No sabría explicar el éxtasis de este momento. Arel y yo, después de pronunciar las frases que no entiendo, pero que dentro de mí necesitaba hacer, nos miramos a los ojos con una felicidad intensa, como si hubiésemos alcanzado un gran logro.
Sus labios besan los míos con delicadeza y disfrutamos de nuestro sabor sin prisa. Pronto envuelvo mis brazos alrededor de su cuello y nuestros cuerpos se rozan deseosos, pero con un poco de timidez. No soy virgen, tuve sexo con León por varios años, pero ahora mismo, me siento toda una inexperta.
Arel acaricia mi espalda baja con su palma, que va bajando a mis nalgas; gruño cuando la aprieta y me estrujo con ansias contra su cuerpo.
—Voy a explotar, Aliana; no obstante, debes saber que yo… —No termina la frase. Puedo percibir vergüenza en su expresión. Tomo su mano y lo encamino a la habitación; ambos temblamos por la anticipación a lo que sigue, puesto que sabemos que nuestra vida dará un giro ahora.
Empiezo a desnudarlo con delicadeza y él hace lo mismo conmigo. Su piel blanca resalta un poco en la oscuridad, al tiempo en que el brillo de sus ojos se torna más hermoso e intimidante.
Su mirada deseosa se enfoca sobre mis pezones erguidos, aunque apenas se pueden ver bajo esta penumbra. Arel me escudriña con tanta fascinación que en este momento me siento poderosa, única, deseada, hermosa…
Toca mi pecho derecho con miedo, como si fuera la primera vez que experimentara la sensación de tocar un busto.
¿Acaso…?
Arel traga pesado al saberse descubierto; soy tan expresiva, que he abierto los ojos de más.
—Así es, te esperé. No he podido estar con ninguna mujer porque sentía que te era infiel si lo hacía. Aún mantengo mi virginidad.
Mis ojos se cristalizan ante lo que escucho. Una parte de mí se siente contrariada, mientras que la otra no entiende ni papas lo que dice Arel de haberme esperado.
Es como si fuéramos dos personas en un mismo cuerpo: Una llora porque entiende todo lo que él dice y le duele que él haya sufrido tanto; mas, la otra, es ignorante de todo eso. Pese a que tenemos un problema de comunicación y algo dentro de mí me dice que he perdido parte de mi vida, prefiero rendirme al deseo de quien sí conoce la historia pasada. Es esa Aliana oculta en lo más recóndito de mis temores, quien grita por entregarse a Arel.
Volvemos a besarnos con añoranza mientras nuestras manos acarician piel desnuda y nuestros quejidos forman un dúo que alegra la pequeña habitación. Arel besa mis pechos como niño pequeño, disfrutando sin límites la libertad de poder degustarlo a su antojo; él mordisquea, lame, succiona y juega con ellos como si le pertenecieran sólo a él; su manera de estimularme me está enloqueciendo.
Nuestros cuerpos caen sobre el tibio colchón donde nuestras risas estruendosas, jugueteos y cosquillas se llevan cualquier resto de tensión que haya quedado entre nosotros. La vergüenza nos abandona y la complicidad nos hace íntimos, llegando a rincones donde se requiere confianza para poder disfrutarse al máximo.
Jadeos estruendosos salen de mi boca cuando un sediento Arel bebe del pozo de mis tesoros; ese placer toma control de mí y de mis impulsos, por lo que me desquito con las hebras plateadas de mi chico y grito todo tipo de profanidades.
Él es insaciable y se ha vuelto adicto a mi sabor.
Sus labios sobre mi piel son alucinantes, su intromisión me hace aullar como loba y, eso creo que ha sido literal, pero lo ignoro. Vislumbro su rostro fruncirse con marcada incomodidad, dice algo sobre ardor. Mas, al cabo de unos segundos, relame sus labios al gustarle lo que está experimentando.
Pronto empieza la fricción de nuestros cuerpos, la unión de la carne y la mezcla de fluidos. Es increíble cómo mis sentidos están más despiertos de lo regular y me siento demasiado sensible, lo que hace que el placer se sienta más exquisito e intenso. Estoy hambrienta de más, pero todavía no quiero saciarme. Nunca había sentido tanto placer con la penetración, así que es la primera vez que el coito me lleva a varios orgasmos consecutivos. Por su parte, Arel parece no saciarse aún, su energía está intacta y, al parecer, la noche hoy será larga.
¿Cómo es que tiene tanto aguante?
Damos varias vueltas en la cama entre risas y suspiros temblorosos. Estoy tan embriagada de placer que siento que podría colapsar en cualquier momento. Alguien dentro de mí aúlla, feliz de sacar sus deseos que ya no son controlados, dando riendas sueltas a toda la pasión contenida.
Las embestidas de mi chico son más fieras, profundas y punzantes. Corrientes eléctricas me hacen temblar mientras el impacto mezclado de placer me provoca gritar incoherencias. La mirada de Arel se torna más penetrante y peligrosa, al tiempo en que él se muerde los labios con una sensualidad que me causa una contracción que lo ha apretado a él; sus músculos se contraen y sus movimientos se tornan más rápidos. Jadea, gruñe… aúlla…
Se yergue, quedando sus rodillas soportadas del colchón, y levanta mis caderas a su nivel para que sus ataques deliciosos sean más fuertes y directos. Solo me queda gritar y apretar las sábanas con fuerza mientras disfruto de su fiereza y de su energía viril.
Arel se agacha para lamer mi sudor, como si fuese un animal que hace esa acción a su compañera para mostrar afecto; sin embargo, grito cuando sus dientes se clavan en mi hombro derecho y la tibia sangre se mezcla con las gotas saladas.
El dolor se hace uno con el placer y me transporta a un trance estrambótico. Me relamo los labios y me rindo a estas exquisitas sensaciones que parecen ser contradictorias. Tras unos minutos absorta en lo que el cuerpo de Arel le hace al mío, decido imitar su comportamiento sin entender la razón de este salvajismo.
Muerdo su hombro izquierdo y gruño fascinada cuando el sabor a azufre me desquicia, entonces el placer se torna demasiado abrumador. Lamo la piel herida y dejo salir un largo suspiro. Ya he perdido la cuenta de todos los orgasmos que he tenido esta noche; sin embargo, ninguno se compara con el de ahora. Tan intenso y sublime, tan electrizante y agotador.
Aullamos a la par.
Nuestras respiraciones sofocadas y latidos impetuosos se combinan. Es como si nuestros corazones latieran en sincronía y nuestro aliento se pertenecieran.
Nuestros músculos se tensan. Los nuevos espasmos y una sonrisa de satisfacción son la evidencia de que ya está bueno por hoy, así que nos aferramos a nuestros cuerpos desnudos y bañados en sudor, para recibir la calma después de una gran tormenta. El apego, la sensación de este-es-mi-hogar y el deseo de no separarnos jamás nos envuelve a ambos, a continuación, nos dormimos felices en el regazo del otro. Estamos juntos al fin; reclamados y marcados.
