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El trayecto hacia la procuraduría lo hacen en silencio y con una tensión que los mantiene incómodos. Desde que Gio le confesó a Katerina acerca del oficio al que se dedicaba, ella ha estado pensativa y poco comunicativa, razón por la que él se ha cohibido de hablar, porque se siente juzgado por ella.
Katerina parquea el vehículo frente a la institución judicial, donde él pondría la denuncia, pero él se queda congelado en su lugar al recordar que esa ciudad no está lejos de Cinsy.
—Creo que es mejor que yo mismo investigue este asunto —dice con nerviosismo.
—¿Cómo harías eso? Es el trabajo de las autoridades.
Giovanni suspira y la mira a los ojos con una angustia tan grande que ella se conmueve.
—No sé qué conexiones tenga esta ciudad con Cinsy, por lo tanto, no me conviene dar a conocer quién soy hasta asegurarme de que no esté corriendo peligro. ¿Sabes qué? Agradezco todo lo que has hecho por mí, pero creo que seguiré por mi cuenta desde ahora; no quiero que te veas involucrada en esto.
Katerina lo mira aterrorizada y como buscando una explicación a sus palabras.
—¿De qué estás hablando? ¿Podrías ser más específico, por favor?
—Lo siento, pero no es necesario, solo me queda darte las gracias.
Él se le acerca y le besa la mejilla. Esa acción exalta a Katerina, quien siente un remolino de emociones y cómo su cuerpo se estremece con su cercanía. Él deja los labios allí por un rato, como si no quisiera romper el contacto con ella. Le parece una locura el apego que siente por esa mujer y el vacío que le inunda el pecho al enfrentarse a la realidad de que no volverá a verla.
«Apenas la conozco, ¿acaso he perdido el juicio?», se reprocha en sus pensamientos.
—Espera… —Ella le agarra el rostro con las dos manos y busca esa mirada esmeralda que le muestra lo solitario que está él—. Si eres sincero conmigo, puedo ayudarte. Pero dime la verdad, por favor.
Giovanni suspira y se muerde el labio inferior.
—Mi tío me persigue porque abandoné la prostitución y, dado que yo era su gallinita de oro, no me quiere dejar ir con facilidad. Yo llegué a esta ciudad por accidente porque estaba escapando de sus secuaces, pero es cuestión de tiempo para que dé con mi paradero.
—Lo que me cuentas es horrible: ¿tu propio tío te prostituyó? —Katerina se tapa la boca al recordar la última conversación con él—. Dijiste que tienes diez años en el oficio, lo que significa que eras menor. ¡Qué desgraciado!
—Siempre odié acostarme con esas mujeres, pero tenía que fingir placer y deseo delante de ellas; sin embargo, eso no fue lo peor que me hizo ese maldito, hijo de puta. —Katerina agranda los ojos al escuchar la palabrota que él profiere—. Descubrí un hecho interesante y del que buscaré pruebas para mostrarlas a mi abuelo antes de que se muera. Solo necesito tiempo y podré vengarme de todos los que me hicieron daño.
Katerina lo mira con lástima y frunce el ceño en desacuerdo.
—La venganza no es el camino correcto. Deberías denunciarlo por su crimen y rehacer tu vida.
Giovanni deja salir una carcajada que para nada luce divertida.
—¿Denunciarlo? Eso no serviría de nada, cariño. Esa gente tiene a las autoridades compradas, así que el resultado sería el opuesto. Lo mejor es buscar las pruebas y aceptar la oferta del viejo, que consiste en heredarme todo su imperio; pero ahora estoy atrapado en esta ciudad sin dinero y sin mi identificación.
—¿Qué es lo que necesitas?
—Un techo y tiempo. Requiero contactar a una persona de manera segura, que me ayudará a llegar a donde mi abuelo. Una vez reclame mi herencia, podré tomar acción contra mi tío y tendré verdadera libertad. Ahora mismo, mi vida puede correr peligro si no sé mover mis fichas.
Katerina se queda pensativa por unos segundos, con una gran lucha interna.
—¿Crees que tu tío atentaría contra tu vida? —pregunta con desconcierto. En ese momento, empieza a llover y Gio mira a través del cristal.
—No solo lo creo, estoy seguro. Por eso, es mejor despedirme de ti, ahora. Muchas gracias por haberme salvado la vida y acogido en tu casa.
Él le agarra las dos manos y las besa; hecho esto, se baja del vehículo y se pierde en la neblina causada por la lluvia.
Katerina, quien aún no sale del asombro, reacciona como si despertara de golpe y mira el asiento vacío.
—Se fue… —balbucea ida.
Los recuerdos de su pasado le pasean por la mente, como si de una película se tratara, donde se ve a sí misma desnuda y golpeada en una cama.
Recuerda la desesperación, la angustia, la humillación, el asco y el dolor; asimismo, el sentimiento de abandono y la falta de pertenencia que sintió por varios años.
Después de esbozar un suspiro y limpiarse las lágrimas que se le han escapado, mira las manos que fueron besadas por aquel joven, quien le ha puesto las emociones a flor de piel con su forma de ser y en quien visualiza a la jovencita asustada y desamparada que llegó a Lilibor diez años atrás.
—Ambos fuimos vendidos por nuestros familiares, utilizados como mercancía y abandonados a nuestra suerte. Yo ya he sobrevivido a mi infierno, pero ¿podrás hacerlo tú?
Katerina mira el asiento vacío con tristeza. Pese a que apenas lo conoce y a que Gio se acaba de ir, la nostalgia la embarga y siente que ya lo extraña.
***
Gio busca con la mirada algún lugar donde refugiarse de la lluvia. Sonríe al visualizar un quiosco donde se encuentran varias personas, esperando que el agua cese.
Desde que saluda, las miradas curiosas y coquetas se posan sobre él. Gio respira profundo al sentirse acosado por la manera en que todos lo observan sin ningún disimulo.
«¿Qué tanto me miran? ¿Acaso tengo el culo en la cara o qué?», piensa mientras contempla a las gotas caer.
Decide ignorar a esas personas y maquinar cómo logrará llegar a aquella isla o, por lo menos, contactarse con el abogado, si no tiene ni un solo centavo para moverse.
Mira de reojo a los desconocidos alrededor de él, pero ninguna de las féminas luce adinerada; quizás le podrían dar de comer y algunos centavos, pero ¿vale la pena venderse por tan poco?
Sacude la cabeza ante ese pensamiento y trata de enfocarse.
«Dejé esa vida; ya basta de pensar en usar mi cuerpo como mercancía», se reprende a sí mismo. «Quizás pueda conseguir algún trabajo en una tienda o almacén, solo es ponerme a buscar y ya», analiza mientras observa la lluvia caer.
Maldice en sus adentros por su mala suerte y suspira con frustración.
—¡Giovanni!
El pulso se le acelera al reconocer la voz que lo llama. Se gira de a poco y se rasca la nariz por el nerviosismo que siente, cuando su mirada se encuentra con esos ojos miel que lucen tan inocentes y puros.
Él, bajo la atenta y curiosa mirada de los presentes, corre en dirección al vehículo y se detiene en la ventana del piloto, que está a medio abrir.
—¿Por qué te estás mojando? —le reclama ella con fingido enojo—. Sube ya, que tengo hambre.
Él la mira, atónito, y los ojos se le cristalizan.
—¿Estás segura? Tenerme en tu casa es un riesgo…
—La vida está llena de riesgos que valen la pena tomar. Entra, te llevaré a desayunar a mi café favorito —lo interrumpe.
Gio le devuelve la sonrisa que ella le da y se apresura a subir al auto.
En una cafetería de la ciudad de Lilibor, dos almas rotas comparten el desayuno y empiezan una nueva amistad.
