El espíritu maligno

 
En mi casa éramos diez hermanos, mi papá, mamá y su prima, a quien todos llamábamos tía Paca. Ella se mudó con nosotros cuando mamá enfermó gravemente. Nos encantaba escuchar sus historias y anécdotas al caer la noche, cuando nos reuníamos alrededor de una fogata en el patio.
Tía Paca era la alegría y la distracción que nos ayudaba a sobrellevar la enfermedad de mamá. Recuerdo que ninguno de nosotros se atrevía a salir de la habitación después de las diez de la noche, pues creíamos que a esa hora un espíritu maligno salía a devorarnos. No sé cuándo surgió esa creencia entre mis hermanos y yo, ni si fue a causa de los cuentos que tía Paca nos narraba bajo la luz de la luna llena. Lo que sí recuerdo es que yo era un niño curioso e intrépido, y pronto decidí comprobar con mis propios ojos la existencia de aquel espíritu.
Por supuesto, me rocié con agua bendita que le había sustraído al padre Sebastián cuando le ayudaba en la parroquia, y me puse el crucifijo de mamá. Por un instante, dudé en quitárselo, temiendo que ella quedara desprotegida ante su enfermedad, pero me convencí de que solo sería un momento. Me fingí dormido y, alrededor de las diez y cuarto, escuché pasos cerca de nuestra habitación. Mi corazón latió con tanta fuerza que sentí que me ahogaba. ¡Había llegado el momento!
La oscuridad era densa, casi palpable, y me dificultaba el avance. Además, una imperiosa necesidad de evacuar me atenazaba el estómago, producto del miedo que me invadía. Tardé más de lo debido en llegar a la sala, pues mis piernas temblaban más por los nervios que por la penumbra. Con sudores fríos recorriendo mi piel, el corazón latiendo con fuerza, la respiración entrecortada y un agudo dolor de estómago que intensificaba mis ganas de ir al baño, regresé al pasillo al escuchar unos alaridos extraños y escalofriantes. ¡El espíritu maligno estaba allí!
Empecé a rezar en balbuceos entrecortados, obligando a mis piernas temblorosas a avanzar. Sentía como si el suelo se hubiera convertido en plomo bajo mis pies, cada paso era un esfuerzo titánico. Me faltaba el aire, ¿acaso era el espíritu el que me provocaba esa asfixia para evitar ser descubierto? Apreté con fuerza la cruz que colgaba de mi cuello, demasiado grande para mi cuerpo delgado. Si el espíritu se atrevía a atacarme, lo enfrentaría con ella.
Me detuve frente a la alcoba de tía Paca y, al escuchar sus jadeos, el temor se transformó en una rabia ciega. ¡El espíritu se la estaba comiendo! Con el ceño fruncido, me quité el crucifijo, impulsado por esa bravura que surge cuando el miedo es insoportable y el instinto de supervivencia te domina. Llené mis pulmones de aire y, con un gesto de determinación, abrí la puerta de una patada, en casa no usábamos cerraduras, solo una cuerda.
—¡Déjala en paz! —grité con la voz temblorosa.
En ese instante, como una epifanía, los recuerdos vinieron a mí como piezas de un rompecabezas que, al armarlo, cobraba un sentido oscuro y doloroso. Las miradas cómplices que antes interpreté como camaradería, ahora revelaban una turbia intimidad. La insistencia en que nos acostáramos temprano para que ellos tuvieran libertad de hacer lo que hacían. La manera distante en que papá trataba a mamá, delegando su cuidado casi por completo a tía Paca. Todo encajaba ahora, de una forma terrible.
¿Recuerdan que les dije que tía Paca era nuestra alegría y distracción? No me equivoqué. Papá se veía… alegre, entre sus piernas. Pero el destino, caprichoso y tal vez cruel, quiso que, al sorprenderlo en esa escena con la prima de mamá, cayera de la cama y se golpeara la cabeza contra la esquina de una mesa.
El caos estalló. Los gritos de tía Paca despertaron a mis hermanos y a mamá. El escándalo también alertó a los vecinos, quienes, al oír a mis hermanos gritar que un espíritu había matado a nuestro padre, creyeron que había un ladrón en casa. Mis manos temblaban incontrolablemente y un frío helado me recorría el cuerpo. No podía hablar, solo miraba la escena sin entenderla del todo.
A la mañana siguiente, nos despedimos de él. Tía Paca también desapareció de nuestras vidas. Lo más extraño es que mamá se recuperó un mes después, cuando por fin un médico, pagado por los trabajadores sociales, la examinó. Tal vez la cura no estaba en el crucifijo, como papá y tía Paca nos habían hecho creer.
 

Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *