16. Lobo feroz: Te reclamo

This entry is parte 18 de 31 in the series Lobo feroz

Cuentista

Érase una vez, una gran nación llamada Hadima. Estaba dividida en ocho pueblos y varias comunidades. El pueblo principal y moderno llevaba el mismo nombre de Hadima, al igual que el imponente bosque que ocultaba a otras naciones especiales.

El bosque Hadima era único por el poder que en él se escondía, debido que era un espacio infinito que ocultaba naciones jamás vistas y seres maravillosos. Las naciones más temidas eran la de los licántropos, quienes se dividían en dos especies diferentes: Los hombres lobos y los Metamorfos o cambia formas. Aunque ambas especies cambiaban su figura, los hombres lobos se convertían en una bestia con apariencia humana y animal, mientras que los Metamorfos se transformaban en un enorme lobo.

Ambas especies poseían habilidades especiales, gran rapidez y una fuerza superior a los humanos, asimismo, no padecían enfermedad.  No obstante, los hombres lobos tenían una debilidad que los podía llevar a la muerte: la plata. Y, aunque a los cambia formas este elemento no les causaba ningún daño, ingerir acónito les podría provocar mucho dolor, debilidad y hemorragia interna; en realidad el acónito podría ser mortal para a ambas especies, si eran expuestos a una gran cantidad.

Dado que los hombres lobos pierden la consciencia entre el bien y el mal cuando sucede su transformación durante la luna llena, usar el matalobos (acónito) puede aminorar los efectos de la transformación y mantenerlos consciente. Es por esto, que la comunidad de hombres lobos de Hadima impusieron como ley, no solo utilizarlos con las mujeres embarazadas y heridos, sino también que todos debían consumir matalobos para evitar guerras con las demás comunidades, puesto que la pérdida de control de estos licántropos había desatado varios enfrentamientos y los humanos comenzaron a cazar a todas las criaturas especiales.

Durante el tiempo de tensión entre diferentes especies, dos enamorados luchaban contra la distancia:

«Arel, ¿qué soy yo exactamente? Antes de la huida, escuché a escondida que mi mamá discutía con alguien. Según esa persona, soy producto de una violación y no debo existir. Dijo que soy una aberración».

«No les hagas caso. Tú y yo somos seres únicos y maravillosos. Lo que sucede es que las personas no entienden lo que somos y por eso nos temen. Papá me dijo que me sienta orgulloso de quien soy, lo mismo te digo a ti, bella caperucita».

***

—¿Estás bien? Te perdí por unos minutos. Sé que hablo mucho, así que me imagino que te aburro con mi parloteo.

Niego. Estoy tiesa y desorbitada frente a un John que no deja de hablar sobre su trabajo, la probabilidad de que el asesino sea una bestia y de que está más cerca de atraparlo que antes. Por un momento tuve un recuerdo de lo que solía soñar cuando era una niña. Me aterra que el nombre de Arel aparezca en todos ellos. ¿Es él el chico de los ojos grises? ¿Y si somos hermanos y lo olvidamos?

No, eso es una locura.

—Estoy cansada, ya me voy a casa. Gracias por la cena, estuvo exquisita. —Me siento mal por John, pero simplemente no logro hacer química con él. Me gustaría ser una amiga cercana; sin embargo, me temo que él tiene otro interés en mí y yo me aburro mucho a su lado.

Es que te gusta Arel, me dice la conciencia.

Maldito Arel. Debe estar haciendo cochinadas con esa regalada mientras yo me muero del coraje al imaginarlos juntos. ¿Por qué tuve que recordar a ese puto desgraciado?

—Otra vez te has ido lejos. Hermosa, si tan solo me dejaras entrar en tu corazón… —Acorta nuestra distancia, mas yo logro escabullirme a tiempo. No entiendo por qué su gesto me repele tanto; digo, obvio porque me gusta Arel, pero hay algo en John que no termina de convencerme.

John me acompaña hasta la entrada de mi casa y, cuando jalo la perilla de la puerta, me sostiene por la cintura y me besa.

Asco…

Trato de liberarme, pero me aprieta contra él con tal fuerza, que me quedo inmóvil entre sus brazos. Me siento sucia, acosada, ultrajada. Me es asqueroso que él me bese, ¿por qué?

—¡Maldito infeliz! —Siento alivio cuando quedo libre del arrebato de mi vecino, mas me exalto al percatarme que ha sido Arel quien nos ha separado. Visualizo a John sobre el suelo y a Arel que se le lanza encima como bestia rabiosa.

Dios mío…

—¡Ya basta, Arel! —grito, presa de los nervios. De un giro rápido, John se levanta con Arel en su regazo, como si su peso no le afectara en nada. Lo estrella contra el concreto provocando que me altere más; no obstante, Arel se levanta como si nada y ni siquiera tiene un rasguño.

¿Qué? ¿Acaso los hombres de este pueblo son más resistentes que el resto del mundo?

—¡Chicos, ya! —grito, eufórica, pero eso no los detiene. Ambos se golpean como si quisieran matarse. 

No sé cuántos minutos han transcurrido, pero me quedaré sin voz por culpa de estos dos machos patanes. John golpea a Arel en el estómago, quien no se inmuta, mi chico plateado le da una patada y luego lo levanta abrazándolo por la cintura y tirándolo con fuerza. John cae suspendido en medio de la calle.

¿Cómo rayos…?

Aún no lo creo. John tiene el doble de tamaño y músculos que Arel. Es imposible que lo haya levantado sin ningún esfuerzo. Corro en dirección a Arel cuando John viene corriendo con intención de abalanzarse en su contra. Me abrazo a Arel para que John retroceda.

—¿Lo prefieres a él? —La voz de John sale más gruesa de lo normal, provocando escalofríos en todo mi cuerpo—. Tú y yo somos iguales, no perteneces a este ser insignificante.

Bien, creo que todas las personas de este pueblo están locas.

Dejo de abrazar a Arel para encarar a mi vecino.

—Ve a casa, John. Luego hablamos tú y yo.

—Ven, conmigo, Victoria. Tú y yo nos pertenecemos.

¿Victoria? ¿Por qué me llamó como a mi madre?

Arel lo mira desconcertado, como si la actitud de John le diera a entender alguna cosa que yo ignoro.

—Soy Aliana no Victoria. Vete, por favor. Te prometo que vamos a hablar.

Mi voz angustiada como que surte efecto. John suspira con resignación y mira a Arel con una sonrisa retorcida, como si él también hubiese descubierto algo que, por supuesto, yo ignoro. En fin, en este pueblo todos saben cosas de las cuales yo ni me entero.

Ambos chicos mantienen la mirada de desafío y amenaza, erguidos con su actitud de machos dominantes.

¡Hombres!

El alma me regresa al cuerpo cuando John cierra la puerta de su casa tras sí.

¡Qué alivio!

Mi instinto carente de dignidad me hace inspeccionar a Arel sin poder disimular lo preocupada que estoy por él. Mas todo eso es en vano porque él no tiene ni un rasguño.

—¿Estás bien? —inquiere con ojitos angustiados. Ay, mi corazón.

Recuerda que estás enojada con él.

—¿Tú lo estás? —No sé para qué pregunto, pero así soy yo, incoherente.

—Estoy bien. Vamos adentro.

Y este, ¿qué?

No le llevo la contraria, más bien abro la puerta y lo dejo pasar.

—No te imaginas la rabia que me dio ver a ese tipo forzarte. Ese imbécil corrió con suerte, lo iba a matar con mis propias manos.

—¿Matarlo? Deja de hablar tan feo, Arel. Tú no eres un asesino.

Su mirada me da escalofríos. En la oscuridad, sus ojos toman un brillo espeluznante, su expresión grita peligro.

Es solo Arel, no hay nada de qué temer, ¿cierto?

—Quiero borrar el beso que ese maldito te dio —dice Arel antes de atacar mi boca. Sus labios suaves saborean los míos con tanto goce, que mis piernas se tambalean. Es increíble como el ambiente cambia de color con un simple gesto. Y, aunque aún hay tensión, la atmósfera es agradable, desquiciante, excitante…

Oh sí…

Siento el calor quemarme por dentro, es como si algo en mi interior se ha desatado y ya no puedo controlarlo más. Arel me sostiene por los glúteos y me carga; yo, por mi parte, envuelvo mis piernas alrededor de su cintura, al mismo tiempo en que lamo y mordisqueo su cuello como loba hambrienta.

—Debo irme… —susurra él con voz temblorosa—. Ni siquiera traje mi camioneta y ya es de noche.

—No dejaré que te vayas a esta hora sin tu vehículo con un asesino merodeando este lugar.

—¿Qué propones?

—Que duermas conmigo esta noche.

—No creo que pueda conciliar el sueño contigo a mi lado.

—Créeme que, después de lo que haremos, te quedarás rendido.

—¿Y qué haremos?

—Quitarnos las ganas.

Arel me besa con pasión mientras me aprieta los glúteos. Yo jalo sus cabellos con fuerza, demandando más de él.

—Aquí no… —balbucea sobre mis labios—. Este lugar me da escalofríos, en realidad, ya no quiero que vivas aquí.

No sé si me he vuelto una sumisa tonta o qué, pero ahora mismo estoy modo: «Sí a todo».

Asiento mientras trago pesado, confiando a ciegas en él. Necesito hacerlo. Quiero dejarme guiar por Arel.

—Hay una condición, mi caperucita. —Asiento sin dudar—. Ceros preguntas por hoy de tu parte, asimismo, no quiero que te dejes amedrentar por los eventos raros que puedan acontecer. Ahora, cierra los ojos y déjate llevar.

Obedezco.

Escucho la cremallera de su pantalón abrirse, los movimientos de él me hacen entender que se está desnudando. Ruidos extraños me hacen apretar los puños, puesto que la alerta de una verdad que no quiere ser descubierta trata de hacerme recapacitar; sin embargo, me quedo tranquila en mi lugar y no abro los ojos, pese a los sonidos y rugidos que me ponen la piel de gallina.

No sé si lo imagino, pero un pelaje suave me acaricia la piel, razón por la que busco a ciegas su soporte, rememorando experiencias pasadas que me han visitado en sueños. Me abrazo a la calidez de aquel pelaje y escucho la puerta abrirse. El viento hace que mi cabello se levante y la fresca brisa de la noche trae una sensación agradable a mis sentidos.

Escucho el cantar de los grillos, los búhos y las hojas secas ser pisadas por patas gruesas. El olor a la savia de los árboles y a la tierra húmeda por el rocío de la noche me hacen salivar.

Se siente tan bien.

Encima de la suavidad y la calidez, mi cuerpo tiembla debido a los movimientos de los saltos altos y corrida rápida, de quien me transporta. En este momento, la lógica toma un descanso y la prudencia se rinde. Ahora mismo, me dejo llevar por las sensaciones y los sentimientos ocultos.

Otra puerta se abre y el olor a dulce de leche ese torna más intenso. Cuando percibo el crujido de la superficie de madera al cerrarse, soy devuelta al soporte de mis pies. Percibo la ropa caer a mi lado y que son recogidas por Arel; sus movimientos me indican que ha empezado a vestirse.

—Abre los ojos —demanda con dulzura mi chico de los ojos plateados. Nuestras miradas se conectan y mi corazón salta de alegría. La paz y el alivio que siento en este momento son indescriptibles.

Estamos juntos y sin limitaciones. Solo él y yo.

—¿Quieres ser mi Turug y la madre de mis cachorros? ¿Aceptas que muestras almas sean inseparables y que nuestra unión sea para siempre?

—Sí…

—Entonces, hoy te reclamo como mi Mate y Turug, que nuestra unión sea por toda la eternidad y nuestro lazo inquebrantable.

—Acepto. Yo también te reclamo, amor de mi vida.

Lobo feroz

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