Ariadna entró a la oficina con aire de señora, pasos seguros, firmes y mirada soberbia, ocultando el infierno interior, la incertidumbre y las ideas exageradas que torturaban su mente para solucionar su problema.
Solo tenía dos días para dejar el apartamento de Pablo. ¿A dónde iría? No podía encontrar un lugar donde vivir tan rápido, a menos que se fuera al sucio y demacrado lugar donde vivía su ex, con el cual se había reconciliado antes de que Pablo se intoxicara con alcohol, pero esa no era una opción para ella.
Quizás sus ideas no eran tan descabelladas, sí podrían solucionar su problema de vivienda.
—Oye, tú, deja de mirarme y ponte a trabajar —ordenó a una de sus compañeras de trabajo, como si ella fuera una jefa más. Una desagradable, por cierto, pues ni los dueños trataban así a los empleados.
Ella andaba airosa en la oficina, pregonando que era la novia del jefe. Sus comentarios, lejos de provocar lo que ella esperaba, estaban llenos de veneno e insultos en su contra, todos comunicados en susurros, acompañados de miradas de desprecio y muecas desdeñosas.
Era obvio que había perdido el control de su comportamiento y que esa inestabilidad la estaba hundiendo mucho más de lo que ya estaba.
Mientras tanto, Jimena llegó a la empresa, pues fue a ver a Cristian y a Genaro, puesto que ellos querían hablar con ella con gran urgencia. En la oficina de Cristian, ellos le rogaban que tomara el puesto que Pablo dejó desocupado.
—No sé… —contestó dudosa ante los rostros atentos de los dos hombres—. No sé si pueda, no quiero estar tanto tiempo fuera de casa y, además, estoy trabajando en un nuevo proyecto.
—Solo será temporal, hasta que Pablo se recupere —insistió Genaro.
Tras pensarlo por varios minutos, Jimena aceptó, dudosa, pues no le gustaba la idea de durar tantas horas sin ver a su hijo.
***
Jimena fue presentada a los empleados ejecutivos ese mismo día. Luego, convocó una pequeña reunión con los jefes del área donde Pablo era el gerente principal. Al día siguiente, asistió a trabajar, aunque solo por unas horas.
Se tomaría esa semana para revisar informes y familiarizarse con las labores que desempeñaba Pablo. También tendría reuniones con los empleados a su cargo para conocerlos mejor y evaluar lo necesario para comenzar a desempeñar plenamente el puesto que él había dejado vacante.
Además, necesitaba ese tiempo para dejar todo en orden en su nuevo proyecto y en el cuidado de Adrián, que, aunque tenía su niñera, era necesario establecer el nuevo horario y sueldo para ella. A eso se le sumaban las visitas a Pablo, pues Jimena se había propuesto llevarle al niño los fines de semana. Según ella, eso lo ayudaría a recuperarse más rápido.
Se aseguraba a sí misma que lo hacía por Adrián, pero, muy en el fondo, sabía que también era por Pablo y porque necesitaba ver con sus propios ojos que él estaba bien allí.
—Como les dije, dado que soy la asistente de Pablo Mars, mi novio, yo lo represento. Así que ustedes deben dirigirse a mí como señora Mars —parloteaba Ariadna a sus compañeras, ajena a la nueva noticia sobre el reemplazo de Pablo.
—Pero ustedes no están casados. Tú solo eres la amante —atacó una de las chicas.
—¡Qué insolente eres! ¿Acaso quieres perder tu empleo? —la amenazó con soberbia.
—¡Buenos días, señoritas! —se escuchó de repente.
Las chicas se voltearon y todas miraron a Ariadna con malicia al ver a Jimena frente a ellas, vestida de ejecutiva. Ellas ya estaban enteradas de las buenas nuevas, así que lucían muy entretenidas ante la cara de sorpresa que puso Ariadna.
—¿Qué haces aquí? —Ariadna la enfrentó con reclamo, como si tuviera el derecho de hacerlo.
Jimena sonrió, maravillada por su osadía, dado que Ariadna bien sabía que Jimena era parte de los dueños, pero su soberbia y estupidez traspasaban cualquier línea de coherencia.
—Señorita, deje de tutearme, por favor —la regañó Jimena, entretenida con la situación—. Yo soy su superior y me debe respeto. Ahora, cada una a su lugar de trabajo y usted, Ariadna, tráigame una taza de café a mi oficina —le ordenó con tono intimidante, pero cargado de diversión y malicia.
Por su parte, Ariadna se quedó con la boca abierta, demasiado impresionada para decir algo.
Tras unos segundos de silencio, que aumentaron la tensión entre ellas, Ariadna respiró profundo, dispuesta a enfrentarla, pues no se dejaría humillar por esa mujer.
—¿Quién te crees que eres, Jimena? Yo no estoy aquí para llevarte café ni acatar tus órdenes. —Se le paró en frente como un gallito de pelea.
Jimena, sin embargo, la miró con una sonrisa irónica. Cristian se paró al lado de ella y le atinó una mirada mordaz a Ariadna.
—Para ti, señora Gutiérrez —contestó Jimena, desafiante.
—Señorita Pérez, una ofensa más y estará despedida —intervino Cristian con tono autoritario—. Debe saber que Jimena Gutiérrez va a tomar el lugar de mi sobrino en el área administrativa y ella es su nueva jefa, puesto que usted será su secretaria, aparte de que Jimena es una de las dueñas de esta empresa. Es por esto que debe dejar su insolencia y atrevimiento, y ponerse en su lugar.
Ariadna se quedó muda.
De repente, sintió que todo a su alrededor daba vueltas, y un escalofrío de terror y humillación le recorrió todo el cuerpo, dejándole una sensación gélida y amarga en cada poro de su ser.
Ella miró a Jimena de arriba abajo, todavía atrapada en el estupor. La ira empezó a arder en su sangre y las ganas de irse de allí eran muy fuertes; sin embargo, no podía perder su trabajo aún, no hasta concretar su objetivo.

