Matrimonio por negocio: Capítulo 19

Esta es la parte 21 de 43 de la historia Matrimonio por negocio

Serena
¿Qué es eso tan molesto? Algo me quema los ojos y se siente insoportable.
Poco a poco voy despertando y caigo en cuenta de que son los rayos del sol los que me interrumpen el sueño. Abro los ojos, pero al instante me arrepiento debido al escozor, así que los vuelvo a cerrar por instinto.
Un terrible dolor de cabeza me martilla de forma cruel y, cuando vuelvo a abrir los ojos no solo sufro hasta que los acostumbro al resplandor, también siento un leve mareo, acompañado por nauseas. ¡Me siento horrible!
Cuando mi vista se aclara, me incorporo espantada al darme cuenta de que esta no es mi habitación.
—¡¿Dónde rayos estoy?! —vocifero asustada. De inmediato escaneo el dormitorio que no es tan grande y carece de decoración. A juzgar por los objetos aquí, este es el cuarto de un hombre.
¡Rayos! ¡¿Qué demonios he hecho?!
Me tiro de la cama, pero esa no es una buena idea, dado mi malestar, por lo que tengo que agacharme y aferrarme a la cama mientras voy cayendo despacio al piso. Lloriqueo por lo imprudente que fui anoche, entonces recuerdo que amenacé a Bratt con acostarme con un desconocido y, ¡carajo!, al parecer eso hice.
Tonta, tonta, tonta…
Choco la cabeza contra el colchón varias veces, ignorando lo mucho que me duele.
¡Por Dios! ¿Qué haré ahora?
Solo espero que el desconocido esté bien bueno; ya que me acosté con él, por lo menos pido eso.
Me fijo que tengo puesta una remera blanca, ancha y larga para mi cuerpo, lo que me lleva a la conclusión de que me acosté con un hombre gordo. Por lo menos espero haberlo disfrutado…
¡Qué estoy diciendo! ¡Me acosté con un desconocido! Ay, llevo unos días como novia de Bratt y ya me estoy convirtiendo en una loca imprudente, que se acuesta con un gordo a quien no conoce.
¿Y si es un asesino en serie? ¿O un ladrón? ¿Por qué me vine a su casa? ¡Lo peor es que no recuerdo nada! Bien pudo sacarme los órganos para venderlos en el mercado negro.
Temerosa por ese pensamiento, me reviso todo el cuerpo y noto que tengo el sostén y la braga puestos. ¿Quién que duerme con otra persona y no se quita la lencería? A menos que hayamos hecho un rapidín, pero ni siquiera me quitó las bragas. Vaya, creo que tampoco lo disfruté.
¿Qué hago ahora? Necesito salir de aquí y no sé cómo.
Camino a hurtadillas y mirando a todos lados como loca, pero un tropezón con un objeto me espanta; se trata de una guitarra negra que está recostada de la pared. La curiosidad me gana y me pongo a hurgar la habitación; aparte del instrumento musical, hay una cámara de fotografía en un pequeño escritorio, donde yace una laptop y otros artefactos. Vislumbro también, un armario negro, el mismo color de casi todo en este cuarto que, al abrirlo, me muestra ropa moderna y casual.
Las chaquetas de cuero marrones, beige y negras son lo que más abundan aquí, lo que me da a entender que me acosté con un músico con pinta de rebelde. Ay, no… ¡¿Y si me drogó?!
«Deja de ser prejuiciosa», me reprende mi yo racional.
Bueno, creo que es momento de actuar como la adulta que soy y afrontar esta situación. Digo, solo es decir hola y adiós. Espera… ¿Dónde está mi bolso y mi ropa? ¡El auto de papá! Ay, no, debo salir rápido de aquí.
Me apresuro a abrir la puerta y el olor a café recién colado me inunda las fosas nasales. Camino en dirección al ruido de cocina y no me toma mucho llegar a una sala diminuta donde solo hay un sofá negro. Vaya, el dueño no se ha tomado la delicadeza de ni siquiera poner un cuadro en este raro apartamento.
En el sofá, visualizo mi bolso y me lanzo a este para buscar mi celular. Las llamadas perdidas de parte de mamá, papá, Taís, Lilia y Bratt, me tienen el teléfono lleno de notificaciones. Ay, ellos deben estar muy preocupados. Apago el celular porque no me siento lista para responder a sus preguntas y camino en dirección a una isla, donde hay un hombre tarareando una canción mientras cocina.
Su voz es melodiosa porque, a pesar de que solo tararea, de alguna forma se escucha bien. Logro verle la espalda y cabe decir que él no es gordo, por el contrario, su espalda está bien definida, aunque sí es ancha.
—Ya despertaste, loca —dice con sorna cuando me encara.
Me quedo helada en mi lugar, no solo por lo bueno que está este tipo, también por el hecho de que ya lo había visto. Él es el asesino de la motocicleta.
Es tan injusto que un desgraciado y arrogante como él se vea tan bien. Es que, de verdad, el tipo es arte a los ojos.
Le busco la mirada para adivinar de qué color son sus orbes claros, pero por más que los observo, no logro reconocer un tono. Según mi percepción, es como una mezcla entre verde y marrón claro, como si fueran avellanados, pero en tono verdoso.
—¿Te quedaste muda? Eso es un milagro porque anoche no parabas de parlotear —ironiza, pero yo no le respondo.
Él se echa parte de su cabello desarreglado para atrás y se cruza de brazos. Eso hace que el grosor de estos se note más y me dé una hermosa imagen de un cuerpo perfecto. Y, como lleva una franela, puedo verle los brazos en todo su esplendor.
Serena, controla tus hormonas, por favor.
¿Yo me comí a ese hombre? ¿Por qué no lo recuerdo? ¡Qué injusto es esto! ¿Quién se saborea a un hombre como ese y lo olvida?
—Oye, ¿de verdad estás bien? —cuestiona con preocupación, sacándome de mi trance. Limpio un poco de baba que me sale de la boca y asiento con la cabeza.
—¿Por qué estoy aquí? —pregunto.
—Eso es una larga historia… —Se rasca la cabeza en señal de nerviosismo.
—Solo contéstame esto: ¿Dormimos juntos?
Él me mira nervioso y se frota la cara, al tiempo en que responde…
—Pues…
—Pues ¿qué? —lo interrumpo casi alterada.
—Dormí en el sofá y te cedí mi cama —contesta con calma.
—Entonces tú y yo no… —Me sonrojo y no soy capaz de terminar la frase porque me da vergüenza.
—¿Qué? ¡No! —exclama ofendido—. Nunca me aprovecharía de una mujer borracha y menos me acostaría con una loca como tú, que, aparte de que me vomitaste encima, me llamaste perro, cualquiera, gigoló y cerdo. Y, no conforme con eso, me caíste a golpes. Eres una desquiciada, sádica y con esa boquita bonita muy sucia.
¡Qué vergüenza!
No puedo creer que yo haya hecho todo eso.
—Te pido disculpas, no suelo ser así… —digo abochornada.
—¿Que no sueles ser así? Pero yo recuerdo que actuaste como lunática cuando casi te atropello porque te me metiste en el medio.
—¡¿Perdón?! —vocifero—. Tú te distrajiste y por poco me matas. Aparte de asesino, mentiroso.
—Cierto… —Sonríe malicioso—. Culpas a los demás por tus errores.
Voy a decirle todo tipo de maldiciones, pero el dolor de cabeza me lo impide.
—Idiota… —mascullo entre dientes mientras me froto los dedos en la sien.
—El café ayudará un poco. —Me pasa una taza con la bebida caliente—. Por eso no me sobrepaso con el alcohol; odio las resacas —comenta, como si a mí me importa.
—Bien por ti —musito con sarcasmo y tomo un sorbo del café. Vaya, está bueno.
«Al igual que él».
Río ante ese pensamiento y miro al asesino de soslayo. Es una lástima que no me lo comí, ni modo.
—¿Dónde está mi ropa? Necesito irme.
—La lavé, es que estaba llena de vómitos. Dame un momento y te la traigo. Por cierto, come algo, no está bien que te vayas con el estómago vacío.
Ok…
Me es inevitable no mirarlo como boba. ¿De dónde salió este hombre? Es que, no solo es un bombón que está como quiere, también me trajo a un lugar seguro cuando me encontré vulnerable, no se aprovechó de mi estado de embriaguez, me cedió su cama y para colmo lavó mi ropa.
Si no fuera por su actitud de pedante y lo bohemio que se nota que es, diría que es el hombre perfecto.
«No tanto como Bratt», pienso, como la gran idiota que soy.
¿Bratt? Perfecto solo tiene el trasero, el perro ese.
Eso me recuerda la promesa que le hice, entonces busco mi teléfono y lo enciendo; cuando el bombón asesino regresa con mi ropa en mano, le tiro una foto, acto seguido se la envío a Bratt.
El sonido de una notificación me acelera el corazón, en especial cuando leo el mensaje de parte del perro de mi dizque novio:
[¿Dónde estás y quién diablos es ese?]

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