Admiro mi alrededor, encantada. Si bien este lugar parece de los años sesenta o algo así, no puedo negar que es hermoso. Las luces dan vida a la noche, los vendedores ambulantes llenan el ambiente con el aroma de deliciosa comida, asimismo, varios músicos tocan por las calles y las parejas pasean agarradas de manos. A este hermoso escenario se unen el brillo de las estrellas, que adornan el cielo negro, donde la luna luce llena en todo su esplendor.
—La luna está hermosa —comento mientras la admiro maravillada.
—Así es, lástima que eso… —No termina. De nuevo ese silencio incómodo que evidencia omisiones y verdades ocultas. Tal vez sea mala idea empezar a salir con este chico.
—¿Siempre eres así? —inquiero molesta—. ¿Por qué hablas a medias? —Su rostro se tensa ante mi cuestionamiento.
—Lamento darte esa impresión. Es sólo que me ahorro los dichos de este lugar porque no vienen al caso.
—No creo que sea lo único que te ahorras. A veces siento que me ocultas cosas, lo que es ridículo dado que llevamos poco tiempo conociéndonos.
—Exacto. ¿Qué podría ocultarle a una persona que apenas conozco? —responde con el ceño fruncido—. Escucha… —relaja su voz—. Hoy ha sido un día raro entre nosotros, lo menos que quiero es que la pasemos mal en nuestra cita. Dejemos el estrés atrás y vamos a divertirnos.
Asiento en acuerdo. Vine a pasarla bien, no a discutir por tonterías.
—Bueno… —mascullo, tratando de drenar la incomodidad que empaña nuestra cita. Arel sonríe más relajado y apunta en dirección a los puestos de comida que adornan la calle.
—Hoy sabrás lo que es comer delicioso. —Lame sus labios de forma provocativa. Soy una pecadora porque mi imaginación me transporta a donde no debo.
Me dejo llevar por él, quien me arrastra por todo el lugar con marcado entusiasmo. Es increíble lo rápido que cambia de humor, a diferencia de mí, que tardo un tiempo para que se me pase el enojo. No obstante, su energía y sonrisa me están contagiando.
La boca se me hace agua cuando veo la carne sobre la parrilla. El olor de la sangre al cocinarse y la tierna textura tomando un tono oscuro están enloqueciendo mis sentidos. ¿Desde cuándo me gusta tanto la carne? No creo ser la única ansiosa, puesto que los ojos brillosos de Arel examinan atentos el manjar, de vez en cuando relame sus labios y mueve las manos con marcada ansia y hambre.
—Pueden esperar en la mesa —nos informa el cocinero, un poco incómodo ante nuestro comportamiento hambriento y nada disimulado; lo entiendo, es que pareciera que no hemos comido en días.
Toda roja por la vergüenza, asiento con la mirada baja. Me muevo dispuesta a alejarme de esa deliciosa carne y hacer mi espera menos tortuosa; todo lo contrario, a Arel, que se ha quedado estático en su lugar.
Lo jalo con fuerza y lo arrastro hasta llegar a una de las mesas que se encuentran en la calle.
—¡Tengo tanta hambre! —gruñe desesperado e inquieto.
—¿Acaso no comiste hoy? —me burlo divertida. Su mirada sobre mí me hace tragar pesado. Ahora me siento como aquel pedazo de carne que es quemada en el fuego. Sus ojos grises me miran de una forma tan intensa, que me siento en alerta ante su escrutinio. Entonces dirige su mirada a mi escote, es como si mis mamas tuvieran un imán; ya lo he sorprendido varias veces observando mis bubis. Y el muy descarado no se molesta en disimular, tampoco se disculpa o aparta la mirada.
Y eso me excita.
Debo admitirlo, su mirada fiera y su expresión de «quiero devorarte» me gusta. Para qué negarlo, si me encanta lo sexi que se ve cuando es un irrespetuoso.
—¿Lo estás disfrutando? —pregunto con una sonrisa sugestiva y provocativa. Arel me mira a los ojos y sonríe de lado. Es tan sensual…
—Tú también lo eres…
¿Otra vez pensé en voz alta?
—No…
—Deja de bromear, no es gracioso.
—No entiendo a qué te refieres.
—Pienso en voz alta y me dices que no lo hago.
—No lo haces.
—Eres un idiota.
—Y tú, una coqueta.
—¡Imbécil!
—¡Su comida está lista! —El mesero interrumpe nuestra tan madura discusión. De inmediato, toda nuestra atención cae en la deliciosa carne con pure de patatas.
—Toma tu jugo de fresa, bella caperucita —dice Arel mientras me guiña un ojo. ¿Es normal que le tenga tantas ganas?
Arel estalla en carcajadas ruidosas. ¡No puede ser! ¿Volví a pensar en voz alta?
El mesero mira a Arel confundido, como buscando la razón de su risa. Frunce el ceño y se marcha.
—No lo entenderá, él no escuchó «tu pensamiento en voz alta».
—¿Te crees muy gracioso?
—No… Tampoco creo que sea sensual; sin embargo, tú me tienes ganas. No te preocupes, el sentimiento es mutuo.
Esas palabras son suficientes para alterar mi sistema nervioso.
» Cenemos, no vaya a ser que me comas a mí. Pareces loba en celo.
Debería ofenderme ante su atrevimiento; no obstante, me río como loca. Yo no soy normal.
Después de devorar la pobre carne con desesperación, Arel limpia el desastre que se ha vuelto mi cara, que está llena del jugo sazonado del filete. Cuando termina de limpiarme, toma mi mano y empieza a correr conmigo a rastras por toda la calle del pueblo.
—Espera… —balbuceo con dificultad cuando llegamos a un solitario parque, que se encuentra rodeado de pequeñas luces—. ¿Acaso quieres que vomite la cena?
—Ya llegamos. —Se tira en la banqueta y mira al cielo. Me siento a su lado y me doy la libertad de contemplar su atractivo. Arel es un chico extraño, es como una mezcla entre dulce y amargo, ternura y rudeza. Me inspira tanta confianza, que me es fácil ser yo misma al desnudo; pero al mismo tiempo, su ser denota peligro.
—Este lugar es hermoso. A veces me es muy familiar y me causa una nostalgia que no tiene imágenes ni recuerdos. ¿Puedes creer que me provoca felicidad y tristeza al mismo tiempo? Creí que cuando llegara a este pueblo, donde viví mis primeros años junto a mi madre, me sentiría en casa; sin embargo, no se siente real. Es como si no perteneciera a ningún lugar en específico.
—Entiendo eso. También me pasa. —Arel me mira melancólico. El silencio protagoniza este momento, pero es uno cómodo y agradable. Me quedaría mil años contemplando esa hermosa mirada gris, que me observa con tanto amor y añoranza. ¿Por qué se siente tan bien? Apenas nos conocemos, pero…, ¿por qué siento como si lleváramos toda una vida haciéndolo?
No sé cuánto ha transcurrido, mas la conversación ha estado tan divertida y amena, que he perdido la noción del tiempo. Arel habla con mucha pasión sobre su trabajo, yo hago lo mismo con el mío. Ambos se parecen en que hay que tener creatividad, ya que los dos son arte con diferentes expresiones.
—Son las doce… —masculla de repente. Mira por todos lados con nerviosismo, como si estuviese alerta.
—¿Escuchas eso? —inquiero, un poco alterada al escuchar un aullido—. ¿Se pueden escuchar a los lobos desde aquí?
Arel me mira desconcertado. Su mirada se torna oscura y sus manos tiemblan. ¿Qué está sucediendo?
—¿Quieres ir al teatro? —No me esperaba esa pregunta. Puedo notar lo inquieto que está, como si estuviese alerta.
Asiento, un poco desorbitada. Cuando Arel me ayuda a levantarme, mi cuerpo se siente pesado y descolocado. ¿Qué me sucede?
—No me siento bien… —balbuceo, atolondrada.
—Vamos al teatro, debe estar abierto aún. Allí te compraré algún postre. Debes tener un bajón de azúcar.
Me dejo llevar. Dado que no avanzamos porque he perdido las fuerzas, Arel se agacha detrás de mí, para que monte su espalda. Es así como me lleva al dichoso teatro.
—Necesito ir al baño… —balbuceo sobre el pecho de Arel. El chocolate que me dio no es que haya resultado mucho, tampoco el estar aquí entre estas personas.
Necesito ir a casa.
Arel me acompaña hasta la puerta del baño público. Una vez me veo sola, enjuago mi cara con desesperación. El calor es insoportable, los temblores de mi cuerpo, una tortura; no me siento bien…
—Aliana…
Miro por todo mi alrededor buscando esa voz que me llama en forma de susurro, pero no veo a nadie. ¡Ay, no!, me estoy volviendo loca.
—Aliana…, déjame salir…
Salgo corriendo del baño por el susto. ¿Estoy escuchando voces o es un fantasma? Cualquiera de las dos opciones me preocupa.
—Quiero ir a casa, Arel —pido con marcada desesperación.
—Aún no, Caperucita. Es peligroso estar cerca del bosque ahora. ¿Qué rayos?
