Pablo llegó a su apartamento echando chispas. La ira, la decepción y el sentimiento de traición lo consumían. Se sentía tan patético. Estaba consciente de que Jimena tenía todo el derecho de rehacer su vida, pero dolía como el demonio. Además, que lo hiciera con Jack lo llenaba de rabia y celos. ¿Por qué él?
Miró la hora en su reloj de muñeca y reconoció que debía prepararse para ir a trabajar; sin embargo, no iría a la empresa ese día, pues no tenía ganas. En su lugar, ahogaría sus penas con el alcohol, y así lo hizo.
Varias horas más tarde, Pablo abrió los ojos, mareado. Ya había anochecido y, al parecer, se había quedado dormido después de la tercera botella de whisky. Los ojos le ardían y las náuseas le provocaron ganas de ir al baño a vomitar, aunque solo expulsaría los líquidos gástricos, gracias a que no había comido nada en todo el día.
Abrió la ducha y, con todo y ropa, se metió debajo de esta. El agua fría lo hizo temblar y, entonces, un llanto desgarrador se escuchó en todo el baño. ¡La había perdido! Las palabras de Jimena rondaban su mente cual cruel tortura.
—¡Soy un idiota! —gritó entre lágrimas que se mezclaban con el gélido líquido. Era increíble que lo que meses atrás parecía su esclavitud se hubiera convertido en su anhelo y razón de sufrimiento.
Pablo se cambió la ropa mojada y se acostó. Empezaba a cerrar los ojos cuando escuchó que la puerta se abrió, pero se sentía demasiado débil para levantarse.
—Pablo. —La voz molesta de Ariadna hizo que abriera los ojos con hastío—. No sabes lo preocupados que estábamos todos en la empresa. ¿Por qué rayos no contestaste tu teléfono? Te llamamos tanto al celular como a la línea del apartamento y no contestaste. ¿En qué rayos pensaste al faltar a la empresa y dejar todas tus reuniones y trabajos tirados?
Pablo se apretó la sien por el dolor de cabeza.
—Deja la cantaleta —demandó, indiferente—. Me vale la empresa y las estúpidas reuniones. Lárgate de aquí, quiero estar solo.
—Mi amor… —cambió el tono de voz—, perdón. Es que me preocupé mucho por ti. —Se acercó a la cama con una sonrisa de satisfacción al notarlo tan débil y expuesto. Esa sería su oportunidad de formalizar lo que sea que ellos tuvieran en ese momento.
—¿Qué quieres de mí, Ariadna? —preguntó Pablo, con tristeza y con la esperanza de encontrar consuelo.
—Pablo, sabes muy bien que estoy enamorada de ti. Eres el hombre de mi vida. —Besó sus labios.
Pablo se quedó quieto y con la mirada perdida. Dos lágrimas rodaron por sus mejillas; la sensación de resignación había cubierto su pecho. Él se lo merecía. Todo aquello era la consecuencia de sus actos.
—Ya escogí… ¿Tengo otra opción?
La chica lo miró confundida y empezó a besar su cuello mientras lo desnudaba. Pablo no reaccionó a sus caricias. Se quedó quieto, como si estuviera perdido en el limbo. Entonces, ambos estaban desnudos y sudorosos; ella encima de él con gran alegría. Pablo dio un suspiro con los ojos cerrados.
—Jimena… —balbuceó antes de ver total oscuridad.
Los rayos del sol que se colaban por las ventanas molestaron sus ojos. Los abrió lentamente y el malestar era insoportable: sentía que la cabeza le estallaría, le dolía el estómago y estaba mareado. Poco a poco se hacía consciente de su realidad; entonces, se espantó al verse completamente desnudo y a Ariadna moviendo las cortinas de las ventanas para que la luz del exterior llenara la habitación.
Apretó su cabello con fuerza al verla con su camiseta puesta y esa sonrisa de victoria y satisfacción que helaba sus huesos.
—¿Qué rayos…? —balbuceó, ido y abrumado. Entonces, los recuerdos de la noche anterior lo golpearon de repente. ¡Cómo pudo ser tan débil y caer en los brazos de esa loca! ¡Ahora sí se le haría más difícil librarse de ella! No podía creer el grado de su estupidez.
***
Con el corazón latiéndole con frenesí y las manos sudorosas, Pablo fue recibido por Jimena, quien al instante tomó un porte defensivo.
—Vine por Adrián —dijo él, tratando de ocultar la mirada. Su voz sonaba fría e indiferente.
—Pasa. —Jimena extendió su brazo para que él entrara. Ella lo miraba con recelo y nervios, pues temía que le mencionara a Jack. Sin embargo, Pablo se limitó a entrar en silencio; luego se sentó en el sofá de la sala a esperar que la niñera preparara al niño para llevárselo.
—¿Lo llevarás a casa de tus padres? —Jimena rompió el incómodo silencio.
—No, iremos al parque y luego… no sé. Tal vez visitemos a Kevin y a Laura —respondió, cortante.
—Bien —susurró Jimena. Se sintió incómoda al no tener nada más de qué hablar. La tensión se palpaba en la sala.
—Jimena… —Dudó un poco, pero decidió continuar—. Perdóname por mi comportamiento en el gimnasio. Yo no tengo derecho a reclamarte nada. Espero que te vaya bien con Jack y que él sí sepa valorarte —dijo con tristeza.
—Gracias. Yo también espero que te vaya bien con… ella. —Se sintió la persona más hipócrita del mundo al decir aquello. No soportaba a esa mujer y deseaba que Pablo la dejara.
—Sí, estamos bien. Decidí no evitar más la situación y empezar algo serio con Ariadna. Quiero… darme una oportunidad, quizás funcione.
Jimena sintió una punzada de dolor en el pecho. Por un momento creyó que perdería el equilibrio al enfrentarse a esa realidad desgarradora. Hasta ese momento, Pablo había negado un romance serio con su amante, pero verlo decidido a formalizar su relación la llenaba de rabia y tristeza.
Se odiaba tanto por dejar que eso le afectara. Pero la verdad era que sentía como si una parte de sí misma le fuera arrancada, pues que los dos hubieran decidido darse una oportunidad con otras personas era la confirmación de que todo había acabado definitivamente.
Él ya no era su Pablo…
—Qué bien… —fingió alegrarse mientras trataba de que su voz no sonara temblorosa—. Me alegro por ti. —Su tono fue rudo.
—Gracias —respondió malicioso. De alguna forma, ver su reacción lo satisfacía, pues era evidencia de que todavía le importaba.
—Katy te va a traer a Adrián en un momento. Si me disculpas, voy a arreglarme. Me pasaré el día con Jack —dijo a propósito.
Pablo se tensó, suspiró y luego esbozó una sonrisa.
—Eso está bien. Ustedes hacen una bonita pareja, así como lo somos Ariadna y yo. —La miró airoso, y Jimena apretó los puños del coraje.
—Sí, de eso no me cabe la menor duda —dijo con desprecio—. Son tal para cual.
Pablo dejó salir una risita; le encantaba saber que todavía provocaba cosas en Jimena. Ella lo miró con ganas de matarlo y se dirigió al pasillo.
—Jimena… —Pablo la llamó con voz seductora, y ella se volteó—. No necesitas arreglarte mucho, tú eres hermosa como sea.
Jimena se sonrojó y lo miró mal para disimular los latidos rápidos que aquejaban su corazón y le alteraban la respiración.

