Jimena entró a la oficina airosa, mientras Ariadna la seguía con la mirada baja. Después de que Ariadna la puso al día con sus pendientes, fue a buscar el café y los documentos que Jimena le había pedido.
—Aquí tiene su café, señora Gutiérrez —la miró rencorosa—. Espero que lo disfrute.
Jimena observó el café con recelo; entonces pensó que ni loca bebería algo llevado por ella. Mínimo le echaría ácido o veneno para ratas.
—¿Sabes qué? Mejor llévatelo, ya no lo quiero —le respondió Jimena con expresión desdeñosa y sin siquiera mirarla.
Ariadna quería matarla y eso se reflejaba en sus ojos encendidos de furia. Salió refunfuñando de la oficina, no solo porque Jimena la puso de relajo, sino también porque su operación saliva en el café fue frustrada.
***
Ariadna miraba la puerta de la oficina donde Jimena hacía su trabajo con cautela y ansias. La inquietud la tenía temblando y tomando más café del necesario. Le era difícil concentrarse en sus labores, aunque tampoco le importaba, puesto que si todo salía como lo había planeado, no tendría necesidad de seguir trabajando allí, bajo el mando de su rival.
Ella suspiró con alivio cuando Jimena salió de la oficina, pues estaba al tanto de que lo haría temprano por toda esa semana, lo que le era perfecto para llevar a cabo su plan.
—Termine todos sus pendientes y vaya a casa a su hora de salida —le dijo Jimena—. Mañana la quiero ver a su hora de turno en su puesto de trabajo o tendré que ponerle una amonestación por llegar tarde —la amenazó, se despidió de los demás y se marchó con una sonrisa triunfante.
«Maldita zorra, ¿quién te crees que eres?», profirió Ariadna en su mente, cargada de odio, resentimiento y sed de venganza.
No la soportaba. Le hubiese gustado quedarse en ese trabajo por más tiempo, solo para hacerle la vida de cuadritos; no obstante, tenía que actuar rápido en su plan, pues solo contaba con ese día antes de ser desalojada.
—Lástima, pero me llevaré la satisfacción de haber destruido tu matrimonio y tu supuesta familia feliz, bruja —escupió ella en voz baja, tomó una carpeta de documentos y entró a la oficina cuando ya no había rastro de Jimena en el piso donde estaban.
Tras ponerla sobre el escritorio, aseguró la puerta y empezó a rebuscar. Sabía bien que Pablo escondía aquella llave allí, pues lo vio guardarla muchas veces en su presencia. Había una gaveta en el escritorio bajo llave, pero ella tenía una copia que Pablo guardaba en el apartamento.
Abrió la gaveta y sonrió victoriosa al encontrarse con las tarjetas bancarias que Pablo usaba para gastos de la empresa y personales. Ella ya había agotado las que él le había dado, y era obvio que Jimena no las renovaría; más bien, podría cancelarlas en cualquier momento.
Pero lo más importante era aquel aparato redondo y dorado. Era una llave tubular de apariencia cilíndrica. Había visto a Pablo usarla para guardar documentos y dinero importante, pero también otras llaves de residencias vacacionales a las que nunca la invitó, aunque ella sabía que existían porque él había planeado en secreto unas vacaciones familiares, antes de que explotara lo de su divorcio.
Jimena nunca lo supo, y él nunca se lo dijo a su asistente abiertamente, pero sí la mandó a hacer las diligencias correspondientes para aquel escape que nunca se llevó a cabo. El plan era vivir allí hasta encontrar un lugar donde alojarse permanentemente, lejos de la influencia de la familia Mars.
Era un plan tonto, pero Ariadna no era muy inteligente, que digamos. Logrado su objetivo, ella salió de la oficina, tomó su bolso y se fue bajo las atentas miradas de sus compañeras, quienes pusieron una cara de desprecio. Por supuesto, le informarían a Jimena al día siguiente que Ariadna se fue antes de que acabara su turno, esperanzadas de que la despidieran de una vez y por todas.
Cuando llegó al apartamento, Ariadna se metió a la bañera y empezó a tararear. Sonrió cuando sintió que alguien le enjabonaba la espalda, adivinando quién era su acompañante. Un muchacho muy joven, con rostro ingenuo y atractivo, se entró a la bañera con ella.
—Mañana es el golpe final —le avisó ella a su amante—. ¿Tienes todo listo?
—¡Claro que sí! —contestó él con suficiencia—. Mañana nos llevamos todos los muebles y objetos de valor de este apartamento antes de que vengan a desalojarte.
—¡Perfecto! —celebró Ariadna—. Diré al portero que nos mudaremos. Y luego vaciaré todas las tarjetas de Pablo. Ya que el imbécil no quiso casarse conmigo y darme todo lo que yo me merezco, entonces le tomaré un poco de todo lo que tiene. Esto es nada para él, que está forrado en billetes. No me iré con las manos vacías ni tampoco voy a estar soportando las humillaciones de la tal Jimena.
—Mi amor —continuó, y le acarició la mejilla a su amante—, pronto empezaremos una nueva vida, lejos de tus padres controladores, de los Mars y de esta maldita pobreza. Solo tú y yo, y todo el dinero que les quitaremos a ese maldito alcohólico.
Ambos rieron. Sus labios se unieron con pasión y pronto sus cuerpos se fusionaron, compartiendo jadeos placenteros y corrientes de adrenalina pura, pues lo que harían despertaba un morbo que intensificaba sus emociones y sensaciones.

