La motocicleta se detiene frente a la acera de mi casa al fin, y no podría estar más feliz de ver mi hogar. Con el ánimo por el suelo, me bajo sin decir nada y le entrego el casco al bad boy. Camino con parsimonia y levanto la vista al sentir un escrutinio intenso. Es Scott. Él está sentado en los pequeños escalones de mi entrada y se pone sobre sus pies.
—¡Logan! —Se me acerca con… ¿preocupación? Me examina como si temiera que me faltara un pedazo y mira a Johnny de mala forma. El chico de lengua deliciosa y destructiva a la vez se tira de la moto, desafiante, y me rodea la cintura con su brazo de forma posesiva.
—¿Qué quieres con mi chica? —El estúpido interroga a Scott, pero este lo ignora como basurita y toma mis manos.
—¡Entremos! —Scott me despega del bad boy que huele a gloria y me mira con una intensidad que me perturba—. Los señores Logan están preocupados. Pudiste sacar tiempo para llamarlos. Me imagino que, por más que cogieran, en algún momento debieron despegarse para respirar, por lo menos —espeta, desdeñoso.
Cierro mis puños y estoy a punto de partirle la cara de idiota, cuando Johnny se acerca con una sonrisa retorcida de loco depredador.
—Después de lo que le hice, se quedó sin habla. Discúlpala, ahora es que está disfrutando los placeres de la vida. La próxima vez, yo mismo llamaré a los suegros.
Oh-oh…
De repente, la tranquilidad de la calle es reemplazada por el ruido tosco de golpes.
¡Ay Dios mío! ¡Esperen! Scott, el debilucho idiota, le está dando duro al bad boy rudo que va al gimnasio. Vaya, solo hay que nacer para ver cosas raras en la vida.
—¡Scott, suéltalo! —Tiemblo, grito como loca, les tiro piedrecitas y los pateo. No sé qué hacer, ellos parecen estar pegados con pegamento.
Corro con desesperación hacia la casa de Scott y llamo a sus padres. Yo no me voy a arriesgar a que los imitadores de la lucha libre me den un golpe por creerse street fighters.
—¡Se están matando! —anuncio como desquiciada. Corrección: Scott le está dando tremenda tunda al bad boy. Creo que le ha hecho más técnicas que los monstruitos de Mortal Kombat y hasta le hizo un fatality contra el asfalto.
Los señores Scott corren a toda prisa para separarlos. Yo, en cambio, me limito a ver el desastre mientras me tapo la boca, con angustia, al ver el rostro del bad boy ensangrentado.
Me apresuro hacia donde él está, pero el muy idiota me empuja con rabia. Eso fue como echarle gasolina al fuego porque Scott, que nota la manera ruda en que él me ha tirado al frío y tosco pavimento, toma una fuerza sobrenatural y se suelta del agarre de su padre. Primero me levanta y se percata de que estoy bien, para luego fulminar al chico con la mirada. Sí, la típica frase que indica que alguien te mira con ganas de acabar con tu existencia. ¿Se imaginan que pudiéramos fulminar con la mirada?
Scott camina hacia el bad boy como asesino psicópata serial, pero este retrocede con rapidez, se sube a su moto y ¡rueditas para que las tengo! Huye como una asquerosa cucaracha.
—¡Debes alejarte de ese idiota! —me advierte Scott, gritándome como si él fuera mi papá. Luego forma una mueca de disgusto que me hace sentir juzgada. Eso me hierve la sangre. ¿Quién se cree este imbécil que es?
—No es tu asunto —digo cortante, y me dirijo a la puerta.
—Daniel, vamos a curarte esos golpes. —La señora Scott interviene, pero él la ignora y se me acerca.
—Debes escucharme, Madison. —¿Y este qué? ¿Ya no soy Logan?—. Ese tipo tiene mala fama, es un maldito acosador. Debes alejarte de él, no te mereces eso. Tú… —¿Por qué me mira con tanta intensidad?—. Tú eres demasiado buena para él, no te dejes engatusar por su cara bonita.
—¡Qué ironía! —espeto con todo mi veneno; una cobra me queda pequeña en este momento—. Tú te revuelcas con cuantas caras bonitas se te antoje y me aconsejas que me aleje de Johnny. No lo haré. Me gusta y disfruto de su compañía.
—¡Maldición, Logan! Haz como quieras. Yo ya te lo advertí.
Scott y sus padres se alejan en silencio. No sé por qué mis mejillas son mojadas por lágrimas gruesas. Quizás esperaba que él insistiera un poquito y así desquitarme todas las que me ha hecho.
Respiro profundo al recordar lo que me espera una vez entre a la casa. Qué más da. Después de ser regañada, aconsejada, castigada, psicologizada y advertida por todos los habitantes de este hogar, incluyendo al gato y al pato del abuelo, entro a mi habitación y me tiro en la cama sin ganas de bañarme. Entonces recuerdo que la saliva del bad boy está en un lugar muy íntimo y corro al baño.
Tras un aseo profundo y largo, me tiro en la cama. Doy vueltas sobre el colchón y me incorporo con frustración. Camino hacia la ventana y miro a través del cristal. Sus ojos se encuentran con los míos, y en aquella mirada me expresa que entiende lo que me sucedió y que está con el humor de los mil demonios por eso. Sé que está decepcionado; él esperaba más de mí. Cierro los ojos y suspiro.
¿Está bien tomar el camino equivocado por rebeldía? ¿Son mis sentimientos por Scott tan enfermizos que me tiro a los brazos de un chico que me humilla y me hace sentir la peor basura? ¿Cómo puedo encontrar sensual o romántico la falta de respeto hacia mi cuerpo y mi persona?
¡He sido una hipócrita!
Si yo lo permito, soy parte de la toxicidad y soy culpable, no víctima.
¿Por qué lo dejo mancillarme como si yo no tuviese valor? ¿Solo porque es atractivo?
Una lágrima viaja por mi mejilla, la limpio y miro a Scott. Tal vez yo soy la culpable de su desvío y de que lo que una vez fue una hermosa amistad, muriera por el orgullo, la inmadurez y la superficialidad.

