El chico raro de mi cuadra: Extra 2

This entry is parte 17 de 17 in the series El chico raro de mi cuadra

Después de una noche lluviosa, la mañana se siente agradable. Sirvo un poco de cocoa en mi taza y sonrío cuando vislumbro a Ashton entrar a la cocina.

—¡Buenos días! —Me lanzo encima de él. Él me carga por la cintura y me besa la cabeza.

—¿Quieres ir a cenar fuera hoy? —ofrece mientras me acaricia la mejilla. Sus ojos azules lucen apagados y percibo culpabilidad en ellos.

—Cenaré en casa de mis padres, ¿vienes? —Asiente no muy convencido. Todavía hay tensión entre él y papá; a este último se le ha ocurrido limpiar el rifle las dos veces que Ashton ha ido de visita.

—¿A qué hora irás? —pregunta mientras me aprieta contra él. Lo siento tan triste que me asusta que vuelva a deprimirse como sucedió en la primera semana de casados.

—Después de las clases. Ayudaré a mamá con la cena. Mis hermanos nos visitarán hoy y creo que Sandra también vendrá.

—Suena bien  —masculla ido. Sé que para él no suena así. A Ashton aún se le dificulta socializar, pero por lo menos hace el intento.

«No tienes que venir si no te sientes cómodo», pienso. Es lo que me gustaría decirle, pero viendo su estado de ánimo, y dado que ayer se atrevió a beberse varias copas de vino, me preocupa que se quede solo en casa cuando regrese de la institución. Tampoco puedo cancelarles a mis padres porque están muy ilusionados con esta visita y Sandra pronto regresará a la ciudad donde vive.

Me aferro a su cuerpo con la misma fuerza que él me abraza, temerosa de los pensamientos que pasan por su mente. Conozco a Ashton y sé que ahora mismo tiene una lucha mental. Temo que se arrepienta de que estemos casados y anule nuestro matrimonio; de todas formas, no lo hemos consumado.

—Sabes que te amo, ¿cierto? —Rompo el contacto para acariciarle el rostro. Él me observa con ojos cristalizados e imita la caricia que le hago.

—No merezco que me ames, yo soy un mal esposo. Es que me da tanta rabia. ¡Soy psicólogo, con un demonio! Ayudo a otros, ¿cómo es que no puedo hacerlo conmigo mismo? Me siento tan fracasado. Tantos años tomando terapias…

Rozo la nariz con la suya y lo beso en los labios.

—No seas tan duro contigo mismo, amorcito. —Continúo acariciando su mejilla de arriba a abajo; él suspira relajado y deja salir las lágrimas que estaba reteniendo—. Tu vida fue muy dura, otra persona en tu lugar estaría metido en vicios o haciendo cosas malas.

«O se hubiera suicidado», pienso. No me atrevo a hablarlo porque tampoco le quiero dar ideas a Ashton.

—Eres maravillosa, Melinda. Tú mereces ser feliz con un esposo que te satisfaga en todo. Perdón por arrastraste a esto, fui muy impulsivo y egoísta al proponerte matrimonio. Fui débil ese día, temí tanto que te fueras de nuevo de mi lado. Por eso quise retenerte conmigo. Perdóname, empalagosa

Ashton empieza a llorar sobre mi clavícula.

Ay, no…

Lo abrazo fuerte y él se acurruca como si fuera un niño, dejando salir toda su frustración por medio del llanto.

***

No trabajé hoy, Ashton tampoco. Puse excusa por los dos y me lo llevé a pasear para distraerlo. En la tarde vine a casa de mis padres para ayudar a mamá con la cena. Ashton está en la institución porque hubo una emergencia con un paciente, cuando termine allí me encontrará aquí.

Sandra también vino temprano y estuvimos chismeando por un rato, pero ahora estamos con mamá en la cocina.

—¿Cuándo nos darás un nieto? —salta ella de repente. De inmediato me tenso y arrugo el rostro.

—Mamá, no tenemos ni dos meses de casados y ya estás pidiendo un nieto —mascullo incómoda.

—Los hijos se tienen mientras se está joven, ¿para qué esperar? —responde con naturalidad. ¿Es en serio?

—Los hijos se tienen cuando se desean y se está preparado para ello, mamá. Ashton y yo no queremos niños ahora. —Soy consciente de que sueno ruda e irritable.

—Perdón… —dice como si se hubiera ofendido—, solo te di un consejo. No era para que te enojaras. Estás muy tensa, niña.

—Sí, Melinda —le corrobora Sandra—, estás rara hoy. ¿Todo bien?

—¿Estoy rara porque no quiero tener hijos ahora? ¡¿Es en serio?! —Creo que he subido la voz.

—No es por eso —replica Sandra—. Desde que llegaste estás apagada y triste. Es como si fueras otra persona. ¿Tu trabajo te está estresando?

Noto preocupación en su mirada.

Suspiro para calmarme; ella tiene razón, estoy tensa y me altero por cualquier estupidez.

—Solo es estrés… —musito mientras juego con las verduras que estoy lavando.

—Bueno, eso se resuelve fácil. —Sonríe con picardía—. Nada que un buen sexo y un masaje no puedan resolver.

Si antes estaba tensa, ahora más. Buen sexo…

—Sí, de seguro Ashton le quita el mal humor esta noche. —Mamá le sigue el juego. Finjo una sonrisa y me enfoco en lavar las verduras. Si supieran que aún no hemos hecho el amor…

Me muerdo el labio inferior y retengo las lágrimas que se me agrupan en los ojos. ¡Qué estupidez! Ashton y yo nos amamos y disfrutamos la compañía del otro, que no tengamos sexo no debería afectar nuestra relación. Pero… ¿por qué me siento tan vacía y triste? Lo deseo tanto que es difícil dormir junto a él y no poder comérmelo completo. ¿Seré virgen por siempre? ¿Será que Ashton y yo no sabremos nunca lo que es ser padres?

Sacudo la cabeza ante esos pensamientos y dejo de lavar las verduras. Cuando volteo en dirección a mamá y Sandra, me espanto al notar que me observan con preocupación.

—¿De verdad estás bien? —pregunta mamá angustiada—. Melinda, sé que amas a Ashton, pero si el matrimonio no es lo que esperabas puedes confiar y contar con nosotros. Somos tu familia y estamos para apoyarte.

—¡Qué cosas dices, mamá! —Río—. Todo va bien en nuestra relación… Ya te lo dije, es estrés. —Mamá frunce el ceño para nada convencida con mi respuesta—. Mejor que Sandra nos cuente cómo van las cosas con su novio. 

Cambio el tema. Mi amiga se sonroja y sonríe por inercia. Ella está muy enamorada y eso me alegra mucho. Nos pasamos el resto de la tarde hablando de banalidades hasta que llegan mis hermanos con sus parejas y mi bello sobrino, entonces cenamos en familia como solíamos hacer antes de que cada cual hiciera su vida.

Ashton me llamó para hacerme saber que no podía venir a la cena, razón por la que papá me trajo a casa, mas no quiso pasar. Él todavía está resentido por la manera en que Ashton y yo nos casamos. Papá siempre soñó con prepararme una boda grande y entregarme en el altar; creo que frustramos su sueño al hacerlo por el civil y de forma repentina.

Después de despedirme de papá, entro a la casa. Todo está oscuro y en silencio. Camino directo a la habitación a hurtadillas, porque si mis bebés saben que llegué harán ruido y no quiero que despierten a Ashton. Según me contó, estuvieron horas lidiando con una crisis nerviosa de un paciente y las peleas de los padres que se culpaban el uno con el otro. Me imagino lo cansado que ha de estar.

Cuando entro a la habitación no veo a Ashton. ¿Qué? ¿Dónde se metió?

El miedo y la angustia me embargan de repente. Corro con desesperación hacia los armarios y los abro con manos temblorosas. Siento el alivio recorrerme cuando visualizo su ropa allí. ¿De verdad creí que me dejaría? ¿Qué rayos me pasa? Caigo de rodillas al piso y me pongo a llorar. Me siento tonta.

—¿Melinda? —La voz preocupada de Ashton me saca del extraño trance en el que me he sumido. Cuando lo miro, la imagen me hace babear. Ahí está él, con el cabello mojado y una toalla envuelta alrededor de su cintura, dejando el torso expuesto. ¿Cómo es que puede ser tan atractivo?

Ay, no, ya me dio ganas de todo.

«Pero no pueden», me recuerda la consciencia.

Cierto, no podemos. Lloro por la frustración.

—¿Estás bien? —pregunta él con voz temblorosa y se apresura hacia mí. Me carga entre sus brazos y me aprieta contra su pecho.

Vaya… Siento que me arde todo el cuerpo.

—Un baño te hará bien, chica dulce. —Ashton me pone sobre la cama y empieza a desnudarme. Por mi parte, me dejo hacer mientras las lágrimas salen de mis ojos como torrentes. No entiendo por qué estoy tan sensible hoy. Una vez me encuentro sin ropa, Ashton vuelve a cargarme y me lleva al baño. Se quita la toalla y siento que mis mejillas arden al verlo completamente desnudo.

Ashton abre la ducha y empieza a restregarme con la esponja, lo hace de una forma tan delicada, que en vez de lavarme siento que me acaricia. Después de que quedo limpia, él me abraza. Me refugio en su cuerpo grande y fuerte mientras las gotas de agua se mezclan con mis lágrimas y me refresca el cuerpo caliente. Por su parte, Ashton me masajea la espalda con sus palmas, al mismo tiempo en que me repite lo importante que soy en su vida. Sus bellas palabras provocan más llanto en mí, pero esta vez lloro de alivio, porque me siento afortunada de tenerlo en mi vida.

Después de un rato bajo la ducha —este mes la factura del agua nos llegará cara—, nos dirigimos a la habitación donde Ashton me seca. Él me toma de la mano y me ayuda a acostarme, luego…

***

Ashton

Hoy ha sido un día de mierda. Aparte de que otra vez le he fallado a mi rosita rosadita, también tuve que lidiar con esos padres irresponsables y egoístas que, en vez de estar dispuestos a solucionar sus problemas familiares, prefieren culparse el uno al otro. Les importa un comino lo que sus acciones le provocan a su hijo y solo piensan en ellos mismos.

Al igual que ellos…

Los recuerdos del pasado quieren abrumarme, pero trato de deshacerme de ellos.

«No es mi caso, ese niño no soy yo; él es un paciente más y solo hago mi trabajo. Yo ya vivo una vida diferente», repito varias veces en mi cabeza hasta que el sentimiento de culpa y autocompasión se desvanecen.

Me tiro en el sofá y esbozo un suspiro, entonces recuerdo el vino que tenemos en la cocina; las manos me tiemblan al sentir la necesidad de beber hasta desinhibirme por completo y poder hacerle el amor a Melinda.

Maldigo por ese estúpido pensamiento. No, no caeré en eso.

Decido ir a la habitación y busco entre las gavetas de mi pequeño escritorio. Abro el libro que tanto he estudiado desde que me tocó esa materia en la universidad y lo ojeo. Hay varios tratamientos para la erotofobia, pero pocos hemos usado nosotros. Melinda no lo sabe, pero en estos días he utilizado mucho la desensibilización sistemática, me he expuesto con videos, imágenes y me he tocado mientras la espío bañarse. Por eso le dije que la he visto desnuda antes.

Anoche creí estar listo, pero bebí de más por los nervios. Ver la cara preocupada de Melinda me hizo sentir culpable, eso me bloqueó. Fui tan negligente que ni siquiera me esforcé ni insistí. Pero esta vez no será así. Si bien no creo que podamos terminar lo que empecemos, por lo menos le daré placer a mi chica. Quiero, necesito que ella sienta cuánto la deseo. Anhelo verla gemir por mi causa, que disfrute su sexualidad.

Busco en mi laptop y leo una vez más cómo hacer un buen cunnilingus y me lamo los labios de tan solo imaginarlo.

Después de revisar algunos artículos que ya había leído antes, me voy al baño para esperar a mi empalagosa listo. Después de bañarme, me encuentro con la imagen más triste del universo. Mi bella rosita azucarada, la alegría de esta casa, la que emana luz y colores; ella, el arcoíris de mi vida, está tirada en el piso llorando, con su delicado cuerpo temblando, y estoy seguro que es por mi culpa. No, ya no más. Es momento de acabar con esta pesadilla de una vez y por todas.

***

Melinda

Estoy pasmada ante el comportamiento de Ashton. Me besa y acaricia con tanta soltura, que no pareciera que le temiera al sexo. No es que él no suela besarme con pasión, pero estamos desnudos sobre la cama y su cuerpo presiona el mío. Eso es lo que me sorprende.

Esta vez no temo a los resultados, más bien disfruto de sus caricias. Muerdo su labio inferior debido a la excitación que esa intimidad me provoca y él gruñe extasiado. Su boca vuelve a invadir la mía; por mi parte, gimo ante lo deliciosos que me saben sus labios. Nuestras lenguas juguetean mientras nuestros corazones laten con frenesí y nuestro aliento se mezcla.

Siento que la respiración se me torna irregular cuando él me besa el cuello y luego baja hasta mi clavícula. Sus manos temblorosas me acarician el cabello y sus ojos azules me escudriñan por unos segundos.

—Te amo —dice con una sonrisa que me hace estremecer. Me muerdo los labios para no llorar y, antes de que yo le dé una respuesta, él se apropia de mis senos. De mis labios solo sale un gemido que lo motiva a ser más atrevido, por lo que muerde y succiona como si de un dulce se tratara.

Guau…

Esto se siente tan bien…

Después de jugar un rato con mis pequeños pechos, Ashton me recorre la cintura con besos húmedos que me quitan el aliento. Segundos después, me abre las piernas y…

—Ashton, ¿qué haces? —Él me ignora y empieza a besar con ganas.

Agarro las sábanas y aprieto los dientes ante el inmenso placer que él me provoca. No sabía que hacer el amor fuera tan bueno. ¿Nos hemos perdido de esto por casi dos meses?

Gimo, grito y me retuerzo hasta que ya no puedo soportarlo más, entonces siento que caigo en un abismo placentero y que algo dentro de mí estalla como si de un volcán se tratara. Percibo las babas salir de mi boca, pero estoy tan extasiada que no me molesto en limpiarlas. Mi pelvis se contrae y mi cuerpo es sacudido por varios temblores hasta que me siento tan relajada y sensible, que el estímulo de Ashton me es molesto e insoportable, razón por la que cierro las piernas.

—¿Estás bien? —pregunta después de limpiarse la boca con el dorso de su mano. Puesto que no tengo fuerzas para hablar y aún estoy impresionada con la hazaña de Ashton, me limito a asentir. Una sonrisa de satisfacción y victoria se dibuja en sus labios, y siento tanta ternura que me da ganas de comérmelo a besos.

Ashton se me pone encima y me besa la frente, frota su rostro contra el mío y me susurra sobre los labios:

—¿Estás lista?

¿Qué?

No me da tiempo a reaccionar porque se acomoda entre mis piernas y pronto me siento invadida por él.

Ashton

Aún no puedo creer que he disfrutado del cuerpo de mi empalagosa con tanta libertad y sin culpa. Ella es tan deliciosa que creo que tengo un nuevo vicio. Mi rosita rosadita es dulce y exquisita, el mejor manjar que he tenido el honor de degustar. Creí que todo terminaría aquí, pero estoy tan excitado que necesito sentirla ya.

Me divierte la sorpresa en sus ojazos marrones cuando le pregunto si está lista. Hasta yo estoy sorprendido, pero no me bloquearé más. Necesito unirme a ella en carne, así como nuestras almas lo están. Despacio y con cuidado de no lastimarla, entro en ella poco a poco.

Mierda…

Mi empalagosa está tan resbalosa y caliente que me hace gemir del gusto. Es un poco incómodo al principio, pero el ardor se va transformando en una sensación que jamás pensé experimentar: placer. Sí, me he masturbado antes como parte de mi terapia, pero eso no tiene comparación con lo que estoy sintiendo en este momento.

Las uñas de Melinda se me clavan en la espalda y sus ojos se cierran con brusquedad. Le duele…

La culpa y una sensación asqueante me embargan el pecho, pero esos sentimientos negativos se desvanecen cuando su hermosa sonrisa le ilumina el rostro.

—Estoy bien… —gime. Se aferra a mi cuerpo y tenerla así me pone más caliente aún. Empiezo a moverme y tengo que hacer una pausa porque siento que me correré muy rápido.

Es que se siente tan bien…

La beso y la acaricio mientras me muevo dentro de ella, disfrutando de su ser, de su exquisitez y de la delicia que su cuerpo delicado me regala. Siento que sucumbo en la locura, que caigo a la nada y que floto entre las nubes. No podría describir este momento con palabras porque estas no le harían justicia. Solo estoy consciente de que soy feliz y libre, de que amo a esta mujer como nunca he amado ni amaré a nadie más y que mis lágrimas son la evidencia de la felicidad que estoy viviendo.

Un gemido llena la habitación cuando ya mi cuerpo no puede contenerse más y un placer arrollador me recorre por completo, asimismo, un cosquilleo delicioso me hace descargar y entonces me siento ligero. Mi cabeza cae sobre la clavícula de ella y le doy una pequeña mordida a su hombro que le provoca una linda carcajada.

No lo puedo creer…

Lo logramos… Hicimos el amor.

Las lágrimas mojan la suave piel de mi esposa, quien me acaricia el cabello con delicadeza y empieza a susurrar una canción que me calma. Después de que ella se acurrucara en mi pecho y yo le acariciara la espalda por un largo rato donde no hacían falta las palabras, ambos nos quedamos dormidos.

***

«Esta es la historia de un chico que vivió un infierno en su niñez y de una chica que vio más allá de las defensas de este.

Ambos tenían su lucha interna y sus temores. Él se ocultaba detrás de un témpano de hielo y ella de una sonrisa exagerada. Pero qué bueno que el amor fue el ingrediente principal para que ambos fueran libres».

—¿Qué haces? —La voz de Melinda me espanta.

—Escribo…

—¿El qué? —pregunta ella con intriga, mas yo guardo la libreta y la ignoro—. Ashton, ¿no me dirás?

—No.

—¿Por qué? Soy tu esposa, no debes guardarme secretos.

—¡Qué fastidio!

—¿Para qué pierdo mi tiempo? Sé que no me dirás nada. Mal esposo. Ven a comer, preparé un almuerzo delicioso para ti.

Ay, no…

Melinda está aprendiendo a cocinar, pero… digamos que la cocina no es su fuerte.

—Espero que no me envenenes… —mascullo entre dientes.

—¿Qué dijiste?

—Nada.

—Dijiste algo. Te escuché susurrar.

—Como sea —concluyo. Eso siempre me funciona.

Gracias por leer. Espero que les haya gustado.Besos azucarados.

El chico raro de mi cuadra

El chico raro de mi cuadra: Extra 1
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