Era el cumpleaños de Cristian Mars, el padre de Kevin y tío de Pablo. La celebración se estaba llevando a cabo en uno de los jardines de la mansión del cumpleañero y, pese a que era un festejo sencillo, únicamente con la familia, el lujo y la diversidad de manjares no podían faltar.
Algunos camareros desfilaban por el lugar, repartiendo bebidas y aperitivos, mientras que una banda de música clásica ambientaba la fiesta.
En la entrada pavimentada, decorada con una gran fuente en el medio, Claudia caminaba junto a Matt, su nuevo novio, quien lucía bastante nervioso.
—Ya verás que les gustarás —lo animaba Claudia, mirándolo con dulzura.
—No sé, tu familia es muy adinerada y de estatus, mientras que yo…
Claudia lo calló con un beso y luego acunó su rostro entre sus dos manos.
—Tú eres un buen chico. Eres mi hombre, el que escogí y a quien amo con locura. Deja de menospreciarte. Ya verás que les caerás bien —le aseguró, muy confiada y feliz.
Matt no pudo resistirse a su hermosa sonrisa ni al destello de sus ojos, que brillaban con amor por él. Eso le dio la valentía para continuar.
Ambos entraron a la mansión y se dirigieron al inmenso jardín, donde estaban los demás reunidos. Claudia los llamó a todos y ellos la observaron con gran asombro al escuchar lo que dijo:
—Este es mi novio, Matthew Páez. —Ella lo señaló con su mano y luego lo abrazó por la cintura.
Hubo un gran silencio. Todos observaban a Matt como si fuera una cosa rara y miraban a Claudia con gran asombro e incredulidad.
—¿La fiesta era de disfraces? —espetó Paulo, mirando la extraña ropa de Matt.
Clara le pegó con el codo disimuladamente.
—¿T-tu novio? —tartamudeó Pablo, mientras trataba de no decir una impertinencia que fuera a ofender a Matt, pues parecía ser un buen hombre.
Los ojos de todos estaban sobre el aludido, quien empezaba a sentirse incómodo. Jimena y Cecilia lo miraron de arriba a abajo, entendiendo a qué se refería su hermana cuando hablaba de él de forma despectiva.
A diferencia de los demás, Laura decidió romper con el momento incómodo. Se acercó a Matt con una sonrisa, le extendió la mano en forma de saludo, y él le correspondió con cortesía.
—Mucho gusto, Matthew. Soy Laura, prima de Claudia.
—El gusto es mío, Laura. Por cierto, puedes llamarme Matt.
—Está bien, Matt. —Laura jaló a Kevin, sacándolo de su impresión.
Ellos se presentaron y saludaron. Los demás hicieron lo mismo, acabando con el momento de tensión. Paulo y Pablo contuvieron las ganas de hacer sus chistes y bromas pesadas a Claudia por respeto a Matt; y, bueno, Paulo más por la amenaza de Clara de dejarlo un mes sin nada de nada si se atrevía a proferir algún comentario extraño. Así que Paulo se pasó la mayoría del tiempo sin hablar, para que no se le escapara una de las de él.
Jimena entró a un pequeño bar que estaba cerca del jardín, pues necesitaba un momento a solas. Jack no había llegado a la fiesta y la mirada de Pablo la tenía nerviosa.
Era ridículo. Se sentía como una adolescente enamorada de un amor platónico.
—¡Vaya! —Pablo se acercó a Jimena con cara divertida, sorprendiéndola—. Tu hermana es una caja de sorpresas. Por lo menos, ya no es una acosadora.
—Creo que superó esa etapa horrible. Estoy muy feliz de que haya conocido a ese hombre, él la ha ayudado mucho. Me siento mal con Claudia. Estaba tan sumida en mis propios problemas que nunca noté lo horrible que la estaba pasando. ¿Puedes creer que estaba padeciendo anorexia y bulimia, y nunca lo notamos?
—A mí siempre me dio la impresión de que era anoréxica. Se la pasaba obsesionada con su peso. Pero ella era muy cerrada, además de que alejaba a las personas con su actitud y comportamiento. Aunque ahora está muy cambiada. Mira que hacerse novia de un tipo tan extraño como ese tal Matt.
—Pablo —Jimena lo miró fulminante—, ten cuidado con lo que dices.
—No me malinterpretes. No me molesta que se vista tan extraño, es solo… que es difícil asimilar que Claudia esté con él. Sabes cómo es tu hermana, él no es el tipo de hombre de su gusto. Ella siempre ha sido muy superficial y frívola, pero, al parecer, ha cambiado mucho —aclaró.
—Sí, tienes razón. Y eso me alegra y me da gran alivio. Amo a Claudia y quiero lo mejor para ella —asintió, con aparente felicidad. Había una fortaleza en ella que él nunca había visto, ni siquiera cuando era la chica provocadora y rompecorazones que lo enamoró en unas vacaciones de verano. Esa fortaleza era más madura y atractiva.
—Lo sé. —Pablo la miró con ternura—. Ustedes son muy unidas, eso es hermoso.
Ambos se miraron con intensidad, y Pablo se acercó a ella lentamente, robándole un beso. Jimena sintió que su corazón saltaba en su pecho ante el inesperado arrebato de su ex.
No sabía si corresponderle el atrevimiento o reclamarle. Estaba quieta, sin saber cómo reaccionar. Pablo la tomó de la cintura, acercándola más a él, y, al cabo de unos segundos, Jimena empezó a mover sus labios lentamente. El goce era increíble. Extrañaba ese sabor, ese aliento, esos suaves labios que la enloquecían… pero no debía. Ya ella estaba con Jack, y él con Ariadna.
Pensar en su nueva relación fue como un balde de agua fría que la trajo de vuelta a la realidad. Jimena rompió el contacto y bajó el rostro, avergonzada y molesta.
—Pablo… no vuelvas a hacer eso, no está bien —reclamó, temblando. Sus palabras no iban acorde con su voz ni con la reacción de su cuerpo.
—¿De verdad es lo que quieres? —Levantó su mentón y volvió a besarla.
Jimena trató de alejarlo, pero las piernas le temblaban y la fuerza se le esfumó. Su respiración era rápida, y un cosquilleo en su estómago se expandió por todo su cuerpo. Escalofríos la recorrieron, y el deseo se apoderó de ella. Lo amaba, no podía negarlo. Sin embargo, ese amor le era dañino; era como un delicioso veneno que la destruía poco a poco.
Pablo devoraba su boca como si no hubiera un mañana. Tenía que aprovechar el momento. ¡La necesitaba tanto!
—No, esto… no —Jimena se distanció con dificultad y sacudidas severas. ¿Qué era aquello?
Lo miró a los ojos con tristeza. ¡Si tan solo él no la hubiera dejado! Si hubieran aclarado los malentendidos y perdonado los fallos… Pero era tarde para volver a empezar. Ella no le podía hacer eso a Jack, y tampoco podía volver a confiar en Pablo. Temía que todo volviera a ser igual que antes.
—Bien, tienes razón. —La miró con dolor en los ojos, como si adivinara sus cavilaciones—. Pero no me voy a disculpar ni me arrepiento de hacerlo. Te amo y te deseo con locura, y este beso fue muy especial para mí. Aunque tienes razón: tú estás con Jack, quien no te hará sufrir como lo hice yo. —Una lágrima recorrió su mejilla, y él la secó al instante.
—Pablo… —Lo miró con pesar. Sus ojos azules brillaban con intensidad y lo escrutaban de una forma que lo hacía temblar—. Regresemos con los demás, no está bien que estemos aquí solos. —Jimena se apresuró a salir, mas él la jaló por la muñeca y la cubrió con sus brazos.
Fue un abrazo fuerte, como si no quisiera que se fuera nunca, como si necesitara atrapar su esencia e impregnarla en su piel. No pudo evitar que las lágrimas recorrieran su mejilla. Acariciaba su rubia cabellera con ternura, mientras le quitaba el aliento a Jimena con aquel delicioso y cálido abrazo.
—Te amo, Jimena —dijo entre lágrimas—. Lo siento tanto, Jim. Me arrepiento de todo el daño que te hice, de todas las estupideces que te dije. Espero que me perdones, aunque no estemos juntos como pareja. Preciosa, yo siempre estaré aquí para ti. Te amo, pese a que lo entendí tarde. —Su llanto le rompía el corazón a Jimena. Nunca lo había visto en ese estado, nunca él se había mostrado tan frágil ante ella.
Jimena lo abrazó con fuerza hasta que él se calmó. Luego, con ternura, tomó su rostro entre las manos y lo miró a los ojos.
—No te guardo rencor, Pablo. Yo ya te perdoné. Deja de torturarte y trata de hacer tu vida, así como yo estoy haciendo la mía.
Pablo asintió y secó sus lágrimas.
Se tomaron unos minutos para componerse y luego salieron al jardín. El corazón de él se encogió al ver a Jack frente a ellos, quien los miró con sospecha, pero disimuló su incomodidad y se acercó a Jimena, dejando un casto beso sobre sus labios; labios que Pablo había degustado minutos antes.
Jack saludó a Pablo por educación y rodeó a Jimena con su brazo de forma posesiva. No pasaron ni cinco minutos cuando Pablo se despidió de todos y se marchó, pues no podía soportar verla con él ni el dolor que le causaba haberla perdido para siempre. Jimena lo vio irse con tristeza. Su corazón lloraba, aunque disimulaba con una falsa sonrisa. Era inevitable no ser afectada por él; era difícil deshacerse de esos sentimientos tercos que se aferraban a su interior.

