«¿Quién es el chico de ojos grises?»
«No sé de quién me hablas. No conozco a ningún chico de ojos grises».
«¿Me crees idiota? Lo llamas mientras duermes. Has mencionado el nombre de otro hombre cuando tienes un orgasmo conmigo. ¿Acaso me estás engañando?»
«Nunca haría tal cosa. Lo he dejado todo por ti para venir a cumplir tus sueños. No me trates como a una cualquiera; tú eres el único hombre con el que he estado, León».
«En cuerpo. Solo me abres las piernas, pero tu mente se va lejos y luego lo mencionas a él. ¿Cómo crees que me hace sentir eso? Dime, Aliana, ¿quién es Arel?»
***
No sé describir este momento cuando la tensión en esta habitación es palpable. Arel me mira a la expectativa, esperando una respuesta que no llega.
¿Por qué con él es tan difícil? Con León no tuve esta indecisión, sino que a él lo complacía sin rechistar. ¿Qué tiene de especial acostarme con Arel? ¿Qué significan sus palabras?
«No habrá marcha atrás», se repite en mi cabeza y me hace titubear, pero, ¿por qué?
—Lo sabía… —murmura mientras se pone la camiseta de vuelta—. Y está bien, no estás lista para esto.
Arel suspira y me encara como si intentara de disimular su decepción. Camina en mi dirección con pasos lentos que dan la sensación de que él teme asustarme. Se agacha frente a mí y me empuja cerca, para envolverme en un cálido abrazo.
—Arel, tuve un extraño recuerdo. Debes saber que no soy virgen, yo tuve una pareja en la ciudad, aunque… —No termino de contarle porque la tristeza en su semblante me detiene. ¿Por qué sus ojos me expresan que esta información no es nueva para él?
—Créeme que… —Muerde sus labios. Otra vez noto esa actitud donde se arrepiente de sus palabras y decide no terminar su frase.
—Arel, a veces me pasa que tengo fugas de recuerdos. León, mi ex, quería que viera a un psiquiatra. Según él, decía cosas que luego olvidaba, de igual manera, no recordaba algunos eventos. Incluso olvidaba algunas discusiones entre nosotros. En este momento creo haber recordado una. ¿Sabes qué es lo curioso? —Él niega sin quitar su mirada atenta de mí—. En mi recuerdo, él mencionó tu nombre.
Arel me mira con un brillo especial en los ojos, como si lo que le estoy diciendo fuese una buena noticia.
—¿Qué más recuerdas?
—Pues solo tuve ese recuerdo. ¿Por qué me haces esa pregunta en vez de sorprenderte?
—¿Alguna vez has sentido la necesidad de usar una capa roja?
¿Me responde con otra pregunta?
—¿Qué tiene eso que ver con lo que te estoy diciendo?
Su semblante se torna triste, decaído, desesperanzado.
—Disculpa, debo organizar mis ideas.
—Creo que sí. Aunque… —Lo miro con suspenso, captando su completa atención—. Sí tuve esa necesidad, o más bien, fue una travesura. Es que mi madrina solía contarme el cuento de Caperucita Roja, entonces, como una manera de hacer honor a nuestros encuentros y de divertirme a su costa, me hice una capa roja para visitarla.
—Tu madrina… —La manera de Arel mencionarla no me gusta—. ¿Has ido a visitarla de nuevo?
Niego. Mi madrina volvió a desaparecer. Me dijo que tenía que visitar a una amiga que estaba enferma y cuidarla. De eso ya hace más de un mes.
Arel suspira del alivio.
—Aliana, debes tener cuidado de las personas que te rodean. No confíes en nadie por más generoso que te parezca; sin embargo, de quien más debes cuidarte es de esa señora. No quiero que vuelvas a verla.
¿Qué?
—¿Disculpa? Esto no me lo esperaba de ti, Arel. Me has decepcionado como nadie. ¿Cómo te atreves a pedirme tal cosa? ¿Con qué derecho te metes en mi vida? Ni siquiera somos pareja y, aun así, no tendrías el derecho. ¡Ella es mi madrina!
—¡Te hace daño! Sé que no soy nadie para exigirte nada, asimismo, lo que te estoy pidiendo puede incluso sonar enfermizo, pero este asunto es diferente. La única manera de poder protegerte de ella es que tú misma te alejes de su maldad.
—¿Te estás escuchando? —Sacudo la cabeza con marcada decepción.
De inmediato, me alejo de él para marcharme, pero ver mi sostén sin nada que lo cubra me detiene. ¡Necesito ropa! Sin añadir más, abro el armario de este imbécil y tomo una remera. Al ponérmela, lo miro con lágrimas en los ojos y con expresión de desafío.
—Si tengo que escoger entre ella y tú, ten por seguro que será a mi madrina.
No entiendo el dolor en el pecho al pronunciar esas palabras. Las ganas de llorar son insoportables. ¿Qué me sucede? Arel no responde, se ha quedado estático en su lugar, como si hubiese recibido un golpe fuerte. Lágrimas pesadas emanan de sus ojos grises y el dolor en su mirada me tortura a mí.
—Lo sé. Y no sería la primera vez. —Su voz sale temblorosa y llena de amargura. Me duele tanto verlo así.
Inhibo el deseo de ir a abrazarlo y me doy la vuelta para marcharme, mas cuando estoy a punto de salir, Arel masculla:
—Me rindo. Yo también te rechazo.
De repente, mis piernas se tambalean y mi visión se torna borrosa. Dejo salir un grito desde lo más profundo de mi corazón, ante el dolor que ataca a mi cuerpo. Corro lejos de él, con lágrimas pesadas mojando mi rostro. Corro como un esfuerzo vano de dejar de sentir este dolor.
Es insoportable.
Siento como si me desgarraran el pecho, como si mi piel me fuera arrancada. Sigo corriendo. Me he alejado de la cabaña, pero no veo el camino. Lo único que vislumbro son árboles, hojas en el gramoso suelo y flores silvestres. Ignoro todo eso y continuo mi huida. No sé cuánto tiempo llevo escapando, tratando de aminorar este dolor, pero ya está anocheciendo.
Me detengo en medio del bosque y caigo de rodillas sobre las hojas y yerbas. Tapo mi rostro con mis dos manos y dejo salir el llanto. Mi voz retumba en este lugar. Mis gritos salen como aullidos, pero lo ignoro. Duele demasiado.
Arel…
«Si te entregas a él no podré soportarlo».
«Lo harás. Eres fuerte. Consigue a una chica en tu manada o en la villa. Eres apuesto, inteligente, talentoso y dulce. Cualquier mujer crearía un vínculo contigo, sumándole a eso que eres el hijo del alfa».
«Tú eres mi Turug».
«Te dejo libre para que escojas a una nueva Turug. Yo… te rechazo».
—¡Nooo! —grito con desesperación. No soporto la sensación de ahogamiento, la angustia que me cala las entrañas, el vacío al sentir que una parte de mí me es arrebatada. Varias imágenes dolorosas inundan mi cabeza; sueños que alguna vez tuve y que se asemejan a recuerdos.
«Lucha contra el hechizo. ¡Déjame salir!».
—¡Nooo!
—¡Aliana! —Una voz ronca retumba en mis oídos, pero el estado en el que estoy no me permite reconocerla—. Cálmate, estoy aquí contigo. Tú y yo nos pertenecemos, tú y yo somos similares. No dejaré que ese licántropo vuelva a alejarte de mí.
—¿Quién eres? —balbuceo antes de que todo se torne oscuro.
***
Percibo que unas manos suaves me acarician el cabello. Mi corazón palpita demasiado rápido, mis alertas se disparan y mi pecho aprieta hasta quitarme el aliento. Esta sensación me es tan familiar.
«Caperucita, toma la canasta de cintas rojas. Debes compartirla con tu acompañante».
«Mamá, no quiero ir sola».
«Debes ser fuerte. Mamá no puede ir contigo ahora».
Me remuevo en la cama mientras varios quejidos salen de mi boca ante la incomodidad y el mareo. Voces externas se escuchan a mi alrededor, pero no logro distinguirlas.
—Está a nuestra merced.
—No quiero hacerle daño. La amo.
—Esto no la dañará. Solo lo haré algunas veces, no es nada que ella no pueda soportar ni que no haya soportado antes.
¿Quiénes son ellos? ¿Porque no los distingo, aunque sus voces me suenan familiares? ¿De qué están hablando? ¿Por qué no puedo abrir los ojos? Me siento tan débil.
—Esa bestia no se rendirá —dice la voz masculina.
—Ya lo hizo. No hay vínculo —le responde una mujer.
—No creo. Sé que seguirá insistiendo. Si tan solo supiera quién es. Ese día la ira no me dejó reconocerlo.
—Debemos matarlo.
—Sabes que no puedo, por más que lo deseo. Su poder es mortal para mí. ¡Odio que mi especie tenga esta debilidad! —Si jugamos bien nuestras cartas, ella nos ayudará a acabar con él —la voz de la señora suena escalofriante. No sé por qué tengo la sensación de que ella me está observando y que se refiere a mí.
