repente. Se quitó las gafas y frunció el ceño al encontrarse con el rostro sonriente de su esposo, quien tenía a Adrián en un brazo y, con la mano libre, sostenía una manguera de agua.
—¡Pablo Mars…! —Apretó los puños de la ira y corrió tras él, quien seguía mojándola con la manguera. Jimena se la quitó de la mano y lo persiguió por todo el patio. Así fue como los tres terminaron empapados entre risas.
Después de ver una película, durmieron al bebé y fueron a la habitación. Jimena se tiró en la cama, cansada pero feliz, pues nunca antes habían pasado un día tan lindo en casa. Pablo se acostó a su lado y empezó a acariciar su brazo con el dedo índice. El dedo travieso viajó por su cuerpo, provocando que Jimena respirara con dificultad.
—¿Sabes de qué tengo ganas? —susurró él en su oído con tono coqueto, lo que hizo que Jimena mordiera su labio inferior, tratando de controlar el estremecimiento.
Ella rozó su mano sobre la mejilla de él, y él comenzó a besarla con dulzura y anhelo. Sus labios suaves y carnosos la enloquecían; siempre había sido débil ante sus deliciosos besos y la manera apasionada en que la acariciaba. Corrientes de placer recorrían su piel, hasta que ella deseaba más de él. Y de una forma dulce y lenta, hicieron el amor, como hacía mucho que no lo hacían.
El sonido del celular espantó a Jimena, quien se sentó en la cama con pereza. Aún estaba oscuro, así que miró el reloj: era medianoche. Frunció el ceño al observar el artefacto y posó la mirada en Pablo, quien dormía plácidamente. Una sonrisa de enamorada se dibujó en su rostro. El celular sonó de nuevo, pero solo fue un timbre, así que no tuvo tiempo de responder la llamada. Miró el aparato y notó que no era el suyo.
—¿Quién está llamando a esta hora? —observó el celular con recelo. Una notificación de un nuevo mensaje captó su atención.
¿Y si era una emergencia? Removió a Pablo sobre la cama y lo llamó varias veces, pero él no se despertó. Jimena abrió el mensaje y vio que el contacto no estaba guardado, lo cual la sorprendió aún más. Se debatió entre leerlo o no, pero la curiosidad mató al gato.
Empezó a leer, y con cada palabra, su corazón se hacía pedazos. Lágrimas rodaron por sus mejillas y la respiración se le dificultó por el nudo que sentía en el pecho.
«Hola, jefe. Soy su secretaria favorita, esa que no deja de pensar en usted, así como sé que usted no deja de pensar en mí. Me quedé esperando su llamada, por eso me tomé el atrevimiento de contactarlo.
Sé que ahora mismo está en una situación difícil: por un lado, la carga de su esposa e hijo; por el otro, la pasión que siente por mí. Yo lo esperaré el tiempo que necesite. Pero aún no puedo olvidar lo que pasó en su oficina, y su sabor y olor siguen presentes en mi cuerpo. Espero que lo repitamos.
Suya, todas las veces que quiera:
Ariadna».

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