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A pesar de que ese día descansaría, Leela se levantó muy temprano a calentar un poco. Las artes marciales estaban impregnadas en su ser; simplemente, no podía pasar un día sin ni siquiera practicar un poco.
Después de su ejercicio matutino, ella se duchó y vistió. La ropa que el príncipe le dio no era muy femenina, pero sí fresca y cómoda. Se miró en el espejo y notó que sus músculos estaban más firmes e hinchados.
Leela observó cómo aquel pantalón de pierna ancha blanco le daba un cuerpo escultural a pesar de su soltura, y sonrió satisfecha. Luego se puso una blusa de tiros ajustada roja dentro de él, y se tiró un kimono de tela suave por encima sin amarrar, del mismo color que el pantalón.
Cuando terminó de cambiarse, se soltó su largo y ondulado cabello y puso un poco de brillo rojo en sus labios. Finalmente, salió dispuesta a disfrutar de su último día en aquel lujoso lugar después de alimentarse.
—¿Sabes por qué el príncipe no vino a desayunar? —le preguntó a la muchacha del servicio mientras ella recogía la mesa.
—No —negó—. Solo mandó a que le llevaran el desayuno a su estudio, pues se encerró desde temprano allí —respondió.
Leela se encogió de hombros.
Solo esperaba que no estuviera evitándola después de mencionar el tema prohibido. Aunque él no le había dicho que lo olvidara esta vez, era obvio que no hablarían de aquello ni muertos.
Tras levantarse del comedor, Leela se dispuso a recorrer aquel lujoso e interesante lugar.
Horas después de curiosear por toda la casa, decidió salir a ese peculiar patio que tanto le gustaba. Se quedó atolondrada ante lo que sus ojos veían: de nuevo su apuesto príncipe estaba sentado en su banquito, dándole vida a un fino lienzo.
«Por lo menos, lleva ropa esta vez», pensó.
—¿Quieres tratar? —propuso él, sin dejar de hacer aquello.
—No quiero arruinarlo —se negó, nerviosa.
—No dejaré que lo dañes. Ven —Esta vez la miró mientras extendía su brazo hacia ella. Leela caminó con timidez hasta quedar a su lado—, siéntate aquí —indicó palmando el lado vacío de su banquito.
Leela respiró profundo; sentarse allí significaría estar demasiado cerca de él. Sería tener contacto con su piel, y eso no era muy conveniente.
—¿Qué esperas? —inquirió, perdiendo la paciencia. Ella obedeció y sintió un tirón en el estómago al percibir el calor que él emanaba. Posó su mirada en el lienzo, pues temía mirar a su lado y rozar sus rostros—. Estás muy tensa —le dijo al oído, lo que provocó que ella casi saltara del angosto asiento.
—Es que... no creo que sea buena idea... —masculló casi temblando.
—Toma. —Puso el pincel que él estaba utilizando dentro de sus dedos y tomó su mano con delicadeza. Un cosquilleo recorrió toda su piel ante el roce que se sintió exquisito; las manos del príncipe eran fuertes, pero suaves a la vez. Su delicioso aroma la estaba embriagando, no soportaba más esa dulce tortura—. ¿Ves? Es fácil, solo déjate llevar —dijo sobre sus oídos.
Corrientes eléctricas golpeaban sus nervios.
¿Cómo era que él lograba esa reacción en todo su cuerpo con tan solo estar cerca?
—¡Mírame! —ordenó Jing.
Leela volteó hacia él y el príncipe tragó en seco al ver sus labios humectados con aquel brillo rojo. Se veían dulces y llamativos. Estaban tan cerca que Leela mordió su labio inferior de los nervios, provocando más humedad en la boca del príncipe. Verla morderse el labio desató su imaginación y se vio a él mismo mordiéndolos, saboreando su textura. Jing lamió los suyos por instinto, al sopesar esa fantasía.
—Mira hacia el lienzo —se retractó con la voz en un hilo.
—¡Príncipe loco! —Leela pensó en voz alta.
—¿Qué dijiste?
—Nada, nada —respondió nerviosa—. Pero debe aclarar sus ideas —refunfuñó—. Primero me dice que lo mire y luego que mire el lienzo, es muy extraño.
—Es que olvidé lo que te diría —mintió. Su corazón aún estaba agitado, al igual que su respiración—. ¡Prosigamos! —indicó, tomando su mano nuevamente—. Debes ser paciente y calmada para lograr encontrar la imagen oculta en el lienzo. Déjate llevar por el pincel, él te guiará.
—¿Ah? —Leela abrió la boca llena de confusión—. Príncipe, creo que se pasó con el vino.
—Ja, ja, ja, ja —Él soltó una carcajada, divertido—. Eres la criatura más simple y despistada que he conocido jamás.
—¡Oiga! —Levantó los brazos, olvidando que tenía el pincel en la mano; fue así como ensució el rostro del príncipe con pintura—. ¡Ah! Lo siento —se disculpó y trataba de limpiarlo.
—Está bien, no es nada... —susurró él al percatarse lo cerca que estaban sus rostros.
Los recuerdos del beso en el río los inundaron y se quedaron inmóviles mientras se miraban con añoranza. Cada segundo, ellos se acercaban más, uniendo sus alientos y respiración.
Leela cerró los ojos y el príncipe abrió sus labios para recibir los de ella.
—¡Su majestad la reina hace presencia! —anunció uno de los sirvientes que irrumpieron en el patio, quienes hacían reverencia a la pequeña mujer.
El príncipe se paró de golpe del asombro e hizo reverencia y Leela lo imitó con timidez. La señora hizo ademanes con las manos y estos se enderezaron.
—Si yo no vengo a ti, no nos vemos, príncipe —reclamó su madre.
—He estado muy ocupado en estos días, “madre” —respondió, acentuando la palabra, ya que cada vez que ella lo llamaba príncipe, lo hacía de forma acusatoria por su descuido familiar.
—He venido a concretar tu encuentro con la princesa Elena, de la tribu Cristal —anunció ella sin quitarle los ojos escépticos y disgustados de encima a Leela.
—¿A concretar mi encuentro con ella? ¿Acaso...? —musitó Jing, preocupado. Un escalofrío recorrió todo su ser y el terror empezó a embargarlo.
—Los consejeros del palacio regresaron con su informe —contestó su madre—; al parecer, la chica cumple todas las características mencionadas en la carta de tu abuelo. Eres afortunado, pues ella es considerada una de las mujeres más hermosas de todos los reinos, así que planearemos el encuentro en el palacio, luego ella regresará a Cristal a prepararse para el compromiso.
La reina no dejaba de mirar a Leela mientras daba aquella información.
» Después de que termine con los rituales de su tribu, la princesa vendrá a vivir en el palacio y pasarán tiempo juntos hasta que la joya brille; una vez esto suceda, se casarán.
El príncipe quedó petrificado como iceberg por unos minutos en silencio. Su mayor temor se hacía realidad; para peor de males, Leela estaba escuchando la horrible noticia.
La miró con tristeza.
Ella tenía el rostro en dirección al suelo sin ninguna expresión; al parecer, trataba de disimular su dolor.
—Madre, no es el momento ni el lugar para hablar de eso —reclamó, frunciendo el ceño.
—Entonces, vayamos a un lugar más privado a discutirlo, porque sí es el momento para hacerlo. Esa es la razón de mi visita, Jing.
—Espérame adentro, por favor —dijo molesto. Ella asintió y entró a la casa seguida por los sirvientes. Por su parte, él se volteó hacia Leela, quien mantenía la misma posición—. Leela... —balbuceó sin saber qué más decir. Ella posó su mirada sobre él y fingió una sonrisa.
—¡Felicidades! —soltó—. No haga esperar a la reina, voy a aprovechar para entrenar un poco.
—Es tu día de descanso, mañana entrenaremos en el campamento.
—No se preocupe. Realmente, necesito entrenar. —Bajó la mirada, pues luchaba contra esas lágrimas que amenazaban con salir.
Jing se acercó a ella y le levantó el mentón con delicadeza para apreciar sus ojos.
—No es algo certero, son solo suposiciones de mi madre. —Trató de sonar convincente.
—Príncipe Jing —dijo Leela con firmeza y él la miró con intensidad, pues escuchar su nombre en la boca de ella le agitaba la respiración y hacía que su corazón latiera con brusquedad—. No me debe ninguna explicación. Esto tenía que pasar tarde o temprano... No debe sentir lástima por mí o por mis sentimientos. Como dijo: algún día conoceré el amor y lo superaré. Usted no cierre su corazón a la princesa Elena, trate de conocerla y de llevarse bien con ella. Es muy probable que se derrita al verla. Ella es muy hermosa —contestó sin dejar de mirarlo a los ojos.
Tenía que mantener la poca compostura que le quedaba. Él asintió, no muy convencido.
—Gracias por tus palabras, Leela. —Acarició sus mejillas con ternura. Leela respiró para evitar que sus lágrimas salieran delante del príncipe—. No importa qué tan hermosa sea esa princesa; yo conozco a la mujer más hermosa de todo Destello, no solo por lo atractiva que es por fuera, más bien, por lo valiosa que es por dentro…
—¡Príncipe! —lo interrumpió—. Sus pensamientos deben ser para la princesa Elena —añadió y saltó por los aires, perdiéndose en el bosque. El príncipe se quedó en su lugar hasta que ella desapareció de su vista.
Entretanto, Leela saltaba de tope en tope, y con una pirueta marcial tocaba las últimas ramas de los árboles, dejándose llevar por los impulsos de su cuerpo errante mientras la fresca brisa acariciaba su rostro con fuerza y se llevaba las lágrimas que brotaban de sus ojos grises.
Todo el dolor se liberaba de su pecho y el llanto se ahogaba en el aire, donde solo ella y aquella hermosa naturaleza eran testigos de aquel sufrimiento infernal.

