—¿Por qué abres la ventana, María? —se quejó Kevin, al ser atacado por los rayos del sol.
—No soy María.
Él se espantó al escuchar a Laura.
—¿Qué haces aquí? —interpeló con mirada de fastidio.
—Vine a traerte tus medicinas y tu desayuno —contestó ella con una gran sonrisa—. Si te lo comes todo, podrás quitarte ese suero incómodo, ya no lo necesitarás.
—¿De verdad tendré que soportarte? —se quejó Kevin, y se sentó en la cama—. Dame eso, cuanto antes me lo acabe, antes dejaré de verte.
—Aquí tienes.
Ella puso la bandeja sobre las piernas de él, ignorando sus palabras. Kevin se terminó el desayuno y se tomó las medicinas. Laura lo ayudó a deshacerse del suero.
—Voy a bañarme. ¿Me ayudarás con eso también? —preguntó él para molestarla.
Laura negó sonrojada.
—Te dejo solo. —Tomó la bandeja y se marchó.
Kevin sonrió descaradamente al verla salir roja como un tomate.
Pasaron varios días desde que Laura fue a la mansión de los Mars y Kevin se estaba recuperando. Ya no se pasaba el día entero en su habitación y su rostro dejó la palidez para tomar un tono vivo.
—¿Qué dibujas? —Laura se le acercó e intentó mirar la libreta, llena de curiosidad. No obstante, Kevin se la pegó al pecho para que ella no viera y puso cara de fastidio.
Los dos estaban en una pequeña sala de las cinco que había en la mansión. Esa era más privada y se encontraba en el segundo piso.
Kevin estaba sentado en un mueble acolchado que se hallaba al lado de una gran ventana de cristal que proporcionaba una hermosa vista.
—Déjame ver, no seas mezquino —insistió Laura, y se cruzó de brazos.
—No quiero que veas mis cosas. —La miró con indiferencia—. Ya yo estoy bien, Laura, no hay necesidad de que me sigas fastidiando. Si quieres quedarte en esta casa, hazlo, pero a mí déjame en paz. —Apartó la mirada de ella y siguió dibujando.
Laura bajó el rostro con tristeza, conteniendo las lágrimas y se marchó.
Kevin levantó la vista hacia el lugar donde ella había estado y se mordió el labio inferior. Entonces, los ojos se le cristalizaron.
—¡Kevin! —Una jovencita corrió hacia él y lo abrazó.
—Hola, Jessica. —Sonrió—. ¿Qué haces aquí?
—Vine a verte. Hasta ahora mis padres no se habían dignado a traerme. No te imaginas lo mal que me he sentido al saber que enfermaste. —Bajó el rostro. Él le tomó el mentón con delicadeza.
—Como puedes apreciar, querida prima, estoy bien. —Le sonrió—. ¿Tus padres están aquí?
—No. Ellos me vienen a recoger más tarde —contestó ella, alegre de poder verlo al fin—. Tienen que asistir a una reunión muy importante. Kevin… —Lo miró con culpabilidad—. Perdóname, no fue mi intención.
—¿Perdonarte por qué, preciosa? —Él le acarició la mejilla.
—Hora de tus medicinas —Laura interrumpió.
—Veo que tu novia está aquí. —El rostro de Jessica cambió al instante a uno incómodo.
—No es mi novia —corrigió Kevin.
—¿Terminaron? —preguntó ella con una alegría que no supo disimular.
—Ni siquiera empezamos —masculló Kevin, y miró a Laura, quien bajó el rostro con vergüenza.
Tratando de disimular la incomodidad y tensión, Laura se acercó a él y se sentó a su lado. Sacó las pastillas de la bolsa mientras sostenía un vaso de agua.
—¡Yo se las doy! —espetó la prima, arrebatándole la bolsa con las pastillas—. Quítate de su lado —le ordenó con rudeza—. Yo estoy aquí, no hay necesidad de que le des nada, yo me encargo.
Sin decir nada, Laura se puso de pie y se alejó.
Jessica le dio las pastillas y el agua a Kevin. Este las tomó.
—Lleva esto a la cocina —le ordenó la chica a Laura, extendiendo el vaso hacia ella. Laura lo tomó—. Kevin, ¿qué hace ella aquí si ya no es tu novia? —interpeló como si ella no estuviera presente.
—Yo me pregunto lo mismo —respondió él, luego clavó la mirada en Laura, quien se marchó en silencio.
Kevin sintió un punzón en el pecho al verla irse tan triste. No se entendía a sí mismo. Si la quería, ¿por qué no dejaba de hacerla sentir mal?
***
Era otra noche de insomnio para Laura, así que se levantó de la cama y salió de la habitación.
Fue al balcón a respirar el aire fresco de la noche.
En la serenidad de la vista nocturna y la brisa fría que le acariciaba la piel, las lágrimas salieron con libertad. Sabía que había herido a Kevin, pero no soportaba más el trato tosco por parte de él. Le era difícil ver su desprecio en los mismos ojos que antes la miraban con amor.
Laura empezó a gemir del dolor que la estaba consumiendo, dolor que llevaba días tragándose.
En ese momento, Kevin salió a beber agua y escuchó aquellos gemidos procedentes del balcón. Se acercó y se espantó al ver a Laura cubierta con una manta.
—¡Me asustaste! —soltó él, espantado—. ¿Estás llorando? —preguntó al verla soplar la nariz.
—No —mintió ella, y trató de volver. Él la detuvo y la miró a los ojos.
—¿Por qué lloras como una magdalena en la oscuridad? ¿Quieres matar a alguien del susto? —Ella negó tratando de no llorar otra vez.
—Discúlpame, por molestar —respondió tosca, e intentó zafarse de su agarre, pero él le apretó los brazos.
—¿Por qué lloras? —repitió con firmeza.
Ella no sabía si se fijó bien, ya que contaban con la poca luz de la luna, pero pudo apreciar preocupación en el rostro de Kevin.
—No es nada que te importe —respondió molesta—. No seas hipócrita, Kevin. ¿Para qué preguntas si no te interesa?
—¿De qué hablas, Laura?
—Digo que no tiene sentido que me preguntes si a ti no te afecta lo que me pase. Para ti soy un cero a la izquierda.
Más lágrimas viajaron por sus mejillas.
Él las secó y se acercó tanto, que sus narices se rozaron
Laura se quedó petrificada, al no saber cómo reaccionar a su cercanía.
Hubo un momento tenso, donde solo se escuchaba su respiración mezclarse con el canto de los grillos, proveniente del jardín hacia donde daba la vista del balcón.
De un impulso, Kevin la besó en los labios.
Laura agrandó los ojos. Estaba muy sorprendida. ¿Acaso las pastillas le estaban afectando el cerebro?
Él ignoró que ella se quedó estática y siguió besándola.
Laura, cuyo corazón latía con ímpetu y se encontraba sumida en la confusión y en el asombro, pronto se rindió al sabor de los labios de Kevin y correspondió su beso que cada vez era más intenso y demandante.
Lo había extrañado tanto.
Él bajó a su cuello, provocando que ella temblase al sentir su aliento cálido sobre su piel, aferrando sus labios sobre toda el área. Laura sintió corrientes eléctricas por todo el cuerpo, aquel placer provocado por sus labios sobre su cuello la hacía temblar y perder los estribos.
—¡Kevin, basta! —Lo alejó.
Él volvió a besarla, pero no con amor, sino con rabia. Ella no quería ese tipo de afecto, así que le dio un empujón que lo alejó de ella.
Sin decir nada, Kevin se dio la vuelta y se fue. Ella, en cambio, se quedó inmóvil, observándolo mientras él desaparecía en la oscuridad.
***
Laura se levantó temprano y se dio un rico baño.
Esos días en la casa de los Mars habían sido difíciles; por un lado, estaba el acoso constante de Jillian; por otro, el trato extraño y bipolar de Kevin, y, para sumarle más a su incomodidad, la prima de este convenció a sus padres para que la llevasen todas las tardes a visitarlo.
Para Laura eso sería un dolor de cabeza, ya que era obvio que la muchacha suspiraba por su primo mayor y le hacía la vida imposible a Laura, de quien estaba celosa. Pero lo que la tenía fuera de sus cabales era ese beso de Kevin.
Nunca él la había besado de esa manera, como tampoco había sentido sus hormonas tan descontroladas como la noche anterior.
Ella se paró frente al espejo para peinarse cuando vio aquella marca.
«¡Kevin, te voy a matar!», pensó mientras llevaba su mano a la boca. «¡Tiene que ser una broma!», dijo para sí. Se puso maquillaje sobre la señal oscura que adornaba su cuello, pero eso no la cubría. «¡¿Qué voy a hacer?!», se lamentó.
Trató de ocultarla con su cabello, pero eso tampoco funcionaría. Hasta que se le ocurrió una idea. Abrió una gaveta y sacó una bandita y la usó para cubrir el chupetón, así nadie lo vería y asumirían que se cortó o arañó por accidente.
Rio ante su ingenio.
Para ese entonces, ya Kevin estaba comiendo en el comedor y él mismo se estaba tomando su medicina por su cuenta; por lo tanto, ella ya no tenía que ir a despertarlo.
Laura bajó al comedor donde Cristian y Jillian estaban sentados, respiró y saludó. Ella se sentó y, al instante, Kevin se les unió.
—Laura… —Cristian la miró con curiosidad—. ¿Te pasó algo en cuello? —Ella se sonrojó al recordar a Kevin comiéndole la zona la noche anterior.
Kevin la miró intrigado y luchó para contener la risa.
—¿Se refiere a esto? —Tocó la bandita—. Pues… —Kevin la miró expectante—. Algo me picó —contestó.
—¿En serio? Pero… ¿por qué te pusiste una bandita sobre una picadura? —Cristian se interesó curioso. Laura se quedó sin palabras.
—¡Papá! —Kevin lo interrumpió—. ¿Cómo va el asunto del juicio? —preguntó, cambiando de tema.
—Todo listo —contestó—. Kevin, sabes que tienes que ir a testificar, ¿no? —le advirtió.
Kevin asintió.
Después de desayunar, Kevin se acercó a Laura y le dijo que lo siguiera. Entraron en su taller y Laura sintió varios escalofríos recorrerla al estar en aquel lugar, pues fue allí donde terminó con él.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó nerviosa. Kevin no respondió. Se acercó a ella y quitó la bandita de su cuello. Enseguida estalló de la risa. Laura se cruzó de brazos y frunció el entrecejo—. ¿Qué es tan gracioso, Kevin Mars? —interrogó molesta. Él no paraba de reír—. Kevin Mars, la próxima vez que se te ocurra dártelas de vampiro, vete a chupar a tu madrina —estalló en enojo y él de la risa.
Se volteó para marcharse, pero Kevin la jaló del brazo.
—Espera, tenemos que hablar. —Su rostro se tornó serio—. Acerca de lo que pasó ayer… —Hizo una pausa—. Olvídalo —soltó de repente—. No sé qué pasó por mi estúpida cabeza en ese momento, pero debes hacer como si no hubiera sucedido. No quiero que compliquemos las cosas.
«Olvidarlo…», pensó, conflictuada.
Ella asintió, aunque por dentro sus palabras la destrozaban. Si bien entendía que había perdido su oportunidad con Kevin aquel día que rompió con él, todavía lo amaba. Y saber que jamás estarían juntos le dolía como nada lo había hecho antes.
—Sí, lo sé —afirmó con tristeza—. Está olvidado. —Fingió una sonrisa y le evadió la mirada.
Cuando salió del taller, las lágrimas se deslizaron por sus mejillas.


