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Capítulo 18

This entry is parte 20 de 40 in the series Mi esposo no me ama

El sol brillaba airoso aquel sábado por la mañana sobre la ciudad transitada y alegre, que transmitía esa vibra de relajación y diversión. En un café de un centro comercial, las hermanas Gutiérrez se habían reunido, pues Claudia tenía una noticia que darles. Jimena aprovechó que Pablo se llevó a Adrián a casa de sus padres, dejándole el día libre para verse con sus hermanas.
—Chicas, hay algo que debo decirles —comenzó Claudia, visiblemente nerviosa.
—Habla, ya, Clau. Me tienes ansiosa —se quejó Cecilia, impaciente.
—Chicas, tengo novio —soltó emocionada, con un brillo especial en los ojos. Cecilia y Jimena se miraron preocupadas.
—¿Un novio? —preguntó Jimena, incrédula y sin poder disimular su angustia.
—Sí… —Claudia las miró apenada.
—Pero… —Cecilia no sabía cómo indagar sin ofender a su hermana—. ¿Es un novio de verdad? Lo que quiero decir es… cómo decirlo… ¿Él te corresponde?
Claudia sonrió y luego estalló en una risa. Jimena y Cecilia la observaron, más preocupadas aún.
—Chicas, sé que he creado una mala fama con las relaciones, pero les aseguro que esta vez es real. No estoy acosando a un artista ni estoy jugando con los sentimientos de nadie. Tengo un novio de verdad… Estoy enamorada y fue él quien se me declaró y me pidió que fuera su novia.
Jimena y Cecilia se miraron con asombro. ¿Claudia enamorada? Nunca había visto a los hombres con seriedad. Solía conquistar a algún que otro chico para luego romperle el corazón. Otras veces, se había obsesionado y acosado a hombres con inclinación al arte. Según el terapeuta al que tuvo que asistir por obligación, ella los asociaba con su madre, quien era artista plástica y la abandonó cuando cumplió seis años de edad. En cuanto a su odio a los hombres, era un misterio que ella no estaba dispuesta a revelar.
—¡Vaya! ¡Felicidades! —Jimena sostuvo sus manos con emoción.
—¡Espera! —exclamó Cecilia, como si acabara de descubrir algo—. ¡Lo sabía! Es el profesor del que tanto te quejabas, ¿cierto? ¡Oh, Dios! Entonces, es real.
—¡Claro que es real! —contestó Claudia, frunciendo el ceño—. Ese hombre supo conquistarme sin tener la intención de hacerlo. Me siento muy bien con él y lo amo como nunca pensé que podría amar a alguien.
—¡Qué emoción! —espetó Jimena, con aparente alegría. Estaba aliviada de que su hermana por fin se abriera al amor verdadero, fuera de las obsesiones tóxicas y la superficialidad—. Quiero conocerlo. Ese hombre es un héroe.
Todas rieron.
 
***
 
Tras su rutina de ejercicio habitual, Jimena se sentía satisfecha y lista para empezar su jornada diaria. Ese era uno de los días en los que iba más temprano que Jack, así que no desayunarían juntos.
—No te vayas aún, Jim —Jack la agarró por la muñeca, con la intención de detener su andar.
—¿Me invitarás a almorzar otra vez? —Jimena enarcó una ceja. Ya había terminado su rutina y se había duchado. Por lo regular, los días en los que no llegaban juntos, ella se iba antes que él y rara vez se quedaba hasta que Jack terminara.
—Eso es una buena idea —dijo él, rodeándola con sus brazos.
—Lamento decepcionarte, pero hoy no podré. Tengo cosas que hacer.
—Por lo menos quédate un rato más, quiero presentarte un amigo —respondió, y frotó su nariz con la de ella—. Por cierto, Jimena, sé que no llevamos mucho tiempo saliendo, pero nunca me has hablado de tu ex.
Jimena sintió un salto en el pecho por el comentario de Jack y su cuerpo se puso rígido. Todo el buen ánimo de la mañana fue reemplazado por un extraño malestar que le arruinó el día. Se odiaba por eso, pues no quería que Pablo la afectara tanto. ¿Cuándo podría hablar de él sin tener ese huracán de emociones dentro de sí?
Ella no sabía qué responder sin sonar nerviosa, pero, para su alivio, la atención de Jack se desvió hacia el frente, como si hubiera visto a alguien. De seguro se trataba del dichoso amigo que quería presentarle.
—¡Aquí estás! —exclamó emocionado.
Jimena se giró por inercia, pero hubiese preferido no hacerlo. ¿Acaso estaba viendo visiones? ¿Qué tanta mala suerte tenía que tener para que el amigo de Jack fuera nada más y nada menos que Pablo?
Quería correr y esconderse, esperando que él no la hubiera visto, pero se quedó congelada cuando él vino en dirección a ellos. Sintió que se mareaba, pero ni siquiera pudo expresarlo, pues el habla no le salía y no era capaz de mover ni un músculo.
—¿Jimena? —preguntó Pablo con gran asombro, como si estuviera viendo un fantasma.
—¿Pablo? Al parecer viniste. Ya verás que te encantará el lugar —respondió temblorosa, sin saber qué más decir. Cuando le recomendó el gimnasio a su ex, olvidó el pequeño detalle de que su enamorado se entrenaba allí.
—¿Se conocen? —inquirió Jack, curioso.
—Sí… —contestó Jimena en un susurro, deseando que la tierra se la tragara en ese instante.
—¡Pero qué pequeño es el mundo! —exclamó Jack, abrazando a Jimena por la cintura. Pablo lo miró con asombro por su atrevimiento—. ¡Qué tonto soy! Si sus familias tienen negocios juntos. Es obvio que se conocen. Mira, Pablo, ¿no es la mujer más hermosa del mundo? —alardeó mientras mostraba a Jimena con orgullo.
La aludida sentía que se asfixiaría en cualquier momento.
—Jack… —Pablo lo miró fulminante y con los puños apretados por la ira—. No sabía que tú y Jimena fueran tan cercanos.
—Pablo, te presento a la mujer que se robó mis suspiros —le respondió su amigo, ufano y feliz, como si le enseñara un gran trofeo. Luego le besó la mejilla, provocando un extraño malestar en Pablo.
—¿Qué rayos dices? —profirió, pasmado.
—Tú y tus bromas, amigo —Jack sonrió malicioso—. Jimena y yo estamos en una relación.
Jimena casi sufrió un paro cardíaco. No podía articular las palabras, así que mejor se quedó callada, observando a Pablo con nerviosismo.
—¡Me estás jodiendo! —Pablo no pudo disimular. Su corazón latió a mil y su respiración se agitó de manera sofocante. No, eso no le estaba pasando. ¿Jack y Jimena? ¿En qué momento ella se olvidó de él?
—No, es en serio —le respondió Jack con toda serenidad—. Jimena es la dueña de mi corazón.
—Entonces, tu corazón es muy amplio con tantas dueñas —ironizó Pablo sin quitarle la mirada asesina de encima. Estaba conteniendo la ira que lo carcomía, pero no sabía por cuánto tiempo mantendría la compostura. Quería golpearlo, exigirle que no tocara a su mujer, mucho menos se atreviera a decir esas pendejadas. Se sintió tan traicionado.
—No digas tonterías, Pablo —se defendió Jack—. Jimena es la única mujer en mi vida.
—Sí, claro. Eso le dices a todas. ¿Le contaste que tienes toda una lista de las chicas que desfilan por tu cama? —espetó, venenoso.
—No. Porque a la única que quiero tener en mi cama es a mi preciosa rubia tropical —dijo, medio incómodo. No esperaba aquel comentario malintencionado de su amigo. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué de repente se puso en su contra?
 —¡Qué rayos dices! —Pablo se acercó desafiante, la ira empezaba a dominarlo y estaba perdiendo la cordura.
—¡Pablo, por favor! —Jimena intervino.
—¿Tan rápido me superaste? —se dirigió a ella con una mirada cargada de reproche—. ¿Tan fácil te resultó buscarte un reemplazo?
Jimena, quien hasta entonces estaba nerviosa y ensimismada, se llenó de indignación y rabia.
—Pablo, no seas tan cínico —replicó, con una mezcla de tristeza y furia.
—¡Vaya! ¡Esto no está pasando! —Pablo meneó la cabeza con una sonrisa irónica. Simplemente no podía aceptarlo. Esperaba que todo fuera una mala broma de su amigo, un juego estúpido para fastidiarlo.
—Esperen… —Jack miró a Jimena y luego a Pablo—. No me digan que ustedes… ¡Oh Dios! Jim, ¿Pablo es tu ex? —fingió sorpresa. Pues en realidad lo había descubierto el día antes, pero tenía la esperanza de abordar el tema y que Jimena le contara por ella misma. Además, ver el desconcierto en Pablo le era satisfactorio, pues no todos los días se veía que un hombre como él se quedara con la mujer de un hombre como Pablo. Su yo adolescente estaría muy orgulloso.
—Sí, soy su ex, el padre de su hijo —contestó Pablo por ella, mirando a Jimena con decepción y dolor. Sabía y esperaba que ella tendría que continuar con su vida y conocer a alguien, pero no es lo mismo llamar al diablo que verlo venir.
—No sé la razón de su divorcio, pero lo siento por ti, amigo, pues dejaste ir a una gran mujer. Claro, sería un hipócrita si dijera que no me alegra que se hayan divorciado. Créeme, yo no haré lo mismo que tú —lo confrontó malicioso, como si estuviera disfrutando el momento.
Pablo lo miró con ganas de matarlo. Las manos le temblaban al desear estrellarlas contra su rostro sonriente. Él le estaba quitando cualquier esperanza que le quedaba de volver a conquistarla, ese ladrón le estaba robando a su mujer.
Ya era un hecho. La había perdido.
—Jimena, ¿esto no es una broma? ¿De verdad estás con él? —preguntó, desesperado por escuchar lo contrario. Su mirada llena de angustia y los temblores de su cuerpo eran evidencia de su temor, de lo mucho que esa noticia lo afectaba.
Ella se vio tentada a sentir lástima por él, pero luego recordó cuando él se fue de casa, dejándola abandonada y en total desconcierto. A él no le importó destrozarla, hacerla sentir que no valía nada ni que su confianza hubiera sido pisoteada por la humillación que le hizo pasar al compararla con otra mujer, al decirle que la prefería a ella. No, definitivamente, no era responsable de los errores de Pablo y no cargaría con esa culpa.
—Estoy con él, Pablo —dijo con firmeza, sin dejar ninguna duda tras su declaración.
—¿Cómo puedes estar con alguien por despecho? ¿Es tan difícil estar sola un tiempo? —le reclamó en un tono decepcionado que irritó a Jimena.
Ella dejó salir una risa irónica como forma de controlar la rabia. No podía creer lo cínico que era ese hombre.
—¡Eres un maldito canalla! Te crees demasiado, Pablo. Yo no necesito a nadie para olvidarte porque para mí no eres nadie, imbécil, cretino. ¿Quién te crees que eres? Tú te enredaste con esa víbora mientras estábamos casados. No bien nos habíamos divorciado y ya ella estaba viviendo en tu apartamento, y ¿tienes la desfachatez de reclamarme que esté saliendo con Jack?
» ¡Maldito egoísta! Debes saber que no necesito un hombre para sentirme bien conmigo misma; no sé si te has fijado, pero estoy mucho mejor que cuando estuve contigo. Eso es una prueba de que me basto yo misma para ser feliz y salir adelante. Y si estoy con Jack, es porque me gusta y me da la gana. Yo también tengo derecho a divertirme —dijo esta última frase con doble sentido y una sonrisita maliciosa.
—¡Eres un idiota, Pablo! —espetó Jack con disgusto—. ¿Dejaste a Jimena por otra mujer? Te creí más inteligente. Debes saber, amigo, que yo la cuidaré muy bien y no cometeré tal atrocidad.
 —¡Tú, cállate! ¡Nadie ha pedido tu opinión! —estalló Pablo, a punto de partirle la cara—. Solo eres un aparecido. No me vengas con clases de moral porque no eres precisamente un angelito. Conozco tus andanzas y tus malas intenciones. Hasta raro se me hace que quisieras que conozca a tu nueva conquista, ya que siempre las mantenías a distancia de mí porque temías que ellas pierdan el interés en ti, como lo hizo la tipeja que me presentaste. ¿Te estás vengando, Jack? ¿Por eso te metiste con Jimena?
—¡No digas pendejadas, Pablo! ¡No soy un inmaduro! —Jack rascó su nariz de impotencia—. Yo no soy tan patán como tú. Nunca dañaría a Jimena por una estupidez como esa. La conozco desde que éramos unos chiquillos y la admiro y aprecio demasiado como para caer tan bajo.
—¡Sí, claro! —Pablo peinó su cabello violentamente, con una furia que podría consumir bosques—. Estaré atento, Jack. No permitiré que le hagas daño a mi mujer —le advirtió.
—¡Tu mujer! —Jimena lo confrontó, perdiendo la paciencia—. Yo dejé de serlo cuando pusiste a esa tipa por encima de mí. —Las lágrimas llenaron sus ojos. Jimena empezó a avergonzarse al percatarse de que las miradas de los presentes estaban puestas sobre ellos.
—No digas eso, Jim —Pablo negó con tristeza—. Nunca he puesto a Ariadna por encima de ti, yo… ella… solo fue… ¡Olvídalo! Tú ya estás con este y por lo visto yo no significo nada en tu vida —se retractó.
—Exacto, Pablo —afirmó con seguridad—. No significas nada en mi vida.
Pablo la miró con una intensa tristeza y luego se dirigió a Jack:
—Espero que la disfrutes y les deseo lo mejor —dicho esto, salió como alma que lleva el diablo. Jimena dejó escapar esas lágrimas que tanto luchó por retener y Jack la miró con preocupación.
—Jim, te juro que no estoy jugando contigo. De verdad me gustas y quiero algo serio —le dijo, limpiando sus lágrimas.
—No te preocupes, Jack. Ya nadie puede hacerme daño. Simplemente, no le daré ese poder ni a ti ni a nadie más.

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