Una ducha caliente me ha relajado bastante, al mismo tiempo, me sirvió para pensar bien en la propuesta de Bratt. Tengo el presentimiento de que para mí este negocio será caótico; sin embargo, si tengo que sacrificar mi tranquilidad emocional para cumplir la promesa que le hice a papá, pues adiós a mi estabilidad; ahora mismo mi situación no está para sentimentalismo.
Me pongo el camisón que Bratt me prestó y mis bragas. No acostumbro a dormir con sostén y hoy no será la excepción, además, ya Bratt me conoce en todos los aspectos, así que no me molesta en lo absoluto. Y no, no hemos tenido sexo nunca.
Salgo del baño y me quedo viendo a mi amigo, a quien, por más frío que haga, le gusta dormir en bóxer, ya que, según él, la ropa lo asfixia en la cama.
—Ven a darme calor, pecosa. —Abre los brazos para recibirme, sin embargo, me he quedado congelada en mi lugar, al percatarme de que no me había equivocado la primera vez que vi a Bratt, después de regresar del extranjero. En efecto, él está más fornido y ancho. Cierro la boca para no babear y respiro hondo porque mis hormonas se quieren alborotar. Que esté tan bueno y semidesnudo en la misma cama donde dormiré, no ayuda a mi falta de sexo.
«¿Qué estás pensando, se trata de tu amigo? Además, él no te ve de esa manera».
Esa realidad me molesta, pero no debería ser así.
—¿Todo bien? —inquiere confundido, debido a que mantengo la misma postura, así que él se ha quedado con los brazos abiertos.
—Bratt, cuando tú y yo nos besamos, trece años atrás, ¿cómo te sentiste?
No puedo creer que le haya preguntado esto, ¿acaso soy idiota? Han pasado trece malditos años, ¿por qué rayos no lo supero?
Lo noto palidecer mientras balbucea frases incoherentes.
—¿Cómo pretendes que recuerde aquello? Han pasado trece largos años, Serena —dice a la defensiva—. Teníamos quince en ese entonces y éramos unos chiquillos traviesos; solo fue un juego de niños, no sé qué responderte. Me intriga tu pregunta, ¿por qué quieres saber eso?
Confirmado, soy una estúpida. Bratt está en lo cierto, fue un juego de niños y ha pasado bastante tiempo ya. Siento vergüenza de mí misma.
—Solo me dio curiosidad —respondo abochornada. Me subo en la cama y accedo al refugio que me brinda. Mierda, estar pegada a sus músculos me pone muy caliente.
—Ummm… Solo recuerdo que se sintió rico. —La voz le tiembla—. ¿Qué sentiste tú?
Recuesto la cabeza en su pecho y suspiro.
—Supongo que lo mismo.
—Entonces te gustó… —deduce airoso.
—Lo mismo digo. —Frunzo el ceño.
—Bueno, nos pasamos el resto del verano escondiéndonos solo para besarnos, así que es obvio que nos gustó a los dos. Creo que fuimos inmaduros y cobardes para aceptarlo. Tal vez era parte de nuestra ingenuidad, al creer que darnos besos y que nos gusten estos, arruinaría nuestra amistad o era sinónimo de ser novios.
Suspiro con tristeza.
—Prometimos que nunca recordaríamos nuestra travesura…
—Sí, pero fue por lo mismo que acabo de mencionar: miedo —me interrumpe.
Las palabras de Bratt me dejan pensativa. ¿Qué hubiera sucedido si le hubiéramos dado riendas sueltas a nuestro deseo adolescente? No, eso hubiese sido caótico.
—Yo no soy como tú, Bratt. Prefiero las relaciones serias y formales a estar abriéndole las piernas a cualquiera. Por lo tanto, tener un amigo con beneficios no va conmigo.
—Si es un amigo no es cualquiera. —Entorna los ojos—. Si deseas, podemos probar a ver qué tal.
Entro en un trance donde todo a mi alrededor se detiene y el único sonido que creo escuchar es el de los latidos rápidos de mi corazón. Varios escalofríos me recorren la piel y los nervios de anticipación me aceleran la respiración. Y todo porque sopeso su propuesta. Dios mío, de verdad quiero decirle que sí. No sabía cuánto deseaba a este hombre hasta este momento, en que sus palabras calan hondo y me pone en una encrucijada entre lo correcto y lo imprudente.
Lo miro atolondrada y, cuando pienso en responderle con un beso, este estalla en una sonora carcajada que me provoca un zumbido en la oreja.
—¡Si vieras tu cara ahora mismo! —Vuelve a reír con más fuerza. Bratt se pone rojo y los ojos le empiezan a lagrimear por causa de la risa. Por mi parte, me siento humillada y más estúpida que antes, con las corrientes de las ansias intactas, los vellos de punta y el corazón hecho añicos.
—Buenas noches… —musito con la voz débil mientras trato de controlar las lágrimas que me pican en los ojos.
—¡No tienes sentido del humor! —espeta al notar que mi expresión no es para nada divertida ni que tampoco le sigo el juego.
Estúpido, infeliz, patán.
—¿Te parece graciosa tu estúpida broma? Mejor me duermo, no tengo por qué soportar tu inmadurez.
—Pero ¡qué amargada! —vocifera y hace una mueca toda fea, así como él. Es que lo odio.
¿Ahora qué hago con las ganas de tener sexo frustradas?
—Solo estoy estresada, tensa y con falta de coger bien rico y de tener un orgasmo que me haga sentir renovada. —Esto último lo digo adrede.
Bratt me mira con ojos agrandados y la boca entreabierta. Está en pleno mutismo, no mueve ni un músculo y el pecho le sube y baja con alteración. Él respira hondo y se lame los labios, luego sonríe coqueto.
—Hacerte el favor sería un placer, pero tú no eres una chica para coger una sola noche, para mi infortunio, eso es lo único que puedo ofrecer.
Ahora soy yo quien estalla en carcajadas. Uy, la venganza sabe bien.
—Eres una pecosa malvada y traviesa. —Él ríe junto a mí—. Mierda, hasta se me puso duro al imaginarme entre tus piernas. Sería el mejor sexo de toda tu existencia, ¿sabes? Nunca me he acostado con una pelirroja pecosa como tú, sería interesante ver la combinación rojiza toda tu piel a juego con tu cabello. Y, cuando digo piel, me refiero a todas tus zonas.
Demonios.
Bratt me está devolviendo la venganza. No creo que sea conveniente seguir jugando con fuego, puesto que ya me estoy excitando; sin embargo, necesito responderle a su provocación.
—¿Tú crees? Soy exigente en la cama. Me gusta que me exploren de la misma manera que yo lo hago con mi amante. ¿Sabes qué disfruto? Lamer, succionar y saborear… —No termino de hablar porque Bratt se me lanza encima y me aprisiona entre su cuerpo, apretando mis muñecas contra la cama.
—Cariño, ya basta de jugar con fuego porque te puedes quemar —amenaza con voz ronca y la respiración acelerada.


