Matrimonio por negocio: Capítulo 13

Esta es la parte 15 de 43 de la historia Matrimonio por negocio

Lo escucho atenta mientras me cuenta lo sucedido con el abuelo; me explica con detalles desde el día que decidió pedirle ayuda, la amenaza de demanda y quitarle su por ciento en el hospital, hasta la parte donde lo chantajea para que se case.
—No puedo creer que el abuelo se haya atrevido a tanto —musito sorprendida y me pongo la mano en la boca—. Digo, sé que él es medio mañoso, pero ¿a ese punto?
—Por favor, Serena, ¡no me vengas con esa! Ese viejo es de lo peor y ha hecho cosas más malvadas… —Se queda pensativo un rato, arruga el rostro con aversión y luego se retracta—: No, nada puede ser peor que obligarme a casarme.
—El abuelo se pasó, pero en su pensamiento anticuado y retrogrado, él cree que lo hace por tu bien. De todas formas, es lo que se espera de nosotros, que nos casemos por conveniencia —respondo resignada.
—¡Me importa un carajo lo que se espera de nosotros! —exclama con una mueca—. No me quiero casar, no estoy listo para el compromiso.
Escucharlo me duele. Bratt no quiere el compromiso porque no es capaz de amar a ninguna mujer, solo le interesa divertirse con todas. A veces me pregunto qué le sucedió al Bratt que era tímido con el sexo opuesto y que tuvo que pedirle a su mejor amiga un beso, puesto que no sabía besar. Él era tan diferente…
Los ojos me pican a causa de las lágrimas que se me acumulan, pero me las arreglo para deshacerme de ellas con disimulo.
—Me imagino la razón… —murmuro con desánimo—. De todas formas, eres un idiota. ¿Por qué me invitaste a una cena para pedirme matrimonio, en vez de contarme lo que sucedió con el abuelo? ¿Acaso te golpeaste la cabeza? —Entorno los ojos—. Armaste todo un espectáculo como el gran ridículo que eres.
—Tenía que hacerlo creíble y público, de una manera espontánea —argumenta.
¿Es en serio?
—Bratt, querido amigo, no defiendas lo indefendible. No fue la manera más sabia de hacer las cosas. ¿Cómo me incluyes en un plan en el que no he aceptado aún ni del que estaba enterada? ¿Te imaginas que yo venga y te pida matrimonio de la nada? ¡Es una estupidez!
—Bueno, si lo pones de esa manera, tienes razón. Es que el simple hecho de tocar el tema me pone idiota, no sé lidiar con estos menesteres —se excusa. Él busca la botella de vino que dejé en la isla del bar y se pega de la boquilla, sorbiendo un gran trago.
—No, idiota naciste —Me termino el mío y le extiendo la copa para que me eche más—. Pero qué le vamos a hacer, se te quiere igual. —Suspiro—. Entonces el plan de tu abuelo es que nos casemos, después de todo. —Estallo en carcajadas.
—No, ese es el plan mío. El de mi abuelo es arruinarme la vida, pero yo seré más sabio que él y me casaré contigo, luego nos divorciaremos y ya —sentencia.
Por mi parte, lo miro como si tuviera dos cabezas.
—Cariño, tú caíste en la trampa del abuelo. Su intención es que te cases conmigo; ya sabes que él está obsesionado con eso. Piensa, ¿a quién más buscarías para este plan? Y prepárate, porque de seguro tiene más intenciones bajo la manga.
—Su condición es que me casara no otra cosa. Él no se volverá a burlar de mí, eso te lo aseguro.
Lo miro maliciosa y doy un sorbo.
—Cariño, el abuelo es muy sabio, así que él tiene todo preparado para salirse con la suya. —Hago pausa por unos segundos—. ¿Sabes qué? Necesitarás a una persona que sepa lidiar con él y ¿quién mejor que yo? Pero antes de aceptar participar en este plan descabellado, debo saber qué me ofrecerás.
—Pagaré las deudas de tu empresa e invertiré en esta. Dime, futura esposa, ¿no es esa la mejor oferta de tu vida? Aparte de que tendrás por esposo al hombre más apuesto de Diamond —alardea con una sonrisa socarrona.
Lo miro con las cejas levantadas y sonrío.

—Corrección, cariño, tú te casarás con la mujer más hermosa e inteligente de Diamond —replico airosa. Me pongo seria y lo encaro con expresión firme—. Entonces, tenemos un trato —sentencio. Levanto la copa para que cerremos el negocio con un brindis. Después de que chocamos los objetos que tenemos en mano, ambos damos un largo sorbo.
A juzgar por el lenguaje corporal de Bratt, él se encuentra tan nervioso como yo. Ninguno añade más porque los dos nos sumimos en nuestros pensamientos.
No sé si le suceda lo mismo a Bratt, supongo que él maquinó esta idea por días, pero por mi parte, trato de asimilar esta locura. ¿De verdad me casaré con él? El simple hecho de imaginarlo me pone los pelos de punta. Bratt y yo casados…
—¿Qué piensas, pecosa? Algo sucio ha de ser porque te sonrojaste —espeta Bratt con sorna. Le lanzo un cojín en la cara y me le tiro encima, quedando sentada en su regazo; acto seguido, lo miro a los ojos y le acaricio el cabello.
—No soy como tú, Bratt, que solo piensas en sexo. —Le beso su naricita respingada que le adorna el rostro—. Ya que estamos hablando del tema, tengo una condición para este negocio. —Lo miro con toda mi maldad.
—Creo que pagar todas tus deudas e invertir en tu empresa es más que suficiente, pecosa aprovechada. —Frunce el ceño.
—Amor de mi vida, yo soy una mujer de sociedad y con una reputación intacta, por lo tanto, no permitiré que me llamen cornuda por culpa de tu pene inquieto. Así que, Bratt, mi condición para terminar de aceptar este negocio es que le pongas un freno a tu pito y hormonas en estado adolescente, porque, si me eres infiel, te castro. —Lo miro seria para que entienda que no bromeo.
Él, en cambio, palidece. Traga pesado y me encara con terror.
—¿Me estás jodiendo? ¿Pretendes que viva en celibato? No, ¡carajo! Necesito tener sexo para relajarme, es una necesidad fisiológica. —Hace un puchero berrinchudo. Por mi parte, entorno los ojos y aprieto los labios para no reírme en su cara.
—No quedaré como la “Santa cornuda”, Bratt —le increpo—. Es mi condición o no hay negocio. Tienes a muchas mujeres a tu disposición que estarían felices de ser tu esposa, solo que debes prepararte para el desastre luego, dado que ninguna se lo tomará como una simple negociación y, al final, tendrás eso a lo que tanto le temes: una esposa. Así que, si lo piensas bien, soy tu mejor opción —chantajeo airosa.
—Y tú te aprovechas de eso. —Arruga el rostro.
Él se lo piensa por unos segundos y luego me mira malicioso.
—A menos que tú suplas esa necesidad. —Sonríe pícaro.
¿Qué?
Siento como se me estremece todo el cuerpo, al mismo tiempo, los latidos de mi corazón se aceleran y la boca se me reseca. Ya me imagino lo pálida que debo lucir en este momento.
—T-Te refieres a… —tartamudeo, pero no logro terminar porque las palabras se me quedan atascadas en la garganta.
—Eso mismo, Serena, tener sexo. —Se queda pensativo—. Aunque sería raro, ¿cierto? —Sonríe como idiota—. Nah, no soportaría acostarme con la misma mujer todos los días, además se sentiría turbio, como si me cogiera a mi hermana o algo por el estilo.
¿Ah?
En este momento, su cercanía me repele y me provoca náuseas. Me levanto de sus piernas y me tiro en el sofá, entonces me recuesto de lado para poder liberar esas lágrimas que me molestan.
No lo entiendo…
Si ya superé a Bratt, ¿por qué me duelen tanto sus palabras? Es que no comprendo mi nivel de estupidez y masoquismo. Demonios, no puede ser que todavía me guste mi amigo.

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