Los nervios la inundaron al entrar a la mansión.
Cristian la había acompañado a buscar sus cosas al motel para irse juntos a la enorme casa de los Mars. La situación era un poco incómoda para ella, pero tenía que estar con él, tenía que ayudarlo a superar ese momento amargo que estaba atravesando.
Cristian ordenó a uno de los sirvientes que subiera las maletas de Laura y le dijo a María, el ama de llaves, que le preparara una habitación cerca de la de Kevin.
—¿Cree que quiera verme? —preguntó Laura, hecha un manojo de nervios, mientras subían las escaleras.
—Creo que eres la única persona que quiere ver. Aunque es posible que diga lo contrario. Pero no te desanimes, él está dolido ahora —le respondió Cristian.
Laura respiró profundo para relajarse.
Cuando iban por el pasillo, se encontraron con Jillian.
—¿Qué hace ella aquí? —preguntó ella molesta.
—Laura se va a quedar con nosotros hasta que termine el juicio contra Frank —respondió Cristian.
—¿¡Qué!? —se alarmó Jillian, sorprendida—. Por supuesto que no. Me opongo rotundamente.
—Me da igual que te opongas, recuerda que esta es mi casa —le respondió él con autoridad.
—Pero, Cristian, mira cómo está Kevin… a él no le va a gustar que esta… se quede aquí.
—Pues ese es su problema —contestó cortante—. Además, lo estoy haciendo por él.
Jillian rodó los ojos.
—Te lo advierto, muchachita —se dirigió a Laura—, no permitiré que tú y Kevin vuelvan a tener alguna relación, debiste quedarte desaparecida. ¿Le haces esto y ahora apareces de la nada?
—No se preocupe, señora —dijo Laura, serena—. No vine a eso, vine a apoyar a mi amigo.
—¡Amigo! —se burló Jillian—. Como quieras, estás advertida.
Cristian entró en la habitación de Kevin y Jillian lo siguió con recelo; Laura se quedó en la puerta.
—Kevin —Él se acercó y miró la bandeja de comida sobre la mesita, estaba intacta—. ¿No comes aún?
—No tengo hambre —contestó Kevin, con la mirada perdida en la nada.
—Pero, Kevin…
—Papá, quiero estar solo —lo interrumpió.
—Kevin, tienes una visita —le dijo al fin.
—No estoy de humor para visitas —replicó sin mover ni un músculo, seguía con la mirada perdida.
—¡Qué descortés eres, Kevin Mars! —le dijo Laura mientras entraba en la habitación.
—¿Qué rayos haces aquí? —interpeló con un tono desdeñoso. Ella se estremeció al ver su mirada fría y llena de rencor.
—Vine a cuidar a mi amigo —contestó, disimulando los nervios.
—¡¿Amigo?! —Kevin dejó salir una risita sarcástica.
—Kevin, Laura se va a quedar con nosotros un tiempo. —Cristian le comunicó, ganándose la mirada confusa de su hijo.
—¡Vaya sorpresa! —Miró al frente de nuevo. Laura se sentó en el borde de la cama y buscó su mirada—. No quiero verte —indicó él, rencoroso.
—Entonces, come.
—No quiero; además, tú no me dices qué hacer.
Cristian salió tomando a Jillian de las manos.
—¿Por qué me sacas de la habitación de mi hijo? —protestó ella.
—Es mejor que estén solos —contestó Cristian.
—Claro que no. Kevin necesita comer, su compañía lo va a aturdir más.
—Ella lo hará comer.
—No lo creo —contestó incrédula—. Nadie lo ha logrado.
—¿Quieres apostar? —dijo, levantando una ceja.
Mientras tanto, en la habitación…
—¿No vas a comer? —Ella reiteró tomando la cuchara.
—Te dije que no. ¿No te da vergüenza? —la reprendió—. Te he dicho que te vayas.
—Pues, si quieres que me vaya, tendrás que comer. —Lo miró con firmeza—. Porque no saldré de aquí hasta ver ese plato vacío —amenazó—. Tú decides.
—¿Me estás amenazando en mi propia casa? —Meneó la cabeza, indignado—. ¡Eres tan molesta!
—Al parecer, quieres que duerma contigo hoy —expresó ella, tratando de acostarse a su lado.
—¿Qué crees que haces? —gruñó Kevin.
—Tú decides, Kevin Mars —advirtió ella, mostrando la cuchara.
—¡Bien! —refunfuñó—. Si eso hace que me dejes en paz… —masculló, pretendiendo molestia y tratando de ocultar la sonrisa que se le dibujaba en el rostro.
Laura llevó la cuchara a la boca de Kevin.
—Puedo alimentarme solo —protestó él después de tragar el primer bocado. Laura le pasó la cuchara y el plato y él empezó a comer. Ella lo observaba embobada—. Deja de mirarme así, das miedo.
—Lo siento —se disculpó con una sonrisa de satisfacción—. Ahora bebe tu jugo. —Le extendió el vaso. Él accedió y la observó con recelo.
—¿A qué viniste, Laura Gutiérrez? —preguntó después de dar un sorbo.
—Ya te lo dije. Vine a cuidar de ti.
—¡Qué descarada eres! —Dio otro sorbo—. Me botas y luego apareces con tu carita limpia, como si nada hubiera pasado. —Terminó de beber el líquido. Laura bajó el rostro, confrontada.
—Siento haber sido tan tonta —se disculpó—. No debí dejarte… creí que estarías mejor sin mí. —Lo miró—. Pero te dejo unos días y empiezas con tus berrinches de niño mimado —bromeó.
—Debes saber, Laura, que perdiste tu oportunidad conmigo. —La miró con frialdad—. Voy a mantener mi palabra, no permitiré que me hieras de nuevo. —Laura se encogió de hombros. Sabía que no tenía ninguna oportunidad con él, pero escucharlo de su boca le dolía demasiado.
—Lo sé, Kevin. —Trató de sonreír—. Como te dije, vine como amiga. —Tomó la bandeja y se puso de pie—. Ahora, te dejo solo como pediste. —Él notó su tristeza—. Descansa, Kevin. —Sonrió y luego salió de la habitación. Jillian y Cristian estaban en el pasillo ansiosos.
—¿Comió? —La cara de Cristian reflejó sorpresa y felicidad. Laura asintió—. Gracias, Laura… —Una lágrima se le escapó—. Qué bien que estés aquí, estoy seguro de que serás de mucha ayuda.
—Espero que te vayas en el tiempo acordado. —Jillian atacó con los brazos cruzados—. Ni se te ocurra enredar a Kevin otra vez —le advirtió.
—¡No me lo puedo creer! —Cristian la miró con asombro—. Ella hace que tu hijo coma y la tratas así. ¡Eres increíble! —dijo, alejándose del pasillo.
Esa noche, Laura no podía conciliar el sueño. Saber que Kevin estaba tan cerca la ponía ansiosa. No soportaba el deseo de ir a verlo y abrazarlo fuerte, pero recordó esas palabras frías que salieron de sus hermosos labios, labios que anhelaba. Él lo había dejado claro. Solo serían amigos y nada más. Tendría que acostumbrarse a eso y tratar de sacarlo de sus pensamientos.

