La vida es un cliché – Capítulo 1

Esta es la parte 3 de 26 de la historia La vida es un cliché

Me levanto, me baño y… Nah.…, solo bromeo.
Tenía ganas de hacer referencia a las tantas historias clichés que empiezan con una rutina de limpieza, puesto que quería saber cómo se sentía. En realidad, estoy en la carcacha que papá llama auto y que se arrastra como puede por la vieja carretera, y que nos conducirá a la casa de los abuelos.
Me imagino que pensarán que me voy a pasar las vacaciones junto a mis encantadores abuelitos y que conoceré a un chico que parece modelo, con quien conectaré miradas, para luego besarnos y jurarnos amor eterno.
¡Pues no!, tampoco soy tan suertuda.
La verdad es que mi padre perdió la casa que tenía hipotecada, puesto que su trabajo apestaba y bueno, también lo despidieron. Mis abuelos no son de esos que lucen encantadores y todos tiernos; sin embargo, se pueden aguantar. Ellos pagarán mi educación y nos acogerán hasta que mi papá encuentre un trabajo y estemos estables.
  —Llegamos. —Mi señor padre hace el gran anuncio cabizbajo. Me siento mal por él, ya que su situación ha de ser muy humillante.
  —¡Llegó el pendejo de nuestro hijo! —Ese es el saludo de mi abuelo.
Por mi parte, me apresuro a abordarlo como se merece:
  —Pero ¡qué viejo y acabado estás! —Lo miro de arriba a abajo con sorna y él frunce el ceño en respuesta. Digamos que mi señor abuelo nunca ha aceptado el pase de los años y se cree un Sugar Daddy sabrosón, aunque está más viejo que el hombre que inventó la calculadora.
  —¡¿Qué dices?! —espeta mientras se agarra la caja de dientes, que pareciera no le hicieron a la medida—. Aquí hay mucho aguante todavía; esos jovencitos que andan por ahí no me dan ni por los tobillos. ¡Mira qué muslos me gasto! —fanfarronea mientras se agarra la tela arrugada y colgante que se supone es su piel.
¡Qué asco!
 El Don viste una franela blanca con una bermuda por encima de las rodillas de color azul marino. Está muy viejo y arrugado, pero es fuerte y muy activo. Los dientes le bailan en la boca y una calva en el medio le adorna la cabeza, donde les cuelgan algunas hebras blancas por los lados.
Él no es el típico abuelito que usa lentes, pues su vista está al cien por ciento. Sus ojos se ven casi grises y están hundidos; es algo que aun no entiendo, puesto que, en las fotografías de cuando era joven, estos se veían marrones. ¡Misterios de la vida! Y sí, existía la fotografía en ese tiempo.
  —Abuelo, deja de jalar tu carne flotante. ¡Es asqueroso! —lo increpo disgustada.
  —¿Carne flotante? —cuestiona indignado—. Pues déjame decirte que esta carne flotante es el manjar favorito de muchas jovencitas.
  —¡Por Dios, Fulgencio! —Esa es mi abuela—. ¡Deja de fantasear! A ti tu carne no se te vuelve sólida ni con todas las pastillas azules existentes o por existir; eso hace mucho que murió.
  —Ah, pero eso no lo dijiste anoche cuando…
  —¡Abuelo! / ¡Papá! —Mi progenitor y yo decimos a coro. Ni siquiera podría imaginar a los abuelos haciendo el fruti-fantástico. ¡Qué asco!
  —¡Querida! —Mi dulce abuela se acerca con los brazos extendido y me aprieta contra ella, asfixiándome con sus grandes bubis que al parecer tiene libres como el viento, debajo de esa apretada camiseta sin mangas.
  —Se siente bien, ¿cierto? —Mi raro abuelo me mira con cara de pervertido mientras admira las acolchadas bubis de mi abuela.
  —¡Agh! —grito ante la imagen en mi cabeza y todo por culpa de mi anormal abuelo. ¿Es que no podrían ser como esos de los dibujos animados? Abuelitos cariñosos y con pudor que te regalan cosas, hornean galletas y te hacen historias aburridas hasta quedarse dormidos en medio de su narración. Al parecer, mi vida es una comedia mal escrita y cruel.
  —Pasen, pasen —invita mi abuela, al mismo tiempo, hace ademanes con sus manos para que entremos a la casa.
Observo el interior con detenimiento porque noto que está más elegante y moderna que la última vez que visité este lugar. Minerva, la criada que se encarga de todo aquí, me saluda ferviente y con gran escándalo; si mis abuelos son locos, esta está tostada.
Veo cuando mi padre se retira a su habitación con desánimo y se me parte el corazón. Estoy consciente de que muchas de sus desgracias son consecuencias de sus actos impulsivos y de su orgullo; no obstante, es mi progenitor y protector, por ende, me duele verlo en esa condición tan degradante.
 Minerva me sirve pastel de fresa con mermelada de piña, es una rara combinación, pero me encanta. Tomo mi café con té de limón y como del pastel antes de que el líquido se vaya por mi garganta; la mezcla de sabores es exquisita. Cierro los ojos para desconectarme de todo a mi alrededor y disfrutar de mi antojo. Los abro y me río de las caras de asombro que tienen Minerva y mis abuelos, pues para ellos mezclar té de limón con café mientras como pastel de fresa con mermelada de piña es bizarro; para mí, sin embargo, es un manjar.
  —Bueno, la mocosa es rara, pero no pendeja como el papá —comenta mi abuelo, y junto a los demás me sigue observando como si fuera un bicho extraño.
  —Tengan consideración de su hijo —los reprendo con indignación—, ha pasado por mucho y temo que caiga en depresión, ya que ni siquiera ha querido comer —me lamento.
  —Es que Manuel Alexander es un terco y desobediente —justifica la abuela. Por cierto, ella tiende y disfruta llamarlo por sus dos nombres, puesto que los sacó de su telenovela favorita—. No nos permitió ayudarlo e hizo como quiso; él se dejó embaucar por esos buitres con tantos préstamos y todo para demostrar que él podía obtener, de la noche a la mañana, lo mismo que a nosotros nos costó años y muchos sacrificios —añade con dramatismo, y aunque en esa parte concuerdo con ella, creo que son muy duros con su hijo.
  —Voy a dormir un poco, la cafetera de papá maltrató todos mis músculos —les aviso, tras ponerme de pie y estirar los brazos.
Bajo la atenta mirada de los presentes, arrastro mi maleta y subo las escaleras. No puedo evitar observar esta casa sin dejar escapar ni un solo detalle; aquí viví durante mi niñez y parte de mi adolescencia, por lo que regresar se siente como si hubiese retrocedido en el tiempo y nunca me hubiera ido a la ciudad.
Pronto llego a mi antigua habitación, pero cuando entro me quedo atónita y resoplo del desagrado porque parece que estuviera habitada por Barbie. Ni cuando era una chiquilla me gustaban estas cosas brillantes, mucho menos ahora que ya cumplí los dieciocho años. Con desdén me tiro en la cama y cierro los ojos para dormirme de una vez, ya que, si sigo mirando ese arcoíris chillón y el color rosa, arrancaré las paredes con mis propias manos.
 
***
 
Después de desayunar, salgo a la casucha que está en el patio donde mi abuelo guarda sus cachivaches de ferretería. No soporto un minuto más la combinación de Disney, Nickelodeon y discovery kids, así que necesito remodelar mi habitación que, según mis cálculos, habitaré por un largo tiempo debido a que pasará mucho para que nos recuperamos económicamente. No piensen mal, no es que desconfíe en la habilidad de papá para sacarnos de la inmunda; bueno…, sigan pensando así, tienen razón, no confío en el ingenio de mi progenitor.
Con toda la valentía que puede poseer una chica de mi edad, me adentro al terrorífico lugar que espero no esté infestado por ratas. ¡Este sitio es un chiquero! Mi abuelo no organiza nada y tira todo a su suerte aquí. Gracias al desorden, mi búsqueda se torna ruidosa.
  —¿Acabas de llegar y ya quieres destruir el pueblo?
Esa voz…
Salgo de la habitación del terror dispuesta a ofender al molesto vecino, pues es natural que nos saludemos con mucho cariño y no se deben perder las buenas costumbres. Ya mi mente ha formulado los insultos y burlas para darle el recibimiento que se merece; sin embargo, me detengo anonadada cuando lo vislumbro del otro lado de la pequeña cerca que separa ambos patios.
Vaya…
El enano creció y es más alto que yo ahora. Carajo, tendré que pensarlo dos veces antes de golpearle las bolas o hacerle el truco derribador que aprendí viendo las luchas.
Con cara de estúpida, lo escaneo con la mirada, pero no soy la única que está mirando de más. El muy descarado no deja de observar mis pechos que por fin crecieron un poco, pues aún a los quince tenía dos diminutos puntitos. En tres años se desarrollaron de manera generosa, aunque no son la gran cosa.
  —Si sigues mirando las tetas, salto la cerca y te dejo sin descendencia —espeto con sorna, esperando a que se avergüence; no obstante, el muy descarado estalla en carcajadas. Idiota.
  —Por los menos aumentaron dos pulgadas, llegué a creer que eras un hombre con voz de mujer. —El muy estúpido se burla de mis bubis en mi cara. ¿Dos pulgadas? ¿En serio?
  —Veo que creciste, Scott. —Lo miro desdeñosa. Tengo unas ganas inmensas de borrarle la sonrisa de la cara con la lata de pintura que tengo en la mano.
  —Para que veas, Logan, el desarrollo me alcanzó también. Solo te pido que no te enamores de mí o serías la última en mi gran lista de admiradoras.
Ok, eso me causó mucha gracia y no pienso disimularlo. Es por esto, que me carcajeo en sus narices con sorna y sarcasmo. ¿Enamorarme yo? ¿De Scott?
Digo, ya no tiene esos frenos horribles y sus pecas no se ven tan mal como en el pasado, sumándole que posee buena altura, pero… ¿Scott? Nah… Ese chico raro no es ni nunca será mi tipo. A mí me gustan los badboys; esos chicos rudos que se hacen los difíciles y te intrigan con su aura de misterio.
Todo lo contrario a Scott, quien es una tierna ratita sin mucho atractivo; tampoco es que sea feo, pero no lo considero un galán. Si lo observo bien no tiene la complexión física que me gusta: Esos animales con músculos que te pueden cargar sin problemas; no me imagino al pobre Scott cargando si quiera un pequeño mueble.
Debo resaltar y no negar que su cabello es lindo en ese tono oscuro y lacio, que está bien cuidado y que cubre su nuca y parte de su rostro. Ahora que me fijo sus ojos lucen un poco ordinarios, no muy grandes ni muy pequeños y de color café. Lo que sí me parece atractivo de él es que posee muchas cejas y pestañas rizadas. Por lo demás, es un chico regular; no muy delgado, pero sin músculos.
  —Scott, si la humanidad dependiera de que tú y yo nos apareemos para mantener la especie, pues nuestro destino sería la extinción —respondo inexpresiva, y entro a la casa dispuesta a pintar mi habitación de blanco y negro.
  —No escupas para arriba, Logan —espeta con sorna, mientras que yo sigo mi camino y le doy la gran ignorada—, ya que te puede caer tus babas con todo y catarro encima. —Ríe de su propio mal chiste sin gracia; por mi parte, respondo con una mueca de asco y sin dejar de pensar en la tonta insinuación de ese animal. ¿Scott? Nunca.

La vida es un cliché

Aclaraciones La vida es un cliché – Capítulo 2
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