23. Lobo feroz: Arel

This entry is parte 25 de 31 in the series Lobo feroz

Cuentista

Érase una vez, una hermosa princesa de cabellera dorada y ojos verdes como el jade. Ella solía visitar el campo de los caballos voladores, debido a que allí se encontraba con su enamorado. Aquel día, él no se presentó, por lo que ella decidió darse un baño en el río. El agua salpicaba por doquier cuando la chica chapoteaba entre risas. Le encantaba nadar y sentir la corriente del río acariciar su piel. El agua la representaba, puesto que era su habilidad controlar dicho elemento.

Mientras ella se divertía, unos ojos oscuros la observaban desde lejos, la maldad detrás de unos arbustos no perdería esa oportunidad.

No pasó mucho tiempo para que los gritos de la chica resonaran en el remoto lugar; sin embargo, estos no fueron escuchados y, como resultado, no vino nadie a evitar su deshonra.

***

Aliana

En estos días he estado un poco débil y desorientada. Aun no entiendo por qué estoy en casa de John, tampoco por qué no puedo moverme cuando él me toca por las noches. Dos lágrimas de impotencia ruedan por mis mejillas y me frustra que esto es lo único que puedo hacer, llorar.

Arel, ven por mí.

«Puedes liberarte. Pon de tu parte para que recuperes tu autonomía».

Otra vez escucho esa voz que pareciera mi conciencia, mas suena demasiado real en mi mente. ¿Qué es lo que me aprisiona? ¿Por qué no puedo salir de aquí?

Arel…

Arel

«La necesito, debemos encontrarla», se queja mi parte lobuna dentro de mí. Mi yo salvaje y mi ser racional se están debilitando, gracias a la angustia de no saber nada acerca de nuestra mate. Por más que lo he intentado, no he podido rastrearla y duele. Este dolor es tan insoportable que me asfixia.

Puedo percibir que ella sufre, lo siento en mi pecho.

«No te rindas. Necesito a mi mate», suplica mi lobo, y esa vocecilla en mi cabeza me da fuerzas para no decaer.

***

Aliana

Camino desorientada por en medio de este extraño bosque y con una canasta en mano. Aquí llevo un delicioso pastel para mi amado mate y Turug. La brisa fría me hace titiritar porque la capa roja no es suficiente para calmar este frío insoportable.

Las hojas húmedas debajo de mis pies hacen un ruido agradable al pisarlas; me gustan los sonidos de la naturaleza, puesto que a veces me siento una con ella. Mis pasos son torpes, no tengo un destino fijo, pero sí un objetivo: Arel. Necesito que su calor sea mi refugio a esta baja temperatura, requiero que sus labios me traigan a la realidad y que sus caricias me devuelvan la sensación de estar viva, porque ahora mismo carezco de emociones y eso me hace sentir muerta.

Arel…

¿Dónde estás?

No sé cuánto he caminado ni en qué parte del bosque me encuentro, pero de algo estoy segura: no reconozco este lugar.

Un paraíso se muestra frente a mí y, pese a que el día está gris y melancólico, este sitio no es opacado por el clima. Árboles de diferentes colores lo adornan y muchas flores que jamás había visto parecieran saludarme. Unos bichitos brillantes vuelan a mi alrededor, todos emanan luces coloridas. Entonces un grupo de aves exóticas y de belleza particular empiezan a cantar melodías nunca antes escuchadas.

¿Qué lugar es este? ¡Es tan hermoso y único!  Sonrío entretenida con los animalitos saltarines a quienes no sé cómo nombrar. No son conejos, tampoco gatos, pero es como una combinación de ambos, con ojos grandes y tiernos.

Maravillada, llego a un claro y sonrío cuando lo visualizo. Es un caballo que vuela por los aires y que luce un pelaje dorado y grandes alas. Sus ojos azules emanan un brillo especial. ¡Se ve feliz y libre!

Lo admiro en silencio para no asustarlo. ¡Cómo me gustaría ser como él! Con tanta libertad…

Dos lágrimas ruedan por mis mejillas y muerdo mi labio inferior. Es tan difícil sentirse sin origen y sin una identidad. Es demasiado incómodo que los demás sepan más de ti que tú misma, pero que nadie esté dispuesto a decirme la verdad. Quiero recuperar mis recuerdos, el control de mi vida.

Vuelvo a sonreír mientras aprecio al exótico caballo, pero mi sonrisa desaparece en el instante en que percibo la presencia de unos intrusos.

Tal vez yo soy la intrusa aquí.

Me asusto más cuando el caballo vuela despavorido lejos de mi campo de visión, como si presintiera el peligro y se sintiera amenazado.

Al cabo de unos segundos, soy rodeada por criaturas pequeñitas, con piel verde y musgosa. Sus ojos rojos parecen pequeños faroles y sus colmillos sobresalen de sus bocas de manera aterradora. Retrocedo, aunque es en vano porque los diminutos demonios me han acorralado. Todos ellos me observan con sonrisas retorcidas y escalofriantes.

Cierro los ojos por inercia cuando se me lanzan encima, pero un aullido estremece el lugar y provoca que ellos huyan despavoridos.

—¡Arel! —grito cuando descubro a mi chico de mirada plateada, y la sorpresa en su semblante me hace sonreír. Parpadea varias veces y se frota los ojos, acto seguido, se acerca a mí sin dejar de observarme como si tratara de convencerse de que no soy una alucinación o algo por el estilo.

—¿Aliana? —Está muy impresionado—. ¿Qué haces aquí?

—Me perdí de camino a la cabaña. ¿Puedes creer que olvidé cómo llegar allí?

Su mirada con el ceño fruncido me pone alerta, dado que él luce amedrentado y confundido. Me da la impresión de que él siente lástima por mí, como si yo fuera la criatura más desdichada de este mundo.

—No importa que te hayas perdido, ya no vivo en la cabaña. ¿Acaso olvidaste la batalla que llevamos a cabo con los pueblerinos? Ellos quemaron nuestro hogar, así que tuve que mudarme lejos de ese pueblo.

—¿Quemaron nuestro hogar? —Las lágrimas inundan mi rostro. Duele. Todas nuestras pertenencias estaban allí junto a los recuerdos de nuestra convivencia.

—Nos íbamos a mudar de todas formas. —Arel se rasca la cabeza y sonríe de forma amarga, como si fingiera naturalidad delante de mí.

¿Qué es esta barrera que se ha formado entre nosotros?

—Ya no puedo escucharte en mi mente. ¿Qué sucede con nuestro vínculo? —dice, alarmado y angustiado.

¿De qué rayos habla?

—¿Vives por aquí? —pregunto para desviar el tema porque no lo entiendo.

—No, vivo en otro lugar. Solo perseguía a los hombrecillos musgos. Debo buscar la manera de que regresen a sus territorios y dejen de fastidiar.

—¿Son esos monstruitos que estuvieron a punto de atacarme?

Arel asiente sin dejar de mirarme de esa forma que me hacer estremecer. Siento como si estudiara mis gestos, como si buscara alguna verdad oculta en mí.

—¿Dónde has estado todos estos días? Perdí tu rastro.

—Con mi madrina. Enfermé después de la batalla, así que mis recuerdos son ambiguos, por lo que no puedo decirte mucho.

—Me imagino… —Desvía la mirada, suspira y vuelve a encararme. No sé por qué veo tristeza en sus ojos.

—Arel. ¿Aún somos pareja?

—¿Confías en mí?

Asiento.

—¿Puedo confiar yo en ti? —vuelve a preguntar.

Dudo unos segundos antes de asentir otra vez.

—Arel, déjame mostrarte un lugar hermoso que descubrí cerca de aquí, donde podemos comernos el primer pastel que he horneado. Necesito la opinión de un profesional.

Arel asiente no muy convencido. Le sonrío para que se relaje y lo tomo por el brazo. Camino entusiasmada en dirección a un hermoso río de un azul celeste, con una gran cascada de agua brillante. Nos sentamos sobre la grama frente al espectáculo natural, debajo de un árbol de hojas verdes y frutos rojos. Pongo la canasta en medio de nosotros, la cual es escudriñada por Arel.

—Eso me recuerda… —dice él mientras sonríe melancólico. Hace una pausa larga antes de añadir—: Cuando éramos niños y nos ocultamos en la cueva, me enseñaste a hacer canastas con las ramitas que se caían de los árboles cuando íbamos a recoger frutas. Recuerdo que lo hacíamos rápido y atentos, puesto que no debíamos salir de nuestro escondite.

Le presto atención, aunque no sé de qué habla.

» Era nuestra manera de entretenernos y de luchar contra la angustia de estar abandonados en medio de la nada, puesto que tu mamá nunca llegó por nosotros. La canasta de las cintas rojas que trajiste contigo captó mi atención, es por esto que me enseñaste a hacerla. Ese fue nuestro pasatiempo favorito en aquel desolado lugar.

» Recuerdo que quitaste las cintas de tus trenzas para decorar la nueva canasta. Cuando regresaste al pueblo, sabía que no tenías cómo mantenerte, por eso te dejaba el desayuno todas las mañanas en tu patio. Debo admitir que usé las canastas de las cintas rojas como un intento vano de que recordaras, de que decidieras romper el bloqueo al que te aferraste cuando me rechazaste y escogiste a otro hombre.

¿Qué?

¿Arel era quien dejaba las canastas en mi patio?

Agrando los ojos de la impresión, estoy totalmente desorbitada.

Entonces las imágenes pasan por mi cabeza de forma rápida. Arel siempre estuvo presente en mis momentos de necesidad, incluso arregló la casa y utilizó de su propio dinero para los materiales.

Ahora entiendo la razón de haber podido dormir en aquella habitación, pese a que me sentía vigilada y a los rumores del asesino. Arel era quien me asediaba. La diferencia es que lo hacía para protegerme. Ahora todo encaja a la perfección. Siempre suprimí esa verdad que me negaba a aceptar porque por alguna razón mi mente bloquea a Arel. Él es el chico de los ojos grises. Arel es el protagonista de mis sueños.

Lobo feroz

22. Lobo feroz: Híbridos 24. Lobo feroz: Libertad
Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *