Todos estaban preparados para comenzar su ruta. Las familias se abastecieron con las armas y municiones asignadas: la familia Castillo con el color amarillo, la familia Gutiérrez con el rojo, y los Mars con el azul. La regla era clara: cualquier miembro que recibiera tres disparos, sin importar de qué equipo fueran, quedaría fuera del juego y tendría que dirigirse hacia la torre.
Los Gutiérrez tomaron su camino sin problemas, avanzando con paso firme y, para sorpresa de todos, Clara mostraba un entusiasmo inesperado. ¡Hasta se había pintado rayas rojas sobre sus mejillas, como si fuera una guerrera lista para la batalla! Nadie podía creer lo motivada que parecía.
—Estás muy motivada, hermanita. Me pregunto cuál será la razón —bromeó Mico, acercándose a ella con una sonrisa burlona.
—Será mejor que estés alerta —respondió Clara, sin apartar la mirada del sendero que tenía frente a ella. No iba a dejar que los comentarios de su hermano la distrajeran de su objetivo. Las chicas caminaban justo detrás de ella, y, aunque no lo dijeran, también estaban ansiosas por comenzar.
—¡Cómo me gustaría perderme con Kevin en este bosque! —exclamó Claudia con una sonrisa maliciosa, mirando hacia el frente, pero claramente queriendo provocar.
—Él es el enemigo, primita —respondió Laura, irritada. Aún no superaba la situación de la noche anterior, y su rabia hacia Kevin seguía latente. Quería encontrarlo, enfrentarse a él y vaciarle toda la munición sin pensarlo.
—¿Y…? ¡Este juego me importa un carajo! Estoy segura de que estar con Kevin sería mucho más divertido —respondió Claudia, soltando la insinuación con descaro.
—Por cierto, Clau, ¿cómo te fue con Kevin anoche? —preguntó Cecilia, con una evidente intención detrás de su voz. El tono de su pregunta no pasó desapercibido para nadie.
—Bueno… —Claudia mordió su labio inferior, sugerente—. Se podría decir que Kevin es puro fuego. —Todas estallaron en risas, disfrutando del momento de diversión. Era evidente que querían molestar a Laura.
Había algo en la actitud de Claudia, en la forma en que se encogió de hombros al hablar de Kevin, que hizo que Laura se sintiera aún más confundida y celosa. «¿Por qué me molesta tanto? Él siempre ha sido tan distante con Claudia, pero ayer… ¿por qué estuvo tanto tiempo con ella?», pensaba. «¿Será que ahora sí le interesa Claudia? Del odio al amor solo hay un paso, ¿no?», meditaba.
El aire estaba cargado de tensión y emociones no dichas. Los pensamientos de Laura giraban en círculos, pero no podía permitir que eso la distrajera. Debía centrarse en el juego. Sin embargo, sus dudas seguían atormentándola.
—¡Ustedes cuatro, dejen de perder el tiempo ahí atrás y avancen! —la voz de su tía resonó en el aire, sacándola de sus pensamientos. Sin decir palabra, Laura aceleró el paso, pero no podía evitar echar una última mirada hacia Claudia, quien seguía con una sonrisa en el rostro, tan confiada como siempre.
Mientras tanto, en otro lugar…
—¡Au! —Frank gritó de dolor, frotándose la parte afectada—. ¡Mamá! ¿Se puede saber por qué me disparaste? ¡Se supone que no le debes disparar a tu propio equipo! —se quejó, muy molesto, y se tocó el brazo donde había recibido el disparo.
—Lo siento, mi niño… es que escuché algo… creí que era alguien del equipo contrario —respondió su madre, con una sonrisa nerviosa. Pero la disculpa no hizo que Frank se calmara.
—¡Ah! —Frank la interrumpió, irritado—. No sé por qué acepté jugar a este estúpido juego.
—Deja de quejarte como una niña y vigila esos arbustos —le dijo su padre con firmeza—. ¡No quiero sorpresas! Esta competición la va a ganar la familia Castillo —añadió con un brillo en los ojos. Su competitividad era tan fuerte que la emoción de la competencia lo tenía muy involucrado en el juego.
Frank, resignado, se acercó a los arbustos murmurando quejas. Pero al dar un paso en falso, pisó una rama que crujió bajo su peso. De inmediato, su madre, sin pensarlo dos veces, disparó de nuevo.
—¡Vas a gastar todas las municiones, mujer! —le reprendió su esposo, molesto por la falta de precisión.
Frank, ya exasperado, se cubrió la frente con una mano, como si intentara bloquear la frustración que lo inundaba.
—Claro… esta familia va a ganar el juego… por supuesto… —se quejó entre dientes, sintiendo que todo estaba en su contra. La presión de la competencia lo estaba aplastando, pues, bajo ninguna circunstancia, quería perder ante Kevin Mars.
Mientras tanto, los Mars habían avanzado hasta el centro del bosque. Estaban cerca de la torre, pero se mantenían ocultos tras unos árboles, con su tío Paulo dirigiendo el grupo. El hombre había tomado el camino más corto y sencillo, pero lo había hecho en secreto, sin compartir la información con los demás. ¿Era esto una táctica o simplemente una trampa?
—Tío… ¿qué haces? —susurró Kevin, mirando a su tío como si fuera un bicho raro. Paulo se movía de una manera extraña, haciendo gestos que no comprendía—. Vas a llamar la atención —añadió, observando de reojo los alrededores. La posición de su tío parecía un tanto disparatada y sospechosa.
—Como se ve que no sabes nada de esto, mi querido sobrino. Un buen tirador debe sincronizar sus movimientos —respondió Paulo sin apartar la vista de su objetivo, como si estuviera en una misión importante. Su tono era confiado, pero Kevin no podía evitar sentir que las cosas no iban tan bien como su tío quería hacerles creer.
—¡Eso ni siquiera tuvo sentido! —contestó Kevin mientras movía la cabeza, bastante confundido por las explicaciones de su tío.
—Lo que no entiendo es por qué tenemos que escondernos aquí como unos bobos, en vez de simplemente ir a buscar esas dichosas monedas —recalcó Pablo, ya frustrado con la estrategia de Paulo. La idea de quedarse ocultos en lugar de buscar el objetivo lo tenía perplejo. ¿En realidad esto era parte de un plan?
—Ya les dije, hay que sorprender al enemigo. Luego nos dividiremos y buscaremos las monedas.
—¡Eso tampoco tiene sentido! —profirió Kevin.
—Kevin, creo que me estás faltando el respeto —Paulo le advirtió.
—¿No será que no sabes dónde está la dichosa cueva? —Cristian lo acorraló.
—¡Si es que en realidad existe…! —comentó Kevin, ganándose la mirada fulminante de su tío.
—Yo me inventé el juego, y yo, como líder de este equipo, doy las órdenes —sentenció Paulo, ofendido—. Yo sé lo que hago, solo confíen en mí.
—¿Y quién te nombró líder del equipo? —Cristian le preguntó.
—Yo mismo —contestó con orgullo. Todos bufaron. De repente, se escucharon unos pasos.
—Sssshhh… —les advirtió Pablo con su dedo sobre los labios. Todos se pusieron en alerta.
—¡Ah! —gritó Cecilia. Todos se prepararon para disparar.
—¿Qué sucedió? —Clara la abordó, y miró por todos lados.
—Se me rompió una uña —respondió con lágrimas en los ojos.
—¡¿Es en serio, Cecilia Gutiérrez?! —vociferó enojada.
—Ssshhh… —Mico le hizo señas para que se callase.
—Hermana, controla tu emoción, estamos en el punto de encuentro —comentó él, tratando de calmarla—. Cualquiera de ellos podría sorprendernos. Esto va para ustedes también —dijo, al tiempo que señalaba a las chicas.
—Ahí están los Gutiérrez —anunció Pablo con susurros—. Es nuestra oportunidad.
—¡Gutiérrez! ¡Prepárense para morir! —gritó Paulo mientras salía de su escondite.
—¡¿Pero qué rayos hace?! —gritó Kevin desesperado al ver la acción insensata de su tío.
Al instante, empezaron los disparos. Ellos se separaron y arremetieron contra los Gutiérrez en defensa, ya que estos empezaron a disparar al oír a Paulo. Cada uno salió a esconderse y la confusión se hizo presente. Se pudo apreciar los llantos de dolor proveniente de Paulo, ya que todos los tiros de los Gutiérrez cayeron sobre él. Luego, los Gutiérrez corrieron despavoridos, separándose, a excepción de Clara, claro, quien disfrutaba vaciar su arma sobre Paulo, que se revolvía en el suelo de dolor.
—¡Basta! ¡Auxilio! ¡Ayudaaaa! —gritaba Paulo mientras Clara cargaba contra él sin piedad.
—¿No deberíamos ayudarlo? —Cristian le preguntó a Pablo, a quien encontró tras un árbol.
—¿Se puede ayudar a los muertos? —contestó Pablo, aún molesto por la forma en que su tío hizo que los descubrieran—. Él mismo se lo buscó. A Clara se le va a acabar la munición en cualquier momento. —Sonrió con malicia—. ¿Has visto a Kevin? —Cristian negó con la cabeza—. No sabemos si sobrevivió. Así que, hasta que sepamos, solo somos nosotros. Necesito que me cubras para avanzar hacia la dichosa cueva. —Cristian asintió y así lo hicieron.
Por otro lado, los Castillos se habían perdido.
—¡Mamá! —Frank gritó airado, pues esta le volvió a propinar un disparo en la pierna—. ¡Realmente eres un peligro para la sociedad! ¡¿Cómo se les pudo ocurrir darte un arma?!
—¡Respeta a tu madre! —profirió su padre, propinándole el tercer tiro.
—¡Rayos! —gritó super enojado y estrelló el arma contra el tronco de un árbol de la impotencia—. ¡¿Se dan cuenta de que acaban de asesinar a su propio hijo?! —profirió entre berrinches—. ¡No tiene ya sentido que avancen! Este juego está totalmente perdido. Me mataron, se perdieron y es muy probable que tú, papá, seas la próxima víctima de mi madre, o quién sabe, tal vez ella termine suicidándose. Es como si le dieran un arma a un bebé.
—¡Frank! —gritó su padre
—Cariño, Frank tiene razón —intervino, apenada—. Mejor regresemos, estoy cansada y no hay rastro de los demás.
—Está bien, mi amor. Voy a llamar a los guardias para que nos ayuden a regresar —concordó. El señor Castillo sacó su teléfono e hizo la llamada al rancho.
Mientras tanto, en el campo de batalla…
Laura estaba oculta tras unos árboles asustada. Tenía miedo de que la disparasen, ya que por los gritos que había escuchado provenir de Paulo, parecía que aquello era muy doloroso. Solo quedaban ella y sus primas, dado que su tía se ensañó con Paulo y esta fue sorprendida por Cristian, el cual, a su vez, fue sacado de la partida por Mico, quien terminó fuera por Kevin, que salió de la nada y al instante desapareció.
—Hola, primita. —Claudia la sorprendió.
—¡Me asustaste! —dijo, recuperando el aliento. Pero antes de que respondiera algo, Claudia la disparó sin piedad. Pudo sentir un ardor junto un dolor sobre sus piernas y brazos. Corrió tras un árbol para ocultarse—. ¡¿Qué hiciste?! Se supone que somos del mismo equipo —protestó.
—Ya te dije que no me importa este estúpido juego —dijo, acercándose—. Además, tú y yo nunca seremos parte de ningún equipo. Ni siquiera te considero parte de mi familia, intrusa. —Aunque Laura era consciente de ello, no podía evitar el dolor que le causaban sus palabras.
—¡Claudia, corre! —advirtieron sus hermanas desesperadas mientras se acercaban hacia ella. Sin hacer preguntas, ella salió despavorida al ver a Pablo ir hacia ellas. Laura salió de su escondite con su arma y lo frenó.
—Sabes que estás muerta, preciosa —dijo, tras observar todos los impactos sobre su ropa—. Déjame adivinar… —continuó en tono burlón, reconociendo el color de la pintura—. Claudia… —contestó con una risita sarcástica. Laura asintió apenada—. Muy buena la plática, cuñada, pero tengo que ganar este juego. —Corrió en dirección a las hermanas.
«¿Cuñada? ¿Por qué me llamó así?». De repente, sus mejillas se tornaron rojas.
Las hermanas corrían como alma que lleva el diablo. Cecilia estaba tan asustada que dejó caer su arma. De repente, Jimena se detuvo, no tenía sentido huir si ella estaba armada. Claro, Pablo era muy diestro, no obstante, ella era muy buena también. Así que se paró de frente para enfrentarlo, mientras que las demás desparecieron por el camino. «¡Cobardes!», pensó.
—Hola, preciosa. —Se le acercó Pablo, tratando de intimidarla. Ella se mantuvo erguida, estudiando sus movimientos—. ¿Piensas dispararme? —dijo, y se puso frente a su arma.
—¿Qué haces? —preguntó nerviosa, al ver su arma pegada al pecho de él.
—¿Por qué no jugamos a otro juego? —Lanzó su marcadora. Luego tomó la de ella y la tiró al suelo también.
—¿Qué crees que haces, Pablo Mars? —soltó con voz temblorosa.
—Lo que pasa es que no puedo esperar a nuestra cita de mañana —respondió, sorprendiéndola. Dicho esto, unió sus labios a los de ella.
***
Kevin estaba merodeando la torre. Era increíble de qué manera el juego cambió de rumbo. «¡Son todos unos tramposos!», pensó. Ya que ninguno de los que fueron derribados se habían acercado a la torre como habían quedado; más bien, siguieron disparándose como locos. Su corazón se sobresaltó al ver que Laura entraba en la torre.
—Ojos melosos, eres la única que sigue las reglas —pensó en voz alta, y dejó escapar una sonrisa.
Decidió seguirla. Laura había llegado hasta el último piso de la torre. Desde allí la vista era increíble. «¡De verdad se siente como en el cuento!», pensó emocionada.
—Hola, Rapunzel. —Kevin la sorprendió. Esta se sobresaltó.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, incómoda.
—Bueno… este lugar es público —respondió mientras se acercaba. Ella retrocedió un paso, provocando que Kevin dejara escapar una sonrisa.
—Se supone que solo los descalificados pueden estar aquí —le recordó, recorriéndolo con la mirada, ya que él solo había recibido un impacto.
—Ojos melosos, hace rato que el juego se arruinó. ¿Acaso ves a alguien aquí? —dijo mientras señalaba los alrededores—. La mayoría ya están descalificados. —Ella lo miró en silencio. Aún estaba molesta con él.
—Por cierto… —soltó ella, antes de cruzarse de brazos—. Ayer no me diste la clase que teníamos prevista porque te encerraste con Claudia durante horas.
—¿Cómo supiste… —No terminó la pregunta—. Espera, no me digas que estás celosa, Ojos melosos —dijo, luego dio otro paso hacia ella con esa mirada que la hacía temblar. Laura retrocedió hasta quedarse entre él y la gran ventana—. Cuidado, preciosa, puedes precipitarte hacia abajo — advirtió sin dejar de mirarla.
—Entonces, no invadas mi espacio —replicó, tratando de alejarlo con sus manos, pero solo sintió una corriente al tocar su fuerte pecho.
—¿Lo estás disfrutando? —preguntó él con picardía, ella alejó sus manos con rapidez—. Hoy estabas irreconocible, Laura Gutiérrez —le recriminó—. No sabía que eras tan buena coqueteando. Al parecer… entre tú y Frank sí hay algo —decir aquello le producía una sensación amarga.
—No sé de qué hablas. —Ella se cruzó de brazos—. De todas formas, es mi asunto, así como es el tuyo lo que sucedió entre tú y Claudia. —Él no pudo ocultar una sonrisita.
—¡Estás celosa!
—¡Ja! Claro que no. Después de todo, tú y yo solo somos amigos.
—Cierto… Tú y yo solo somos amigos. Por eso tú y Frank han dado ese paso…
—¿Qué? —expresó, molesta—. Deja de decir eso. Frank y yo no somos nada.
—¿Ah, sí…? Eso no fue lo que vi esta mañana. —Ella pudo ver cómo sus ojos ardían. ¿Kevin Mars estaba celoso?
—¿Qué? ¿Acaso estás celoso? —Lo enfrentó con la mirada, tratando de que sus nervios no se hicieran visibles. Él tomó sus manos temblorosas, le encantaba tener el control de la situación, ya que siempre quedaba como un tonto ante ella.
—Tal vez sí, Ojos melosos. —Se acercó hasta que su cálida respiración rozó la piel de Laura. Ella sentía que, en cualquier momento, perdería el control, como si su cuerpo estuviera al borde del colapso. No podía articular palabra alguna. La intensidad de la mirada de Kevin, tan profunda y dominante, la envolvía de tal forma que sus piernas temblaban—. Puede que… sí esté celoso… —susurró, apenas un murmullo en su oído, y Laura no pudo evitar estremecerse, como si esas palabras pudieran calar en lo más profundo de su ser.
Tomó su mentón tiernamente para tener más acceso a su rostro. Laura sentía que moriría de un infarto al saber lo que él se proponía, que era aquello que ella anhelaba tanto que hiciera. Cada vez era más corta la distancia entre sus labios. Sus respiraciones se hicieron una y sus labios se unieron… O casi se unieron, porque en ese preciso momento fueron interrumpidos por Claudia.
—Kevin —lo llamó a propósito; ambos saltaron del espanto. Laura se separó de él nerviosa, pero él se quedó inmóvil y, siguiendo su más profundo deseo, disparó a Claudia—. ¡Au! —Esta gritó de la impresión y del dolor—. ¿Por qué hiciste eso, Kevin?
—¡Uups! Se me escapó un tiro —dijo molesto y se marchó.
