El gigoló y la viuda – Capítulo 10

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Katerina pone la taza sobre la mesa de manera brusca, salta de la silla con temblores en todo el cuerpo y corre fuera de la cocina, tan agitada que le resulta difícil respirar.

—¡¿Qué crees que estás haciendo?! ¡¿Te has vuelto loco?! —Mira a su alrededor, alterada y temerosa. Este, en cambio, la observa como si de una loca se tratara.

—Oye, ¿estás bien? Parece que vas a colapsar en cualquier momento —comenta de lo más natural mientras cierra el grifo conectado a la manguera.

—¡¡Tápate!! —Ella se aprieta el cabello por la frustración, bajo la atenta mirada de él, quien luce confundido.

—No tengo con qué taparme.

Ella lo agarra por el brazo y lo regresa adentro de la casa a rastras.

—¡Ven conmigo!

—Claro que sí, cariño; contigo iría hasta el mismo infierno si me lo pides —contesta con flirteo.

—No coquetees conmigo.

—¿Por qué? —Él acerca su rostro al de ella.

—Porque no me gustan los hombres coquetos.

—Buen dato. Pero es que yo soy coqueto por naturaleza; sería como pedirle a un perro que no ladre.

—Entra a esa habitación. Allí hay toallas, batas y un baño, así que no es necesario que montes un espectáculo en mi patio.

—¡Qué exagerada eres! Solo me estaba bañando.

—¡Por favor, cúbrete esa cosa! Deberías respetarme, soy una señora.

Él la mira como si esta hubiese mutado y luego estalla en carcajadas.

—¡Eres muy graciosa, muñequita! Según tengo entendido, las señoras son las mujeres que se casan o que están viejas. Y, dada la manera en la que me miraste la verga, tú no eres ni una ni la otra.

—Te equivocas. Estuve casada, pero enviudé hace cinco años. Y mi nombre es Katerina, no muñequita.

—Katerina… —saborea el nombre y la mira divertido—. Es lindo, pero suena a película de terror o algo por el estilo. —La mira con picardía—. Entonces eres viuda. Lo lamento mucho, sé lo doloroso que es perder a un ser querido. —El semblante le cambia a uno melancólico.

Por su parte, Katerina se tensa por sus palabras y su cambio de actitud. Para ella no fue una tragedia quedar viuda; todo lo contrario, fue obtener un poco de libertad.

—Gracias —responde con cortesía y trata de disimular su incomodidad—. Encontré algunas prendas que pertenecían a mi difunto esposo, las dejé en la cocina. Iré por ellas.

—Gracias a ti, Katerina —contesta con dulzura. Saber que ella es una persona que entiende el dolor de la pérdida lo conmueve—. Eres una mujer muy peculiar, Katerina —dice para sí y sonríe como tonto, después de que ella sale.

—Aquí tienes. —Le pasa la ropa. Giovanni toma las prendas mientras las escudriña con el ceño fruncido.

—¿Pantalón de tela fina? ¿Camisa de viejo? Déjame decirte que tu esposo tenía muy mal gusto para vestir. ¿De qué siglo es esta ropa?

—¡Qué malagradecido! Lo importante es que es ropa y que te servirá para que no andes apuntándome con esa cosa todo el tiempo. No sé de dónde eres, porque es obvio que de Lilibor no, así que debo advertirte que esta ciudad no es como las demás. Aquí las personas tenemos pudor, somos bien habladas y respetamos a los demás. Por lo tanto, si quieres establecerte en este lugar, debes cambiar tus modales y tu manera de conducirte para evitarte problemas.

—¡Oh, qué miedo! “La santa ciudad” —ironiza divertido—. Aquí nadie folla, ni se droga, ni bebe alcohol, ni roba… Oh, espera… ¡Fue en esta puta ciudad donde me quitaron todo mi dinero y donde por poco me matan! “La puta ciudad de Lilibor”.

—Como en todas las ciudades, aquí también hay delincuencia, pero no es lo mismo que en las demás. Si te conduces de esa manera, serás la comidilla de todos.

—Sí, me imagino. Si todos son tan recatados como tú, pronto se extinguirán. Pero ¿sabes qué, Katerina? A mí me importa una mierda lo que digan de mí. Y te aconsejo que me imites. Al final de cuentas, vivir para complacer a otros te destruye de una manera lenta y dolorosa.

Su mirada verde denota amargura y resentimiento.

Katerina traga pesado ante su argumento, pues vivir para complacer a los demás es lo que mejor sabe hacer.

—Cuando termines, ven a la cocina para revisarte los golpes. No lucen muy mal, pero parte de tu piel está morada.

—Como digas, doc.

Ella entorna los ojos y sale de la habitación. Unos minutos más tarde, Giovanni entra a la cocina maldiciendo y vociferando injurias.

Katerina va a corregir su vocabulario sucio, pero la imagen de él —con una camisa que le llega a la cintura y le queda apretada, mal combinada con unos pantalones que le terminan en la rodilla y que, para colmo, le bailan de lo anchos— la deja pasmada en su lugar.

—Ríete, sé que es lo que quieres hacer —dice él de mala gana—. Vamos, no lo reprimas, sé que quieres dejarlo salir.

Ella aprieta los labios con fuerza, pero el aire retenido en sus mejillas le cosquillea, y entonces estalla en una sonora carcajada.

—¿Quién era tu esposo? ¿Un pingüino? —Escucharlo solo alimenta su ataque de risa—. ¡No me pondré esta mierda! —Se quita la camisa de mal humor y, cuando va a hacer lo mismo con el pantalón, ella se le lanza encima.

—¡No te atrevas a desnudarte de nuevo! —increpa, molesta. Él entorna los ojos y se cruza de brazos.

—Tú te lo pierdes. —Se sienta en la silla donde ella estaba.

Katerina busca el botiquín y lo pone frente a él. Este le sonríe con coquetería cuando ella le levanta el mentón y acerca la cara para examinarlo.

Gio la observa atento a todos sus movimientos y busca cualquier excusa para rozarla. Analiza su mirada color miel, que en ese momento lo observa con cautela; asimismo, la manera en que ella entreabre los labios por la concentración le parece entretenida y llamativa.

Una sonrisa ladina se le dibuja en el rostro al percatarse del nerviosismo de ella.

«Pareces un conejito asustado y a punto de ser cazado», piensa, mientras la percibe temblar frente a él.

Katerina traga pesado cuando le toca ponerle la crema en los golpes del torso; asimismo, se muerde el labio inferior en el momento en que sus dedos tocan la firme musculatura.

Aquel contacto nervioso y sutil le provoca un leve estremecimiento a él, quien busca la mirada de ella para disimular la tensión que su cercanía le provoca. Es la primera vez que experimenta esas emociones que se sienten tan bien.

—Te vas a arrancar el labio —bromea con una sonrisa burlona. Ella libera con vergüenza la carne que se ha tornado rojiza y que luce tan apetitiva para él.

—Listo… —avisa ella mientras guarda los utensilios en el botiquín—. Bueno, ya te socorrí cuando te perseguía no sé quién; te limpié, te di hospedaje por una noche, te regalé ropa, desayuno y te he cuidado los golpes y rasguños. Por lo tanto, creo que ha llegado el momento de despedir… —Ella no termina de hablar porque el timbre la interrumpe.

Ambos se miran con ojos agrandados, y ella empieza a temblar de nervios.

—¿Esperas visita?

—No…, pero debes esconderte ahora.

Ella se aleja de él con rapidez, se amarra el lazo de la bata alrededor de la cintura y se dirige a la sala. Cuando abre la puerta, se queda atónita ante lo que sus ojos ven.

—¿Tom? ¿Qué haces aquí? —pregunta, anonadada. —Katerina, necesito hablar contigo. —Le agarra ambas manos y se las besa.

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