Una semana transcurrió y Laura iba de camino al tribunal.
Sus manos sudaban y temblaban, y su corazón latía con brusquedad. A pesar de que Kevin fue un pesado durante todos esos días, esa mañana se levantó muy cariñoso y comprensivo.
Él iba sentado junto a ella en la parte de atrás, mientras que un chófer conducía el vehículo y su padre iba de copiloto.
Kevin sostuvo sus manos temblorosas con ternura y acarició su hombro para que ella se relajase.
Llegaron al lugar y Laura sentía que dejaría de respirar en cualquier momento. Un nudo se formó en la boca de su estómago y hasta le dio ganas de ir al baño.
—Tienes que calmarte, Laura. —Kevin le masajeaba los hombros. Estaban fuera de la sala donde juzgarían a Frank.
De repente una mujer la llamó:
—Laura —Esa voz le era familiar, pero la persona frente a ella no concordaba con el sonido emanado por su garganta.
—¿Tía? —preguntó dudosa—. ¿Eres tú? —La mujer frente a ella asintió.
—Laura, aún falta media hora para que inicie el juicio. ¿Podemos hablar? —Su tono era calmado y sin exigencias.
Laura asintió incrédula.
No podía quitar su mirada de ella. ¡Estaba tan cambiada…!
Lucía muy joven y hermosa. Sus ojos estaban serenos y pudo notar un brillo especial en ellos. Por primera vez, veía su cabello suelto. Se parecía al pelo de Laura, pero un poco más corto. Estaba vestida de ejecutiva, mas se veía sensual y juvenil. Llevaba un poco de maquillaje, ya que no necesitaba mucho para verse hermosa.
—Deja de mirarme así, Laura. —Su tía se sonrojó. Ya se habían sentado en la cafetería del lugar.
—Lo siento… es que estás… —No salía del asombro.
—Hice algunos cambios. —Sonrió—. Es que debo lucir de forma adecuada ahora que represento nuestros negocios en el exterior. Y es por eso por lo que quería hablar contigo. No voy a estar establecida en un lugar, Laura. Incluso hablé con Mico para vender la casa y nos repartamos el dinero entre todos.
—¿Y por qué me lo cuentas a mí? No tengo nada que ver con esa casa.
—No digas eso. Allí creciste. Fue tu hogar por muchos años y tú eres una Gutiérrez, tienes tanto derecho como nosotros. —Laura estaba atónita ante sus palabras—. Laura, yo sé que no tienes buenos recuerdos de la casa. —Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Y soy la mayor culpable de eso, perdóname.
Clara hizo una pausa y ahogó un sollozo.
Las lágrimas le mojaron el rostro y los ojos le lucían rojizos. Con voz temblorosa, ella añadió:
—El odio y el rencor me cegaron y me desquité con una niña inocente hasta convertirte en una adulta esclava de mis exigencias y caprichos. Perdóname por oponerme a tu relación con Kevin, por no permitirte tener amigos ni estudiar fotografía.
Laura rompió en llanto, sin importarle que las personas la estuvieran viendo.
—Perdóname por ofenderte y por hablarte mal de tu madre. ¿Me perdonas, Laura? —suplicó entre lágrimas.
Hubo un momento de silencio.
Perdonarla. ¿Podría todo resolverse con un simple perdón? Quizás no; sin embargo, ¿de qué le servía no hacerlo?
—Sí, tía… —respondió Laura al fin con la voz débil. Se sentía extraña; por alguna razón, avergonzada.
Su tía la abrazó con fuerza, agarrando a Laura desprevenida.
No sabía cómo responder a su abrazo, pues Clara nunca le había mostrado afecto.
Tardó más tiempo de lo esperado para corresponderle el gesto, pero cuando lo hizo, ambas lloraron a todo pulmón. Se quedaron así por varios minutos sin poder decir o hacer otra cosa que no fuera llorar.
—Laura, tenemos que entrar ya. —Kevin avisó cuando la vio regresar con Clara.
Ya todos estaban reunidos: los hombres Mars, Lía, el doctor, el psicólogo y el abogado.
Paulo se acercó a Clara y le rodeó la cintura, dejando a todos sorprendidos, mas nadie hizo preguntas, pues el enfoque estaba en el juicio. Entraron al tribunal y Kevin sostuvo la mano de Laura todo el tiempo.
Los Castillos estaban sentados al lado opuesto de ellos con cara de preocupación. Ya todos habían testificado. Había un murmullo entre Frank y su abogado. Frank puso la mano sobre la Biblia para hacer su juramento. Pasó al estrado.
—Todo lo que se testificó hoy fue una pérdida de tiempo —expresó. Su rostro emanaba cinismo y serenidad—. Les voy a contar una historia muy interesante. —Sonrió—. ¿Ven a la chica hermosa de allí? —Apuntó en dirección a Laura—. Ella me robó el corazón. Yo había terminado mis estudios en los Estados Unidos, cuando regresé a familiarizarme con la empresa de papá y conocí a este bizcochito. —Se saboreó los labios.
Kevin arrugó el rostro debido a la ira que el descaro de Frank le causaba, pero el abogado les aconsejó que lo ignorasen, ya que él podría usar provocaciones para salirse con la suya.
—Me enloqueció su bello e inocente rostro, su cabello largo y ese cuerpecito esculpido a la perfección, ¡cómo te deseo, Laura! —prosiguió Frank, y se mordió el labio inferior. Laura se refugió en el pecho de Kevin—. Traté de conquistarla, pero ella nunca se fijó en mí. Bueno, eso era lo que ella daba a demostrar, pues la verdad es que era tan tímida que no se atrevía a corresponderme.
—¡Objeción! —El abogado Martínez se levantó de su asiento—. El acusado se está saliendo del contexto y está faltando el respeto a mi cliente.
—Concedido —dijo el juez—. Señor Castillo, ajústese a los hechos.
—Es lo que hago, señor Juez. Créame, todo tiene que ver —expresó con arrogancia.
—No se lo voy a repetir, señor Castillo.
Frank bufó.
—El caso es que yo le daba dinero a su familia para que ellos me entregaran a Laura en matrimonio. Ella nunca me aceptó, pero le abrió las piernas a Kevin Mars.
—¡Objeción!
—¡Concedida! —El juez miró a Frank con hastío—. Señor Castillo, es mi última advertencia.
—Bueno, regresamos de vacaciones… —El juez lo miró fulminante—. No se preocupe, señor juez, le voy a contar lo que pasó el día en cuestión. —El juez hizo señas para que continuase—. Ese día… —Hizo énfasis mirando al estrado—. Fui a visitar a la tía de Laura, pero ella no estaba. Me fijé que no había nadie en la casa, así que estuve en la cocina esperándola; cuando escuché que alguien llegó, salí y me oculté al ver a Laura subir las escaleras.
» Sentí que mi corazón latía fuertemente ante esta oportunidad. Le dije a la muchacha de servicio que iba a hablar con Laura, que no subiera molestarnos. Ella asintió extrañada y salió a hacer algo en el jardín. Subí y toqué la puerta; como ella no me dejaba entrar, la bloqueé con la pierna. Ella insistía que debía irme.
Frank rodó los ojos, como si la negación de Laura fuera ridícula.
—Empujé la estúpida puerta y me acerqué a Laura —continuó—. Ella, con su timidez, se iba alejando. Estaba temblando y eso me excitaba.
Kevin cerró los puños con fuerza, deseoso de ir allí y romperle la cara de idiota; sin embargo, miró a Laura, que se aferraba a su pecho y decidió apoyarla, así que le acarició el cabello con ternura.
Entretanto, Frank continuaba con su versión de los hechos.
—La empujé a la cama y lo demás es historia. Ella no me dejaba desnudarla, así que le pegué. Gritó varias veces, pero nadie venía a interrumpirnos, lo cual agradecí. No se imaginan lo deliciosa que es su piel, tan suave… —Se saboreó los labios—. ¡Ella siempre huele delicioso! ¡Ups! Creo que ya me excité —soltó con una sonrisa cínica.
—Señor Castillo, le pido que respete esta corte —demandó el juez con ganas de patearlo—. Entonces, usted se declara culpable del intento de violación de Laura Gutiérrez.
—Yo no diría intento de violación, señor juez. —Su expresión era insolente—. Yo lo llamaría tomar lo que me corresponde. —Su mirada se volvió seria.
—Señor juez —intervino el abogado de Frank—. Como puede ver, mi cliente ha perdido la razón. No se le debería juzgar como culpable, ya que lo hizo fuera…
—¡¿Me está llamando loco, imbécil?! —Frank lo interrumpió molesto—. Señor juez, yo estaba y estoy en mi sano juicio. Yo fui consciente todo el tiempo, yo soy culpable.
La sala quedó en silencio por unos segundos. Los padres de Frank tenían una expresión de incredulidad y vergüenza, incapaces de asimilar por qué su hijo estaba arruinando la reputación de su familia de esa manera tan estúpida.
Tomaron un receso de media hora para dar el veredicto; como él se declaró culpable, no tenía sentido alargar el juicio un día más.
Laura fue al baño a calmarse.
Las manos le temblaban debajo del agua del lavamanos y su rostro se reflejaba pálido en el espejo.
Todavía se preguntaba qué había sucedido allí adentro, pues el comportamiento de Frank no tenía sentido alguno. ¿Y si de verdad había perdido la razón?
Transcurrido el receso, ellos volvieron a la sala y, como era de esperar, declararon a Frank culpable. Él fue sentenciado a diez años de prisión, pero como confesó, le rebajaron dos, y, si mantenía buena conducta, podría salir en cinco años bajo supervisión.
Le asignaron un psiquiatra, porque era obvio que sufría alguna patología mental. A la salida, él fue escoltado por varios policías. Pasaron cerca de Laura y él se detuvo, sus ojos emanaban tristeza y satisfacción al mismo tiempo.
—Ya no tengo ninguna deuda contigo, Laura Gutiérrez. Espero que disfrutes al tarado de Kevin. Tienes mal gusto, preciosa, pero qué se le va a hacer. Adiós, Laura —masculló Frank. Su mirada se tornó seria, se reflejaba dolor y arrepentimiento en su rostro.
Kevin masajeó los hombros de Laura, presintiendo que necesitaba su apopo. Ella asintió, todavía ida, y le regaló una sonrisa débil que más bien parecía una mueca de terror.
Para Frank, ese gesto expresaba que lo había perdonado. Y eso era suficiente para él, así que le sonrió y siguió su camino.

