—¡Vamos a comer! —exclamó Paulo de repente, rompiendo el silencio y la tensión del momento—. Preciosa —se dirigió a Clara—. ¿Vienes conmigo en la moto? —Sonrió coqueto.
—¡Por supuesto que no, Paulo!
—¿Y por qué no?
—¿Cómo crees que me voy a subir en esa cosa vestida así? —Él rodó los ojos.
—¿Ustedes…? —Kevin buscaba la forma de preguntar.
—Sí, Kevin. Nosotros estamos juntos —respondió Paulo, adivinando su pregunta. Luego besó las mejillas de Clara. Ella lo manoteó.
—¡Vaya sorpresa! —Él aún no se lo creía.
—Me alegro por ustedes. —Laura les sonrió.
Después de comer, volvieron a la mansión. Jillian se acercó a Laura al verlos regresar.
—Laura, espero que cumplas tu palabra.
—Sí, señora —asintió.
—Jillian, por favor —Cristian le recriminó. Dirigió su mirada hacia Laura—. Puedes quedarte el tiempo que quieras; es más, si quieres vivir con nosotros, eres bienvenida. Siempre te estaré agradecido por lo que hiciste por nuestro hijo.
Laura le sonrió en respuesta.
—¡Qué cosas dices, Cristian! —Jillian se alteró—. Ella debe irse como acordamos. No tiene sentido que continúe aquí.
—No se preocupe, señora, yo me voy mañana mismo —aseguró Laura. Kevin la miró en silencio.
—No tienes que irte, Laura —dijo Kevin, tratando que la voz no le temblase.
—Debo tomar mi camino, Kevin —refutó, decidida—. Ya toda esta pesadilla terminó al fin y cada cual emprendió su destino; es mi turno.
Kevin asintió inseguro y se marchó en silencio. Cristian miró a Laura con tristeza.
—Me hubiera gustado que ustedes, por lo menos, lo intentaran. —Miró a Laura con decepción. Ella hizo el intento de sonreír.
—Yo le hice mucho daño a Kevin, él decidió que las cosas se quedaran tal y como están. Yo me lo merezco por tonta. —Esbozó una sonrisa.
—No creo que él quiera eso, Laura.
—Cristian, deja de decir tonterías —Jillian lo interrumpió—. Voy a convencer a Kevin para que se vuelva a París conmigo.
—¿No te importa nuestro hijo? —interpeló él, decepcionado.
—Claro que me importa, por eso que quiero que se venga conmigo.
—No estoy para tus tonterías, de verdad, estoy cansado. Laura, gracias otra vez, te deseo lo mejor. —La rodeó con sus brazos.
***
Era de noche y Laura había terminado de empacar sus cosas. Salió de la habitación para prepararse un té de manzanilla. Necesitaba relajarse. Cuando bajó las escaleras, escuchó discusiones.
—Perdóname, Kevin —escuchó decir a Jessica.
—Cristian, me disculpo de parte de mi hija. Esta niña estará castigada por lo que resta del año.
—No fue mi intención —dijo la prima, sollozando—. Solo me pareció divertido cómo quedó Frank y por eso tomé las fotos. A la única a quien se las enseñé fue a mi amiga, yo no se las di a nadie más, te lo juro —confesó entre llantos. Kevin permanecía en silencio, pues gracias a ese rumor, había perdido su relación con Laura.
—Fuiste muy imprudente —Kevin rompió el silencio, se volteó y subió por las amplias escaleras sin decir nada más.
Laura, por su parte, se quedó allí oculta, impactada por lo que había descubierto.
—Entonces, quien regó ese rumor fue Jessica… —murmuró, ida.
***
Laura trató de conciliar el sueño, pero era imposible. Necesitaba verlo y abrazarlo por última vez, así que salió de la habitación y se dirigió al dormitorio de Kevin, respiró profundo antes de tocar.
Él agrandó los ojos al abrir la puerta, pues no se esperaba verla allí.
Laura entró con timidez y él corazón palpitándole con ímpetu, mientras que Kevin se quedó allí estático y en silencio, a la espera.
Las luces estaban apagadas y solo los alumbraba la luz de la luna que se colaba por la ventana abierta. Ella lo observó por unos segundos. La poca luz hacía brillar sus ojos con más intensidad. Su cabello negro desarreglado lo hacía verse tan tierno…
El blanco en su ropa de dormir le acentuaba bien. Laura temblaba, pues todavía su atractivo la ponía nerviosa.
Ella se acercó con titubeos, estaba tan cerca que podía sentir su aliento al respirar.
—Vine…
—A despedirte, lo sé —la interrumpió sin cambiar su expresión.
Ella quería saber qué pasaba por su mente. Deseaba saber si él esperaba que se quedara. ¡Si tan solo él expresara lo que realmente quería…! Tenía tanta incertidumbre y dudaba de su decisión… pero solo lo quería a él, necesitaba intentarlo, debía luchar por su amor y no dejar que nada ni nadie los separase.
—Yo… —Él puso un dedo sobre los labios de ella y luego la abrazó.
—Te deseo lo mejor, Laura —dijo, matando toda esperanza que ella albergaba.
—Gracias —le respondió decepcionada—. Te deseo lo mejor a ti también. —Trataba de contener las lágrimas—. Pero… ¿Es lo que quieres? —dijo, sacando valentía—. Podemos…
—No podemos, Laura —la volvió a interrumpir. Ella asintió y dejó escapar esas lágrimas que no pudo contener más. Él las secó con suavidad.
—Debes convertirte en la fotógrafa más famosa de este país —dijo, cambiando de tema—. Las puertas de mi estudio estarán abiertas para ti siempre.
—Kevin… —Las lágrimas empezaron a salir—. ¿Podrías…? —Sus mejillas se sonrojaron. Él la miró intrigado—. ¿Podrías besarme por última vez? —se atrevió a pedirle. Él se quedó sorprendido—. Olvídalo —negó avergonzada.
Ella agrandó los ojos cuando sintió sus labios atrapados por los de él, luego los cerró para disfrutar de ese último beso.
Tras despedirse de Kevin. Laura lloró toda la noche. No quería que las cosas entre ellos terminaran así. ¡Si tan solo ella no lo hubiera dejado…!
Sin embargo, recordó las palabras de Pablo y de Cristian sobre que él pudo enfrentar los traumas de su pasado gracias a eso, y sintió una paz absurda. Sollozó hasta que se relajó y se durmió.
Laura se levantó temprano y con un dolor en el pecho inexplicable. Salió de la mansión en silencio. El taxi había llegado y ella se detuvo frente a aquella enorme casa para observarla por última vez. Allí adentro estaba el hombre de su vida. Hombre al que estaba renunciando.
—¿Ya te vas? —una voz la sacó de sus pensamientos.
—Sí. Despídeme de Jimena y dale un beso en su barriguita en mi nombre. —Él asintió.
—Entonces, dejarás a mi primo.
Ella negó.
—Esta vez es él quien me deja ir —explicó con tristeza. Pablo negó.
—¡Ese pendejo! —Laura rio—. ¿Adónde irás?
—Me iré a otra ciudad, aún no sé a dónde. Pero quiero hacer una parada primero. —Él la miró intrigado.
—¿Una parada? ¿Dónde? —Ella sonrió.
—A un lugar llamado Amor de verano. —Pablo asintió comprensivo, aunque no entendió a qué se refirió con eso. Entonces la observó macharse… para siempre.

