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Capítulo 7

This entry is parte 9 de 40 in the series Mi esposo no me ama

Pablo se levantó y se sorprendió al no ver a Jimena en la cama; soltó un largo suspiro y se apretó el cabello debido a la impotencia que sentía. La culpa estaba acabando con su paz. Quería recuperar lo perdido con ella, pero ¿cómo mirarla a los ojos después de lo que hizo?
Jimena entró en la habitación con el bebé en brazos y lo puso sobre la cama. El niño gateó hacia Pablo, mientras ella evitaba la mirada de su esposo y se dirigía al baño en silencio. Era sábado, y al parecer Jimena no se quedaría en casa ese día, así que él no tendría que buscar un lugar para escapar y evitarla.
Jimena salió envuelta en una toalla, con la piel mojada y el cabello recogido. No pudo contener la mirada hacia su esposo mientras jugaba con el bebé; parecía un niño pequeño y se veía muy tierno.
 —¿Quién es la hermosa rubia, Adrián? —dijo al bebé, hablando como el pato Donalds. Jimena trató de no reír y hacerse la indiferente—. ¿Qué hace esa mujer tan linda en la habitación? ¿Quién la dejó entrar? —seguía hablando como el personaje mientras le hacía cosquillas al bebé—. Adrián, dile que se quite la toalla de una buena vez y que lo haga lentamente. —La miró con picardía, mas ella entornó los ojos.
—¡Payaso! —espetó, molesta, y salió de la habitación con la ropa en la mano.
—¡Hey! ¿Para dónde vas…? —No terminó la frase; Jimena ya había cerrado la puerta tras de sí—. ¡Uff! —murmuró, mirando al bebé—. Tu mami está enojada.
Después de un rato, Jimena regresó a la habitación ya cambiada, con un vestido corto, ajustado en la parte superior y con la falda suelta.
«El color naranja le queda bienpensó él mientras la observaba, embobado. No pudo evitar perderse en los labios, que tenían el mismo color que el vestido.
Jimena llevaba el cabello suelto, aparentemente laceado, y se había calzado unas zapatillas bajitas y cómodas, ya que planeaba llevar al bebé con ella.
—¿Vas a salir? —preguntó él, mirándola fijamente. Hacía tiempo que Jimena no se arreglaba tanto, y en realidad se veía muy bien.
—Sí. Voy a llevar a Adrián al parque y después me reuniré con mi tía y las chicas. Vamos a celebrar que Cecilia se graduó y que regresó para quedarse.
—Entonces puedo acompañarte al parque, si quieres, hasta que llegue la hora de la reunión de las Gutiérrez; después, tomaré mi camino. Así quedan en libertad para criticarnos a los Mars, porque, cariño, sé que cuando se reúnen, somos el centro de la conversación y no creo que digan cosas bonitas acerca de nosotros.
—¡Ja! Como si fueran tan importantes —respondió Jimena, mirándolo con disgusto.
—Bueno, por alguna razón, tres de ustedes están casadas con nosotros. Debemos tener ese algo que vuelve locas a las Gutiérrez —dijo él con una sonrisa de orgullo.
  —Creído, idiota. —Ella gruñó, provocando carcajadas a su esposo, quien se paró de la cama y la abrazó por detrás—. ¡Suéltame, tarado! —Se removía entre sus brazos, cosa que lo motivaba a él a apretarla con más fuerza. Pablo dejó un tronante beso sobre su cuello que provocó que ella se enojara aún más—. ¡Suéltame, Pablo! —gruñó. Él la soltó con lentitud y la giró para que quedara frente a él.
  —¿Sigues enojada? —Su voz sonó sería y ronca, pero ella evitaba su mirada. Le avergonzaba recordar su rechazo. Cuando por fin se atrevió a tomar la iniciativa y volver a ser esa chica intrépida que una vez fue, entonces él se rehusó a la intimidad. 
  —No. No tengo nada que reclamarte, Pablo. —Miró en dirección al suelo—. Cuando regrese, hablaremos. —Lo encaró con tristeza y una firmeza que le dio una sensación de amargura a su esposo—. Hablaremos de nuestro divorcio —soltó sin más mientras luchaba contra las lágrimas que insistían en salir. 
  —¿N-Nuestro di- divorcio? —tartamudeó sorprendido.
 
***
 
Dado que las mujeres Gutiérrez se habían reunido, incluyendo a Laura, Kevin aprovechó el rato a solas para visitar a Pablo a su casa.
  —Trata de calmarte, Pablo —le aconsejó Kevin preocupado mientras lo observaba desde el sofá. Pablo caminaba en círculos por toda la sala, nervioso.
  —¿Cómo puedo calmarme? Jimena me pidió el divorcio, Kevin.
  —Bueno…, te lo mereces por idiota.
  —¿Qué voy a hacer, Kevin? —Se sentó de golpe en el sofá con expresión aturdida.
  —Habla con ella y aclara las cosas. Pero Pablo, debes estar seguro de lo que quieres. No es justo que Jimena siga sufriendo por tu estupidez.
  —El problema es… que no sé lo que quiero. Tengo tanto miedo. Sé que estoy siendo egoísta, pero no estoy listo para dejarla ir; aun así, me siento atraído por Ariadna.
  —¡Eres un Patán, primo! —Kevin lo miró con decepción—. No es justo lo que haces. 
  —Tienes razón, debo tomar una decisión pronto. Después de ese beso no he podido dejar de pensar en ella y eso me está torturando. No puedo ni mirar a Jimena por la culpa.
  —¿Beso? —cuestionó Kevin aterrado. Pablo suspiró.
  —Ella me besó. Te juro que no iba a corresponderlo, pero fui muy débil ante sus dulces labios. Fue… tan delicioso que no me pude contener. Nos besamos como locos. Kevin, me encantó y no sé cómo afrontar esto. Me gusta mucho Ariadna, pero también me gusta Jimena. ¿Puedes estar enamorado de dos personas al mismo tiempo?
Kevin lo miró abrumado e incrédulo de lo que su primo le acababa de confesar.
  —¡No puedo creerlo, Pablo! Pienso que Jimena debe separarse de ti; eres una basura. Te amo, Pablo, pues eres mi primo; pero eres de lo peor. —Meneó la cabeza con expresión decepcionada—. Jimena es tu esposa, la madre de tu hijo, y la estás poniendo en el mismo lugar que esa aparecida sin escrúpulos. Porque déjame decirte, querido primo, que una mujer que se respeta a sí misma no se le insinúa ni besa a un hombre casado. Piensa bien qué harás, porque si la escoges a ella te espera una vida amarga.
  —Ella no es así, Kevin. No hables de una persona sin antes conocerla —gruñó Pablo.
  —Bien, no la conozco; sin embargo, lo que has dicho es suficiente para saber el tipo de mujer que es. Pero es tu vida, Pablo. ¡Jódete, imbécil! —profirió enojado y se marchó.
 
***
 
Las mujeres Gutiérrez se reunieron en una cafetería y, después de abrazar a Cecilia con fervor y felicitarla, se sentaron a conversar.
  —¡Qué hermoso mi sobrino! —exclamó Cecilia con el bebé en brazos—. Jimena, tiene tus ojos, pero es idéntico a Pablo; hasta posee su negra cabellera.
  —Sí, la cabellera de los Mars —dijo ella con desdén.
  —Esos hombres Mars son terribles —espetó Clara.
  —¡Pero encantadores! —Laura exclamó con picardía y todas rieron, menos Claudia.
  —¡Qué aburrimiento! —se quejó Claudia—. No hablaremos de ellos hoy también. Están buenos, pero son unos tarados. El único mejorcito es Kevin y cometió la estupidez de casarse con Laura. —Todas la miraron mal por su comentario venenoso, pero decidieron ignorarla. Al parecer Claudia siempre le tendría envidia a su prima y buscaría la manera de fastidiarla.
  —¿Todo bien? —le preguntó Cecilia a Jimena, y le acarició con ternura la mano que ella tenía sobre la mesa. Jimena asintió y fingió una sonrisa—. Estás diferente —añadió.
  —¡Pero, claro que lo está! —Claudia intervino con toda su maldad—. Engordó demasiado y ahora parece una vaca al igual que Laura.
Jimena bajó el rostro, apenada.
  —Deja de decir tonterías, Claudia. Ni Laura ni Jimena están gordas. Ambas son hermosísimas; a decir verdad, el matrimonio les ha favorecido —la regañó clara mientras le regalaba una mirada de desaprobación.
  —No más que a ti, tía —Laura le sonrió con picardía—. Cada vez que te veo luces más hermosa y feliz. Si te soy sincera, se me hacía raro una relación entre tú y él tío Paulo, pero al parecer ustedes se complementan muy bien.
  —El tío es guapo y divertido; mientras que la tía es un poco anticuada y aburrida, además de santurrona. Me pregunto… —Claudia se puso el dedo sobre los labios pensativa—. ¿Cómo es que tienen intimidad? El tío se ve muy pícaro y atrevido; pero tú, tía… —Empezó a reír como loca.
  —¡Respétame, jovencita! —Clara la volvió a regañar—. Mi intimidad con Paulito es información privada, es decir, que no te incumbe.
  —Tía, tú nunca nos contaste cómo fue que tú y él se enamoraron. ¿Cuándo fue que empezaron a salir? —preguntó Cecilia con curiosidad. 
  —¿Fue durante las vacaciones o cuando regresamos? —Laura se unió al interrogatorio; su mirada curiosa esperaba por una respuesta, al igual que todas. 
  —Empezamos cuando regresamos —respondió sonrojada—; es lo único que les diré, entrometidas. —Todas se quejaron—. Por cierto, Cecilia y Claudia; ustedes deberían buscarse un novio por lo menos, puesto que se están quedando atrás. —Se burló su tía con una sonrisita maliciosa.
  —Yo estuve saliendo con un chico en la universidad, pero resultó ser un patán y lo mandé a volar —dijo Cecilia, frunciendo el ceño.
  —Y yo… he tenido lo mío. —Claudia respondió con desdén. Hubo un momento de tensión al todas recordar los problemas que Claudia había tenido con los hombres. Decidieron cambiar el tema y terminaron hablando acerca de los Mars, otra vez. 
Jimena llegó a la casa de noche y, cuando entró a la habitación, encontró a Pablo viendo una película.
  —¿Dónde está Adrián? —preguntó él porque no vio al niño
  —En su habitación. Se había dormido desde que entré al auto—contestó ella, indiferente.
  —Te pasaste el día entero afuera, por lo que me imagino lo cansado que debió estar.
  —Sí. —Ella secundó con el corazón acelerado. Entró al baño, se duchó y salió envuelta en una toalla. Pablo se acercó a ella y empezó a besarla, pero Jimena se alejó de él y lo miró a los ojos sin ocultar su disgusto—. No vuelvas a besarme; recuerda que tenemos una conversación pendiente —dijo temblorosa, pues todavía no estaba segura de su decisión.
  —Jimena, no hay nada que discutir. —La abrazó con lágrimas en los ojos—. Perdóname, he sido un patán, un idiota y un mal esposo. Mi amor, no me dejes. —Le agarró el rostro con sus dos manos—. Vamos a darnos unos días, ¿sí? Pensemos bien si de verdad esa es la solución a nuestros problemas. Démonos una oportunidad de intentar mejorar nuestra relación y, si tenemos que ir a terapia, pues vamos; pero no me dejes, por favor. —Besó sus labios con ternura. Jimena empezó a llorar y él la abrazó.
  —Tengo miedo, Pablo. —Se limpió las lágrimas—. No quiero que terminemos mal.
  —Lo sé; yo también tengo miedo. —Pablo le quitó la toalla que la cubría y empezó a besarla con pasión, mientras que sus manos le acariciaban el cuerpo. Como respuesta, ella le quitó la camiseta y él se deshizo de su pantalón con desespero. Se tiraron a la cama donde Pablo le recorrió el cuerpo con sus labios—. Relájate, preciosa —dijo seductor—; me toca complacerte y compensarte, así que disfrútalo, amor. —La sedujo con picardía.
Pronto la boca de Pablo invadió la intimidad de su esposa, cuyo sabor siempre le pareció una delicia; sin embargo, tenían tanto tiempo distanciados, que se había olvidado lo mucho que le gustaba besarla, lamerla y succionarla allí.
Por su parte, Jimena se entregó al deleite que su esposo le ofrecía, olvidando así todos los sentimientos negativos que había embargado esos días en los que él la trató con frialdad. Aunque los recuerdos le invadían la mente para alertarla que eran más las lágrimas que él le provocaba que los momentos felices, ella busco más de una justificación para no empañar ese momento, y de esa manera mantener la esperanza viva de que todo iba a cambiar entre ellos y serían una familia feliz y llena de amor.
 No sabía si hacía lo correcto, pero necesitaba creer que Pablo cumpliría su palabra esta vez; quería creer que su matrimonio tenía solución y que el amor de su vida podría ser ese esposo que ella tanto anhelaba que fuera. Tal vez…, no estaba mal de su parte soñar.

Mi esposo no me ama

Capítulo 6 Capítulo 8
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