Despierto con la cabeza dándome vueltas, unas náuseas horribles y un terrible dolor de estómago. Me miro al espejo y me espanto ante mi imagen pálida y desaliñada. Los contornos de mis ojos están azules, mi piel blanca como un papel, mis labios resecos y sin color, a eso se le suma mi cabello, cuyo aspecto se me parece a un nido de pajaritos.
¡Estoy horrible!
Luzco como si padeciera una enfermedad terminal o algo así. Tras darme un baño y hacer que mi cabello dorado luzca decente, corro a la cocina para beber agua.
Tengo mucha sed.
Después de beber agua como si mi vida dependiera de ello, preparo una ensalada de frutas. No creo que mi estómago retenga un desayuno pesado.
Mientras como, un torrente de gotas de dolor rueda por mis mejillas. No entiendo este sufrimiento, esta sensación de vacío y abandono. Limpio mis lágrimas y guardo la ensalada porque ya no puedo seguir comiendo.
No tengo apetito.
Debería ponerme a coser y adelantar los pedidos que tengo pendientes, pero me siento muy débil y triste, así que no tengo ganas de hacer nada. Vuelvo a la cama y me quedo dormida.
Dos semanas después…
Hoy decido luchar contra la depresión, por lo que me levanto a regañadientes y me pongo a coser, luego preparo comida —cosa que no he hecho en estas semanas— y me obligo a comer. Es increíble lo rápido que he perdido peso y lo raquítica que luzco.
Una vez he almorzado, me doy un baño y me pongo ropa decente. Con mi cabello mojado sobre mis hombros, salgo de la casa por primera vez en dos semanas. Al principio, mantener los ojos abiertos es una tortura, pero a medida en que pasan los segundos, me voy acostumbrando al resplandor de la tarde.
—Hola, caperucita —me saluda John, quien está saliendo de su casa. Tenía mucho tiempo que no lo veía; pero eso es algo natural en él, quien suele desaparecer por semanas. Aunque en estos días he sido yo quien no se ha dejado ver, mas ha sido gracias a mi depresión.
—Hola —respondo de forma mecánica.
—Voy al pueblo a comprar unas cosas, ¿necesitas algo?
Niego. Él se me acerca y me levanta el mentón.
—Te ves triste, ¿por qué no me acompañas?
Trago pesado ante su cercanía porque no se siente agradable.
—Está bien, necesito hacer una visita. Enseguida regreso, iré por mi bolso.
Aprovecho para llevar un poco del almuerzo que preparé para Arel. Es que he notado que a veces no le da tiempo de hacerse uno, por lo que tiene que comprar comida en la calle. La mayoría del tiempo está tan ocupado en la repostería que almuerza tarde. Cuando tengo todo listo y me pongo maquillaje para disimular mi deterioro, salgo de la casa. John mira el bolso donde tengo la comida y su expresión cambia. De momento, me siento un poco incómoda y avergonzada sin ninguna razón aparente.
John se la pasa hablando en todo el trayecto, por mi parte, asiento a todo lo que dice en silencio. No tengo fuerzas para hablar.
—Entonces, ¿aceptarías acompañarme a cenar esta noche? Hornearé un pavo y compraré vino; será divertido compartir mi cena con una amiga, la soledad me deprime a veces. —Hace un puchero. Suspiro, resignada. Siempre encuentro una excusa para zafarme de sus invitaciones; sin embargo, esta vez voy a aceptar. John ha sido muy generoso conmigo y amigable, así que no quiero hacerle más desplantes.
—Está bien, allí estaré.
Abre los ojos de la sorpresa y con marcada emoción, al parecer, esperaba una negativa de mi parte. Sonrío divertida ante su reacción y miro a través del cristal para observar el panorama. Estoy nerviosa. No recuerdo bien lo sucedido con Arel hacen dos semanas; sé que discutimos, mas no recuerdo por qué. Lo único que sé es que fue un asunto serio porque él no me ha vuelto a buscar.
Al llegar al pueblo, le digo a John que me puede dejar en el centro, puesto que este es mi destino. Él detiene el auto y se me acerca de una forma poco prudente.
—Caperucita, debes tener cuidado de ciertas personas, en especial, de algún hombre que parezca un ángel y que su atractivo sea tal, que te hipnotice con su belleza. Hay personas especiales mezcladas entre los habitantes de Hadima, quienes usan su encanto para lograr sus bajos objetivos y convertir a sus víctimas en presas para ser devoradas.
» Al principio, no me creía las historias de los pueblerinos porque parecen leyendas o cuentos de abuelas; esa fue la razón de decirte cuando nos conocimos que no les prestaras atención. No obstante, investigando los casos de muertes que se han dado en Hadima, me he encontrado con eventos interesantes. No puedo darte detalles porque son asuntos confidenciales y que aún investigamos, pero debes tener cuidado. No confíes en nadie.
Suspiro. Estoy harta de escuchar la misma frase. Mi madrina, luego Arel y ahora John. Los tres son personas extrañas que omiten información y me hablan a medias. ¿Qué tal si no confío en ninguno de ellos?
Asiento con desdén a la extraña advertencia, acto seguido, me bajo del vehículo y camino por toda la plaza hasta llegar a la repostería donde trabaja Arel.
—Hola, Aliana —me saluda el señor Rocker, el dueño del lugar—. Arel está en la cocina. A ver si tu visita le alegra el día porque el muchacho ha estado decaído últimamente. ¿Acaso se pelearon?
Muerdo mi labio inferior y las mejillas me arden. Desde que Arel y yo empezamos a salir, este señor da por sentado que somos novios. Niego sin saber qué responder a eso. Estoy consciente de que discutí con Arel, pero no recuerdo la gravedad de esa discusión ni el motivo.
Camino con lentitud y nerviosismo hacia donde él se encuentra; el corazón me late con tal ímpetu que pareciera que tiene una sinfonía dentro de mi pecho. Relamo mis labios resecos y respiro profundo. Una vez entro en la cocina, la sangre me hierve con una ira que no había experimentado antes. El deseo de ver sangre correr es demasiado; nunca me había enojado tanto como ahora, así que aprieto el bolso con comida que tengo abrazado a mi pecho mientras mis dientes crujen y mi respiración se vuelve irregular.
¡Qué quite sus sucias manos de Arel!
Me dan ganas de despedazar la mano de la chica que reposa en el hombro de mi hombre, quiero que se aleja de él. ¿Por qué siento ganas de matarla?
—Arel —lo llamo. Él se voltea y me mira con indiferencia, como si fuera una persona más. ¿Dónde está mi mirada especial y llena de amor?
Mi corazón duele.
Me detalla con cara de espanto, como si se hubiese percatado de algo horrible. Con pasos apresurados corta nuestra distancia, levanta mi mentón y me analiza con tristeza.
—Te ves muy mal, ojalá pudiera ayudarte. Es doloroso ser testigo de tu destrucción y no poder hacer nada.
¿Ah?
Otra vez esta tensión que quema.
—Vine a traerte el almuerzo —balbuceo, ignorando sus palabras confusas. ¿Para qué molestarme en querer entenderlo si él no me va a explicar?
—Ya almorcé. Kathy me trajo el almuerzo hoy.
¿Qué? Miro a la mujer que se pone a su lado con mirada de suficiencia. El desafío brilla en sus ojos azules. Me dan ganas de arrancarle los cabellos con mis propias manos.
—Oh… —Lo miro con marcado disgusto, esperando una explicación de su parte que no llega—. ¿Qué te traes con esta mujer? —Voy directo al punto.
—Soy su ayudante, rubia —responde ella con mirada fiera.
—Arel, no sabía que tuvieras chef privado —me dirijo a mi chico e ignoro a la intrusa.
—¿Cuál es el problema? —Él resta importancia.
—Te espero hasta que termines tu turno.
—No hace falta. Saldré más tarde —responde con frialdad.
La intrusa abre los ojos con marcada sorpresa y emoción.
—¡Entonces sí aceptarás mi invitación a salir! —vocifera la desgraciada. Eso significa que ella lo había invitado antes y es ahora que él acepta. ¡Maldito Arel! ¿De verdad es tan infantil? ¿Va a salir con esa entrometida para darme celos? ¿En serio?
—¡Qué lo disfrutes! Tal vez con ella hagas lo que no has podido conmigo. Por mi parte, iré a cenar con John a su casa esta noche. Le iba a cancelar, pero como ya tienes planes…
Disfruto ver cómo su mandíbula se aprieta y su respiración se acelera en cuestión de segundos.
—¡Qué te diviertas tú también! —responde como si nada.
¿Qué?
Me quedo estática sin saber que más hacer para que deje su actitud indiferente conmigo.
—¿Cuándo podemos hablar? —inquiero, rendida.
—Será mejor que ya no más. Dejemos las cosas como están.
Duele…
—¿Me estás terminando?
—No se puede terminar algo que no se ha empezado.
Su respuesta sale llena de frustración y amargura.
No entiendo nada. Estábamos bien, hasta nos besamos. ¿Qué fue lo que sucedió?
Asiento. Le doy una última mirada antes de girarme y marcharme, en el acto, mis lágrimas salen con toda libertad.
