Dicen que la venganza no es buena, pero ahora mismo se siente muy bien. Y, aunque estoy consciente de que Bratt no siente celos románticos por mí, sé que le estoy dando directo al orgullo.
Hoy aprenderá que con Serena Bell nadie se mete y sale impune, y que sus cuernos se los puede meter por el trasero. Él tendrá que decidir entre su manía al sexo o su negocio, porque no es verdad que yo seré la burla de sus zorras.
Imbécil.
Ya ha pasado una hora, desde que Bratt me mandó ese y otros mensajes que muestran su frustración porque no le he dado respuesta, pero aún se siente bien leer el primero una y otra vez.
—¿Hasta cuándo estarás mirando ese celular con esa sonrisa de loca? Come algo, lo necesitas. —El metiche bombón interrumpe mis pensamientos malvados
—En primer lugar, no es tu problema; en segundo, loca tu abuela y, en tercero; no tengo apetito.
—¿Ni siquiera me dirás para qué me fotografiaste? Debes borrar la fotografía —dice serio.
—No entiendo tu obsesión con eso, pero tranquilo, lo haré. —Entorno los ojos. Entro a la aplicación donde le envié el mensaje a Bratt y escojo la opción de borrar para todos. Aquello provoca que Bratt me responda solo con signos de interrogación, mas yo lo ignoro—. ¡Listo! ¿Contento? —Le enseño mi galería y que ya no hay nada acerca de él.
—Gracias… —masculla con sarcasmo—. Para una próxima ocasión pregúntame antes de fotografiarme. Pueden demandarte por eso, ¿sabes? Lo que hiciste es una falta a la privacidad ajena. En especial conmigo, ya que mis fotos valen mucho dinero.
Pero ¡qué creído!
Estallo en una carcajada burlesca y me levanto del sofá, luego lo encaro con sorna.
—¡Perdón, gran celebridad! —Hago gestos exagerados de reverencia mientras me río de él—. La próxima vez le ofrezco un diamante para tomarle una foto. ¡Creído! Ni siquiera eres bonito.
Él sonríe y levanta una ceja, entonces termina por cruzarse de brazos.
—Además de loca, sádica, invasora de la privacidad ajena y acosadora, también eres una ignorante. Pero ¿qué se puede esperar de una pelirroja mimada como tú? —contesta con aire de superioridad.
—Y, según tú, ¿qué tiene de malo ser una pelirroja?
—Que ustedes fueron creadas por Satán para volver locos a los hombres como yo.
¿Ah?
¿Este tipo se golpeó la cabeza?
—Ahora me coqueteas… —Esta vez soy yo quien levanta las cejas y se cruza de brazos.
Él, en cambio, sonríe con flirteo. Ese gesto me pone los pelos de punta y me acelera el pulso, pero me las arreglo para mantener mi postura desinteresada.
—Quizás sí, quizás no. ¿Qué opción prefieres tú? —Se acerca seductor y me acorrala contra la pared.
Gracias a esta cercanía, puedo apreciar sus hermosos ojos y las facciones de su cara. Nunca creí que conocería a un hombre más atractivo que Bratt porque para mí no existía, pero al parecer me equivoqué.
—¿Y-yo? —tartamudeo, al sentirme intimidada por su gran tamaño y belleza—. No tengo que escoger nada, solo eres un extraño.
—Un extraño al que por poco violas anoche. Si yo fuera un mal tipo, te hubiera cogido de todas las maneras posibles, porque tú bien dispuesta y cachonda que estabas.
No…
Este es un momento en el que quiero que me trague la tierra. ¿Por qué hago estas cosas? ¡¿Por qué?!
—No recuerdo nada de eso —me defiendo mientras le esquivo la mirada.
—Que no lo recuerdes no significa que no lo hayas hecho. Incluso intentaste besarme.
Él acorta la distancia entre nosotros, al punto de rozar nuestras narices. Por mi parte, soy capaz de percibir la manera intensa en la que mi pecho sube y baja sin control y cómo empiezo a sofocarme.
Resiste la tentación, Serena…
Él se lame los labios y me mira como esperando mi aprobación, entonces las ganas de besarlo se tornan insoportables.
Espera…
¿Quiero besar a otro hombre que no es Bratt? ¿Eso significa que solo estoy confundida con mi amigo o qué?
El desconocido aquí presente roza nuestros labios, pero en ese preciso momento mi celular empieza a timbrar. ¡Qué conveniente para mí!
—N-necesito responder esa llamada. —No puedo creer que haya tartamudeado otra vez. Esto me pone en desventaja porque el queda como quien tiene el control de la situación y no, no se la pondré tan fácil.
Lo doy un empujoncito, pero eso hace que este se acerque más, por lo que quedo invadida por él por completo.
—¿Ahora eres acosador? —digo sin pensar y lo miro directo a los ojos. Noto que logro intimidarlo, así que este se aleja, entonces suelto el aire contenido y puedo volver a respirar con libertad.
—¿No comerás nada, pelirroja loca? —pregunta como tratando de disimular su malestar.
—Te dije que no. Tengo el estómago revuelto.
—Te puedo preparar un caldo si quieres. No soy experto en la cocina; sin embargo, es una de las comidas que me quedan decentes.
—Gracias, pero no. Debo irme ya; mamá quedó muy preocupada cuando la llamé.
—Le pudiste decir a la suegra que estás en buenas manos. —Me guiña un ojo.
¿Qué acaba de decir este imbécil?
Calma, Serena, él solo quiere fastidiarte y tú no le darás el gusto.
—Ya quisieras tú —respondo entre dientes y busco mi bolso—. Gracias por todo, desconocido —me despido y ondeo una mano.
—Te llevaré.
—No, gracias. No me subiría a la moto que casi me atropella ni loca —refunfuño.
—Te llamaré un taxi, entonces.
—No hace falta, yo lo hago —replico. Se siente bien llevarle la contraria.
—Como digas… —musita.
Entro a la aplicación para pedir un taxi, y no sé por qué siento su mirada quemarme. Poso la vista en él, mas este voltea a otro lado con rapidez.
¿Ah?
En fin, no puedo seguir perdiendo el tiempo aquí. Debo ir al bar a buscar el vehículo de papá y luego inventarme una excusa para mi desaparición.
—¡Mi taxi llegó! —anuncio. El bombón asesino hace una mueca y me mira con flirteo, entonces me intercepta cuando voy a abrir la puerta—. ¿Qué? —pregunto descortés.
—¿No me darás tu número? Me gustaría invitarte a salir cuando regrese de mi viaje.
Y este, ¿qué?
—Lo siento, pero no tengo por qué salir contigo y mucho menos darte mi número. ¿Qué creíste? No te debo una salida porque me recataste, con un «gracias» creo que es suficiente.
Él me mira ofendido y sonríe con ironía.
—Tienes razón en todo, pelirroja arrogante. No sé en qué estaba pensando, si se te nota lo creída y soberbia. Adiós, no hagas esperar a tu taxi. —Me abre la puerta. Creo que se enojó.
—Bien, yo también pienso que eres un pedante, creído y asesino. —Le saco la lengua y corro lejos de él como si fuera una niña pequeña.
Ay, Serena, ¿desde cuándo te comportas como una adolescente inmadura?



