“Tuntún, Tuntún”
Los latidos de mi corazón resuenan como tambor manipulado por manos fuertes, retumbando con vehemencia contra mi pecho. Me sumerjo en el temor que me agobia y paraliza, así que soy incapaz de responder o hacer algún movimiento.
Me encuentro en un momento, donde una decisión podría marcar un antes y un después en mi relación con Bratt. Deseo tanto dejarme quemar por este fuego peligroso que se ha empezado a encender, sin embargo, las consecuencias podrían ser críticas.
Por otro lado, dejar pasar esta oportunidad me parece doloroso, debido a que, aunque siempre lo he negado, deseo a Bratt con todas mis fuerzas y me muero por descubrir por qué todas enloquecen cuando se acuestan con él.
Anhelo volver a probar sus labios y recordar ese sabor que se quedó impregnado en mí por varios años y que me obligué a olvidar; yo necesito perderme en el brillo de su océano azul mientras ambos nos deleitamos en el placer de nuestros cuerpos.
Tengo tanta curiosidad…
¿Cómo se sentiría el roce de nuestra piel húmeda? ¿Cómo sería perderme en sus besos de adulto, sus caricias habilidosas y el placer que su hombría me brindaría?
«¿Cómo sería hacer el amor contigo, Bratt?»
—Dime, pecosa, ¿estás di apuesta a jugar? —pregunta con la respiración alterada y voz intimidante.
Lo miro temerosa, pero deseosa a la vez, entonces me lamo los labios de manera instintiva y frunzo el ceño.
—Déjate de bromas, Bratt, esta vez no caeré —refuto con voz temblorosa. Temo tanto que se eche para atrás o que se vuelva a reír en mi cara.
—Sabes que no estoy bromeando —asegura. Él me suelta una de las muñecas y, con la mano libre, me separa las piernas, hecho esto, empuja las caderas hasta que su erección choca con mi zona intima, que palpita ansiosa por sentirlo.
El tacto cosquilleante se siente rico, asimismo, alivia un poco mi ansiedad. El sentimiento de que “todo cambiará” se adueña de mi ser, en el momento en que percibo la manera sofocante del pecho de Bratt subir y bajar, sumándole la ardiente mirada que me escudriña.
—¿Acaso eres bipolar? Dijiste que soy como tu hermana, que sería raro hacer eso conmigo. ¿Qué cambió ahora?
—Tú me provocaste. ¿Huirás como gallina cuando ves el resultado de tu provocación? —pregunta seductor—. Un sí de tu parte será la luz verde para devorarte. Serena, te haré gemir como no lo ha hecho nadie más. Dime, ¿estás de acuerdo?
Sí…
Es lo que más deseo en este momento.
—¿Qué pasará después, Bratt? —digo sin pensar.
Demonios…
Esa pregunta es el balde de agua fría que se requería para apagar este fuego. El terror se adueña de mi amigo y lo noto arrepentirse, así que lo siguiente que sucede es que, él se aleja de mí y se recuesta del espaldar de la cama.
No…
¿Por qué tuve que abrir mi gran bocaza?
—Descansa, pecosa; mañana nos espera un día difícil —dice sin mirarme y se acuesta opuesto a mí.
Me quedo observándolo con añoranza, entonces las lágrimas empiezan a recorrerme las mejillas.
Ni modo, tuve la oportunidad de mi vida para estar con Bratt y la eché a perder. ¡Qué tonta soy!
***
Bratt y yo nos despertamos temprano y nos alistamos deprisa, dado que ninguno se siente cómodo con el otro. En completo silencio, avergonzada y con la incomodidad de una excitación no resuelta, me siento en el copiloto del carro de mi amigo y me recuesto con la mirada fija en la ventanilla.
Por su parte, Bratt pone música en el vehículo. Supongo que lo hace para combatir la tensión y la incomodidad causada por el silencio, por lo que se lo agradezco.
De reojo, miro en su dirección y me quedo así, observando su hermoso perfil. Su atención está puesta en la carretera y en ningún momento me mira a mí; esa actitud desinteresada me duele porque, si la comparo a la reacción que tuvo anoche, el resultado es muy obvio: No le gusto y nunca será así. Digo, si no le gusté cuando era una chiquilla bohemia con quien se besó por más de un mes, ¿por qué le gustaría ahora, que soy una mujer de veintiocho años, que necesita la seguridad del compromiso antes de acostarse con un hombre y tener el después resuelto?
Debo ser sincera conmigo misma si quiero superar la frustración de nunca haber sido correspondida por él y entender, de una vez y por todas, que Bratt no es el hombre para mí. Él no me quiere como yo a él y su reacción a mi pregunta es la evidencia.
Si él tuviera sentimientos por mí, no se hubiese echado para atrás cuando sopesé un después entre nosotros.
Percibo que detiene el vehículo y siento que se me sube la bilis a la garganta, al ser consciente de lo que sigue.
—Bien, Serena, lo haremos de esta manera: entrarás a tu casa escondiendo el anillo, pero con intención de que tus padres lo noten —explica con tono pausado—. Te llenarán de preguntas, sin embargo, le darás vueltas para decirles; después de eso, le explicarás que te confesé mi amor y que te pedí matrimonio. Les “confesarás” que en ese momento supiste que me querías, pero que la noche de pasión que tuvimos te lo confirmó. Yo luego me encargo del resto.
—¿No se verá raro que no entres ni siquiera a saludar? —cuestiono. Mi tono es molesto, debido a la manera tan frívola de tratar este asunto y su actitud de mierda por una simple pregunta. Lo conozco, está cabreado porque no pudo saciar su calentura anoche.
—Debo fingir que les huyo. Ya sabes, el conflicto de que me enamoré de mi mejor amiga y tener que enfrentar a sus padres.
—Entiendo… —mascullo. Siento que hay ironía en sus palabras, pero me da mucho miedo enfrentar sus motivos, por tal razón, decanto en no añadir más y salgo del vehículo sin despedirme. Con el pecho ardiendo de rabia y dolor, lo observo conducir fuera de la mansión. Entro a la casa y a la primera que visualizo es a Taís, quien ríe junto a mamá mientras toman café.
—Oh, llegaste —dice mamá sin prestarme atención.
—Sí… —respondo entre dientes y me pongo el cabello detrás de la oreja.
—¿Y ese anillo? —pregunta Taís, en completo asombro.
Me pongo tan nerviosa que no logro preparar bien mi discurso, así que respondo lo primero que me llega a la cabeza:
—Bratt y yo nos vamos a casar.



