Matrimonio por negocio: Capítulo 18

Esta es la parte 20 de 43 de la historia Matrimonio por negocio

Serena
Bratt es un perro.
Me duele reconocerlo porque es mi mejor amigo, mi futuro esposo y el hombre que me gusta; pero es lo que es.
Un cualquiera, un puto, un gigoló, un cerdo…
Necesito un trago, no, necesito la botella completa.
Conduzco el auto de papá a toda velocidad y sin importarme el vehículo, puesto que este no es tan apegado a su carro como mamá, que, si le hago un rayoncito pequeñito al de ella, me mata.
Necesito un auto…
Vendí el mío antes de venir a esta ciudad y esta es la hora que no me he comprado otro. Supongo que el problema de la empresa me ha absorbido por completo y, para colmo, ahora se me ha sumado una nueva preocupación: Bratt.
Ese hombre que no es más que un traidor e incumplidor, ¡me da una rabia! Me imagino lo airosa que debe sentirse su secretaria porque se está comiendo a mi novio. Ese tipo de mujeres se siente victoriosa cuando se mete con hombres ajenos, pero no sabe que para esos perros no tienen más valor que el de una muñeca inflable.
¡Maldito Bratt! Por su culpa ahora soy una cornuda. Se lo advertí, le dije que no me fuera infiel; pero si él me lo va a poner a mí, yo haré lo mismo con él. ¡Bastardo, infeliz, desgraciado!
—¡Te odio, Bratt, juro que te odio! —vocifero a todo pulmón, como intento fallido de sacar toda la ira que me quema por dentro. Taís tiene razón, esto de casarme con él es un error.
«No es una boda de verdad, prácticamente, Bratt es un hombre libre», me reprende la conciencia.
Lo que más me duele, es que no puedo reclamarle mucho porque él me puso como condición, que me acostara yo con él si quería fidelidad. Imbécil, fue él quien huyó desde que le hablé de un después. ¡Soy una tonta! Solo a mí se me ocurre gustarme un puto como Bratt.
El timbre del celular interrumpe mis meditaciones profundas que consisten en maldecir a Bratt. Hago una mueca cuando leo su nombre e ignoro la llamada. La notificación de mensaje anuncia uno nuevo y leo en la pantalla:
«¿Dónde estás y por qué no me contestas las llamadas?»
Agarro el celular para llamarlo y decirle hasta del mal que se va a morir, pero en ese instante el celular vuelve a timbrar.
—¿Qué quieres, perro? —contesto con rabia.
¿Dónde estás?
—Eso a ti no te importa. Tú sigue cogiéndote a tu secretaria que yo me cogeré al primer hombre que me encuentre —espeto con todo mi veneno.
—No serías capaz, te conozco.
¡Ah! ¿Me está retando?
—Eso lo veremos, cabrón. —Cierro la llamada e ignoro todas las entrantes de parte de él, incluyendo sus mensajes.
Busco un bar donde ahogar mis penas y el único que me viene a la mente es aquel que le queda al lado al restaurante, donde Bratt me propuso matrimonio, razón por la que hago una mueca de disgusto. Aunque, sería interesante buscar conquista cerca de donde él me hizo la proposición; ¿cómo se le llamaría a eso? ¿Profanación?
Conduzco en dirección a ese bar sin pensarlo mucho, ya que en este momento no me importa cometer una imprudencia, solo quiero hacerle justicia a mi orgullo.
Me parqueo en el estacionamiento y me tiro del auto como una loca. Con pasos fuertes entro al bar, deseosa de que me toque el mismo imbécil de la otra vez para así tener en quien descargar toda mi ira, pero mis deseos no son importantes para el universo porque hay otro bartender.
 
***
 
Bratt
¡Con un demonio!
Serena no contesta el estúpido teléfono y no tengo ni una puta idea de donde pueda estar. Ya llamé a su casa, a Lilia y a Taís, pero nadie sabe dónde se ha metido. Tuve que mentirle a Amanda para tranquilizarla y soportar los reproches y amenazas de Taís. Nunca le he caído bien a esa bruja y ni siquiera sé el porqué.
Pecosa, ¿dónde estás?
Su amenaza de tirarse a un desconocido se repite en mi mente de manera azarosa, por lo que me aprieto los cabellos por la frustración y la impotencia. Serena no se atrevería o ¿sí?
Me inquieta la locura que vaya a cometer, pero más me inquieta su reacción, no; más me inquieta MI reacción. ¿Qué me importa a mí que ella folle con quien desee?
La imagen de Serena desnuda, con su cabello rojo regado en la cama, sus labios siendo devorados por otro hombre y su piel siendo tocada por otras manos, me llena de una ira que me consume y me pone nervioso.
—Doctor, déjela, ya verá que se le pasa la rabia. Ella no sería tonta de terminar su relación con usted, así que relájese y retomemos lo que dejamos a medias —me aborda Karina, mi secretaria, invadiendo mi espacio personal. Creí que esta bruja se había ido, ¿en qué momento volvió a entrar?
—No te me acerques. Todo esto es tu culpa, ¿por qué provocas a un hombre que se va a casar? —Me siento un maldito hipócrita.
—¿Me está culpando solo a mí? Usted no puso objeción a mi provocación y, si su novia no nos hubiera interrumpido, la hubiésemos pasado bien rico. Pero aún podemos hacerlo. —Ella me rodea el cuello con los dos brazos.
—No, mujer sonsacadora, no haré nada contigo. De verdad quiero proceder de la manera correcta con Serena, ella no se merece que le haga esto.
—Solo lo dice porque se siente culpable, pero luego volverá a caer y está bien; usted es no es hombre de una sola mujer y su novia debería entenderlo. Con su permiso, me retiro. Por cierto, cuando se le pase el sentimiento de culpa, siéntase libre para buscarme, yo con gusto lo satisfago en todo lo que desee —dice alusiva y se marcha moviendo las caderas de manera sensual.
Me siento como la mierda.
Serena, pecosa, responde mis llamadas, por favor. —Vuelvo a intentar comunicarme con ella como por enésima vez.
 
***
 
Serena
—¡Maldición! ¡Esto es lo que me faltaba! —vocifera el bombón delante de mí, a quien he ensuciado con mis vómitos. Ahora recuerdo por qué no bebo hasta emborracharme.
Soy muy mala bebedora y todas mis ingestas de alcohol terminan en vómitos. Esa era la razón por la que yo era la chofer designada en las salidas con mis amigas y estas solo me permitían un trago y nada más, así que me pasaba la noche bebiendo refresco o jugo de frutas.
—Ay, tú, disculpa… —Me tambaleo, pero él me sostiene—. Necesito encontrar a un hombre que esté más bueno que el perro de Bratt y, si mi calculadora no está en la cocina, creo que no eres tan feo… Eres un hombre ¿cierto? —Estoy en un estado en el que no sé lo que estoy diciendo. No entiendo por qué, si ni siquiera estoy borracha.
—Además de ebria, loca —me insulta el bombón asesino con una cara que da miedo, pero a mí no me asusta, soy mucho más fuerte que él.
—Loca tu abuela, perro. ¿Por qué te tienes que acostar con todas? Y ¿por qué el mundo da vueltas?
—¿Qué? —su cara de desconcierto me causa mucha risa y ni siquiera sé por qué.
—La señorita está muy ebria, ¿usted la conoce? —pregunta el chico del bar.
—¡No estoy ebria, Alfred!
—No me llamo Alfred. —Hace una mueca que me causa mucha risa.
—Eres feo… —Siento que me mareo y el bombón me agarra fuerte por la cintura—. Uy, tú eres lindo como las cucarachas cuando vuelan…
—Dame la cuenta, voy a llevar a esta loca a un manicomio.
—¿Haremos el amor en el consultorio? —balbuceo, porque me siento sin fuerzas—. Pero solo tú y yo, no quiero a la perra que tiene Bratt, tampoco a él…
—¿Dónde te apagas, pelirroja loca? —Escucho lejos.
—Bombón, ¿tú me engañarías con una zorra? ¿Crees que me merezco eso?
Siento su mirada quemarme, pese a que mis sentidos están hechos un caos.
—¿A una mujer como tú? Imposible. —Es lo último que escucho antes de perder el conocimiento.

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